Jueves 3.12.2020 - 16:17

Guadalupe Dueñas: Desconocida e Inédita

Guadalupe Dueñas: Desconocida e Inédita
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Obras completas, de Guadalupe Dueñas, se terminó de imprimir y encuadernar en marzo

de 2017”, reza el colofón de esta edición que “consta de 1600 ejemplares”, pocos para la cuentista más disruptiva de los años cincuenta en México, presencia fantasmagórica y exquisita del catálogo del Fondo de Cultura Económica durante las dos o tres últimas décadas. El pretexto aparente: el 10 de enero se cumplieron quince años de su fallecimiento, y como el Fondo ya nos ha hecho saber que “el mejor homenaje es leerlos” una vez que los reedita, voilà, se hizo la magia. Por fortuna, el planteamiento no se reduce al de una edición conmemorativa, sino que es resultado de un largo trabajo de investigación, acopio de material, de gestiones, de antesalas, de convencimiento, que pedía a gritos ver la luz.

El libro exhala una urgencia fatal por presentar todo —y todo es todo— cuanto escribió Guadalupe Dueñas, o Lupita, Pita Dueñas (1920-2002): libros publicados, textos dispersos en revistas y suplementos, inéditos, trabajos inacabados, variaciones de la misma obsesión; cuentos, poemas, invenciones, novela, estampas de personajes (reales e imaginarias), semblanzas literarias, reseñas de libros y de películas, versiones de sus relatos, reportes de trabajo, síntesis bibliográfica, incluso atribuciones y adjudicaciones erróneas y, para bien y para mal, reveladoras. En fin, unas Obras completas demasiado completas, como si los editores supieran tanto como sus herederos que, para el singular universo de Lupita, no habrá nuevas oportunidades. Reunión y museo del trabajo literario de Dueñas, que lo mismo permite instalarse en los salones más elegantes de la casa que en el desván de los papeles destinados al olvido. En cualquier caso, el sendero de las “obras completas” es complejo y se puede transitar por diversas vías; sumando, como Alfonso Reyes, o restando, como deseó Jorge Luis Borges.

Patricia Rosas Lopátegui, autorizada estudiosa de la literatura escrita por mujeres y agente literario de Guadalupe Dueñas, figura como autora de la selección, es decir, como editora principal de la obra. El término “selección” choca de entrada con el concepto de “obras completas”, pero es que ella ha optado precisamente por la ruta de Reyes: sumar a la obra publicada la de archivo —no toda—, con la finalidad de redimensionar el lugar que ocupa Guadalupe Dueñas en nuestra literatura. Es una decisión arriesgada que problematiza cualquier edición posible, ya que requiere la colaboración del autor, y a falta de éste, implica entrar en el terreno de la especulación. Para suplir esta carencia, Rosas ha recurrido a los familiares de la autora, particularmente a su sobrina Luz María Díaz Dueñas (Z Mar), a los allegados a Lupita y al modesto aparato crítico que la cobija.

Para quien publicó en vida cinco breves libros (cuatro, si contamos que el primero se incluye en el segundo), las ochocientas páginas que integran este volumen desconciertan e inquietan. La revisión del índice produce enseguida algo de sosiego y vértigo. Sosiego, porque de nueva cuenta estará disponible la obra narrativa de Lupita; vértigo, porque además de incluir una larga lista de colaboraciones para la revista Kena, supuestamente de su autoría, al fin se entrega completa Memoria de una espera (1962), legendaria novela que nunca se animó a publicar.

El volumen es presentado por Beatriz Espejo, quien recupera una amena, informada e informativa semblanza de la cuentista tapatía, no exenta de crítica: “Guadalupe Dueñas, una fantasiosa que escribía cuentos basados en la realidad”, tomada de Seis niñas ahogadas en una gota de agua (DEMAC-UANL, 2009). El título alude al contenido profundamente biográfico de las narraciones de Pita: hacía ficción de sí misma. O al menos eso pretendía que creyeran sus lectores, que su visión del mundo, su universo literario, es más registro que recreación de la realidad —Miguel Sabido y Vicente Leñero han reforzado esta idea—; sin embargo, la tentativa de descifrar ese cosmos a partir de lo anecdótico puede ser tan infructuosa como insatisfactoria.

