La fiebre del cubrebocas

La fiebre del cubrebocas
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Qué importa si no abarca la nariz o cuelga sudoroso y ya sólo protege la barbilla, se ha convertido en un amuleto para conjurar el virus. Mientras los epidemiólogos debaten si existe evidencia científica para recomendar su uso generalizado, la población ya lo ha hecho suyo con imaginación y desparpajo, más como contraseña para salir a la calle que como medida preventiva.

Después de que el pánico inicial llevó a que se agotaran las mascarillas quirúrgicas, entre ellas las tan preciadas N95, no tardó en cundir la fiebre del hazlo tú mismo para afrontar la pandemia desde casa. A la par de desinfectantes hechizos y alcoholes en gel elaborados en la cocina, se empezaron a fabricar cubrebocas con los estampados y materiales más variopintos. Según los expertos, las bolsas de aspiradora y las pijamas de franela serían las opciones más prometedoras, pero está quien lo recorta de una playera vieja con reminiscencias de bandidaje o quien lo teje como chambrita de alcances puramente decorativos. Tampoco falta el astuto que encuentra cubrebocas readymade en el cajón de bikinis y tangas de su esposa... Incluso algunas diseñadoras de moda dejaron de lado la temporada primavera-verano y concentraron las baterías de sus talleres y máquinas de coser para satisfacer la demanda de esos incómodos adminículos que, desde que completan nuestra apariencia, no podían escapar de la apropiación improvisada, ni de los tentáculos de la alta costura.

Aunque lo ideal sería que fuera desechable y terminara en la basura, el casero ocupa un lugar incierto entre la prenda íntima y la bandera que ondeamos en son de paz en plena guerra bacteriológica. Ahora que durante las tardes exasperantes de la cuarentena hemos recuperado el paisaje metafísico de las azoteas y nos hemos reencontrado con los tinacos como viejos amigos, he comprobado que el cubrebocas es ya parte del paisaje urbano, si bien cuelga todavía un tanto disonante al lado de los calcetines y los calzones, como un monobrasier anómalo, quizá de algún mamífero ciclópeo...

En el Lejano Oriente, los cubrebocas se impusieron entre la población desde hace décadas, incluso para prevenir alergias o no contagiar a los demás de un resfriado. En estas latitudes semitropicales no se había extendido su uso sino hasta hoy, a pesar de que en 2009 el país se paralizó cuando fuimos epicentro de la pandemia de influenza H1N1. A diferencia de la manera pulcra y uniformada en que portan el cubrebocas, por ejemplo, en Japón, donde su aura sanitaria no cancela cierto garbo, en México tiene algo de equívoco y desfasado que remite al paliacate y a la máscara —y lo acerca al pasamontañas en negativo o al parche pirata—, lo cual, paradójicamente, lo aleja de los dominios asépticos.

"A la par de desinfectantes hechizos y alcoholes en gel elaborados en la cocina, se empezaron a fabricar cubrebocas con los estampados más variopintos".

Quizá porque la cuarentena lleva a la mente a zonas en las que nunca se habría entrometido en tiempos normales, he pasado horas de encierro pensando si el antes llamado Subcomandante Marcos usará cubrebocas. Esta pregunta, quizá frívola, va acompañada de otras más serias y comprometidas sobre la incidencia del coronavirus en las comunidades zapatistas y sobre el tipo de medidas que estarán adoptando las distintas comunidades autónomas del país. Pero confieso que la inquietud sobre la combinación de la mascarilla y el pasamontañas me ha rondado más de la cuenta, tal vez porque en la pantalla impresionable de mi imaginación el resultado se confunde, a través del puente asociativo de la venda, con la figura asfixiante de la momia. Si el Subcomandante se quitara el pasamontañas pero adoptara, en compensación, el cubrebocas, ¿lo reconoceríamos? Después de todo, a lo largo de años de exposición mediática hemos llegado a familiarizarnos, además de sus ojos, con la forma de sus labios y la base de su nariz, que precisamente queda oculta con la tela sanitaria; no sería extraño que, en un giro apocalíptico de las nociones de identidad y camuflaje, el Sub pasara inadvertido gracias a la mascarilla.

Mientras epidemiólogos y autoridades de salud confían en que desarrollemos lo que denominan, no sin retintín técnico, la inmunidad de rebaño, nosotros, como ovejas negras que copian el comportamiento de las más espabiladas, hemos adoptado el uso del cubrebocas como una medida extraoficial de cuidado mutuo. Eso independientemente de que el otro nuevo sub —el subsecretario de salud, Hugo López-Gatell—, se haya cansado de decir que no es obligatorio, salvo en casos de sospecha de contagio o de enfermedad confirmada, y que incluso, por la confianza y la falsa sensación de inmunidad que llega a infundir, podría ser contraproducente. Como sea, prescindir del cubrebocas en la calle, el transporte público o el supermercado equivale hoy a una monstruosidad antisocial que raya en lo asesino. Si esa desnudez facial se acompaña de tos o de carraspeo atrae como un imán irresponsable arqueamientos de cejas y dedos flamígeros, señales que no presagian sino la inminencia del linchamiento.

Si bien las medidas aplicadas para enfrentar la epidemia hace meses en Taiwán, Corea del Sur y China dan un barniz de prudencia a la adopción generalizada del cubrebocas, no está claro que en México su uso se distinga de la fe depositada en estampitas protectoras, como aquellas que el presidente invocó para ahuyentar el coronavirus. Ya sea por tener la malla más abierta que una bufanda, ya sea porque hace las veces de servilleta de tela y luce manchas de mango y chile piquín, se diría que entre nosotros cumple más bien una función ritual, parecida a la de los amuletos contra el mal de ojo. Si casi todos nos rascamos mucho más la nariz y nos limpiamos el sudor a pocos minutos de usarlo, y no es infrecuente que, en una ampliación insospechada del concepto de filtro, ¡haya quien fume a través de él!, me temo que debemos reconocer que en este país el cubrebocas satisface más bien una necesidad simbólica. La mascarilla facial se ha convertido en insignia del apoyo mutuo, la forma de expresar solidaridad a través de un pedazo de tela; no es casual que ya muchos le hayan estampado a la Virgen de Guadalupe.

Sus limitaciones son tan patentes que empieza a ser sustituido por la visera de esmerilador, el casco de motociclista o la bolsa de plástico habilitada como escafandra, soluciones que, exageradas como parecen, al menos protegen también los ojos. Está, además, el problema inesperado de las montañas de cubrebocas que comienzan a inundar la vía pública, el sistema de drenaje y hasta las playas, problema que rebasa la sola esfera de la infectología.

No todo es incierto en la nueva fiebre del cubrebocas. Hasta ahora, su efecto más favorable ha sido que, al usarlo, abrimos menos el pico para opinar.