La profecía de Rockdrigo González

El despliegue imaginario que Fernando Corona teje en sus cuentos fantásticos de El libro de los libros incluye como asunto central —observa Adolfo Castañón— a la lectura y la (im)posibilidad del conocimiento.

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Foto: Especial

Un día de 1975 Rodrigo Eduardo González Guzmán abandonó la carrera de psicología en la Universidad Veracruzana, subió a la sierra, se comió una familia de hongos alucinógenos y bajó de esas alturas oníricas proyectado al concreto de la Ciudad de México como Rockdrigo González. En el viaje, se le había aparecido el Profeta del Nopal, un ente del año 2984, en cuyas hibridas visiones del rock and roll mexicano, lo ungió como el Sacerdote Rupestre.

En 1983, cuando Rockdrigo ya tocaba en el bar Wendy’s Pub —“ratonera enanísima” de los alrededores de la Glorieta de Insurgentes—, José Agustín se lanzó a su encuentro. Escribió que, con su música, Rockdrigo había logrado que el español sonara perfecto, “deveras natural”, en el rock. “El Tri ya andaba muy cerca, de hecho lo había logrado muy bien en varias rolas, pero con las letras de Rodrigo (inteligentes, maliciosas, provocativas, poéticas) se puede afirmar que el español-mexicano es perfectamente idóneo para el rock.”

En aquel entonces Redrogo aún no había grabado ningún disco o casete pero ya tenía cautivo al underground. Armado con su guitarra y armónica, el enviado del Profeta del Nopal tocaba en foros universitarios, bares, peñas, estaciones de radio y donde se pudiera.

Su público, decía, era el personal marginal y los estudiantes. “Con Rodrigo González —decía José Agustín— tenemos ya, de entrada, un rock más complejo, crítico, inteligente y muy mexicano.”

Rockdrigo cumplía entonces con la epifanía que le mostró el Profeta del Nopal: recetar al personal con su rock chido. En su última entrevista, realizada días antes de morir sepultado por los escombros del edificio en el que vivía en la calle de Bruselas de la colonia Juárez, a consecuencia del temblor de 1985, Rockdrigo se definía como un “anartista”, un científico de la canción y un biólogo de la existencia. “Mi compromiso es crear, tratar de imitar la vida”, decía al periodista César Güemes.

Después vendría el mito. La leyenda del Bob Dylan mexa.

NOCHE DADA EN LA VIEJA CIUDAD DE HIERRO

Conecté en serio con Rodrigo González la noche del viernes 17 de septiembre de 2004 en el Dada X, un bar del Centro Histórico ubicado en la calle de Bolívar. Se cumplían diecinueve años del sismo. Yo tenía unos 16 o 17 años y Miguel, un amigo del CCH Vallejo, me había iniciado en su onda musical.

No tenía computadora en casa, así que me abastecía de CDs y DVDs piratas en el Tianguis del Chopo y lo que me recomendaba Miguel, que fungía como dealer musical para algunos amigos de entonces. Él me quemó El profeta del nopal, No estoy loco, En vivo en el café de los artesanos y Hurbanistorias. Aunque, como se sabe, sólo el último de éstos fue “oficial”, autoeditado por Rockdrigo en 1984 en casete y posteriormente por la disquera Pentagrama, incluida una edición en vinil.

Fue Miguel quien me invitó al homenaje en el Dada X.

Rockdrigo representaba para mí un rock más allá del “urbano”, uno más simple en lo musical, pero con desparpajo y fuera de la etiqueta “de protesta”; más bien crítico a su manera y, sobre todo, chilango. Rockdrigo dibujaba la ciudad desde sus canciones, que en su voz y personalidad fungían como crónicas diáfanas. Antes de caerle a Monsiváis, Novo y Nájera, para mí estuvo Rockdrigo, quien me impregnó su sentimiento de amor y odio por la Ciudad de México.