LA OBRA PUBLICADA

Rosas Lopátegui organiza las Obras en dos grandes corpus, las publicadas y las inéditas. La primera parte concentra sus libros en orden cronológico, aunque omite la separata Las ratas y otros cuentos (Bajo el signo de Ábside, 1954), incluido en Tiene la noche un árbol (FCE, 1958), títulos que recibieron una atención inusual de la crítica; siguen los descatalogados No moriré del todo (Joaquín Mortiz, 1976), Imaginaciones (Jus, 1977) y Antes del silencio (FCE, 1991). Poco más de cien piezas en cuarenta y tantos años de producción literaria, de las cuales apenas una docena sigue rodando entre lectores curiosos. Raro fenómeno el que representó Dueñas como autora. Desde Las ratas y otros cuentos irrumpe en la escena literaria entre comentarios afectuosos, alabanzas, bombos, platillos y alfombra roja. En un mundo de machos, ella se abre paso con su encanto de mujer madura —dice que tiene treinta y tantos, pero tiene más de cuarenta—, siempre elegante y hábil para tejer relaciones. Julio Torri, Andrés Henestrosa, Carlos Valdés, Emmanuel Carballo, Efrén Hernández, Alfonso Reyes, hasta Elena Poniatowska, Dolores Castro y Rosario Castellanos, opinan y se ocupan de ella y sus relatos que recrean y producen atmósferas de horror, sensaciones de extrañamiento, dramas retorcidos, inocente sarcasmo.

“EL LIBRO EXHALA UNA URGENCIA FATAL

POR PRESENTAR TODO —Y TODO ES TODO—

CUANTO ESCRIBIÓ GUADALUPE DUEÑAS:

LIBROS PUBLICADOS, TEXTOS DISPERSOS,

INÉDITOS, TRABAJOS INACABADOS.”

Henestrosa, al frente de Literatura del INBA, la incluye en los anuarios del cuento mexicano y la invita al único encuentro literario que por entonces organiza Bellas Artes, los Viernes

poéticos; Valdés le señala mejoras de estilo que atenderá en la edición final de Tiene la noche un árbol, que pensaba titular La hora desteñida; Carballo solicita “Historia de Mariquita”, el cuento más popular de Dueñas, para incluirlo en Cuentistas mexicanos modernos, y le dedica un extenso comentario crítico que vale para toda la obra de Dueñas: “confía más en las sugerencias del lenguaje que en los sucesos que describe... Cuando la realidad le es intolerable, la sustituye por otra del tamaño de sus apetencias”, y la invita a participar en Universidad de México y México en la cultura, una colaboradora bastante mimada en el legendario suplemento de Fernando Benítez, donde Reyes no disimula el entusiasmo por ella:

Con Lupita Dueñas nace una cuentista. Mejor aún: nace un poeta. ¡A soñar, Lupita! ¡A sufrir gozando y a gozar sufriendo! ¡Bienvenida al reino de la perduta gente! Fuertes alas. Fantasía valiente. Y una mirada que traspasa el misterio... ¿Puede un veterano entreabrir la puerta para augurar triunfos y palmas?

“Excelente cuentista”, señala Poniatowska, y Hernández agrega: “la mejor de México, al lado de Juan Rulfo y Ferretis”. Es una locura, para alguien que apenas ha publicado quince cuentos. Su consagración en realidad llega con Las ratas y sus colaboraciones en México en la Cultura. Cuando aparece Tiene la noche un árbol sólo confirma lo que sus seguidores ya habían advertido. Es un caso excepcional en nuestra literatura. A pesar de ser considerado uno de los mejores libros de cuentos, lo único que le da unidad es el propio estilo de Dueñas, no su arquitectura interna, como en el caso de Confabulario (1952) de Arreola, El Llano en llamas (1953) de Rulfo o Los días enmascarados (1954) de Fuentes. Y es el estilo de Lupita, cada vez menos entusiasta y más caprichoso, lo que volverá frágiles a No moriré del todo y Antes del silencio, dos colecciones con muestras extraordinarias de talento, como “El ruiseñor y la rosa” o “Feliz año” en el primero, y “Los huérfanos” o “Serias divagaciones sobre el amor” en el segundo.

Su inventiva y agridulce sentido del humor, sello particular de su obra, evolucionan y transitan de la sonrisa lúdica a la mueca sombría. Pita se hace pasar por tonta —insiste en ello cuantas veces puede—, pero su literatura revela tal malicia que supera a sus

contemporáneos.

