La crack de Azcapotzalco

La crack de Azcapotzalco
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Un pase largo. El pie de una chica controla sin problema el balón. Lo hace rodar entre piernas rivales. Un contrincante se interpone en el camino. La mujer lo evade y pasa el balón a otro par de botines a unos metros. Ya libre, corre hacia la portería. No pierde de vista la pelota que ahora regresa hacia ella por el cielo. Flexiona las rodillas, echa el tronco hacia atrás, extiende los brazos. Salta. El balón rebota apenas arriba de su frente. Gira el cuello. La pelota vuela sobre cabezas que intentan interceptarla. Desciende en una curva. Una mano de portero trata de atraparla. Es imposible. Los espectadores exclaman: “¡Gooool!”.

El partido tiene lugar en una modesta cancha de futbol rápido. La jugada es de una chica transexual: Noemí Arzate, la crack de Azcapotzalco, principal promotora de la única liga de futbol LGBT en la Ciudad de México.

“En mi vida pensé practicar futbol”, me platica. “Se enamoró del balón”, dice Martín, el coordinador de la cancha de futbol rápido El Barril, en el barrio de Los Reyes del centro de Azcapotzalco, donde los fines de semana juega esta liga.

Estamos a un par de calles del edificio de la Alcaldía Azcapotzalco, en la esquina de la Avenida 22 de febrero y la calle Trébol. Ahí está la pequeña oficina de El Barril. Hoy los cabellos de Noemí casi tocan su cadera porque trae extensiones. Su cintura es remarcada por el pantalón ajustado que usa con el talle casi a las costillas. Podría ocupar la portería si lo quisiera, su estatura de casi 1.80 se lo permite, pero le gusta más moverse por la media cancha. El día que anotó aquel gol de cabeza su rostro era un lienzo en blanco. Hoy su sonrisa delgada es roja, sus cejas expresivas color café y sus ojos parecen una pintura enmarcada por el rímel y el delineador negro. Mira por la ventana la cancha de asfalto en la que juega. En ese campo de color plomo, literalmente, los jugadores dejan piel y sangre en una barrida o una caída. Noemí ha pedido a las autoridades que coloquen pasto artificial sobre la cancha. Aún no tiene respuesta. A pesar de eso, no hay sitio donde la chica se sienta más a gusto que ahí.

Quiero y respeto este lugar porque me hace luchar por mis derechos como chica trans y como deportista —me dice—. Estamos luchando por tener reconocimiento como deportistas de alto rendimiento.

Noemí Arzate ha representado a México en el extranjero. En abril de 2018 fue directora técnica de la Selección Mexicana de Diversidad Sexual que se coronó en el Whitmore Indoor Classic, en Nueva York, el torneo de futbol LGBT más antiguo del mundo. En agosto de ese mismo año viajó a los Gay Games, en París, becada por la propia organización; allá el equipo jugó la final. Perdieron, pero trajeron de regreso la medalla de plata.

Nunca lo imaginé. Ir a un Mundial donde participan más de ochenta países, más de diez mil atletas, jugar contra Brasil y Holanda. Yo me iba a desmayar por el calor. Me curaron con un poco de refresco. Volví al juego; si perdíamos no íbamos a pasar y entonces no tendríamos medalla. ¡Pero lo logramos! —evoca, erizada de emoción.

[caption id="attachment_1121560" align="alignnone" width="696"] Foto: Memo Bautista[/caption]

MORBO Y RUMORES

A Noemí le gustó el futbol desde niña. Viene de una familia aficionada a ese deporte. Uno de sus hermanos jugó en las fuerzas básicas del Cruz Azul, por eso ella es seguidora del equipo. Sin embargo, la chica no se metía a la cancha. Temía la burla, la agresión por no ser igual a los varones de la primaria o la secundaria. Hace diez años ella, su hermana Michelle y otros seis integrantes de su grupo de amigos gay que traían el gusto por el futbol se plantearon el reto de jugar, aunque ninguno sabía siquiera patear un balón. Qué más daba intentarlo. Llegaron a El Barril en busca de una oportunidad. Martín organizó una práctica con chicas lesbianas y chicas trans. Por primera vez Noemí pisaba una cancha en serio.

En las paredes del módulo cuelgan reconocimientos y medallas de varios tipos. Destaca una bandera arcoíris y un anaquel de madera atiborrado de trofeos y fotos de los equipos que han pasado por ahí. Martín presume la obra que ha construido en los 24 años que tiene la cancha. Nada lo enorgullece más que la liga LGBT.