“Aventuras en el Defe”, “Vieja ciudad de hierro”, “Perro en el Periférico”, “Rock en vivo” y la gran “Metro Balderas” eran ejemplos de esto. “Metro Balderas” no era del Tri, descubrí, sino de Rockdrigo. Atizandro Lora le dio un sentido más melodramático en aquel disco de Simplemente (1984, el debut del Tri, luego de Three Souls In My Mind), sin las referencias a Freud y con estribillos más simples. Rockdrigo decía que “Metro Balderas” era una historia de amor, efectivamente, pero su enfoque estaba en que la frustración de perder a su chava en las hordas del Metro convertía al personaje de la canción en el terrorista de la Línea 3.

El caos urbano como destino nefasto, fatal y certero. No se diga “Asalto chido”, “Ama de casa un poco triste”, “La balada del asalariado” o “Algo de suerte”. Con su voz aguardentosa y “de loco chillando”, como decían mi mamá y mis hermanas cuando sonaba en el estéreo de la sala, Rockdrigo navegaba como un cronista cuya gloria y muerte estaría ligada íntimamente a la ciudad. Esa “vieja ciudad de hierro, capital de mil formas, de cemento y de gente sin descanso”, a donde había llegado de Tampico, Tamaulipas, su ciudad natal (nació en 1950), cambiando el mar azul del Golfo de México frente a la casa materna, por el antiguo lago, seco y gris en el que diecisiete millones de personas campeaban entre la promesa nunca cumplida y la represión gubernamental. Tiempo de híbridos.

La noche del homenaje en Dada X me marcó de por vida. Me topé, entre la penumbra y el ambiente que se respiraba allí, mezcla del sudor de rockeros, punks, darks, neojipis y ceceacheros como yo, con que Rodrigo parecía estar más vivo que nunca: había una exposición de fotos, se proyectaron documentales y la tocada transcurrió, así la recuerdo, como un homenaje alegre y ñero. La noche estaba impregnada de rockdriguez. ¿Era tan famoso y conocido? Emocionado, de regreso a mi casa en una barriada del norte de la ciudad, dimensioné la leyenda. Rockdrigo era más grande de lo que imaginaba. Y guardé en mi memoria ese instante.

Esa noche también descubrí a los Rupestres.

“NO ESTÁN GUAPOS NI TIENEN VOZ DE TENOR”

Entre 1981 y 1982, el Foro Tlapan al sur de la ciudad catalizó a un grupo de músicos que venían de la represión del rock postAvándaro. “Fue el momento —dice el escritor Alejandro de la Garza en Rupestre, el libro (2013)— en que, más allá de la trova y el folclore, el rock y la música pesada regresaron a los hoyos fonqui y volvieron a cobrar aliento”. En los ciclos “La respuesta está en los viernes” o “Sólo los viernes vienes” de ese espacio, tocaba gente como Roberto González, José Cruz, Jorge Luis El Cox, Emilia Almazán, Cecilia Toussaint, Maru Enríquez, Rafael Catana, Jaime López y Rockdrigo. Ahí germinó el Movimiento Rupestre.

Los Rupestres se fueron encontrando entre la búsqueda de espacios para tocar, lo cual, en palabras de Fausto Arrellín, estaba verdaderamente cabrón. Los relacionaba una línea borrosa que los ponía entre el rock de los hoyos, para quienes eran muy “fresas”, y el folclor, la trova o la nueva canción, para quienes eran muy ñeros. Eran (son) músicos que “vienen de tradiciones rocanroleras (blues, rythm and blues, rock de los sesenta y los setenta), además de un conocimiento de los estilos musicales mexicanos (el huapango, el son, el bolero), han participado con o en grupos de rock, sus letras narran experiencias vitales relacionadas con la ciudad y los personajes que en ella viven, leen”, dice Fausto en “Los rupestres. Al principio de los tiempos”, una conferencia que dio en 2016 en la UACM del Valle.

ha sabido cuidar —y esto es lo más importante— el presente y el futuro del legado de Alfonso Reyes que es, en cierto modo, el de la generación toda del Ateneo de la Juventud y de la literatura mexicana de la época.”

