La invención de la risa

La invención de la risa
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Bernard Shaw sostenía que, a la larga, todo será humorístico; no solamente en la ficción, sino también en la vida real. Una situación incómoda que vivimos ahora, tal vez dentro de un año la recordemos como una anécdota jocosa. El ingeniero Joseph Klatzmann, en su libro El humor judío, lo define como una sustancia humana destinada a “hacer reír para no llorar”. Más dramática es la frase de Nietzsche: “El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”, concepción que lo aproxima a la filosofía cínica, donde el humor es, en el fondo, un tipo de catarsis o contraveneno espiritual. Arthur Schopenhauer, pesimista por excelencia, no dejó nunca de conservar su sentido del humor; según razona en El mundo como voluntad y representación, “no se debe esperar mucha felicidad para no ser muy infeliz”. Pura ironía sin vuelta de hoja; sin embargo, los académicos prefieren a Hegel o a Kant, ya que ambos, desde su gravedad platónica, ponen énfasis en las implicaciones éticas de la risa. El fundamento de esa teoría se centra en la burla del propio ridículo, no en el de los demás. Y lo ridículo consiste esencialmente en una negación del precepto “conócete a ti mismo”; es decir, en la insistente carencia del autoconocimiento o, de otra manera, en lo ridículo como un fallo del conocimiento de sí mismo. Mi definición del humor es menos compleja que simple, y se entrevé, modestamente, como el modo de presentar, enjuiciar o comentar los hechos bajo el lado risueño o divertido.

En lo personal me inclino por este último concepto y por una de sus variantes, el humor irónico, donde el sujeto es consciente de este absurdo que es el mundo, y también su propia vida, pero no asume una actitud moralizante porque ha perdido la fe o carece de proyectos. De esta manera, cuando la ironía tiene una intención muy agresiva, se denomina sarcasmo. Es una incongruencia aguda entre nuestras expectativas de un suceso y lo que en verdad ocurre. Pero no todas las ironías son graciosas, por supuesto. El ridículo, verbigracia, es un aspecto importante del sarcasmo, pero no de la ironía en general. Hilando fino podemos decir que el sarcasmo es un tipo de crítica hacia una persona o grupo de personas que incorpora la ironía para catalogar y catalogarse. Esa forma de humor requiere a menudo de un bagaje cultural que debe tenerse en cuenta, muy en cuenta, porque quizá todo pasa por no tomarse en serio.

JORGE LUIS BORGES y Bernardo Ezequiel Koremblit, dos entrañables maestros y amigos que me cambiaron el mundo literario, y en cierto modo hasta el mundo formal y cotidiano, se divertían mucho con ellos mismos y también por ahí pasaba una parte del excelente humor que los caracterizaba. Oscar Wilde y Chesterton solían darles el impulso necesario para plantar bandera; también George Bernard Shaw, citado al comienzo. Ambos hacían bromas sobre sus personas y nunca se tomaban en serio. Recuerdo que en una oportunidad el dibujante humorista Eduardo Ferro le preguntó a Borges solemnemente qué opinaba del humor. Y Borges le respondió de manera categórica: “es lícito”. Koremblit abundó en sus textos y en sus conferencias con una frase que le servía de preámbulo: “El humor, el honor y el amor”, un tríptico perfecto que justifica este mundo imperfecto. Para ventura de sus lectores, ambos fueron humoristas de buena ley. No sólo eso, sino que a través de ese humor se entrevé y acaso se descubre a dos grandes filósofos.

En el caso particular de Borges, el verdaderamente más humano, el más sabio y el más entrañable se da, me parece, en estos senderos de la ironía. Fue esa forma de humor sutil lo que supo trasladar con una destreza asombrosa al arte de la literatura; a sus ficciones y a su poesía. Borges era un humorista sin estridencias, sosegado, aunque filoso y corrosivo, que de manera casi rasante aparece en sus milongas:

Manuel Flores va a morir,

eso es moneda corriente;

morir es una costumbre

que sabe tener la gente...

