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Maximiliano y Carlota historia de amor y locura
Maximiliano y Carlota. Fuente: 3museos.com

En cuanto a su relación con esa parte de la historia mexicana que es el Segundo Imperio y su modo de confrontarla literariamente, acaso la obra más afín a Noticias del Imperio, de Fernando del Paso (1935-2018), es Corona de sombra, de Rodolfo Usigli, “pieza antihistórica en tres actos y once escenas” del año 1943. Ésta se sitúa en principio, igual que la novela, en el castillo de Bouchout en 1927, cuando un historiador mexicano, el profesor Erasmo Ramírez, se introduce clandestinamente en los espacios que habita la emperatriz, una anciana de ochenta y siete años. Hay una fecha precisa: el 19 de enero de 1927, que es el día en que muere Carlota.

El profesor Ramírez explica esto al portero del castillo: “Soy historiador, he querido ver este lugar histórico, esta tumba; pero no por pura curiosidad, sino porque era necesario para el libro que preparo”.

Aunque se dice imparcial, tiene un juicio negativo sobre Carlota: “Esta mujer era una ambiciosa, causó la muerte de su esposo y acarreó muchas enormes desgracias. Era orgullosa y mala”.

Luego hará estos matices:

Busco la verdad, para decirla al mundo entero. Busco la verdad sobre Carlota. […] La historia no odia, amigo; la historia ya ni siquiera juzga. La historia explica. Piense usted que he venido desde México para esto. […] Creo que [Carlota] ha vivido hasta ahora para algo, que hay un objeto en el hecho de que haya sobrevivido sesenta años a su marido, y quiero saber cuál es ese objeto. (Teatro completo, tomo II, FCE, 1966).

De mayor significación que los decires del historiador en la pieza teatral es lo que ocurre en el escenario: el profesor trae consigo un ejemplar de una Historia de México que deja en un sillón cuando ingresa a la habitación la propia Carlota; para esconderse él y el portero salen a la terraza, desde donde oirán y verán a Carlota. Ella toma el libro y parece recordar algo. Nombra a México; pide luces; nombra también a su marido: “¡Max!”. Llega un doctor, quien supone que se trata del último ataque, la crisis definitiva.

Por el libro, Carlota ha vuelto al pasado y pide ver al emperador. Dice haber cumplido el viaje de regreso a México, que no se dio en la realidad:

Esperad un instante. (Se lleva las manos a la frente.) ¿Por qué estoy fatigada? ¡Oh, claro! Ese viaje tan largo. Debo de estar espantosa. (Se toca los cabellos.) Haced decir a Su Majestad el Emperador que me vea dentro de media hora. (Mira su traje pardo.) Debo quitarme primero este horrible traje de viaje… peinarme un poco. Pero decidle que es importante que no hable con ninguno de los ministros hasta que me vea. Nadie debe saber que he regresado.

Al descorrer una cortina descubre al portero y al historiador mexicano, a quien confunde con Benito Juárez.
Y le dice:

Yo sabía que vendríais, que no podíais desoír mi mensaje. Lo sabía todo el tiempo mientras venía en ese barco tan largo. Y oía todo el tiempo las palabras de Max en mis oídos. “Es un hombre honrado, es un hombre honrado”, me decía. Ese barco tan largo. Sois vos, claro, sois vos. Nadie quería oírme, nadie quería creerme. Pero sois vos. Ya lo sabía. Yo sabía que vendríais. (Pausa. Luego, con el tono de quien confiere una alta distinción.) Os lo agradezco tanto, señor Juárez.

Y se crea, a partir de esta confusión, un diálogo que remontará a Carlota al origen de todo: el inicio de su aventura en el castillo de Miramar, cuando aceptaron el trono mexicano.

Es así como se inicia Corona de sombra. En términos delpasianos acaso pueda decirse que ese 19 de enero de 1927 llega al castillo de Bouchout un mensajero, el profesor Erasmo Ramírez, a traer noticias del Imperio. Y que su presencia ahí dispara los recuerdos de Carlota.

