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Olga Lengyel (1908-2001). Fuente: hbvtux.com

Algunos aseguraban que era el agotamiento: esa paulatina pérdida de fuerza en los músculos que poco a poco los degradaba desde adentro hasta hacerlos sentir inútiles, hasta paralizarlos, convirtiéndolos en bultos incapaces incluso de moverse, y quedar a merced del látigo, de los bastonazos, de los bárbaros castigos de sus custodios, quienes los utilizaban a manera de escarmiento, como aterrador ejemplo para evitar que los demás dejaran de moverse y siguieran trabajando hasta entregar su última chispa de energía. Otros señalaban el hambre: un desesperado vacío en las entrañas que no dejaba de expandirse por el cuerpo, rasguñando su interior hasta nublar la vista, hasta barrer de la mente cualquier pensamiento que no implicara la posibilidad de conseguir comida, animalizándolos al grado de hacerlos olvidar la empatía y la solidaridad con sus compañeros de infortunio, a quienes eran capaces de agredir por un mendrugo de pan o de arrancarles un trozo de carne y devorarla una vez que los veían muertos. Otros más —los menos— hablaron de las agresiones directas: los insultos omnipresentes, los puñetazos repentinos, las patadas, los garrotazos, las flagelaciones y, por último, los balazos en la nuca que terminaban de manera intempestiva con todos los dolores, pero que no por eso significaba un alivio, sino por el contrario la peor amenaza de todas, la de la extinción definitiva que, por sí misma, provocaba otro de los principales sufrimientos: el del miedo: ese estado alterado de la conciencia que engarrota los músculos y tensa el entendimiento con el fin de mantenerlos alerta para tratar de alargar la existencia unas horas o unos días más, y no sucumbir como tantos que veían hacerlo alrededor, ya fuera a manos de kapos o guardias, ya fuera conducidos como hatos de ganado a las cámaras de gas.

Cada vez que recorro las páginas de un libro —sea testimonio, obra historiográfica o novela— que trata sobre el exterminio de varios millones de judíos llevado a cabo por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, o cuando veo alguno de los cientos de filmes que narran el Holocausto, la pregunta sobre cuál fue el peor sufrimiento que las víctimas experimentaron comienza a resonarme en la cabeza. ¿El hambre? ¿El cansancio? ¿La degradación? ¿El terror? Es como si el cerebro tratara de ubicar con precisión “lo peor del horror” sin conseguirlo, pues ese punto culminante, verdadera sima de la naturaleza humana, se escurre entre las palabras y las imágenes, ocultándose a mi entendimiento, negándose a exhibir ante mí su verdad más honda y siniestra. Y entonces surgen otras
preguntas: ¿a otros lectores, a otros es pectadores de estas películas, les ocurre lo mismo? ¿Será que el sufrimiento humano alcanza niveles incomprensibles para quienes no lo han experimentado en carne propia? ¿O se trata, simplemente, de que el concepto del mal tiende a ocultar su significado siempre que estamos a punto de lograr desentrañarlo?

LO QUE SÍ ES INNEGABLE es que en el imaginario colectivo de Occidente no existe una experiencia tan terrible y dolorosa como la persecución y el exterminio de los miembros de la raza judía perpetrados por los nazis —cuyo término cumple 75 años este 2020. Es nuestro más grande pecado como humanidad y, al permanecer en la memoria, representa también nuestro principal remordimiento, sin que para sufrirlo se necesiten la fe ni la religión. El simple acto de pensar en esos hechos, de conocerlos, nos lleva a preguntarnos con suma inquietud: ¿hasta esto fuimos capaces de llegar? Y, si ya ocurrió una vez, ¿cuánto tardará en repetirse? ¿Será el ser humano lo suficientemente sabio como para evitarlo ahora que está seguro de que el germen de tamaña atrocidad vive dentro de él en estado latente?

