Licorice Pizza, de Paul Thomas Aderson

Filo luminoso

Licorice Pizza
Licorice PizzaFuente: lacomikeria.com
Por:
  • Naief Yehya

El noveno largometraje de Paul Thomas Anderson, Licorice Pizza, es una comedia engañosamente ligera sin una auténtica trama, en la que rinde homenaje al Valle de San Fernando de su infancia y echa mano de un mosaico del rock de la era para crear un ambiente de posibilidades, de autodescubrimiento y júbilo por la vida.

La primera vez que vemos a Gary Valentine (Cooper Hoffman, hijo del desaparecido Philip Seymour Hoffman) es en el baño de la escuela donde se mira en el espejo. Es una forma de anunciar el narcisismo del joven protagonista de quince años. En la siguiente escena vuelve a mirarse en el espejo portátil que les ofrece Alana Kane (Alana Haim, de la banda musical Haim) a los estudiantes que hacen fila mientras esperan su turno para la foto. Alana es una joven de 25 años que aún vive con su familia, está frustrada y aburrida con su empleo de asistente de fotógrafo y no tiene idea de lo que espera de la vida. Gary es un actor que apareció en una comedia familiar exitosa, una variante de Los tuyos, los míos y los nuestros (Yours, Mine and Ours, Melville Shavelson, 1968), rebosa de confianza y carisma, tiene la seguridad de una estrella de cine consumada y las ambiciones de un hombre de negocios, por lo que no titubea al invitar a cenar a Alana, quien pasa de la sorna a la desconfianza y de ahí a la curiosidad por ese niño arrogante, tan representativo de una sociedad que vive en la órbita de la celebridad.

EN SU BREVE CARRERA FÍLMICA, Gary ha creado valiosas conexiones (aunque parece que sus días de estrella tendrán un precoz final), recorre el país y hace presentaciones, shows televisivos, audiciones y comerciales. Mientras su experiencia escolar parece meramente un trámite, Gary pasa sus noches bebiendo coca colas en bares (especialmente el legendario Tail o’ the Cock) y su madre trabaja como su publicista. Cobijado por su fama incursiona en una variedad de proyectos alocados: camas de agua y máquinas de pinball. En cuanto ve a Alana se obsesiona y a pesar de que ella le lleva diez años establecen una extraña relación, al borde de lo ilegal e inapropiado, cargada de coqueteos, celos, tensión social y culpa, mientras ella lo sigue en sus aventuras comerciales, que a manera de sketches se conectan con interminables carreras a pie o en auto por la ciudad en vertiginoso movimiento.

El contraste entre sus historias y personalidades es el motor de la relación (que nunca es amorosa ni sexual) y de la cinta. Lo verdaderamente fascinante es la continua exasperación que Gary le provoca a Alana y aunque comparten una camaradería cariñosa, ella pasa buena parte del tiempo crispada. La curiosidad sexual de Gary es una motivación para su deseo de tenerla cerca pero no es la única fuerza que los une y ella, aunque parece detestarlo, también siente la necesidad de protegerlo y recupera el gusto por vivir gracias a su euforia contagiosa.

La vitalidad del guion y la formidable destreza de ambos actores para mostrar su rechazo y cordialidad son probablemente los elementos más ricos de la cinta. La familia de Alana es judía conservadora, y el hecho de que las tres hermanas adultas vivan bajo el mismo techo representa una especie de fracaso, no han abandonado el nido como mandan las convenciones sociales modernas ni se han casado como ordenan las leyes religiosas. La ciudad de Los Ángeles de los sueños fílmicos parece ajena a sus vidas.

La vitalidad del guion y la destreza de ambos actores para mostrar rechazo y cordialidad son los elementos
más ricos de la cinta

Como en su anterior El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017), Anderson crea una película centrada en una relación desigual; ahí se trataba de Reynolds Woodcock, un diseñador de moda y su más reciente musa, la mesera Alma Elson, entre quienes se establece un compromiso incómodo y conflictivo. Pero mientras esa película era un drama enfocado en la transformación de la joven para sobrevivir a su deseo, el rechazo familiar y la severa frialdad de Woodcock, Licorice Pizza ofrece a través de la relación de Gary y Alana una visión de un mundo de indulgencia, apariencias y narcisismo en el que es posible la felicidad. Alana pasa de la frustración y el cinismo a una búsqueda entusiasta de su camino por las ideas disparatadas de Gary y su grupo de amigos adolescentes, con lo que puede valorar con perspectiva la sórdida madurez de la colección de actores, políticos, directores, productores y demás jungla californiana de personajes amenazantes, ridículos, borrachos, adictos, incompetentes y perversos. Puede elegir entre la fascinación de los sueños de juventud, con cierto eco de Peter Pan, y la grotesca arrogancia, embriaguez de poder y rencor de los adultos (exitosos y no). La historia de Alana y Gary se desliza entre episodios tragicómicos que reflejan la superficialidad, el gozo y la ilusión frenética de triunfar y enriquecerse en una sociedad que hace del espectáculo un culto delirante.

Como en Boogie Nights: Juegos de placer (1997), Anderson trata de crear un corte transversal de un microcosmos y a la vez dar un panorama nostálgico de un periodo del sueño californiano en la década de los setenta, con algunos personajes históricos reales como el candidato a alcalde Joel Wachs (interpretado por el director Benny Safdie) y el estilista, amante de Barbra Streisand y ejecutivo de un estudio, Jon Peters (Bradley Cooper), quien inspiró al personaje de George Roundy de Shampoo (Hal Ashby, 1975). Gary está modelado en el niño actor Gary Goetzman, quien fue más tarde productor y figura emblemática de Hollywood; el personaje de Sean Penn, Jack Holden, está basado en un trasnochado William Holden y la matrona del show en que aparece Gary, interpretada por Christine Ebersole, es una versión de Lucille Ball acabada y furibunda. El título de la película es el nombre de una cadena de tiendas de discos, representativa de la era.

ES IMPOSIBLE NO PENSAR en Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino (2019), y las diferencias entre estos dos cineastas al explorar esa región liminar entre los sueños fílmicos y la crudeza brutal de un mundo de enorme ambición. Mientras Tarantino coquetea con reescribir una tragedia mediante el cine, Anderson muestra un mundo infantilizado y cruel, que vive de espaldas al peligro pulsante (los abusos policiacos impunes, la guerra de Vietnam, la crisis petrolera, los entonces recientes asesinatos de la familia Manson, el acoso sexual irrefrenable), ignorando las presiones de la realidad y sin temor a las consecuencias.

No hay aquí revanchas tarantinescas, en cambio hay una gran satisfacción e incluso gratitud por las experiencias vividas. Las aventuras de Gary en las que involucra a Alana son producto de su ego, sin embargo le dan a ella la oportunidad de descubrirse y le ofrecen una perspectiva fresca de lo que puede ser una vida con seguridad en sí misma, así como la posibilidad de una relación emocional, incluso romántica pero no amorosa: una oportunidad de reconocerse en el otro y de ahí la metáfora inicial del espejo.