Lo que la fotografía dejó atrás

Lo que la fotografía dejó atrás
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Desde muy joven, el artista Iñaki Bonillas (Ciudad de México, 1981) estableció una relación entre su trabajo plástico y la fotografía pero, más aún, con las prácticas de la misma durante las décadas de los sesenta y setenta. Por ello, su obra se enfoca en el hecho fotográfico (la cámara, la película, el obturador, el revelado), para después conectarlos con distintos procedimientos no-fotográficos. Entre las exposiciones individuales más recientes de Bonillas se encuentran Secretos (Estancia Femsa, Casa Luis Barragán, Ciudad de México, 2017) y Arxiu J. R. Plaza (La Virreina Centre de la Imatge, Barcelona, 2012). Su trabajo también se ha exhibido en Estados Unidos, España, Brasil, Bélgica e Italia, entre otros países. Ya no, todavía no es la primera exposición de Iñaki Bonillas en la galería Kurimanzutto: permanecerá abierta hasta el 20 de octubre. En ella presenta el resultado de su investigación sobre lo que el pintor y cineasta Robert Bresson llamó la inteligencia de las manos. También se enfoca en lo que la fotografía ha perdido con el avance de las tecnologías.

¿Cómo se mira la fotografía contemporánea a través tu exposición?

Esta muestra no es exclusivamente sobre imágenes, aunque uno de los trabajos (“Adiós a la fotografía”) fue de los puntos de partida: tiene que ver con mi formación profesional, porque fui asistente de diversos fotógrafos en una época en la que todo lo que aprendía tenía una muerte anunciada. La era digital estaba por llegar y desplazaría gran parte de todo ese aprendizaje. El título de la exposición es Ya no, todavía no, frase que tomo prestada de un ensayo de Hannah Arendt donde habla de estos huecos, de estos vacíos que se abren cuando una cosa deja de ser actual, pero aún no desaparece del todo. Eso es, para mí, lo que está sucediendo con la fotografía. Las manos han ido perdiendo importancia, las desempleamos: con un dedo oprimimos un botón y capturamos una imagen. Hasta ahí llega la relación de las manos con la construcción de una imagen. Antes había un ritual sobre la materialización de la imagen, en el cual las manos participaban de manera determinante. Por otro lado, en mi trabajo siempre hay un sinfín de manos que participan en los procesos y tienen, en general, muy poca visibilidad. En esta exposición quise darles un lugar.

[caption id="attachment_809271" align="alignright" width="247"] Fuente: kurimanzutto.com[/caption]

¿Qué es lo que el espectador puede encontrar en la galería?

Creo que en el arte, grosso modo, se trata de tener límites, así que una de las reglas consistió en trabajar única y exclusivamente con colaboradores que están cerca. Eso quiere decir que no hice fotograbados, una de las técnicas que presento en la muestra, con quien habitualmente los hago. En cambio busqué a alguien en México que se dedicara a este técnica que es de lo más arcaica, obsoleta y difícil de hacer hoy. Tuve la suerte de encontrar un taller en Santa María la Ribera que se llama Zopilote: ahí producen heliograbados a la vieja usanza. Dos series de esta exposición fueron hechas así, a partir de la impresión de imágenes creadas para placas de cobre.

Otra de las características de la fotografía digital es que casi todo lo que se genera a través de ese proceso, trabajes como trabajes, se acaba viendo igual. En contraste, al emplear placas de cobre resulta impresionante que el proceso se anteponga a la imagen. También se exhibe una serie de videos que hice en colaboración con el fotógrafo de cine Rafael Ortega. Grabamos cada uno de los procesos con la idea de mostrar una secuencia que se repite mecánicamente, una y otra vez. Eso es exactamente lo que acaba pasando con las manos inteligentes, que han reemplazado a aquellas que durante muchos años desarrollaron un proceso artesanal. Las nuevas manos tienen una especie de autonomía, hacen todo casi por sí solas.

"En nuestros tiempos, la fotografía se ha convertido en una especie de lenguaje. empleamos las imágenes para construir enunciados”.

Por otro lado incluyo fragmentos de canciones de la poeta antigua Safo, los cuales se fragmentaron aún más con una técnica de esténciles que diseñó un impresor francés del siglo XVI e iluminaciones antiguas que se empleaban, como su nombre lo indica, para iluminar un texto: los decorados en oro ayudaban a la lectura a la luz de la vela. Descubrí que uno de los volúmenes más y mejor iluminados en el medioevo fue El libro de Kells. Me basé en esa caligrafía (hoy la llamamos tipografía) para hacer la invitación de esta muestra y con la misma se transcribieron algunos fragmentos de los poemas en prosa de Arthur Rimbaud, Iluminaciones, en los que sólo se iluminaron las letras cerradas, en una especie de código secreto.

¿Qué aporta de nuevo el discurso de tu exposición?

Aunque en el primer mundo esta muestra habría sido anacrónica, el juego del título, Ya no, todavía no habla de que en México todavía es común encontrar este tipo de dicotomías. Por un lado estamos hipertecnologizados y por otro todavía encontramos escribas en la Plaza de Santo Domingo que pueden llenar tus documentos si no sabes leer o escribir o si no tienes computadora para diseñar la invitación de los quince años de tu hija. Esos extremos se tocan con mucha efusividad. Por eso pensé que era importante desarrollar este tema en México.

¿Ha cambiado el propósito de la fotografía?

Sí, antes el acto fotográfico tenía que ver con la huella, como lo describía Roland Barthes en su libro La cámara lúcida. Decía: tú ves una imagen de algo que estuvo ahí, que quizá ya se convirtió en un espectro pero dejó una marca fotosensible, una especie de juego de espejos entre la cámara y lo que estuvo ahí, la luz que permitió que esa imagen se formara. En nuestros tiempos se ha convertido en una especie de lenguaje, es decir, empleamos las imágenes para construir enunciados. La fotografía como la conocíamos antes no tiene nada que ver con lo que es hoy.