La religión en tiempos de coronavirus

La religión en tiempos de coronavirus
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"La religión sólo puede ser sustituida por la religión”, escribió Carl G. Jung respecto a la necesidad humana de creer en un poder superior, ya sea situado en el más allá o en el más acá. Esta máxima es quizá más cierta en tiempos como el actual, cuando —religiosa o secularmente— la humanidad entera experimenta alguna variante de las fantasías apocalípticas concebidas con anterioridad. Así, desde el extremo racional-científico, no pocas voces consideran que esta pandemia es el resultado natural de siglos de exceso capitalista. Igualmente, por el costado religioso emergen interpretaciones de la pandemia como una especie de castigo divino para que la humanidad reflexione sobre sus actos, con el habitual corolario de adscribir cierta dosis de juicio sobre la ética individual al hecho de contarse entre las víctimas o los salvados. (Hay que decir que, en ese sentido, los sistemas éticos de todas las religiones convergen sospechosamente en cuanto a la desproporción con la que este tipo de calamidades afectan a los más desfavorecidos económicamente: ¡qué clasistas resultaron ser las deidades!).

Aun así, entre las noticias religiosas sobre el tema destacan algunas que revisten mayor importancia al nivel de interpretación. Está por ejemplo el hecho del brote masivo de coronavirus en la ciudad israelí de Bnei Brak, a causa de que los líderes religiosos ultraortodoxos desestimaron las recomendaciones sanitarias, al grado de que el influyente rabino Chaim Kanievsky afirmara que “La Torá protege y salva”. ¿Cómo explicar entonces que más del 40 por ciento de la población se haya contagiado? Difícil saberlo, mas se intuye que la respuesta casi lógica consistiría en que ese porcentaje está determinado por la voluntad divina, pues de otro modo la implicación sería que un simple virus es capaz de contrariar los designios del Señor.

Con las noticias de contagios propiciados por la celebración de misas durante la pandemia, la Iglesia Católica ha mostrado un poco más de sensatez, pues el Papa Francisco emitió su mensaje de paz al mundo desde una Plaza de San Pedro completamente vacía. Igualmente, el mismísimo Vatican News nos informa, el pasado 20 de marzo, que mediante un Decreto de la Penitenciaría Apostólica todos aquellos enfermos o en posibilidad de ser contagiados pueden obtener la “indulgencia plenaria” con sólo recitar el Credo, el Padre Nuestro y una oración a María, o se les permite elegir entre las siguientes opciones:

Visitar el Santísimo Sacramento o la adoración Eucarística o leer las Sagradas Escrituras durante al menos media hora, o recitar el Rosario, el Vía Crucis o la Coronilla de la Divina Misericordia, pedir a Dios el fin de la epidemia, el alivio de los enfermos y la salvación eterna para aquellos a los que el Señor ha llamado a sí.

Y ahí no termina la ganga, pues la misma nota informa que quienes no estén en condiciones de recibir la extremaunción por parte de un sacerdote, están autorizados para autoadministrársela, valiéndose de los servicios de un crucifijo o de la cruz cuando estén a punto de morir. Y ya en franco plan de libertinaje normativo, el Decreto autoriza a sacerdotes a realizar la “absolución colectiva”, “sin previa confesión individual”, por ejemplo en salas de hospitales repletas de contagiados. Parafraseando la popular máxima de una religión rival, podríamos concluir que “si el coronavirus no va a Cristo, Cristo va al coronavirus”.

"Quienes se encuentran en el camino de la cienciología lidian con la eternidad, cuestión

que refuerza L. Ron Hubbard: Los planetas y las culturas son asuntos frágiles".

¿Y QUÉ HAY de esa otra fe masiva, la cienciología, aquella que luchó durante años contra la negativa del gobierno estadunidense a reconocerla como religión, hasta que logró conseguir el estatus oficial, que la exime de pagar impuesto sobre la renta y demás prerrogativas asociadas? La filial estadunidense del periódico sensacionalista británico The Sun reporta que Tom Cruise tiene listo un búnker de 18 millones de dólares, construido según los designios del líder máximo de la cienciología, David Miscavige, adonde ellos irían a refugiarse con otros prominentes devotos como John Travolta, si las cosas se pusieran más difíciles. De momento se trata sin embargo de un rumor no confirmado.

Aun así, medios más serios como el Tampa Bay Times o The Daily Beast fueron amenazados por las autoridades cienciólogas al reportar que tanto en su polémica flota de trabajo semiesclavo —la llamada Sea Org—, como en autobuses y otros espacios colectivos, no se respetaban las medidas de distancia, confinamiento y demás. Y en una carta confidencial para los miembros escrita por el jefe Miscavige, donde les comunica con pesar que tendrán que cancelar la celebración cumpleañera del extinto fundador L. Ron Hubbard, les informa también que el estado actual de “histeria” es una “tomadura de pelo”. En el fondo no hay nada que temer, pues quienes se encuentran en el camino de la cienciología lidian con la eternidad, cuestión que refuerza una cita del propio Hubbard: “Los planetas y las culturas son asuntos frágiles”.

Pero no todo está perdido en cuanto a un posible acercamiento entre ciencia y religión como consecuencia de la pandemia, pues dio la vuelta al mundo la imagen del Cristo del Corcovado enfundado en una bata médica, como señal de agradecimiento para los trabajadores de salud que arriesgan la vida.

Después de todo, si ambos bandos consiguieran superar sus diferencias, podríamos reconocer que el motor inmóvil que nos alienta a todos es en última instancia el mismo, como lo sugiere la filósofa eslovena Renata Salecl en su libro Angustia: “Y sin embargo, a pesar de todos esos intentos para manejar la muerte... no deberíamos olvidar la famosa predicción de Kierkegaard: para el sujeto, más horrible que la muerte es en realidad la posibilidad de ser inmortales”.