De ella escucharemos, además, algunos primeros balbuceos de su delirio:

¿Y qué es el tiempo? ¿Dónde está el tiempo? ¿Dónde lo guardan? ¿Quién lo guarda? […] Pero el tiempo está guardado. Yo sé dónde está el tiempo. […] Max, Max, Max. El tiempo está en el mar, naturalmente. No cabría en otra parte.

Un delirio que extenderá sus alas, décadas más tarde, para realizar un muy largo trayecto como eje articulador de la novela de Fernando del Paso.

“Carlota se percata de la circunstancia excepcional de haber sobrevivido sesenta años a su esposo. Todos han muerto aquí, y yo sobrevivo , dice”.

AUNQUE USIGLI PREFIERE que Carlota recupere la lucidez, en ese último día de su vida, para referir los pasajes más significativos del Segundo Imperio y ofrecer algunas conclusiones. En la parte final de la pieza teatral, en un diálogo franco con el historiador, ella se percata de lo que ha ocurrido, sobre todo de la circunstancia excepcional de haber sobrevivido sesenta años a su esposo y a ese momento de la historia. “Todos han muerto aquí, y yo sobrevivo”, dice. El siglo XX la recibe y la saluda.

Es la locura esa “corona de sombra” de la que repentinamente se desprende:

Sesenta años. Sesenta años he llevado en mi cabeza esta pesada corona de sombra, y despierto sólo para adivinar el mismo sentido detrás de las palabras, la misma tácita afirmación detrás de las miradas. ¿Se me odia en México aún, como entonces? La ambiciosa, la fuerte, la orgullosa, la voluntad diabólica del pobre Max. ¿Nadie va a comprender nunca? ¿Nunca? Soy una mujer vieja —la más vieja del mundo. Sesenta años de locura son más largos que toda la razón humana. Emperatriz tres años con una corona que todos me disputaban —y los he sobrevivido a todos sin saberlo, arrastrándome como una sombra en Miramar, Laeken y Bouchout. Todos deben de haberse preguntado: ¿Y ella
cuándo? ¿Cuándo será su turno? ¿Cuándo se confundirá con el polvo como todos nosotros, la ambiciosa, la loca, la Emperatriz en sueños?

Su turno ocurre ese día, el 19 de enero de 1927, en que Usigli fecha el arranque y el final de la pieza teatral.

RECUERDA USIGLI haber leído en los diarios la noticia de la muerte de Carlota. Esto lo hizo recordar, a la vez, todo aquello que su madre le contaba acerca de la pareja imperial, y que ella no había aprendido en los libros sino por relatos que circulaban en las casas y en las plazas. De esa combinación de memorias surgirá, más tarde, la idea de escribir una tragedia dedicada a Maximiliano y Carlota.

No desconoce, claro, las novelas de Juan A. Mateos, ni el famoso soneto del modernista Rafael López; y acaso pudo ver en 1932 la puesta local, que estuvo seis meses en cartelera, del Juárez y Maximiliano de Franz Werfel, el autor austriaco, a su vez base de la película hollywoodense de 1939 (Juárez), en la que la actriz Bette Davis se transforma en Carlota. Una modificación sustancial, entre la obra teatral de Werfel y su versión para la pantalla, es la encarnación de Juárez (al que se insiste en relacionar con Abraham Lincoln) en el actor Paul Muni, y que en el teatro era sólo una ausencia poderosa. Usigli celebra, precisamente, que en Werfel la figura de Juárez sea el eje de todo, el centro del movimiento, “sin hacerla aparecer una sola vez sobre la escena”.

También está consciente de los intentos nacionales por referir ese drama en los escenarios por parte de Julio Jiménez Rueda o Miguel N. Lira, entre otros.