DICEN QUIENES SE DEDICAN al estudio del pasado que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, y en Occidente, por fortuna, hay cientos o quizás miles de libros escritos por quienes han enfocado sus esfuerzos en el tema. Historiadores, politólogos, filósofos, guionistas, psicólogos, novelistas y sobrevivientes de los campos de exterminio que tomaron la pluma para narrar con voz propia sus experiencias, han asediado y desmenuzado los hechos para que los lectores tratemos de entender lo que ocurrió, hasta conformar un corpus inmenso de experiencias, reflexiones, vaticinios y advertencias que por su misma abundancia resulta difícil de asimilar. En lo personal creo que, aunque los significados seguirán siendo escurridizos por muy largo tiempo, nos quedan los testimonios de los sobrevivientes y las obras de imaginación de los narradores para, por lo menos, tener acceso a la experiencia interna y externa de aquellos que lo vivieron.

“La pregunta sobre cuál fue el peor sufrimiento que las víctimas experimentaron comienza
a resonarme”.

A los trece o catorce años de edad, cuando yo apenas me iniciaba como lector y sabía casi nada de los hechos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, me topé en algún librero de la casa familiar con Los hornos de Hitler, de Olga Lengyel, primer testimonio del Holocausto que me provocó al mismo tiempo una repulsión llena de estremecimientos y una fascinación que —entonces no lo imaginaba— permanecería en mí a lo largo de mi vida. En sus páginas encontré una estructura que se repite con muy pocas variantes en muchos de los relatos de los sobrevivientes de los campos de concentración, lo mismo que gran parte de los sucesos vividos, y un punto de vista bastante singular: el de la mujer. Singular, porque con los años y otras lecturas pude darme cuenta de que la gran mayoría de quienes han narrado el modo en que lograron eludir el exterminio han sido varones. También en ese libro leí acerca de que tal vez el mayor tormento de los internos en los campos era el hambre. Recuerdo cómo se impresionó el adolescente que fui al leer que la ración de aquellas cautivas consistía sólo de “un tazón de potaje aguado y una cucharadita de margarina”, y así día tras día. La autora hablaba también del trabajo agotador, de la fatiga, los golpes y malos tratos, pero hacía gran hincapié en el hambre, incluso más que en el miedo al exterminio. Estas referencias a la tortura que provoca la falta de nutrientes aparecen también enmuchos otros relatos, sobre todo en las excelentes piezas testimoniales del italiano Primo Levi, Si esto es un hombre, y del premio Nobel húngaro Imre Kertész, Sin destino.

EN LO QUE RESPECTA a la estructura, la mayoría de los testimonios y obras de los novelistas repiten casi sin variación algunos elementos que establecen una suerte de patrón o un esquema: primero ocurre el repudio de la sociedad hacia el individuo ba-
jo el influjo o la amenaza de los nazis, lo que implica llevar la estrella amarilla cosida al pecho para ser identificado como judío, sufrir el rechazo o la agresión de los gentiles y, en algunos casos, el confinamiento de los indeseables en un gueto. En otros, para los que aún eran libres o combatían como partisanos llegaba el momento de la captura. Hablo de “un patrón”, pero es claro que éste sólo agrupa los hechos, no las perspectivas de cada uno de los autores, ni sus pensamientos y reflexiones, ni mucho menos el estilo y tono elegidos para narrar los sucesos. Llama la atención, por ejemplo, la ironía con que el narrador adolescente de la citada novela de Kertész contempla los cambios que van ocurriendo en el seno de su sociedad:

Normalmente jugamos a las cartas,pero esta vez la hermana mayorno tenía ganas; quería hablar con nosotros sobre un problema que la preocupaba: la estrella amarilla le causaba quebraderos de cabeza. Había notado un cambio en “las miradas de la gente” desde que llevaba la estrella. Las personas ya no la trataban como antes y ella veía en sus miradas que la “odiaban”. Aquella mañana también había tenido la misma sensación, cuando, por encargo de su madre, había ido a la compra. Yo creo que exagera; mi experiencia, por lo menos, no coincide con la suya. En el trabajo, sin ir más lejos, todo el mundo sabe que hay algunos albañiles que no soportan a los judíos, pero con nosotros, conmigo y con los otros muchachos, se han hecho casi amigos. Por otra parte, este hecho no influye en sus opiniones, claro que no. (Imre Kertész, Sin destino, El Aleph Editores, Barcelona, 2012 pp. 39-40).

