Luis Zapata
Si la vida fuera una película

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Por Sergio Téllez-Pon

A Luis Zapata (Chilpancingo, Guerrero, 1951) le gusta jugar con la literatura, y al divertirse él escribiendo también divierte al lector; lo anterior porque Zapata se toma bastantes libertades en la escritura y con los géneros dándoles un giro muy particular. Al hablar de El vampiro de la colonia Roma (1979), José Joaquín Blanco escribió que desde sus primeras novelas Zapata fue dueño de un temperamento y un mundo narrativo personales. Tomándose esa libertad creó su propio estilo: deliberadamente frívolo, muy lúdico, sagaz, humorístico. Por esos rasgos creo que varias de sus novelas son muy cercanas a una estética camp. En este caso, me enfocaré en tres de ellas: una publicada hace casi treinta años que, me parece, sirve para unir su obra a otras dos más recientes.

En el caso de Melodrama (1983; Quimera, 2008) es una novela que está escrita de tal forma que parece el guión cinematográfico de una película de la Época de Oro del cine mexicano. El evidente homenaje paródico de Zapata a ese cine en esta novela le permite el tono artificioso, hiperbólico, dramático y melodramático, con su correspondiente soundtrack de canciones románticas de la época, principalmente boleros: “¿Por qué te hizo el destino pecadora / si no sabes vender el corazón?”. Además, hay otros guiños a las películas de los grandes años del cine nacional: el padre del protagonista se llama Arturo (¿de Córdoba?) y la madre Marga (¿López?), así como la esposa del otro protagonista gay se llama Estela (¿Pavón?). Zapata ha contado en varias ocasiones que luego de publicarla se propuso llevarla a la pantalla grande y aunque el proyecto no fructificó, de haberse hecho en su momento (a mediados de los años ochenta), habría coincidido con algunas de las mejores películas de Pedro Almodóvar (Entre tinieblas, ¿Qué he hecho yo para hacer esto?, La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios), en las cuales también
predomina la estética camp. O al menos yo encuentro, por ejemplo, una relación muy estrecha entre las dos mujeres de De pétalos perennes (1981) y las de Mujeres al borde de un ataque de nervios: en ambas hay una sensibilidad femenina, a ratos irónica y algo delirante.

El joven Álex Rocha tiene primero una melodramática relación con un amigo del que nunca se sabe su nombre para luego dar paso a un romance con el detective Áxel Romero, y se lee-ve que él es por momentos cursi, en otros explosivo y en muchos otros hilarante. Sin embargo, en Melodrama el humor se centra, me parece, particularmente en un personaje: en la madre de Álex, Marga. Sus azotes, su locuacidad, sus delirios, sus elucubraciones, sus conjeturas confesadas al psicoanalista, sus aprensiones de madre, sus exageraciones todas, sus arrebatos la hacen un poco neurótica y a la vez encantadora. Ella está convencida de que “ninguna preocupación está de más cuando se es madre”, es decir, el papel de madre le confiere todo el derecho para inmiscuirse en la vida del hijo que ella cree un descarriado. De hecho, lo que hace Zapata en esta novela es homenajear con bastante ironía todas esas películas dramáticas protagonizadas por Libertad Lamarque y Marga López, “esas dos ínclitas mujeres argentinas” con quienes hemos “sufrido, gozado, y lo que es más importante, vivido. Con ellas hemos aprendido el verdadero valor semántico de las palabras amor, ilusión, dolor, espera, súplica, piedad, corazón, desengaño, bendición, pasado, perdón, calvario. Hemos recibido una sólida educación sentimental que no habríamos tenido sin sus presencias”, dice el narrador de esta película-novela. Así, además de leer-ver el melodrama amoroso de Álex, el lector-espectador lee-ve la tragicomedia de la madre por el simple hecho de ser madre: en un momento en que conversan Marga y la comadre Estela, ambas se confiesan el melodrama que significa asumir ese papel, de los duros golpes que les da la vida cuando los hijos crecen y sólo entonces una y otra —quienes antes habían sido rivales— ahora encuentran un punto en común.