Todo esto lo cuenta Usigli en un largo “Prólogo después de la obra”, en el que, sobre sus motivaciones, concluye:

El problema consistía en transportar al teatro, es decir, al terreno de la imaginación, un tema encadenado por innumerables grilletes históricos, por los pequeños nombres, por los mínimos hechos cotidianos, por las acciones de armas registradas y por el hecho político imborrable. Todos los intentos que cito, incluso el de Werfel, a la vez que apelan ocasionalmente a la imaginación, se mantienen sumisos en gran parte de la historia externa, de tal suerte que adolecen de una falta de unidad más o menos absoluta y se acercan al drama y a la novela románticos, inexactos a medias. (Teatro completo, tomo III, FCE, 1979).

Y así fue como:

Este limitar por igual la historia y la imaginación, este neutralizar la una con la otra, este cojear alterno e inevitable en apariencia, acabó por encender en mí un pensamiento heterodoxo y arbitrario. Si no se escribe un libro de historia, si se lleva un tema histórico al terreno del arte dramático, el primer elemento que debe regir es la imaginación, no la historia. La historia no puede llenar otra función que la de un simple acento de color, de ambiente o de época. En otras palabras, sólo la imaginación permite tratar teatralmente un tema histórico.

La imaginación, la loca de la casa.

Franz Xaver Winterhalter, Retrato de Maximiliano I de México. Fuente: en.artsdot.com

ADEMÁS DE RETOMAR ese presente eterno de Carlota en el castillo de Bouchout como arranque de la novela, Del Paso dialoga de diversas maneras con Rodolfo Usigli. En el capítulo “El último de los mexicanos” hace su propio balance de la literatura referida a ese “grotesco melodrama personal de sombría grandeza”.

Dice que antes de Usigli no existen sino media docena de poemas sobre Maximiliano y Carlota, de unos cuantos europeos —Carducci, entre ellos— y de otros tantos mexicanos. Califica como magnífica la pieza de Werfel y concluye:

Las demás eran obritas de muy mo-destas pretensiones. Novelas, apenas un puñado, y casi todas ellas pésimas y de una cursilería que no llega a lo sublime. Entre ellas, la novela El Cerro de las Campanas del mexicano Juan A. Mateos o las narraciones del Praviel y la princesa Bibesco. También las novelas de otro mexicano, Victoriano Salado Álvarez. Nada más, o muy poco.

En cuanto a Corona de sombra, en donde Usigli se propuso privilegiar la imaginación, dice Del Paso:

En mi opinión, Rodolfo Usigli no pudo eludir la historia: en su drama se transparenta una investigación larga y concienzuda, el enorme acopio de datos que le fueron necesarios para elaborar Corona de sombra y que, por supuesto, le sirven a la obra de esqueleto y de aliento al mismo tiempo. (Diana, 1987).

No la elude Usigli, como no lo hará Del Paso, quien intenta conciliar esos dos ámbitos, los de la imaginación y la historia, con un lazo en el que participan Borges (a quien le interesaba “más que lo históricamente exacto, lo simbólicamente verdadero”) y el ensayista húngaro György Lukács (para el cual es un “prejuicio moderno el suponer que la autenticidad histórica de un hecho garantiza su eficacia poética”). Así:

Si uno entiende lo que quiso decir Usigli, comparte la preferencia de Borges y está de acuerdo en lo afirmado por Lukács, uno podrá siempre —talento mediante— hacer a un lado la historia y, a partir de un hecho o de unos personajes históricos, construir un mundo novelístico o dramático autosuficiente.