En mis cuentos no existe la fantasía —declaró a Beatriz Espejo—. Soy absolutamente realista a la hora de contar cosas. Cuando los bondadosos críticos afirman que tengo mucha imaginación, me siento avergonzada. Todo me sucede, hasta los sueños. He deambulado por ellos.

Ficción o crónica descarnada, Lupita Dueñas termina haciendo del cuento lo que se le antoja. Ella es el estilo, el tema y la trama.

Su narrativa podría presentarse como un solo libro publicado en cinco entregas, incluyendo Imaginaciones, que es un proyecto personalísimo cultivado por más de veinte años. Es su

propia versión de Vidas imaginarias de Marcel Schwob: toma a un personaje real o ficticio, muy cercano a ella, y echa a volar la imaginación para construir una visión, un encuentro,

un episodio, una versión biográfica. El resultado es un texto en prosa cargado de poesía —como muchas de sus ficciones—, testimonios de amor y gratitud que revelan la delicada orfebrería lingüística de Dueñas. Un libro desestimado por la crítica, desatendido por sus lectores y desperdiciado por los editores.

A la postre, los cuentos más requeridos en selecciones y antologías procederán de su primer libro: “Historia de Mariquita”, “La tía Carlota” y “Al roce de la sombra”, aunado a “No moriré del todo” del segundo. Del tercero, ninguno. ¿Por qué? Las lecturas de Eduardo Mejía y Leonardo Martínez Carrizales, que ningunean No moriré del todo y Antes del silencio frente a Tiene la noche un árbol, arrojan luz al respecto. Su estilo, a partir de la década de los setenta, tras el boom, le resulta almidonado a sus lectores y a la crítica joven —mientras sus contemporáneos siguen alabándola, a veces con notoria condescendencia—, pero no pueden sustraerse al prestigio seductor de Tiene la noche un árbol. Por otra parte, entre cada colección de cuentos hay más de quince años de distancia; cuando publicó No moriré del todo e Imaginaciones volvía a presentarse como autora, pero sin ser ya una presencia constante en los medios. El tiempo fue arrinconando su narrativa y se convirtió en “autora secreta” —eufemismo para quien cae en la ignorancia y el olvido—, materia de interés para estudiantes, investigadores, escritores, lectores y bibliófilos, porque sus libros eran, son inconseguibles.

“EL TIEMPO FUE ARRINCONANDO

SU NARRATIVA Y SE CONVIRTIÓ EN ‘AUTORA

SECRETA’ —EUFEMISMO PARA QUIEN

CAE EN LA IGNORANCIA Y EL OLVIDO, PORQUE

SUS LIBROS ERAN, SON INCONSEGUIBLES.”

LA OBRA DISPERSA

A los libros publicados le sigue una selección de colaboraciones recopiladas de diferentes publicaciones. Primero los “Cuentos”, uno marginado por la autora (“Diplodocus Sapiens”), más cuatro versiones de sus relatos que, por sí mismos, constituyen textos significativamente distintos a los recogidos en libros, como “Zapatos para toda la vida” o “Juicio final”, aparecidos en Ábside, Revista Mexicana de Literatura y Universidad de México; le siguen cuatro textos catalogados como reseñas: dos colaboraciones para Nivel y otras tantas para Revista de Bellas Artes.

Entre 1963 y 1970 es articulista y editora literaria de la revista Kena, etapa de la cual se ofrecen treinta y tres contribuciones, de las cuales once, advierte Rosas Lopátegui, son atribuciones: “Aunque ciertos textos no tienen su firma se los atribuimos a Guadalupe Dueñas (sin dejar de considerar el beneficio de la duda) por la inconsistencia con que algunos de estos materiales presentan su nombre y otros no en las mismas columnas, y por la similitud en el estilo y el tratamiento de los temas”.

La revista Kena fue un producto de la revolución femenina para la mujer moderna, con ambiciones y cierto bagaje cultural. Ampliar este bagaje era el objetivo de la sección coordinada por Lupita, y por lo general lo hace contando la vida de personajes históricos:

artistas, líderes y, mayoritariamente, mujeres atrevidas. Su única pretensión es informar, quizá por ello no teme en recurrir a textos de otros autores para cumplir su misión; quizá firmó los artículos más como responsable de la sección que como autora.