Unas palabras que me parecen clave en la cita anterior son “Yo creo que exagera; mi experiencia, por lo menos, no coincide con la suya”, porque establecen de modo sutil y al mismo tiempo determinante la riqueza que contiene la narrativa de los campos
de concentración. Si bien todos los libros escritos sobre el tema —o por lo menos la mayoría— abordan más o menos la misma experiencia, que fue colectiva y afectó a millones de seres humanos, al leerlos advertimos los más diversos estados de ánimo en las palabras de sus narradores, y el modo distinto en que los recuerdos quedaron fijos en la memoria, se fueron diluyendo o se transformaron a causa del tiempo. Encontramos diferentes distancias y tonos en los que escribieron su experiencia casi de inmediato, tras su liberación o fuga de los campos —como es el caso del libro Treblinka, del superviviente polaco Chil Rajchman—, o por el contrario,guardaron silencio durante medio siglo antes de decidirse a escribir, como sucedió con el judío alemán Paul Steinberg y su libro Crónicas del mundo oscuro. Y también detectamos grandes divergencias entre quienes se muestran satisfechos por haber sobrevivido y aquellos a quienes el mismo motivo les produjo vergüenza.

William Styron
(1925-2006).
Fuente William Styron

EN SEGUNDO LUGAR del esquema señalado viene la deportación y el traslado a los campos, es decir, el inicio de la verdadera tortura física, a la que se añadía la incertidumbre sobre el destino propio. El hacinamiento de entre cincuenta y cien personas (según el caso) en un estrecho vagón de ganado, con frío o calor extremos, sin comer y sin beber en los varios días que duraba el viaje, con gente desfalleciendo o incluso muriendo alrededor del narrador del relato, dio pie a varios autores para configurar, desde el punto de vista literario, una auténtica antesala del horror, donde lo que se vive parece insoportable pero es apenas el preámbulo de lo que vendrá.

En las distintas lecturas, unos traslados fueron menos benévolos que otros, y los que se quedan impresos en nuestra memoria fueron los peores, los más desgastantes, aquellos en que murieron más pasajeros. O acaso los que fueron registrados por escritores con mayor talento, como el que aparece en Sin destino, de Kertész, en Si esto es un hombre, de Levi, o sobre todo en esa novela maestra (testimonial) del narrador español Jorge Semprún titulada El largo viaje, en la que el autor extiende los límites de su estructura literaria al centrar el presente temporal de su relato en eltraslado de los prisioneros hacia el ex-
terminio, para enseguida darse la libertad de contar lo que ocurrió en el pasado y lo que ocurrirá en el futuro de sus personajes, antes de regresar a la turbia realidad del interior del vagón en movimiento. Semprún no fue deportado por judío, sino por rebelde comunista, pero su experiencia en los campos fue muy semejante a la de todos los demás presos.

LA LLEGADA al campo de concentración ocupa el tercer sitio en este patrón esquemático. Casi todas las obras coinciden en que el momento resultaba terrorífico. Aquellosdeportados que aguardaban el final del viaje como el cese de sus sufrimientos —muchas veces engañados al respecto por sus propios captores—, sólo sufrían una gran decepción al toparse con las violentas órdenes de los oficiales de la Gestapo, con la ferocidad de los perros entrenados para mantenerlos a raya y atacarlos en caso de que pretendieran escapar, con los golpes ante la primera incomprensión de las órdenes o ante la primera desobediencia, con el aspecto cadavérico de los otros cautivos en uniforme a rayas, con el denso olor que salía de las chimeneas de los hornos crematorios (y que ellos aún no identificaban) y con el letrero que les daba la bienvenida al campo, escrito en alemán, que decía “El trabajo os hará libres” o alguna otra leyenda llena de sarcasmo. Y, tras ese baño de agua helada, venía enseguida la selección entre quienes serían enviados a trabajar como esclavos y aquellos cuyo destino eran las cámaras de gas (ancianos, niños, mujeres embarazadas y enfermos).