Noemí se acerca. Toma una foto en la que aparece un equipo femenil. Ella sobresale con el cabello recogido y labios como los de la Mona Lisa. Son Las Calaveras, el primer equipo con el que jugó. Antes las dirigió a lo largo de tres años. No podía jugar porque se trataba de un equipo integrado sólo por mujeres. La ocurrencia de Martín, en el sentido de integrar a dos jugadoras de la diversidad en los conjuntos femeniles, fue el detonante que acercó a más personas homosexuales a la cancha. Pronto pudieron formar dos equipos para jugar entre ellos. Luego llegaron más conjuntos y crearon la categoría diversidad gay. Hoy la liga cuenta con aproximadamente 170 jugadores y catorce conjuntos. Uno más compite en la categoría libre, es decir que juega contra equipos heterosexuales; ya ha ganado dos campeonatos.

Al principio, algunos amigos los entrenaban. A veces en plena práctica, equipos de las empresas cercanas a la cancha o de la liga libre les pedían partido. Martín también trabajó con ellos seis años. Entre torneos, preparación y tiempo, los jugadores crecieron.

Hicimos un partido de exhibición. Esto se llenó. A lo mejor por el morbo —platica Noemí—. Fue de veras genial. Es difícil entrar a una cancha hetero, creen que no vas a poder, que no vas a lograrlo. Y cuando ellos ven parada ahí a una chica trans o a un chico gay les resulta algo extraño.

Atrás han quedado las burlas y el morbo de los jugadores heterosexuales que juegan en El Barril contra equipos de la liga LGBT. Sin embargo, el futbol aún lidia con la homosexualidad. Una encuesta de Consulta Mitofsky, fechada en 2018, arrojó que uno de cada cinco mexicanos preferiría que un jugador saliera de su equipo favorito si se supiera que es gay.

LOS RUMORES sobre la preferencia heterodoxa de algunos jugadores profesionales se han convertido en escándalos y han tenido importantes dosis de discriminación, sobre todo en redes sociales. En 2010, Carlos Salcido fue relacionado con Yamilé, una chica trans que encontró en una fiesta. En 2018, Ale Salinas, también mujer trans, dio a conocer una conversación en Twitter en la que Carlos Vela le coqueteaba. Ese mismo año se hizo viral un video donde Martín Cauteruccio y Javier Salas, ambos jugadores del Cruz Azul, estaban en una alberca. A partir de ahí se habló de que mantenían una relación sentimental. En 2017, Jonathan Dos Santos canceló su boda al confesarle a su novia que era bisexual. De hecho, en 2015 se le relacionó con su compañero de equipo Mateo Musacchio.

El deporte no discrimina, sino la gente y la ignorancia —me comenta Noemí—. Aquí la liga libre es de barrios, de choque. Logramos meter al equipo y hemos ganado finales. ¿Y qué crees que hacen los chavos? Nos piden chance de jugar y se disciplinan. Ellos son rudos, pero al ver que nosotros jugamos limpio, muchos de ellos se contagian.

"Los rumores sobre la preferencia heterodoxa de jugadores profesionales se han convertido en escándalos, sobre todo en redes sociales".

NOEMÍ CACHONDA

Es sábado por la noche en Cuautitlán Izcalli, Estado de México. Un campo terroso se ha convertido en pista de baile. Ahí se presenta el sonido Súper Dengue. De torres tubulares con altavoces salen los ritmos de la salsa, la cumbia y el guaguancó que programa el sonido, el sound system mexicano. También se oyen saludos a cada uno de los bailarines. Se forma una rueda para que al centro pasen a exhibir sus pasos. Es el escenario de la guapa del barrio que mueve la cad era a ritmo tropical y su larga cabellera vuela de un lado a otro; del galán que desliza los pies a cada compás de la música, como si el piso estuviera pulido y no fuera la rasposa terracería.

En cuanto Noemí llega al lugar, la voz que está al micrófono la presenta como una celebridad. “Damos la bienvenida a Noemí Cachonda”. El mote hace que uno imagine un andar sensual, pasos de baile eróticos o un breve vestido entallado que revele alguna parte de su cuerpo esculpido por el deporte. Sin embargo, usa un vestido negro arriba de la rodilla. El apodo es un recuerdo de sus inicios en la danza sonidera hace quince años. El grupo al que entonces pertenecía se llamaba justo así: Los Cachondos.