O aquella otra, la titulada “El títere”:

Un balazo lo tumbó

en Thames y Triunvirato;

se mudó a un barrio vecino,

el de la Quinta del Ñato...

(Agrego que la Quinta del Ñato es el nombre popular con que se denomina al cementerio porteño de La Chacarita).

También en textos como “La secta del Fénix” y “El Aleph” la cuota de humor rebasa el vaso con ideas y adjetivos asombrosos y perdurables.

Ahora bien, Borges fue un humorista que, en el fondo, también era moralista; en su caso ambos aspectos concurren admirablemente en un agradable juego de birlibirloque. Porque no se puede ser verdaderamente moralista sin el rasgo del humor, sin la capacidad de ver las cosas al sesgo. Ésta es la razón, creo, por la que los predicadores (sean rabinos, curas, pastores protestantes o políticos) suelen ser moralistas huecos, cuya carencia de humor los torna definitivamente aburridos y melancólicos, y no puede existir un humorista profundo si no se tiene este antecedente del fondo moral. Lo que consagra a Borges, lo que lo diferencia y le da a su obra escrita y verbal esa singularidad y malicia tan reconocidas es, en definitiva, su mirada irónica de la existencia.

"Borges fue un humorista que, en el fondo, también era moralista. En su caso ambos aspectos concurren admirablemente en un agradable juego de birlibirloque…  no se puede ser verdaderamente moralista sin humor".

HAY QUE OBSERVAR, además, que la mayor parte de la obra de Borges —y aun me atrevería a decir que casi toda— está dominada por el imperio de cierto absurdo que florece en la razón y, por ende, perfuma en la ironía y en su registro verbal, único e imperecedero. Y ahí tenemos al escritor posible, al heredero de los grandes clásicos de Grecia y Roma, de los franceses, de los ingleses y de los categóricos alemanes que creen en la razón y en el humor como el instrumento eficaz, en ocasiones como el único válido para explicar el mundo. Borges es el hombre que sabe que no se puede llegar a la verdad, al concepto de eternidad, o de azar, o destino, sin sonreír ante esos imposibles o imponderables. En este aspecto, es del mismo linaje de Kafka (no debemos olvidar que el gran autor de Praga es también el prodigioso humorista), el que termina diciéndonos que la razón es un instrumento demasiado precario para explicar el mundo y que todos vamos, como el señor K, su desprotegido personaje de El Castillo, desde ningún lado hacia ninguna parte.

Todos los grandes escritores de la literatura universal han cultivado la ironía o el ridículo con una porción de humor para hilvanar sus tramas ficcionales. En buena parte de la obra de Robert Louis Stevenson, conjuntamente con la aventura y la fantasía, está presente el humor. El Dr. Jekyll y Mr. Hyde evocan el lado oscuro de la condición humana, transmitiendo al lector la sensación de horror que suscita el descubrimiento de lo abominable y esperpéntico dentro de la realidad cotidiana. “No se puede ser un gran escritor sin el manejo de la extravagancia”, afirmaba Balzac.

Cervantes y Shakespeare, que fueron contemporáneos y llevan más de cuatrocientos años de popularidad, fueron dos cultores de este género. En Don Quijote se entrecruzan las diversas formas del humor: la ironía, la broma, la comicidad más desatada; allí se suma todo, la alusión, la comedia, la sátira. En la misma dirección, el genio de Stratford-upon-Avon no se le queda atrás. Su obra está ligada a la condición humana y gran parte de su escritura está destinada a papeles para cómicos. Falstaff, por ejemplo, aparece en la primera y segunda parte de Enrique IV, como el gran personaje cómico. Las alegres comadres de Windsor son definitivamente personajes del ridículo más humorístico.