Esta urgencia por presentar a una Guadalupe Dueñas activa y polifacética —contraria a la imagen de vieja solterona que va a misa de siete, solitaria, recluida en un caserón apolillado de la colonia Roma—, llevaron a las editoras del libro a dedicarle un amplio espacio a lo que no merecía más que una mención en su biografía y, acaso, el rescate de cuatro o cinco textos, porque más de la mitad de las colaboraciones que le atribuyen no son del todo suyas. La “similitud en el estilo y el tratamiento de los temas” se debe a que la mayoría de los textos sin firma, y algunos firmados por ella, se desprenden de Las grandes amantes de la historia (De Gassó Hermanos, Barcelona, 1958) de José María Tavera, un popular autor catalán de biografías literarias; y a que Dueñas emplea la misma técnica para reescribirlos: prepara sin excesos la entrada y, conforme avanza en los datos históricos, transcribe, sintetiza, recuenta o reconstruye el texto de Tavera. Con citar brevemente un caso queda claro el procedimiento, en “Lola Montes” refiere Tavera: “Luis I de Baviera, a sus sesenta años en servicio activo, estrena la perplejidad más absoluta. // No hay duda alguna de que Lola Montes es una mujer de rompe y rasga” (p. 308); Dueñas, con mayor sencillez, le mejora el estilo: “Luis I de Baviera, a sus sesenta años en servicio activo, se llena de perplejidad y no duda ya que Lola es una mujer de ‘rompe y rasga’.” (p. 387). El hecho de que el procedimiento se reproduzca en otras semblanzas firmadas por Lupita confirmaría que son de ella.

Mesalina”, “Lucrecia Borgia”, “Madame du Barry”, “Lola Montes”, “Catalina de Rusia”, “Ninon de Lenclos”, “Ana Bolena”, “Lady Hamilton”, “Sarah Bernhardt”, “La emperatriz Josefina”, “Mata Hari”, “María Walewska” proceden de Las grandes amantes de la historia; pero también “Salomé”, texto donde suma dos rarezas bibliográficas, la narración —casi íntegra— del argentino Miguel Escalada y un poema del costarricense Eduardo de Ory, y “Santa Rosa de Lima”, de la biografía homónima del peruano Luis M. de Cádiz, etcétera.

Es probable que un examen más cuidadoso revele que las semblanzas biográficas de “Pablo Picasso”, “Simón Bolívar”, “Madame Curie” o la atribución de “Abraham Lincoln” están francamente fuera de su registro y más cercano al de Selecciones del Reader’s

Digest, aunque se elaboraron con datos biográficos de fuentes similares (ensayos

biográficos, enciclopedias, revistas), tal como Dueñas se apoya en antologías y manuales literarios para redactar las notas que anteceden a sus selecciones poéticas: para la de Vicente Aleixandre retoma a Gerardo Diego; para Concha Urquiza, Enrique González Martínez, Carlos Pellicer, Salvador Novo, la única fuente que cita es Antonio Castro Leal. A pesar del enorme boquete que se abre entre los textos recuperados de Kena —que la sitúa en la borgiana tradición de Pierre Menard, mirado con ánimo dueñesco—, es una selección bastante disfrutable. Y hay textos que tienen su inconfundible impronta, como “Giuseppe Verdi”, que a partir de una imagen elabora el perfil del personaje: “El gran anciano de la ópera está en la terraza; contempla la luna que alcanza el cenit, y sigue con la mirada el vuelo de un murciélago (...) El aire fresco y perfumado de la noche de verano contribuye al hechizo misterioso de la escena y el canto de los grillos forma un tema para un nocturno en re menor”. La reunión de la obra publicada concluye con un homenaje a Emma Godoy, en Ábside; dos textos sobre su obra y el arte de escribir; y una “Miscelánea”: un libreto de La gallina degollada, adaptación para televisión del cuento de Horacio Quiroga, de gran valor documental pero sin datos de producción, por lo cual no es posible saber si en efecto puede considerarse “publicado”; un testimonio sobre Julio Torri y un comentario a una edición de autor de Z Mar.

