La piedra cárdena

La piedra cárdena
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¡Por el cielo con sus constelaciones! ¡Por el día con que se ha amenazado! ¡Por el testigo y lo atestiguado! De las doce tribus se optó por un varón, cada uno de ellos elegiría doce piedras solidísimas que apilaría frente a sí mismo a la vista del réprobo. Rashid colocó las piedras de arcilla seleccionadas de los alrededores de la mezquita; tras concluir, suspiró con aire resignado y esperó paciente.

El imamah de blanco aureola por un instante tapó el sol junto con todo el calor que me quemaba. Sin embargo, nada asimiló el fuego llameante concebido en las entrañas cuando advertí que aquel en arrojar la piedra inaugural sería Rashid. Nuestra amistad había iniciado en la madraza y con el tiempo se solidificó como lo hacen los troncos de los olivos.

Días antes de cumplir con la sentencia, deseé con fervor retroceder el tiempo para sellar mis labios y evitar haberle develado el profundo amor que aún siento por él. Era inútil. Por lo tanto, rogué a Alá, el Munífico, que me concediera un instante a solas con Rashid para pedirle perdón. El momento se me concedió. Nos encontramos afuera de la celda en la cual me confinaron.  A la distancia se oía el cuchicheo de mis custodios que, por respuesta divina, fueron alejados de los prisioneros y justo mi amigo había sido asignado a mi vigilancia. La noche sin luna y sin estrellas no permitía ningún tipo de claridad, a pesar de ello, los dos en un arrebato nos abrazamos un instante, aunque para mí fue una eternidad.

Rashid se desprendió de él con violencia y volvió la espalda con brusquedad, luego corrió a la zona de ejecuciones donde aún regadas por el piso yacían las piedras justicieras de la tarde y dirigió una proclama a Alá, el Compasivo. Se agachó a recoger una de las piedras de atrayentes contornos embadurnándose con sangre impura y se lamentó. Horas antes, una mujer llamada Fátima acababa de fallecer por haber cometido adulterio. Los talibanes arrastraban el cuerpo profanado de la mujer que dejaba tras de sí una estela flotante de congoja.

Había llegado el día para cumplir con el fallo. Era una mañana clara teñida de tonos violáceos; una luminosidad pacífica. Rashid se irguió y con lentitud se acercó a su amigo, que esperaba en el campo de los suplicios hundido en la soledad, y de quien recibió en las manos una piedra arenisca de un rojo profundo. Rashid tragó saliva e intentó rechazarla enredándose en su turbante, pero no pudo evitarlo. Una vez que tomó la piedra, Rashid retrocedió sin apartar su mirada de los ojos lánguidos del procesado y musitó con voz ahogada: “¡Ojalá hubiera enviado por delante mi vida por la tuya!”. El castigado tenía un ojo hinchado y un coágulo de sangre sobre el labio superior; a pesar de ello, en su rostro barbado había orgullo y un cierto aire provocativo.

El condenado oía un murmullo apacible que se enredaba entre la voz cálida de su amigo y las plegarias de la población: “¡Glorifica el nombre de tu Señor, el Altísimo!”, hasta que esa mezcla se volviese in crescendo un ronroneo capaz de cubrir la penumbra del alba.

Al ponerse el sol, se le dio la orden de inicio a Rashid. Éste se paró frente al protervo y sostuvo con fuerza la piedra otorgada, pero al volver a mirar el rostro compungido de su amigo y recordar con detalle cuando juntos pastoreaban el hato caprino en las faldas de la montaña, su corazón se desmayó y quedó sin aliento. De pronto, se alzó súbita una nube de polvo que nubló su vista regresándole el valor y pese a las circunstancias, la piedra arrojada cayó en la sien del acusado dejándolo como espiga desgranada. Una vez apaciguada la tolvanera, Rashid frotó sus ojos lacrimosos contra la manga, aguardó a que su respiración se normalizara y después, con una marcha dolorosa, se aproximó a su amigo para cerciorarse de su muerte; una ancha herida rayaba su cráneo afeitado. De inmediato, se prosternó y clamó a Alá, el Indulgente, que permitiese entrar en su jardín el alma de su amigo.