Mas Del Paso no se conforma con ello. Se pregunta qué sucede cuando un autor no puede escapar de la historia, cuando no puede olvidar a voluntad lo aprendido, cuando no quiere ignorar una serie de hechos apabullantes en su cantidad, abrumadores en el peso que tuvieron para determinar la vida, la muerte, el destino de los personajes de la tragedia. “O en otras palabras, ¿qué sucede —qué hacer— cuando no se quiere eludir la historia y sin embargo al mismo tiempo se desea alcanzar la poesía?”. Lo que lo lleva a concluir, como ya se dijo antes en estas páginas, que quizá la solución no sea plantearse una alternativa, como Borges, y no eludir la historia, como Usigli, sino tratar de conciliar todo lo verdadero que pueda tener la historia con lo exacto que pueda tener la invención.

De lo que resulta, si se hacen las ecuaciones correctas —como se hicieron, me parece—, una novela histórica de gran precisión en la que, no obstante, tendrán papeles predominantes la imaginación y la poesía.

“Carlota y Maximiliano tienen apariciones significativas en la cuentística contemporánea. Ella está presente, por ejemplo, en el relato Tlactocatzine, del Jardín de Flandes , en Los días enmascarados”.

CARLOTA Y MAXIMILIANO tienen apariciones significativas en la cuentística contemporánea. Ella está presente, por ejemplo, en el relato “Tlactocatzine, del Jardín de Flandes”, en Los días enmascarados (1954), el primer libro de Carlos Fuentes, y en “La primera vez que me vi…”, de Elena Garro, incluido en Andamos huyendo Lola (1980). Éste trata de un sapo, de nombre Dimas, que da tremendos saltos temporales por la historia de México, de la que es testigo presencial, como siguiendo el hilo de quienes traicionan a la patria. En uno de esos saltos sigue a Rafael, que se junta con los franceses para combatir a Benito Juárez. Se percata de que a los patrones “les gustaba la corte y todos amábamos a la emperatriz”. Sigue: “Nunca vimos un peinado semejante al suyo, de seda japonesa de la más fina, ni manos tan melancólicas como sus manos, olorosas a nardo”.

También se dice que el delito de Rafael fue escuchar las palabras zalameras y engañosas de Fili, que hablaba poco pero bien:

Él las escuchaba como si fueran la música de los pasos de la plata y cogió el camino que la voz de la pérfida Fili le indicó. Cuando los varones escuchan a las hembras cometen errores, lo tengo comprobado. ¿Qué acaso el propio emperador no se dejó equivocar por la voz de Carlota, cuando le dijo: “¡Acepta, acepta!”? (Joaquín Mortiz, 1980).

“Tlactocatzine, del Jardín del Flandes” es un anuncio, o primer borrador, de la novela corta Aura (1962). El cuento se ubica en una vieja mansión del Puente de Alvarado construida en tiempos de la Intervención Francesa, deshabitada desde 1910, cuando la familia huyó a Francia. Es adquirida por el licenciado Brambila —político al que la Revolución le hizo justicia, nuevo rico— para alojar a sus invitados norteamericanos, y encargada a uno de sus empleados, el güero, que es el narrador (con inquietudes literarias), para que la habite temporalmente y le dé calor de hogar, pues es una casa fría. Hay un matrimonio de criados, quienes viven en la azotea. Está ahí el esquema de Aura (acaso tomado de Los papeles de Aspern, de Henry James), al que Fuentes volverá una y otra vez (en novelas cortas y relatos): el hombre que llega a una construcción antigua para encontrarse con la historia del país y acaso también con su propio pasado (o incluso con él mismo, como en “La cena” de Alfonso Reyes, otra influencia notable).

El protagonista se da cuenta de que el clima de la casa es distinto al de la Ciudad de México, lo que es más claro aún en el jardín interior, en donde hay una llovizna persistente. La casa se vuelve un umbral hacia otras geografías. Se revela luego una presencia.