Tal vez al lector de esta época, con la vida gay normalizada, la aprobación de los matrimonios gays y cierta aceptación social, le podrían parecer un poco anticuados ciertos pasajes, como que toda la trama se desate luego de que la madre oye a Álex hablar por teléfono y llamarse en femenino: “Ay, es que estoy muy desvelada, manita” (en otro momento, durante una tertulia chispeante en la que Álex les contará a sus amigos sobre el prospecto anónimo que lo persigue, todos se hablarán también en femenino). Cuando la madre, Marga, finalmente encara a Álex y lo acusa de “puto” compara la homosexualidad con algo tan pecaminoso como la drogadicción; o como cuando los dos enamorados, Álex y Áxel, se dan un beso a escondidas, cuando hoy vemos a parejas gays tomadas de la mano por la calle o fajándose en el metro; o bien, en el caso del detective Áxel, se dice que ya nadie contratará sus servicios pues nadie confiará en un hombre que vive “al margen de la moral y las buenas costumbres”. La homosexualidad se vuelve un drama, incluso va más allá, un melodrama, pero Zapata le da un giro humorístico y lo despoja de todo sentimentalismo y azote o golpes de pecho. Si Adonis, el de El vampiro de la colonia Roma vivía con total plenitud su sexualidad, incluso hasta con cierto desparpajo y cinismo, en Melodrama Zapata quiere burlarse de esas épocas recatadas y mojigatas.

“La vida es un drama”, le dice el compadre Rebolledo a la comadre Estela Andueza de Romero. Y agrega: “Es un drama, cuando no una farsa, y así hay que entenderla: somos sus títeres, sus juguetes; la vida dispone de nosotros como si fuéramos marionetas sin voluntad”. Los dos amantes, Álex y Áxel, también son unos títeres de esa farsa y la vida ha dispuesto una serie de desgracias, han llegado a su fin las horas felices, los primeros momentos de éxtasis darán paso a las adversidades. En Melodrama todo es exceso y parodia, la exacerbación del drama y lo sobreactuado de los actores (si uno imagina las escenas en una pantalla) hacen que
todo el drama se vuelva así comedia, todo es al mismo tiempo camp y kitsch (particularmente en el decorado de la gran mansión familiar y en esas “escaleras cinematográficas” que se describen al principio). Pero como sucede en las películas que homenajea, al final los dos enamorados sortean todas las dificultades que se les presentaban y, en la tradicional cena de Navidad con toda la familia reunida, viven su final feliz en una época en la que los personajes gays eran burdos, tanto en cine como en literatura, y los mataban o, peor aún, se suicidaban.

Como continuación de la línea cinematográfica que a Zapata le gusta explorar, Autobiografía póstuma (Universidad Veracruzana, 2014) de inmediato recuerda a la película
Belleza americana (1999), en la que el personaje interpretado por Kevin Spacey está muerto y desde esa otra vida cuenta la historia de sus últimos días en la tierra. Pero a diferencia de Belleza americana, que termina en tragedia, Autobiografía póstuma es una parodia en la que Zapata le da voz a Zenobio Zamudio, un escritor gay quien rememora sus días terrenales desde el más allá y esa voz para esta posteridad se vuelve un tenebroso ajuste de cuentas. Para empezar, Zamudio cuenta sus primeros años de vida en el feo pueblo de San Mateo del Río, que no por ser la capital del estado de Allende deja de mantener un estilo de vida provinciano, y es a esa ciudad a la que dirige sus primeros odios. Finalmente, desde el otro mundo ya no tiene nada que perder: puede decir lo que le venga en gana y nadie podrá replicarle.
Las referencias cinematográficas, como en casi toda la obra de Zapata, no podían dejar de aparecer en Autobiografía póstuma porque el cine es lo único que saca a Zamudio de su monótona vida provinciana, en ese ambiente tan estéril sólo en la pantalla grande encuentra una fuente para su educación sentimental: con las escenas veladas pero candentes de rumberas y putas, aunque también, y sobre todo, de actores, esos sex symbols de la cinematografía mundial con quienes tiene sus primeras fantasías sexuales. Esas películas le hacen saber que es “diferentito desde chiquito”, como él mismo se describe.

Sin embargo, Zamudio guarda todo su ímpetu para arremeter contra el mundillo literario y, en particular, contra aquellos que no supieron sopesar su obra mientras vivió. En Autobiografía póstuma, el Zapata irreverente vuelve a sacar todo su arsenal de humor e ironía pero esta vez para burlarse de la vida literaria, esa hoguera de las vanidades tan llena de prácticas viciadas, de envidias, de regateos, del ninguneo como arma letal y mezquindades entre “colegas”, pero en la que también se crean falsas famas a base de obras insostenibles: “sólo los mediocres triunfan”, escribe en un momento el resentido Zamudio. Porque la república de las letras no es muy distinta de San Mateo el Feo: ambas mantienen una actitud provinciana de chismorreos, de mensajes de corrillo, de polémicas estériles. A Zamudio el reconocimiento le llega póstumamente porque Zapata juega con la idea de que todo “muerto fresco”, como Zamudio, se vuelve instantáneamente un santo: la gente ya no
ve sus defectos sino sus virtudes,
no su lado oscuro sino el “humano, demasiado humano” y todo se le perdona. Es cuando entra la burocracia cultural con su maquinaria y llegan los homenajes de las instituciones culturales, las estatuas, “esa gloria que cagan las palomas” (Fernando Vallejo dixit), las calles con su nombre, la edición de las obras completas.