[caption id="attachment_1158044" align="alignnone" width="709"] “Don Quijote chocó contra el aspa con su lanza”, ilustración de Vladimir Žedrinski (1931). Fuente: cervantesvirtual.com[/caption]

A BORGES LE ENCANTABA evocar un suceso que se dio en el año 1927, cuando los jóvenes seguidores de Macedonio Fernández tuvieron la disparatada idea de ponerse en campaña política para la “futura presidencia” del admirado mentor. Para ello, iban sembrando —como al pasar—, en bares y toda clase de lugares públicos, frases y consignas subrepticias que sustentaban esa candidatura. Era un chiste de vanguardia, pero la experiencia nutre buena parte del Museo de la novela de la Eterna, donde aparece la menos misteriosa que divertida figura “del Presidente Macedonio Fernández” (acaso un secreto precursor del actual Alberto, aunque sin parentesco, al menos eso creo).

Según los que lo conocieron, Macedonio fue en especial un discreto conversador y un agudo e implacable humorista. Los testimonios de quienes compartieron su mesa de café en la tertulia literaria de la confitería La Perla, del barrio de Once (a la que asistió Ramón Gómez de la Serna), dieron particulares y convergentes versiones de su diálogo inteligente, creativo, estimulante y de brillante humor.

Todos coinciden en que era un hombre suave y cauto para hablar. No exageraba sus palabras, más bien escuchaba en silencio, pero si su interlocutor se desviaba del camino correcto, Macedonio solía orientarlo con interrogaciones socráticas, articuladas como al pasar, de manera negligente. Destruía así las vehemencias sin atacarlas, oponiéndoles un concesivo “¿le parece?”, o “¿está usted seguro?”, que era una invitación a reflexionar.

"También Oliverio Girondo, otro original vate argentino, parece preferir el llanto a la risa y con veneno surrealista entra en batalla con palabras irónicas".

La obra de Macedonio, extravagante e inclasificable por diversas razones, no es de fácil lectura. La primera es que el escritor trabajó en ella durante varias décadas con el secreto fin, al parecer, de no terminarla nunca (fue publicada póstumamente, en 1967). La segunda, que casi toda la novela consiste en prólogos que postergan el inicio de manera indefinida hasta que llega la narración propiamente dicha. En ella los personajes viven en una finca de fantasía y “cuando andan por las calles de Buenos Aires se sienten reales y ansían volver a latir en la novela”. Como Borges y Koremblit, siempre irónicos, Macedonio parece haber dado forma a un destino secreto, que muy probablemente sea la cara auténtica de nuestra definitiva imperfección. Siempre con humor, en su poesía filosófica, el autor de No toda es vigilia la de los ojos abiertos ironiza sobre su condición de aedo:

Todavía no poeta, no soy poeta, no

[hay poeta, pues de eso no se sabe.

[Hasta ahora, pues, sólo vivimos...

Y yo miraré la próxima luna todavía

[sin entenderla.

Oh luna, que puede amarse, bien me

[pareces pobrecita del cielo.

TAMBIÉN OLIVERIO GIRONDO, otro original vate argentino, parece preferir el llanto a la risa y con veneno surrealista entra en batalla con palabras irónicas:

Llorar a lágrima viva.

Llorar a chorros.

Llorar la digestión.

Llorar el sueño.

Llorar ante las puertas y los puertos.

Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,

las compuertas del llanto.

Empaparnos el alma,

la camiseta.

Inundar las veredas y los paseos,

y salvarnos, a nado, de nuestro

[llanto...

Muy cercano a esa línea creativa, el chileno Nicanor Parra, una voz esencial de la poesía contemporánea, forjador de una corriente estética que perdura, fue también un consumado humorista y dejó su sello indeleble a lo largo de una obra poblada de picante humor. En su antipoema “La montaña rusa”, se juega a suerte y verdad:

Durante medio siglo

La poesía fue

El paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

Y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.

Claro que yo no respondo si bajan

Echando sangre por boca y narices.

Sea como fuere, el humor es esencial en la literatura. Los tontos solemnes que lo niegan pueden terminar echando sangre por boca y narices.

[caption id="attachment_1158045" align="alignnone" width="709"] Las alegres comadres de Windsor: Shakespeare en escena. Fuente: skakespearetheater.org[/caption]