La “Miscelánea” incorpora un documento en la tónica biográfica de Kena, “La princesa fantasma de Europa”, quince páginas que relatan la azarosa vida de la emperatriz Carlota de México, el cual se publicó “en algún rotativo. Lamentablemente no se guardó

la fuente hemerográfica” y “no fue posible ubicar su impresión”. ¿Cómo habrían de dar con el folletín, si no es de Guadalupe Dueñas? El texto es una sinopsis de Carlota. Infidelidades de Maximiliano (Populibros La Prensa, 1958) del periodista mexicano Fortino Ibarra de Anda, y en la primera línea informa que “Un autor dice con relación a Carlota”, con lo que sería válido asumir, como lo hace Rosas Lopátegui, que son apuntes para la telenovela histórica Carlota y Maximiliano (1965) de Ernesto Alonso, escrita en colaboración con Margarita López Portillo.

Se extrañan muchas colaboraciones de Lupita en otros medios, principalmente México en la Cultura, del cual fue colaboradora constante entre 1954 y 1961. No es una omisión menor, pues además de publicar un buen número de cuentos y ficciones, en un número dedicado a “La tarea en marcha de los novelistas mexicanos”, Benítez dio a conocer un capítulo de Antesala, novela incluida en la segunda parte de estas Obras bajo el título de Memoria de una espera.

LA OBRA INÉDITA

Hay quienes en vida hacen labor curatorial antes de entregar un manuscrito a imprenta: Juan Rulfo, Alí Chumacero, Josefina Vicens. Dueñas se encuentra en este caso, su obra abarca lo que a juicio suyo debe abarcar. No es necesario presentar como joyas lo que tal vez ellos mismos consideraban baratijas; pero tampoco hay que desdeñar las baratijas cuando en realidad son joyas. La voracidad nos lleva a ignorar su voluntad con tal de obtener hasta la lista del mandado escrita en un billete de lotería, en la creencia de que nos revelará la materia prima de una página anodina o un verso deslumbrante. Y sí, a veces hay que contrariar voluntades.

La segunda parte de Obras completas no es menos problemática que la primera, pues mezcla tipologías documentales que debieran disociarse, o al menos no atribuirles un estatus que no tienen. La obra creativa que no pasó por un proceso editorial reclama un cuarto propio frente al material de archivo con valor más bien testimonial, donde cabe de todo: textos inacabados, pautas de algo que no fue, apuntes que esbozan una idea que al final se hace humo, notas que prefiguran un relato, trazos que, perdido el impulso, no trascienden a la copia en limpio ni llegan a borrador. En el primer caso hay un producto creativo acabado, quizá no a satisfacción del autor, pero que bajo un cuidado editorial riguroso puede circular sin reparos.

Los poemas de Dueñas, pórtico prometedor al universo inédito de Lupita, están más a la orilla del testimonio que de la obra acabada. Renunció a publicarlos, o siendo más precisos, Alfonso Méndez Plancarte le sugirió que los sepultara. Dueñas siguió a medias el consejo, se jactaba de que “su poesía fue el arsenal de donde extrajo el material abundantísimo que luego ha ido utilizando en su prosa”. ¿Serían estos ensayos los que motivaron la radical sugerencia del editor de Ábside?

Se rescatan cuarenta y tres composiciones, procedentes de dos cuadernos, corregidas por Patricia Rosas y el dramaturgo y traductor Reynol Pérez Vázquez, ya que fue “necesario editar los textos no sólo para imprimirles mayor ritmo, sino también con la finalidad de mantener su cosmos poético lo más fiel y cercano posible a su imaginario”.

Del “Cuaderno 1” se desprenden dos poemas fechados en 1937 y una serie

de veintisiete textos de 1951, precedidos por una curiosa nota (se entiende que de la misma autora): “Se aconseja a la magna poetisa que escriba los ensayos poéticos con tinta para que no vayan a borrarse con el tiempo. // Se le aconseja también que escriba sólo poemas negros, porque al fin de otro color no le salen”. Las cursivas son mías, para

resaltar la intención de fijar el texto y el ánimo de Dueñas, contagiado por los catorce “ensayos poéticos” bajo el título de Poemas extraordinarios (1950), en el “Cuaderno 2”, que inicia con los clásicos versos de los libros del colegio: “Si este libro se perdiere, / como suele suceder...”, y una segunda leyenda: “Aquí empiezan los poemas negros de Pita Dueñas”. Los epígrafes dicen mucho del proceder de Lupita: presenta algo como salido de la pluma de una aprendiz, se burla de ella y le resta importancia —una especie de mecanismo de defensa crítico—; pero al adentrarse en los poemas, fallidos o no, el lector tropieza con esa media luz que palpita en su obra.