Zamudio es víctima de ese regateo de su gremio, tanto así que él mismo tiene que asumir el papel de exégeta de su propia obra y hasta se da la licencia de autopublicar sus obras inéditas, todo en pos de su fama póstuma. En uno de sus aforismos asume su papel en la vida literaria, no sin un dejo de
altivez: “¿Soy lo que se conoce como un ‘has been’? En todo caso, más vale ser un ‘has been’ que un ‘never been’, como muchos que andan por allí”. Son el fracaso y el rencor los que lo hacen tan petulante. Entonces, no debe parecer extraño que en varios de sus aforismos Zamudio lance sus venenosos dardos contra los críticos literarios, esos primeros lectores que destruyen o consagran una obra y que para él son las criadas de la opulenta mansión que es la literatura, dice. Su resentimiento lo vuelve patético y gracias a esto último también risible.

Al principio de Autobiografía póstuma, Zamudio refiere algunas teorías psicológicas en las cuales se habla “del poder terapéutico de la escritura” y de paso cita a Cioran, quien decía: “Formular es sanar, aun cuando se escriban disparates”. Y eso es precisamente lo que hace Orlando Barreto, el personaje de Como sombras y sueños (Cal y Arena, 2014), otra reciente novela de Zapata en la que vuelve a escribir con experimentalismo formal (utiliza recursos del ensayo para narrar, en sintonía con una técnica posmoderna, alterna narradores en primera y tercera persona, entre otras características).

Zapata no pierde el sentido del humor ni cuando aparentemente toca un tema tan sinuoso como la depresión, la verdadera protagonista de Como sombras y sueños. Orlando Barreto es un escritor depresivo que cuenta las distintas etapas por las
que pasa antes, durante y después de una más de sus profundas depresiones. En uno de sus aforismos, Pessoa escribió: “Un hombre perfecto, si existiera, sería el ser más anormal que se podría encontrar”. Barreto es, pues, un hombre normal: con sus subidas y bajadas, con su vida fluctuando entre la vigilia y la vida onírica, justamente entre sombras y sueños, como bien se dice en el afortunado título tomado de Cervantes: “no sólo pasan como sombras y sueños los contentos de esta vida;
también los descontentos de esta
vida pasan como pasan las sombras y los sueños; todo se desagrega, se difumina, desaparece; todo tiene la consistencia de las sombras y de los sueños, y todo para con la misma velocidad”.

Como sombras y sueños es una intelectualización de esta enfermedad tan temida. Si Zapata ya había intelectualizado el desamor en En jirones (1985), ahora en esta nueva novela lo hace con la depresión en fragmentos narrativos pero también ensayísticos alternándose para que los demás, los que no son depresivos, entendamos, pues lo que se propone Barreto al contar sus cuitas es un afán de entender su propio padecimiento y en ese afán hacer que los demás entendamos, que tengamos empatía con quienes sí lo son. En ese sentido, pienso, Orlando Barreto escribe esta novela pues la enfermedad es un asunto íntimo, al que los tímidos (o “basuritas”, para usar un término angelicomariano muy caro a Zapata) tenemos miedo de nombrar, de pronunciar, cuanto más de escribir; he allí, además, el mayor mérito de esta novela.

Lo que muchos no logramos comprender es que el cerebro, en tanto órgano humano, también se enferma y que todos alguna vez hemos sufrido alguno de los distintos grados de depresión que existen. Al depresivo pocas cosas lo entusiasman, así, la actividad física disminuye, las fuerzas para acometer las empresas del día a día se ven menguadas y prefiere pasar el lento transcurso de las horas postrado en cama; es entonces cuando la vida onírica aumenta, todo sucede en ese otro mundo: “si alguna vida tiene Orlando Barreto es su vida onírica”, escribe el narrador. Y la depresión además conduce a la hipocondría: en el caso de Orlando Barreto, si escucha que la amiga de su hermana tiene cáncer, se sugestiona y piensa que todos los síntomas que ha sentido se deben a que él tiene cáncer, que en caso de verse en un asunto así, pediría tranquilizantes aunque volviera a ser adicto a las benzodiacepinas. Todo es una bola de nieve que crece conforme el depresivo Barreto, ladrón de enfermedades, se alimenta de los padecimientos de otros: como a Marga, la madre de Melodrama, toda su neurosis hace de Barreto un personaje entrañable. Zapata ha cumplido su misión: he hecho entender al lector sobre este padecimiento y tener empatía con su personaje.