Orbitaban como Rupestres primigenios Roberto González, Nina Galindo, Eblen Macari, Catana, Arrellín, Roberto Ponce y Rockdrigo, quien a petición de Jorge Pantoja, subdirector del entonces remodelado Museo del Chopo, escribió el Manifiesto Rupestre:

No es que los rupestres se hayan escapado del antiguo Museo de Ciencias Naturales ni, mucho menos, del de Antropología; o que hayan llegado de los cerros escondidos en un camión lleno de gallinas y frijoles. Se trata solamente de un membrete que se cuelgan todos aquellos que no están muy guapos, ni tienen voz de tenor, ni componen como las grandes cimas de la sabiduría estética o (lo peor) no tienen un equipo electrónico sofisticado lleno de sinters y efectos muy locos que apantallen al primer despistado que se les ponga enfrente. Han tenido que encuevarse en sus propias alcantarillas de concreto y, en muchas ocasiones, quedarse como el chinito ante la cultura: nomás milando. Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio…

Broma, grupo, núcleo, los Rupestres comenzaron a hacer el caldo cada vez más gordo en la música del pretemblor del 85. Fue Pantoja quien les abrió cancha en el Museo del Chopo, con el mítico Segundo Festival de la Canción Rupestre, realizado en noviembre de 1983 con lleno total en el Foro del Dinosaurio. Los Rupestres hacían lo suyo en paralelo y cruzados por el Tri, Botellita de Jerez, Jaime López, León Chávez Teixeiro, Real de Catorce y Javier Bátiz (quien dice haber bautizado a Rodrigo como “Rockdrigo” en el Wendy’s).

La muerte de Rockdrigo marcó al movimiento, pero no lo diluyó ni lo mató. Los Rupestres siguen vivos, en el subterráneo. Su música abrevó del tiempo y la diversificación de géneros, siempre con la memoria tatuada del Profeta del Nopal.

A VER CUÁNDO VAS…

“Rodrigo era un hijo de la chingada. Todo mundo lo mitifica pero era un hijo de la chingada”, dice Catana en Rupestre, el libro. Lo dibuja en una anécdota: Mario Santiago Papasquiaro, el poeta líder del reconstruido Infrarrealismo luego de que Roberto Bolaño se había ido de la ciudad años atrás, conoce una noche a Rockdrigo en la casa de Catana. Hubo, dice, un choque eléctrico: punta contra punta. “No se dio un entendimiento ni un encuentro sino más bien una especie de odio entre ellos, sin violencia. Cada uno, con su tremendo ego, quería brillar más que John Lennon”. Claro que eso, continúa, no le quita lo gran artista.

En 1985 ya se atisbaba el mito: Rockdrigo iba a sacar un disco bien producido en el sello WEA (material que sigue inédito). Ya se había electrizado con el grupo Qual (que tenía a Fausto como frontman), con quienes tocó ese año en el festival “A ver, a ver, a qué horas” del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) en el Palacio de los Deportes. En el cartel estaban Enigma, TNT, Chac-Mol y otros. El temblor se llevó a Rockdrigo junto con más de 12 mil víctimas. Había prometido a su familia en Tampico que la visitaría ese 19 de septiembre. Llegó a su casa a descansar para siempre.

Redacto las últimas notas de este texto la madrugada del 19 de septiembre de 2017. Vivo en un edificio de cinco pisos, tabique rojo y metal. En los audífonos suena “La máquina del tiempo”. Despierto con el simulacro, pero desobedezco y sigo durmiendo. Horas después todo se mueve. Temblor. Terremoto. Las cosas caen, yo mismo caigo. Ahí está: el fantasma es real. Treinta y dos años después, el mismo día, la ciudad tambalea. (He leído “Rockdrigo, profeta telúrico” de Armando Vega-Gil). Me visto y salgo a dar el rol. Todo está claro, no falta nada en la estructura de esmog: los zapatos viejos y las caras oxidadas. Las máquinas rugen feroces… Rockdrigo, profeta telúrico.

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