Un poema fechado entre octubre de 1950 y mayo de 1951, “Baila gitana”, lleva a suponer que, si la transcripción es fiel, Lupita puso en limpio algo largamente trabajado. Sin embargo, la calidad es muy dispar: “Seré un jardín extraño / con la muerte albina / y la pobre gente / mirará a lo lejos / mi féretro pasar”, o “Qué cosa lejana / este amor que se quiebra, / y ay cómo duele / no saber de recuerdos”, entre los de 1937... Por error le adjudican unos “Versos sueltos” del colombiano Fernando Arbeláez (“Pero no habrá reposo para el hombre que pasa...”), quizás epígrafe del poema que los precede, “Sinfonía

de muerte”, fechados el mismo día.

Es una mezcla de modernismo finisecular (Nervo, López Velarde, González Martínez), de Contemporáneos (Gorostiza, Novo, Pellicer, algo de Villaurrutia), de la Generación del

98 y del 27 (con fuerte presencia de Unamuno, Jiménez, Machado, Lorca, Cernuda), en versión romántica y nocturnal, desgarrada y rimbombante, con una fijación desmedida por la muerte. Prevalece una atmósfera opresiva y una religiosidad que se regodea en el sufrimiento, la abstinencia, la castidad, en pugna obsesiva contra la vida, contra la sexualidad. Como en sus cuentos, Tánatos se impone a Eros; pero en la mayoría de sus ensayos el ritmo del poema se rompe y el discurso remata en desahogo, en reproches a la vida.

Quien escribe estos versos es una mujer de cuarenta años, que cuanto ha hecho en su vida es cuidar a su familia, rezar, cultivarse, escribir y, por lo que se desprende de sus poemas,

angustiarse por el hecho de estar viva (“el don de vivir vuelto suplicio”). Pero no es factible ser indulgente con ella, la misma autora que está esbozando las ficciones de Las ratas y otros cuentos. Tuvo razón Méndez Plancarte al recomendarle que volcara su ímpetu poético en la narrativa, pues a su (in) voluntario humor negro, al sarcasmo chocante de sus historias, a la saña ingenua y malévola que retuerce lo trivial, sumó un registro retórico cargado de imágenes y sensaciones metafóricas, bien equilibrado en Tiene la noche un árbol, apenas contenido en Memoria de una espera, cuidadosamente cincelado (acariciado) en Imaginaciones, desbalanceado en No moriré del todo y desbordado en Antes del silencio.

Le sigue un inciso que debería enriquecer los cuentos publicados, “Variaciones del mismo tema”, que incluye dos versiones del mismo texto: el borrador “La cita triste”, fechado

el 8 de diciembre de 1933 (cosa que da para especular) y “La cita” —sin relación con “La cita” de No moriré del todo—, publicado en marzo de 1955 en la revista Nuestro Banco, bajo la firma de su hermana María de los Ángeles, quien afirma ser protagonista y autora original de la anécdota. Las Obras no dan cuenta de la tercera versión de “La cita”, firmada por Lupita, fechada en 1954 y publicada en enero de 1955 en Repertorio americano. Cuadernos de cultura hispánica, añeja revista literaria de San José de Costa Rica.

Continúan seis textos en desarrollo; quizás el más notable, por el acento confesional, sea “María Antonia”, retrato grotesco de una mujer que ha alcanzado el medio siglo; seis dictámenes de obras dramáticas para el IMSS que, a lo sumo, hablan de los gustos e inclinaciones teatrales de Dueñas, y seis borradores de seis cuentos diferentes,que se añaden a las versiones publicadas. Todo este material, desde los poemas hasta los borradores de cuento, ha sido tomado del archivo personal de Guadalupe Dueñas y transcrito por Patricia Rosas y Z Mar.

LA OBRA PÓSTUMA

Cierra el volumen Memoria de una espera, manuscrito de la novela que en la contraportada de No moriré del todo se anuncia como Máscara para un ídolo, de la cual publicó dos adelantos: en 1960 un capítulo intermedio para México en la cultura, bajo el título de Antesala, y en 1968 el arranque de la novela, para una de las memorias conmemorativas del Centro Mexicano de Escritores, donde la trabajó.