“Pocos autores han soslayado la brutalidad de la llegada a los campos.
En la mayoría de los libros sobre el tema,
la situación se plasma pavorosa, traumática, y sin embargo todos la han contado diferente”

Pocos autores han soslayado la brutalidad de la llegada a los campos. En la mayoría de los libros sobre el tema, la situación se plasma pavorosa, traumática, y sin embargo todos la han contado de modo diferente. En algún caso el narrador del relato corre con suerte al recibir un buen consejo de un prisionero más antiguo, como el narrador de Sin destino, a quien un hombre le salva la vida al decirle que se aumente los años, pues como menor
de edad terminará con los otros niños desintegrándose en el crematorio. Pero la mayoría están pasmados, paralizados de miedo, por completo sumisos a lo que sus captores les ordenan con gritos que apenas consiguen comprender. Entre los escritores que han narrado estos momentos, quizás es el estadunidense William Styron quien logró describir la escena más perdurable, por su crueldad, para nuestra memoria. En su novela La decisión de Sophie, durante la llegada de la protagonista y sus dos hijos pequeños —niño y niña— a un campo de Auschwitz, un oficial de la Gestapo se apodera del hijo de Sophie y pretende llevárselo a la fila de quienes serán conducidos a la cámara de gas. Sophie, que ignora el destino de esa fila pero lo presiente, protesta, intenta luchar, es sometida y al final ruega que no la separen del niño. Entonces el oficial —emisario del mal absoluto— decide divertirse un poco con la madre cautiva: finge que sus ruegos lo conmueven, se acerca a ella y le pregunta si no quiere apartarse de su hijo. Al responder Sophie con un no enfático, el alemán muestra sus verdaderas intenciones: le dice que irremediablemente se llevará a uno de sus vástagos, pero le pide a ella que escoja a cuál, el niño o la niña. La mente de Sophie se desgarra ante la perspectiva, se revuelve negándose a tomar la decisión, mas ante la opción (“Entonces me llevo a los dos”), opta por salvar la vida de su hijo, un poco mayor, y sacrificar a su hija, que de inmediato desaparece en la fila de los desahuciados.

Ninguno de los testimonios más conocidos, ni tampoco las novelas testimoniales, narra una escena semejante, tal vez porque en la vida real la malignidad de los oficiales de la Gestapo era más bien burda, brutal, es decir, carecía del refinamiento que muestra el personaje de Styron. Pero la acumulación que hemos leído de horrores cometidos por los nazis nos la vuelve perfectamente verosímil por extrema que sea, al grado de que permanece nítida entre otros recuerdos. Es tan fuerte que la novela del autor —cerca de ochocientas páginas— gira por completo en torno de ella para mostrarnos cómo un solo acto, una decisión, es capaz de destruir la vida entera de un ser humano, así pasen
muchos años. Claro, la novela fue llevada al cine con el mismo título, y la magistral interpretación de Sophie hecha por la actriz Meryl Streep, quien ganó un Oscar por su actuación, tal vez contribuyó a imprimirla con más fuerza en nuestra memoria.

EN LA ESTRUCTURA SEÑALADA, tras el arribo a las puertas sigue la vida concreta en los campos de concentración. Aunque el esquema podría mantenerse diciendo que los relatos tan sólo cuentan los afanes diarios de los prisioneros por conseguir un poco más de comida, para sobrevivir un día más en medio de los trabajos forzados y los brutales maltratos de sus custodios, aquí es donde las experiencias personales de los narradores se despliegan en una variedad casi infinita de percepciones, actos cotidianos, intrigas, hechos heroicos, reflexiones, modos de resistencia, esperanzas, desesperanzas, amistades y odios, planes de fuga o de rebelión, pérdidas, deseos de venganza, ironías y hasta pequeños placeres (por más increíble que parezca). Como en cualquier otro sitio donde los seres humanos se hallen envueltos en cotidianidades multitudinarias, mientras algunos corren con suerte, otros muchos sucumben ante un destino adverso; mientras unos pocos crecen por dentro hasta sentirse indestructibles, otros se van debilitando y son derrotados por las circunstancias. Es esta versatilidad inagotable, estos cientos de aventuras privadas, de diminutos triunfos entre tanta derrota, esta multiplicidad de puntos de vista distintos, lo que otorga a los relatos de los sobrevivientes  riqueza en lo que concierne a conocer al ser humano, su naturaleza, sus grandezas y miserias.