Como si se tratara de la terapia basada en la risa, tan new age, Zapata sabe que las carcajadas son el mejor remedio para todos los achaques y dolencias. Así, con conocimiento de causa, Zapata pasea al lector por los laberintos de la mente y eso me parece que queda muy bien registrado en el lenguaje, la narrativa que también va y viene en episodios muy azotados pero también otros muy chuscos, escritos en una especie de escritura automática. Tal vez lo más interesante de Como sombras y sueños es justo ese vaivén, ese deambular por la mente
y por la escritura. Para no enloquecer del todo, Orlando Barreto escribe:

Tengo la impresión de que mientras escribo, no puedo enloquecer
La palabra escrita, la palabra escribiéndose, como un medio de fijar la cordura
Otros hablan, otros lloran, otros rezan, otros agreden
Yo, Orlando Barreto, nada más escribo, nada más escribe

En este caso, el humor no se halla tanto en episodios o anécdotas sino, más bien, se encuentra en el lenguaje, con el que Barreto desvaría, esos disparates tan sanadores de que hablaba Cioran: en juegos de palabras, en largos monólogos interiores, en hilarantes reflexiones totalmente alejadas del gag fácil, el lector se encontrará sonriendo o soltando involuntariamente la sonora carcajada.

Entre Melodrama y Como sombras y sueños y Autobiografía póstuma, Zapata ha publicado otras novelas también de corte humorístico como De pétalos perennes (que Jaime Humberto Hermosillo adaptó al cine como Confesiones), La hermana secreta de Angélica María (1989), ¿Por qué mejor no nos vamos? (1992), La historia de siempre (2007), entre otras. En la acartonada y no pocas veces solemne y poco arriesgada narrativa mexicana del siglo XX, el humor y las peripecias literarias de Zapata son toda una bocanada de aire regocijante.



Pasado y presente del movimiento gay

El reciente embate de los grupos más recalcitrantes de la sociedad mexicana (la jerarquía católica y grupos conservadores afines, incluidos los neonazis) contra los gays por los matrimonios del mismo sexo mostraron que los integrantes de la comunidad lésbica, gay, bisexual, transexual, trangénero, travesti e intersexual (LGBTTTI) somos uno de los grupos más vulnerables y al que se le siguen coartando sus derechos civiles. La Suprema Corte de Justicia de la Nación, las comisiones de Derechos Humanos y los consejos para prevenir y eliminar la discriminación tanto nacional como de la Ciudad de México han dado su respaldo legal a estas uniones, pero lo cierto es que los gays seguimos encabezando esta lucha a pesar de que algunos activistas gays han preferido medir fuerzas con los conservadores en vez de recurrir a medios legales para detener los pronunciamientos de los jerarcas católicos quienes, constitucionalmente, tienen prohibido hacerlos.

Cuando escribo esto, además, han encontrado los cuerpos de cuatro mujeres trans que fueron asesinadas con violencia en menos de dos semanas: a Paola Ledezma, de 25 años, le dispararon dos balazos mientras ejercía el trabajo sexual a una cuadra de la casa de quien esto escribe y dos días después el juez dejó libre al agresor; Itzel Durán, de 19 años, fue apuñalada en la puerta de su casa en Comitán, Chiapas; una más en Chihuahua fue atacada en su casa por dos desconocidos y a Alessa Flores, de 28 años, la estrangularon en un céntrico hotel de la Ciudad de México. Esos son los nombres de quienes conocimos los casos gracias a las protestas de sus amigas o compañeras que trascendieron a los medios de comunicación, pero a lo largo del país hay muchos otros casos más que no llegan a los noticieros y quedan en el olvido de la gente y de la justicia. Todos esos casos ponen a México en el nada honroso segundo lugar de América Latina (sólo después de Brasil) en agresiones y asesinatos a personas de la comunidad LGBTTTI.

