Mamá me dice

Mamá me dice
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Mamá me dice que escriba y no pare. Que me rife como El Santo, aguante los putazos, haga todo por no rendirme y siga escribiendo. Que acabe a mi oponente, que pelee aunque esté cansado, con los pómulos a reventar y la quijada desviada.

Dice que siga y alce la guardia.

La veo desde mi esquina y es la única que siempre ha estado ahí afuera del ring, en un ir y venir de gente que entra y sale de la arena.

Quiere que escriba con la fuerza de los puños de Jesús Nájera, mi tío tatarabuelo que mató a su oponente de un putazo. Pero que no deje de hacer lo que amo, como lo hizo él por el miedo que le causaba la eterna persecución de la imagen de su contrincante, pidiéndole que no lo matara.

Dice que no huya de los fantasmas. Que nadie jamás me perseguirá, o al menos eso le dijo una bruja cuando yo estaba recién nacido, porque le afirmó que yo estaba bendecido y tenía el tercer ojo.

Escribe de cuando naciste y cómo parpadearon las luces del hospital por unos segundos luego de que lloraste.

Que no sea un traidor, que noquee a mis enemigos en mis historias y que trate a mis amigos como si fueran mis verdaderos hermanos.

Métele yeso a tus guantes para defender a los tuyos y nunca te olvides de cuidar a Jordi y a la pequeña Alondra.

Dice que ya no invente que a Lalo lo violó su tío, porque ella conoció a alguien a quien sí violaron, que esas bromas están de más. Que mejor saque de mi corazón la vez que a los 15 años un doctor de 41 intentó abusar de mí en las regaderas del gimnasio.

"Que narre el amor de su vida, el Negro, ese judicial que murió... y de su cabeza que terminó como sandía reventada luego de que un tráiler la aplastara.

Escribe de tu bulimia y cómo la dejaste, eso podría ayudar a alguien.

Que escriba de cosas de las que no tengo derecho a hablar, como el intento de suicidio de mi mejor amigo, mi propio intento o el de aquella novia por la que yo iba a dar todo.

Que narre el dolor que traigo y por qué ya no quise volver a estar delgado y las palabras que ese señor dijo mientras me acorralaba en una esquina del gimnasio, asegurando que me haría florecer.

Dice que robe todas las historias posibles, que las convierta en mías, que por eso siempre me cuenta los chismes de sus amigas.

Que tampoco se me olvide escribir de cuando sus amigos federales robaron el violín Stradivarius de Hermilo Novelo estando borrachos y que luego, por el desmadre que se había hecho, lo dejaron en el noticiero de Lourdes Guerrero de forma anónima.

Quiere que nunca sea envidioso con los alimentos, como ella y mi abuela, quienes siempre le dieron comida hasta a los vagabundos en el Nicté-Ha, su restaurante de cocina yucateca que estaba en la Narvarte. Pero que no olvide narrar cuando les tocó dormir en el piso, junto a ratas y cucarachas en el mismo local porque no tenían donde dormir.

Que narre el amor de su vida, el Negro, ese judicial que murió en un accidente de carretera y de su cabeza que terminó como sandía reventada luego de que un tráiler la aplastara.

Dice que quiere leer la historia de cuando yo era pequeño y la molestaba diciéndole Betty, pensando que odiaba la telenovela de Betty, la fea, sin saber que ése era el nombre de la amante de mi papá.

Me asegura que ella jamás me comparó con Fernando y que chinguen a su madre todos los que lo han hecho, incluyéndome y así mentándosela ella misma. Dice que mi hermano y yo somos como dos dedos de su mano: diferentes.

Quiere que alivie el peso de mi corazón escribiendo, que no tire la toalla y que continúe con la historia de cómo logré zafarme de aquel violador cuando le di una patada en los huevos y me fui corriendo a casa a llorar durante semanas.

Que si me dejan chimuelo, muerda como una puta tortuga caimán. Pero que no deje a mi oponente ganar.

Me ve llorando y dice que no, que regrese al combate.

No estés de huevón en las cuerdas, recargándote. O bueno, sí, pero en cuanto acabes continúa, si no yo misma me subo a darte una chinga.

Y yo sólo puedo confesarle que estoy esperando que ella se muera para poder suicidarme sin culpa.

Y ella me responde no no no y no, que no sea pendejo, mientras sus ojos se ponen un poco llorosos.

Que si me mato, cuando ella muera vendrá del infierno y me perseguirá durante toda la eternidad, que por favor no haga eso porque, al final del día, no quiere que su mejor mula se le eche a dormir.