“AL TRATARSE de obras testimoniales,novelas o crónicas que fueron escritas por sobrevivientes, algunos lectores LAS ENTIENDEN como obras de superación
humana, de enaltecimiento moral”

Así, los días que en apariencia son idénticos uno al otro, transcurren entre labores extenuantes, unas absurdas y otras importantes (por lo menos para los alemanes), pero también entre conversaciones con los compañeros de cautiverio, charlas que se dan mientras se trabaja o durante los escasos periodos de descanso que les son concedidos. La mayoría de ellas son parcas, pero conforme transcurre el tiempo muestran visos de confianza y hasta de profundidad. Eso sucede cuando Primo Levi, en Si esto es un hombre, reseña su plática en francés —lengua que no domina— con un compañero del campo:

El canto de Ulises. Quién sabe por qué me he acordado de él: pero no tenemos tiempo de escoger, esta hora ya no es una hora. Si Jean es inteligente, lo entenderá. Lo entenderá: hoy me siento capaz de todo.

…Quién es Dante. Qué es la Comedia. Qué sensación curiosa de novedad se siente si se procura explicar brevemente lo que es la Divina Comedia. Cómo está dividido el Infierno, qué es la contrapasión. Virgilio es la Razón, Beatriz la Teología.

Jean está atentísimo, y yo empiezo, lento y con cuidado:

Y de la antigua llama el más

[saliente

de los cuerpos torciese

[murmurando

cual llama que del viento se

[resiente;

luego se fue la punta

[meneando

como si fuese lengua y así

[hablara

y echó fuera la voz y dijo:

[“Cuando…

Me paro aquí y trato de traducir. Desastroso: ¡pobre Dante y pobre francés! Sin embargo, parece que el experimento promete: Jean admira la rara similitud de la lengua y me sugiere el término apropiado para traducir antica.

¿Y después de “Cuando”? La nada. Un agujero en la memoria. Prima che si Enea la nominasse. Otro agujero. Sale a flote un fragmento no utilizable: ¿la piéta Del vecchio padre, ne’l debito amore Che doveva Penelope far lieta… será exacto? (Primo Levi, Trilogía de Auschwitz, El Aleph Editores, Barcelona, 2012, pp. 144-145).

Los vemos haciendo fila para recibir su ración de potaje y pan, o margarina, alimento siempre escaso, insuficiente para trabajar y sobrevivir. Pero como en todo espacio cerrado y habitado por multitudes, también vemos a algunos de ellos en pleno ejercicio del comercio (con base en trueques), con lo que consiguen obtener un poco más de esas calorías tan preciadas que tanto les hacen falta. Por aquí vemos a unos estafando a los más ingenuos para arrebatarles su comida, o de plano robando, pues en un sitio como el Lager, es decir, el campo de concentración y exterminio, hay que hacer todo lo necesario para sobrevivir o, lo que es lo mismo, manejarse con el egoísmo más extremo.