Noemí va de la mano de su compañero de vida: Óscar. Comienzan a bailar. La gente los rodea. El muchacho la toma de la cintura y la hace dar una vuelta por su espalda. Luego la pasa por debajo del antebrazo. La hace dar dos, tres giros en su propio eje. Sus piernas se hacen nudo y se desamarran en un instante. Parece que en cualquier momento chocarán pero eso nunca sucede. La coreografía nunca pierde su estética. Ahí, entre la danza sonidera, Noemí tiene otro espacio de libertad. “Yo creo que es el lugar donde menos he sido discriminada: los bailes”, me cuenta.

MAMÁ DE DOS

Noemí hace dominadas mientras le toman unas fotos. La pelota y su pie son dos imanes que se atraen. Un chico de su equipo la bromea: que mete la panza, que pégale bien al balón, que vas a salir gorda. Ella ríe de forma tímida. Eso es parte de su coquetería. ¿Quién puede dudar de su feminidad?

Hace quince años, Noemí interrumpió su transición. Llevaba poco menos de un año con un tratamiento hormonal que le adelgazó la voz, le formó algo de cadera, le detuvo el crecimiento de vello en el cuerpo y afinó sus facciones. Después se sometería a una operación para lograr un par de pechos abultados. Pero los poco más de mil pesos mensuales que invertía en hormonas para cambiar su aspecto tuvieron otro destino a partir de que se convirtió en figura materna.

La inmadurez o las circunstancias obligaron a su hermana a huir de casa y dejar a sus hijos. Así que desde ese momento Noemí se convirtió en madre putativa de ambos. El mayor tuvo convulsiones desde que nació. El médico no le daba esperanza de vida; si lo lograba tendría daño cerebral y motriz. Con medicamentos, terapias, paciencia, tocar puertas para solicitar ayuda para la rehabilitación, hoy el hijo de Noemí acaba de entrar a la preparatoria, aunque sufre algunos padecimientos a causa de las convulsiones. Su hija está en primero de secundaria.

Me ha costado trabajo como mamá. Pero así como he ganado espacios en el deporte, los he logrado también en la escuela. Soy vocal, tesorera, coreógrafa. Soy referente de la diversidad en Azcapo. También trabajo como empresaria (tiene su propia tienda de abarrotes y así ha demostrado que las chicas trans pueden tener otras oportunidades, además del estilismo o el sexoservicio). Busco ser feliz y hacer felices a mis niños y a Óscar, que es mi pareja. Eso quiero dejarle a mis hijos: la enseñanza de que sí se puede.

EL MAYOR TRIUNFO

La cabellera de Noemí brilla cuando la luz le da en el ángulo correcto. El pelo largo no sólo es parte de su feminidad: es un símbolo de lucha. Su papá es un tipo rudo, de campo. Cuando Noemí era un chico que iba a la secundaria, su padre le cortaba la melena, seguramente con rabia. Sus hijos debían lucir el cabello corto. Pero un día Noemí rompió el molde familiar.

EL SEÑOR TRABAJABA como estibador y tenía como regla que al terminar la secundaria, sus hijos varones fueran a cargar con él. Noemí se hacía la enferma para no ir. Aun así lo acompañó una vez. Trató de echarse un costal al hombro, pero el esfuerzo fue inútil. Al señor no le gustaban los modos del menor de sus ocho hijos, que prefería quedarse en casa a ayudar a su mamá en las labores del hogar. Lo golpeaba. Entonces aparecía el hermano mayor para protegerlo.

En la secundaria me di cuenta de que me gustaban los niños —recuerda—. Eso no se cambia ni se quita. Por un momento lo piensas, pero después te das cuenta que no. Yo me decía: me gustan los hombres, cómo le hago, qué onda.

Tras mucho tiempo de fricciones, hoy Noemí y su papá son cercanos. Ella lo atiende cuando está enfermo, toma el papel de protectora. Su papá también la cuida. La lleva en su auto cada vez que puede, está al pendiente de ella. Hace un par de años el hombre tomó su guitarra, le cantó las mañanitas y la abrazó, un gesto que ella no recuerda antes de esa fecha.

“Ahora yo soy quien ve por mi papá. Yo lo cuido, lo protejo”, me cuenta la chica con ternura. Tal vez el mayor triunfo de Noemí es que su padre, después de muchos años, ha llegado a comprender quién es ella. Se lo manifestó un día, muy a su modo: “Yo no lo entendía —confesó el hombre—, pero es como el maíz cuando lo vamos cortando, que sale pintito pero de todos modos sabe igual”.