Todo lo anterior muestra que si bien en los casi cincuenta años de movimiento gay se han conseguido algunas libertades también hay grandes pendientes como la sensibilización de la sociedad hacia otras minorías sexuales para eliminar el estigma y la exclusión de la que son objeto por su sola condición sexual. En ese sentido, los activistas gays ponen todas sus fuerzas sólo en las uniones igualitarias, olvidándose de las demandas de otras minorías sexuales que no se ajustan al modelo gay.

En este contexto ha aparecido El clóset de cristal (Ediciones B), de Braulio Peralta, un libro que se presenta como una crónica “perfectamente documentada” y cuyo autor ha dicho en entrevistas recientes que es una investigación periodística, no de rumores o chismes sobre la intimidad de Carlos Monsiváis. Sin embargo, dicha investigación no es muy exhaustiva y lo hace caer en varias imprecisiones. En este libro no se ve al personaje público sino a la persona en su vida
íntima. La homosexualidad de Monsiváis fue develada públicamente cuando Horacio Franco puso la bandera del arcoiris en su ataúd, al lado de la bandera nacional y la de la UNAM: así lo sacó del clóset post mortem, aunque su estilo de vida era muy conocido (sus salidas nocturnas a bares gays no sólo por motivos antropológicos o a vapores a ligar). Monsiváis desde sus columnas defendió los derechos de indígenas, mujeres, trabajadores y hasta las mascotas (perros y gatos), pero de los derechos de los gays nunca habló en primera persona: se refería a ellos, “los gays”, no a “nosotros los gays”. Muchos activistas gays le pedían, casi le exigían, que saliera del clóset, pero su posición fue igual a la de Susan Sontag, lo que escribió sobre ella bien pudo haberlo dicho de sí mismo:

algunos activistas radicales optan por el outing, la delación que “vuelve inútil” la permanencia en el clóset, [Sontag] se niega y defiende su privacidad […] va a fondo en su desafío político, y el come-out, el salir del clóset, es decisión ajustada a situaciones y actitudes que varían de una persona a otra (en Debate feminista, núm. 31, abril de 2005, p. 158).

Así como no quería salir del clóset, Monsi tampoco quiso salir a la calle, hacer una protesta pública a favor de los derechos: por eso se opuso a que un pequeño contingente gay se uniera a la marcha
conmemorativa por el inicio de la Revolución Cubana el 26 de julio de 1978. Una noche antes les llamó para decirles que no lo hicieran (nunca asistió a una Marcha del Orgullo Gay). Esto me lo contó en Tijuana una de las personas que marcharon esa primera vez, Max Mejía, y es extraño que Juan Jacobo Hernández no se lo haya dicho a Peralta en la entrevista que le hace, o que sí lo haya hecho pero el autor no lo consigne en su libro. En todo caso, el testimonio se puede encontrar fácilmente en el
archivo de Colectivo Sol que resguarda
el Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMENA) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Peralta escribe que “nunca hubo pleito por la separación. La amistad siguió”, sin embargo, esa salida y esa llamada previa provocó la ruptura total entre Monsiváis y Juan Jacobo Hernández.

Monsiváis hizo suya la lucha contra el sida, los estigmas y los derechos de las personas que viven con VIH, una actitud loable sobre todo cuando, repito, la mayoría de los activistas gays sólo se concentran a favor del derecho al matrimonio y dejan para después programas de prevención de nueva generación. Hay otros aspectos que
Peralta no toca en su libro, por ejemplo,
que José Joaquín Blanco le dedicó su valiente crónica “Ojos que da pánico soñar” que publicó por primera vez en el suplemento Sábado, de unomásuno (y no en La Cultura en México, de Siempre!, que dirigía el
propio Monsiváis). O que Monsiváis fue de los primeros en leer teoría queer, ahora tan de moda en las universidades mexicanas.

En su presentación, Peralta habla en primera persona: “En estas páginas me ocupo de gente que hizo”, o bien: “Es una crónica de lo que vi”, pero luego, sin ninguna razón aparente, cambia a la segunda persona: “Cuéntalo, no le des más vueltas. Es tu visión. De nadie más […] Anda, no te angusties por las palabras. Ni dudes que habrá peores que tú a la hora de escribir. Tu relato será personal e intransferible. Nadie podría reseñarlo porque es parte de tu vida”, y así continúa a lo largo del libro. Pero ese recurso literario le da a todo el relato un tono cursi y plañidero, pues no tiene la maestría para usarlo como lo hace un Cernuda (en varios de sus poemas pero sobre todo en Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano) o Carlos Fuentes (en Aura y La muerte de Artemio Cruz).

Sergio Téllez-Pon

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