Primo Levi (1919-1987).
Fuente: Hoy Es

AL TRATARSE de obras testimoniales, novelas o crónicas que fueron escritas por sobrevivientes, algunos lectores  las entienden como obras de superación humana, de enaltecimiento moral.
Incluso hay quienes las escribieron con esa intención, como Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. Sin embargo, y sin tomar en cuenta su calidad de “manual de psicología aplicada”, o lo que sea, como lector de literatura prefiero el valor de las novelas o de las crónicas por su inmersión en la naturaleza humana, sin pretender nada más allá que contar de la mejor manera una experiencia intransferible, única aunque colectiva, sin ningún “programa de conducta” ulterior. Sí, prefiero los relatos que muestran al hombre con todas
sus contradicciones, con sus generosidades y mezquindades.
Ya Primo Levi en sus tres libros sobre Auschwitz
—aparte del mencionado, La tregua y Los hundidos y los salvados— nos ha advertido que, en la mayor parte de los casos, los sobrevivientes no fueron los más nobles ni los más buenos, sino los que consiguieron imponerse
sobre su bondad y su nobleza, pasando por encima de quien fuera necesario para mantenerse con vida. Aquellos acostumbrados a la obediencia sumisa, a no rebelarse, a seguir las reglas del sistema, no sobrevivieron. Es por eso que la experiencia, tanto de los que vivieron lo peor y de los que encontraron la muerte en los campos, no ha podido contarse a cabalidad —salvo, tal vez, mediante la ficción—, porque como el mismo Levi afirma en las primeras páginas de Los hundidos y los salvados:

Esta carencia de visión general hacondicionado los testimonios, orales o escritos, de los prisioneros“normales”, de los no privilegiados, es decir, de aquellos que constituían el nervio de los campos y escaparon de la muerte sólo gracias a una combinación de sucesos fortuitos. Eran mayoría en el Lager, pero una minoría exigua entre los sobrevivientes: entre ellos son mucho más numerosos los que en la prisión gozaron de algún privilegio. Al cabo de los años, hoy se puede afirmar que la historia de los Lager ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo. Quien lo ha hecho no ha vuelto, o su capacidad de observación estuvo paralizada por el sufrimiento o la incomprensión. (Trilogía de Auschwitz, pp.
480-481).

Sí, los sobrevivientes fueron los privilegiados, los “vendidos al sistema” (es decir, quienes se granjeaban de algún modo la protección de kapos, guardias nazis y oficiales de la Gestapo). Los que podían abusar de sus compañeros y, entre las mujeres, las que por su atractivo físico fueron destinadas a la prostitución dentro del campo o fuera de él, para las tropas alemanas. Por cierto, este último caso, el de las mujeres prostituidas, ha dado pie a dos novelas muy notables, El Kapo, del serbio Aleksandar Tisma, y Ojos verdes, del checo Arnost Lustig. Y tal vez una manera de sobrevivir sin mancha haya sido la inocencia o incluso la ingenuidad, como la que exhibe el narrador de Sin destino, de Kertész, quien expresa las siguientes palabras, que fuera del contexto de la novela podrían sonar increíbles para cualquier oído (el subrayado es mío):

Otro día vimos a unos hombres que caminaban detrás de la valla. Nos dijeron que regresaban del trabajo, pero yo mismo pude ver que los últimos de la fila empujaban unos carros pequeños llenos de cadáveres. Por supuesto, aquellos espectáculos hacían trabajar mi imaginación. Sin embargo, tampoco era suficiente para pasar el día entero. Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse, en el supuesto de ser uno de los privilegiados que se lo puedan permitir. Esperábamos, siempre esperábamos —si lo pienso bien— que no ocurriera nada. Ese aburrimiento y esa espera son las impresiones que mejor definen, al menos para mí, la situación de Auschwitz. (Sin destino, p. 123).

“Así me di cuenta de que hasta en Auschwitz uno puede aburrirse”. ¿Cinismo
del personaje? ¿Alarde de adolescencia? ¿Provocación por parte del autor? Quizá. Pero también podría ser un simple reflejo de la realidad: entre los millones de prisioneros de los campos es probable que haya habido uno, o varios, o muchos, cuya mayor tortura fuera el aburrimiento. ¿Por qué no? Si fueron seres humanos los que provocaron el Holocausto, también pudieron existir seres humanos que se aburrieran a muerte en el interior de aquellas alambradas. Ello sería tan sólo una muestra, un reflejo, del enorme universo que habitaba en los Lager y de su inmensa diversidad.

