Fonseca, siempre

Fonseca, siempre
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Rubem Fonseca fue el mejor cuentista brasileño. Un escritor que tuvo, tiene y debe seguir teniendo el reconocimiento que merece. Autor de más de treinta libros, entre ellos El collar del perro, El cobrador, El gran arte, Agosto, Pequeñas criaturas, Ella y otras mujeres, Carne cruda. Recibió numerosos premios, tales como el Jabuti en seis ocasiones, algunos de la Asociación Paulista de Críticos de Arte, el Premio Casa de las Américas, el Machado de Assis, el Konex, el Juan Rulfo y el más importante en lengua portuguesa: el Camões. Sin embargo, más que los premios y el reconocimiento de los críticos literarios, fue leído y amado por generaciones enteras durante su vida. Rubem Fonseca, que ha renovado y revolucionado la literatura brasileña del siglo XX, es uno de los pilares fundamentales no sólo de nuestra literatura. Rompió las fronteras de Brasil, se adentró en América Latina, fue uno de los principales exponentes de la literatura universal, como dijo Armando Escobar, profesor e investigador de la UNAM y estudioso de su obra.

SIN EMBARGO, no quiero hablar del artista y su genio. Quiero hablar del hombre, el hombre detrás de los cuentos y las novelas que cuestionaron y desafiaron las normas éticas de la sociedad en que vivía, la sociedad que hace unos meses, al igual que durante la dictadura militar, censuró sus libros. Esta vez en el estado de Rondônia, cuando las autoridades retiraron de las bibliotecas a clásicos de la literatura brasileña —alegando contenido inadecuado—, incluido Rubem Fonseca. Ahora quiero hablar del hombre que sin duda fue un genio en el arte de la escritura, pero también un genio en el arte de vivir y en el arte de amar. Un hombre que tomó los versos de Camões al pie de la letra: “Porque é tamanha bem-aventurança / O dar-vos quanto tenho, e quanto posso / Que quanto mais vos pago, mais vos devo”. Rubem Fonseca fue la persona más generosa que conocí: dio todo, enseñó todo, compartió todo y cuando le decía gracias, le agradecía, me decía “Paula, Paula” con su voz ronca, profunda, sucia –—sí, su voz sonaba sucia—, “Paula, soy yo quien te debe”. Rubem, Zé Rubem, era inteligente y erudito, pero de una erudición que no pesaba, que no se transformaba en un ladrillo sobre su cabeza. Toda su erudición, conocimiento e inteligencia, eran maleables, fluidas y, además, vale recordarlo, en él no había exhibicionismo ni ostentación.

JOSÉ RUBEM entró en mi vida cuando tenía trece, catorce años, con Feliz Año Nuevo (1975). Descubrí el placer de la lectura con este libro y puedo decir que gracias a estos cuentos me convertí en una lectora. Luego, a la edad de 24 años, cuando volví a vivir en Río de Janeiro, perseguí a Zé Rubem por las calles de Leblon. Todos los días, a las seis de la mañana, lo perseguía pero no estaba segura de que fuera él. Pero no me importaba, algo me decía que era él, y lo perseguí, días, semanas, meses... Hasta que una mañana me animé y me senté a su lado en el taburete alto frente al mostrador de la panadería del barrio y... bueno... él dijo que le tiré café caliente, o al menos así es como describió nuestro primer encuentro en su novela El seminarista (2009). Yo juraba que no le había tirado el café caliente, que debió haberse caído de modo accidental, pero él sabía sobre las cosas, y tal vez sí le tiré café. Y así, a partir de esta escena, que era totalmente diferente de todo lo que había ensayado miles de veces en mi cabeza, he vivido una de las historias más mágicas de toda mi vida.

"Una mañana me senté a su lado... él dijo que le tiré café caliente, o al menos así describió nuestro primer encuentro en su novela El seminarista".

ERA MÁS DE MEDIO SIGLO mayor que yo, que tenía 24 años y acababa de regresar a Río de Janeiro, después de terminar mi maestría en Bellas Artes en Nueva York y de haber pasado un año viajando a lugares distantes como Mongolia e India. Tenía sueños, era joven, ingenua y triste, dibujaba, escribía diarios, cuentos y leía, leía mucho, pero extrañamente tengo la sensación de que sólo aprendí a leer con él. A partir del día en que le tiré o no el café, nos reuníamos todas las mañanas, leíamos poesía, filosofía, cantábamos —él tenía mucho ritmo como se nota en su literatura, al final la literatura es también música, ritmo— y a veces incluso bailábamos y reíamos —cómo reíamos—; él era muy, muy divertido. Zé fue mi universidad, pero no por eso cambió mi vida, sino porque me enseñó a gustar de mí misma y a disfrutar las pequeñas cosas de la vida.

Zé Rubem fue el más grande de todos los hombres y el 15 de abril, cuando murió, no dejé de pensar en cómo murió, cómo se fue, con tanta elegancia: sin agonías, enfermedades, hospitalizaciones; se fue como tenía que irse, con dignidad. Y sigo pensando en el momento en que decidió irse: justo cuando el mundo está atónito, todos encarcelados, más de 4 mil 500 millones de personas encerradas en sus casas, pero conectadas. Vigiladas, sin privacidad. Todo lo que hacemos, leemos, vemos, con quién hablamos o qué compramos, está en las bases de datos. Atrapados en nuestras casas, detrás de los barbijos o cubrebocas, ya ni siquiera podemos compartir el aire que respiramos. En este momento él se ha ido y yo me quedo aquí pensando en él y tal vez por eso escribo este texto post mortem a Rubem Fonseca, porque cuando hablamos del límite de la vida pensamos en el ser y en la nada y allí recuerdo al escritor francés que cuando murió atrajo multitudes en Montmartre. Hoy tendríamos multitudes similares para rendir homenaje a Rubem Fonseca, pero ante esta pandemia que nos impide rendir un homenaje así —que me impide a mí tomar un avión, salir de Buenos Aires e ir a Río de Janeiro— él, Rubem Fonseca, no puede tener esa multitud en su crematorio o en la misa del séptimo día.

Creo que decidió irse, que eligió el momento de morir de la misma forma que dirigió su vida: de manera resuelta y estimulante, como escribió Caetano Veloso. Aquel que siempre eligió la privacidad, prefirió irse cuando las multitudes están prohibidas. Y sólo nos queda acompañarlo a la distancia, en los pensamientos, en los recuerdos, en los libros, en la obra, sabiendo que ella no se irá, que se queda.

PERO TODO ESTO no es para entender sino para sentir, como Rubem Fonseca escribió en uno de sus últimos libros de cuentos, Amalgama (2013):

SENTIR Y COMPRENDER

El amor no es para ser entendido

[es para ser sentido.

La poesía no es para ser entendida

[es para ser sentida.

El miedo no es para ser entendido

[es para ser sentido.

El dolor no es para ser entendido

[es para ser sentido.

El odio no es para ser entendido

[es para ser sentido.

La muerte no es para ser entendida

[es para ser sentida.

Rubem Fonseca, José Rubem, José, José:

Te amé, te amo, te amaré.

Buenos Aires, 17 de abril, 2020.