Patricia Rosas Lopátegui transcribe e interpreta las numerosas correcciones que, según ha informado la investigadora Allyn García Vázquez, presenta el manuscrito. Desalienta saber que se trata del borrador depositado en los archivos del Centro Mexicano de Escritores,

y no del archivo de Dueñas. Visto con frialdad, significa que nunca realizó la versión trabajada, pulida, con cambios relevantes que señaló en diversas entrevistas, o bien destruyó el manuscrito que alguna vez aseguró que ya estaba en poder de la editorial Jus. Esto no disminuye lo mucho que tiene de interés, ni que pueda convertirse en el acontecimiento literario del año, y que deba enfrentarse a la crítica y a los lectores de manera independiente.

Bajo una atmósfera que recuerda a “El guardagujas” de Juan José Arreola, a Esperando a Godot de Samuel Beckett, a Kafka, pero también a Doce hombres en pugna de Reginald Rose, Guadalupe Dueñas desarrolla una historia que, como es su costumbre, no trata de lo que parece tratar, ni de lo que dijo que trataría. Mónica, una elegante dama distraída y parlanchina, coqueta y ambigua, se presenta en la oficina del “Señor Ministro” un día sí y el otro también, con la esperanza de que la atienda personalmente. Desde luego, esta esperanza es la de una decena más de personas que, día a día, comparten con ella la sala de espera. Pero el ministro es un hombre muy ocupado, nadie sabe cuándo puede recibirlos. Sólo tienen al conserje —ni siquiera un secretario— que los recibe y trata como si fueran su familia.

“MEMORIA DE UNA ESPERA

YA NO ES EL ‘MECANOGRAMA BORRADOR’

DE UNA NOVELA: ES LA OBRA PÓSTUMA,

ENCANTADORAMENTE INCÓMODA

Y EXTRAÑA, DE GUADALUPE DUEÑAS.”

 

Los personajes típicos de esta galería —las monjas, las hermanas solteronas, el lector, el licenciado corrupto, el joven adinerado, la gringa promiscua, etcétera— terminan por relacionarse más allá de la antesala, hablan mal unos de otros, fraguan planes infalibles para lograr una entrevista con la máxima autoridad y, conforme pasan los días, revelan sus carencias, sus vicios, el patetismo de quienes se confrontan y huyen de sí mismos con el pretexto de que esperan, como si fuera ésa su principal ocupación. No pueden dejar la antesala porque no pueden estar consigo mismos, porque en el fondo esperan que una instancia superior les resuelva la vida. Sin duda, no es una versión definitiva, pero contra lo que han afirmado quienes conocían el texto, demuestra con creces que es una historia bastante acabada. La novela amarga e incisiva, absurda y sin explicación como la

vida, que la autora pretendía rematar con un pensamiento positivo, y quizá pensando ese final que no llegó, terminó por sentirla fuera de onda. Si Dueñas renunció a publicarla, no fue por su cercanía con el poder ni por falta de oportunidad, menos porque considerase que estaba inconclusa: simplemente no pudo darle esperanza a Mónica, no pudo traicionarse a sí misma. Es irónico: ella, precursora de los melodramas televisivos, deseaba un final de telenovela que fue incapaz de proveer. Publicada, Memoria de una espera ya no es el “mecanograma borrador” de una novela: es la obra póstuma, encantadoramente incómoda y extraña, de Guadalupe Dueñas. Merece pararse sola en las mesas de novedades, como ha ocurrido con Harper Lee o Pearl S. Buck y el fenómeno Bolaño, no como una curiosidad encuadernada al fondo de un tomo de ochocientas páginas.

LAS OBRAS COMPLETAS

El proyecto original de Patricia Rosas Lopátegui era preparar dos volúmenes, así lo revelan sus respectivos prólogos a la “Obra publicada” y la “Obra inédita”. Habría sido un acierto del Fondo de Cultura Económica seguir este plan, que además habría permitido enriquecer

el archivo de Dueñas con otro tipo de contribuciones, quizás “un necesario dossier que resume la historia crítica de la obra” —como se lee en el prólogo al segundo tomo de las Obras completas de Efrén Hernández—. Por ahora está lo que está y es digno de celebrarse. Y como es costumbre cada quince años, Guadalupe Dueñas regresa tan desconocida e inédita a ganarse, otra vez, un lugar vivo entre los lectores, y no una mención curiosa en un manual de literatura mexicana.