… Y no nos dejaban jugar con los aros, Max, nos lo prohibían; teníamos que llevarlos en la mano, durante nuestros paseos por los jardine de Bruselas… pero eso ya te lo conté en una carta, en la que te escribía de Bouchout, ¿recuerdas? Pero desde ahora, no más cartas, ya estamos juntos para siempre, los dos en este castillo… Nunca saldremos; nunca dejaremos entrar a nadie… Oh, Max, contesta, las siemprevivas, las que te llevo en las tardes a la cripta de los capuchinos, ¿no saben frescas? Son como las que te ofrendaron cuando llegamos aquí, tú, Tlactocatzine… Nis tiquimopielia inin maxochtzintl… (Los Presentes, 1954).

Como ya se dijo, elementos similares serán manejados por Fuentes en Aura, mas la historia tratará no directamente de Maximiliano y Carlota, sino del general Llorente, que formó parte del Segundo Imperio, y su anciana viuda Consuelo, más que octogenaria, pues según las cuentas del historiador Felipe Montero es ya centenaria, habitante de un edificio en ruinas en la calle de Donceles, en el centro de la capital.

Hay una curiosa puesta en abismo propuesta por Carlos Fuentes: el historiador de la nouvelle busca a su vez disponer de tiempo para concluir su propio proyecto:

Tu gran obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas españolas en América. Una obra que resuma todas las crónicas dispersas, las haga inteligibles, encuentre las correspondencias entre todas las empresas y aventuras del Siglo de Oro, entre los prototipos humanos y el hecho mayor del Renacimiento. (Era, 1962).

Felipe Montero, aseguraba Fuentes, es el verdadero autor de Terra Nostra (1975), novela en la que, en su parte final, las voces de Carlota y Maximiliano (al que se llama Maxl, con una ele añadida) narran, en tres páginas apretadas, su aventura mexicana.

Franz Xaver Winterhalter, Retrato de Carlota de México (1840-1927). Fuente: es.m.wikipedia.org

Ella tendrá, de nuevo, la voz cantante:

Mas considera, hijito, mi dilema: mi hermoso marido, rubio como el sol, era sólo el segundo en la sucesión; vivíamos a la sombra del emperador, el hermano de Maxl, en la corte de Viena, en la frivolidad de los bailes y la etiqueta, vivíamos de los mendrugos de la mesa imperial, siempre los segundos, nunca los primeros, meros delegados, representantes del verdadero poder en la Italia sometida a Austria, revoltosa, irredenta: Milán, Trieste. ¿Cómo no íbamos a escuchar el canto de las sirenas? Un imperio, nuestro, en México, tierra nuestra, descubierta, conquistada y colonizada por nuestra estirpe real, mas donde nunca una planta real se había hundido en la arena de Veracruz. (Joaquín Mortiz, 1975).

Carlota asegura que Maximiliano no podía tener hijos, y recuerda haberle dicho en Miramar, ante la oferta de los conservadores mexicanos: “Si no podemos tener hijos, tengamos un imperio”.

Se cuenta el viaje completo. Maximiliano interviene con una carta escrita en el Convento de la Cruz, en el sitio de Querétaro, ya en el derrumbe de la empresa. Y ella sigue:

Mi carta, hijito, llegó demasiado tarde; el cuerpo acribillado, convulso al pie del paredón, se resistía a morir. Un soldado se acercó y le dio el tiro de gracia en el pecho. La túnica negra se incendió. Un mayordomo corrió a apagar las llamas con su propia librea. […] Mi amado tenía el rostro de las playas del nuevo mundo. Su cuerpo cruzó de nuevo el gran océano en la misma nave que nos trajo, el Novara. Nadie lo pudo reconocer. Yo no lo volví a ver. Mírame, hijito: yo soy esa muñeca anciana, enloquecida, vestida con ropón de encajes y cubierta por cofia de seda, encerrada en un castillo belga, escapándome a veces para buscar bajo los árboles de los brumosos prados una nuez, un poco de agua fresca, me quieren envenenar. Mi nombre es Carlota.

“Estos asomos al Segundo Imperio en las letras mexicanas contemporáneas hablan de la persistencia de un recuerdo”.