Después de esto, a nadie le parecerá raro que otro autor sobreviviente, el búlgaro Angel Wagenstein, haya escrito una novela humorística donde se aborda, en parte, el internamiento del narrador-protagonista en uno de los campos nazis: El pentateuco de Isaac. ¿Es posible reírse de la vida dentro de un campo de exterminio? Sí. Una de
las cosas que nos muestra la literatura es que todo es posible al interior de cualquier conglomerado humano. Los hombres y las mujeres somos impredecibles en cualquier contexto, en cualquier situación. Reír de la desgracia propia (o ajena) es una reacción tan válida como llorar o condolerse, y tal vez el humor sea una de las herramientas humanas de supervivencia menos abordadas, menos analizadas. Parece paradójico, es cierto, pero
¿acaso los seres humanos no estamos llenos de contradicciones y paradojas?

“Así me di cuenta de que hasta en Auschwitzuno puede aburrirse. ¿Cinismo del personaje? ¿Alarde de adolescencia?¿Provocación por parte del autor? Quizá” 

Si estamos convencidos de ello, tal vez no nos sorprenda que, según los relatos de algunos sobrevivientes, en el momento de la liberación, luego de que los soldados nazis abandonaran los campos de exterminio y los cautivos vieran acercarse las tropas de los aliados, no fuera la euforia de haberse salvado ni el alivio de haber llegado al fin de los sufrimientos el sentimiento dominante entre quienes continuaban con vida, sino la vergüenza y la culpa por no haber muerto como los demás. Vergüenza. Culpa. ¿Es comprensible? Sí. Luego de haber trastocado sus escalas de valores durante varios meses, quizás un año —la mayoría de los sobrevivientes no pasó cautiva mucho más tiempo—, para conducirse con un egoísmo pleno, en el que lo único en verdad importante era sobrevivir yo sin que me importen los demás, al percibir la ausencia de sus captores y ver las puertas del campo abiertas, al sentirse libres y vivos al fin, aquellos hombres sufrieron una nueva revolución interna, un “reacomodo moral”, podríamos decir, en el cual sus acciones del pasado reciente les pasaban factura. Entonces aparecían los cargos de conciencia, los recuerdos de los males causados a los otros (el robo de comida, no intervenir ni hacer nada al ver cómo los torturaban, robarle el sitio a otro para obtener un trabajo menos pesado), la culpa hacia el prójimo, en fin.

Angel Wagenstein (1922).
Fuente: cjbarcelona.org

TAMBIÉN APARECÍA otro tipo distinto de vergüenza: la del propio cuerpo. La
vergüenza de que los aliados los vieran como estaban: demacrados, sucios, en los huesos, deformes por el hambre y la fatiga, en plena degradación humana. Se salvaron, pero el
precio fue convertirse en piltrafas. Y no era que antes no lo hubieran notado. Sólo que en el campo los demás estaban en igualdad de condiciones, eran sus semejantes (excepto a quienes veían como amos). Sin embargo, ya liberados, sus cuerpos eran contemplados por hombres sanos, guerreros en plenitud de facultades. Es fácil imaginar las expresiones en los rostros de los soldados soviéticos al mirar a estos cadáveres andantes, esqueletos apenas cubiertos de piel reseca que iban hacia ellos pidiendo comida, que de
pronto caían muertos tras dar unos pasos. Ante esas miradas de lástima, asco u horror sólo se puede sentir vergüenza. Y hambre, pues reaparece con mayor fuerza en el instante de la liberación. Y el agotamiento. Y dolores olvidados. Como si el cuerpo, actuando en forma independiente, abandonara la tensión en que ha vivido los últimos meses, y al relajarse permitiera sentir al individuo todas las emociones que éste ha olvidado de manera voluntaria para lograr sobrevivir.

Tal vez no exista una respuesta precisa a la pregunta de cuál fue la mayor tortura a que estuvieron sometidos los internos en los campos de exterminio. Acaso fue la experiencia de la muerte, que no puede ser transmitida a través de las palabras. O tal vez el propio internamiento, que incluía cautiverio, esclavitud, miedo constante, debilidad, humillación del cuerpo y del alma, hambre feroz y vergüenza de estar conscientes de todo ello al mismo tiempo. Es posible. Para que lo lleguemos a entender, para que no se nos olvide, tenemos los libros que escribieron todos ellos, los supervivientes y los novelistas del Holocausto.

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