Un tercer relato que visita esas épocas, o que abre portales entre esos años de la intervención francesa y los tiempos modernos, es “Tenga para que se entretenga”, de José Emilio Pacheco, incluido en El principio del placer (1972). Ocurre en los años cuarenta del siglo XX, cuando gobierna Manuel Ávila Camacho; un hombre alto, delgado y con barba, de uniforme militar azul con adornos rojos y dorados, con acento alemán (perfil que en gran parte aplica a Maximiliano), surge de un rectángulo que se abre en el suelo y aborda a una mujer y su hijo, de nombres Olga Martínez de Andrade y Rafael Andrade Martínez, que descansan en esos jardines de las faldas del Cerro de Chapultepec a la espera de una cita con la abuela. El niño se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso de un caracol. El militar, surgido del inframundo, le dice:

—Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos.

A ella le ofrece un periódico doblado y una rosa con un alfiler, con estas indicaciones.

—Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.

Es decir: tenga el diario para que se entretenga leyéndolo; y tenga la rosa con el alfiler para que se la prenda.

Así conversan los tres:

—¿Ahí vives?

—No: más abajo, más adentro.

—¿Y no tienes frío?

—La tierra en su interior está caliente.

—Llévame a conocer tu casa. Mamá, ¿me das permiso?

—Niño, no molestes. Dale las gra-
cias al señor y vámonos ya: tu abuelita nos está esperando.

—Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad.

—Pero, Rafaelito, ese túnel debe estar muy oscuro. ¿No te da miedo?

—No, mamá.

Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano a Rafael y dijo al empezar el descenso:

—Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy a enseñarle la boca de la cueva.

—Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo. (Joaquín Mortiz, 1972).

Ambos desaparecen y no se les vuelve a ver. El periódico entregado a Olga resulta ser La Gaceta del Imperio con fecha del 2 de octubre de 1866.

Estos asomos al Segundo Imperio en las letras mexicanas contemporáneas, en específico a las figuras de Maximiliano y Carlota, hablan de la persistencia de un recuerdo, y son leves umbrales que en cierta forma anuncian la apertura de un portal mayor dedicado íntegramente a rescatar la memoria de esos años de invasión y resistencia.

Apunta, por cierto, José Emilio Pacheco en su Inventario:

No hay escritor mexicano de cualquier época que no haya vivido obsesionado con estas dos figuras tan ajenas, tan invasoras y tan nuestras, tan conocidas y tan misteriosas. De ellas sabemos todo y no sabemos nada. Nacer aquí significa enterarse de su leyenda desde la cuna. Vivir en la capital o visitarla entraña encontrarse con sus fantasmas diurnos por todas partes. Imposible no cruzar el paseo de la Reforma, no alzar los ojos y ver espectralmente entre la nube de esmog el castillo. (Inventario, tomo II, Era, 2017).

Incluso el mismo Del Paso, en Palinuro de México, nombra los que serán los personajes principales de su tercera novela, acaso sin saber que dedicará a ellos diez años de su vida. Ocurre en el capítulo segundo, “Estefanía en el país de las maravillas”, cuando el tío Esteban certifica la cepa republicana y liberal del abuelo, quien le juró que odiaba a todos los monarcas y emperadores del mundo.

Lo que calló entonces es que un emperador, y nada menos que el her-mano menor de Francisco José —el también rubio Maximiliano de Habsburgo que en honor de su amante había incendiado con flamboyanes los Jardines Borda—, despertaba en el abuelo cierta simpatía: quizás porque Maximiliano había sido liberal; quizás porque Maximiliano amaba, tanto como él, las buganvilias que refrescaban, con cuajarones de sombra azul turquí, las tardes de los domingos; quizás porque su historia y la de Carlota le recordaban al vuelo otra historia también de amor y de locura que había causado la desdicha de su única y muy querida hermana, la tía Luisa. (Alfaguara, 1977).

Hacia allá se encaminaría Del Paso: una historia de amor y de locura.


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