Mis aventuras lujuriosas con Playboy

La marca del tabú fue otro distintivo que acompañó la época dorada de Playboy, más aún cuando los interesados eran menores de edad para quienes el imán de las playmates podía resultar desde fascinante hasta repulsivo. Así lo confiesa este recuerdo de un coleccionista que supo beneficiarse de sus ejemplares con un experimento empresarial. Ahora brinda un elogio, también, al impulso de esa revista que logró compartir y expresar un goce del deseo que en su momento significó no sólo una provocación, sino también una liberación.

Playboy
En la Mansión Playboy.Fuente: es-la.facebook.com
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Yo era un chico problema. Y a los chicos problema nos gustaba Playboy.

Terminé la secundaria de puro milagro. Y gracias a que mi madre fue a rogar cada semana para que no me expulsaran.

Yo tenía poder. El poder de reunir al director, al prefecto y a un par de maestros para que especularan sobre mi futuro escolar.

Mi mejor amigo en aquella época era el Moronga. Lo apodábamos así por prieto. Era una especie de Billy Costigan a la inversa. Vivía en una zona residencial pero los fines de semana acampaba en mi barrio, en casa de su abuelita. Su papá era comisionado de lucha libre. Pero al Moronga no lo emocionaba de dónde sacaba su papá el dinero para comprarle sus tenis Kaepa. Yo miraba alucinado las fotos de la sección de deportes donde salía el papá junto a Mil Máscaras, Tinieblas, Dos Caras. Pero el Moronga nunca acompañaba a su papá a la arena.

La precocidad es la madre de todos los vicios. Y yo me gradué temprano en el tema de la pornografía gracias al Moronga. Por qué se juntaba un fresita conmigo es algo que nadie en el barrio comprendía. Pasamos juntos casi todas las tardes de nuestra infancia. Era un tipo carismático, por no decir payasón. Le caía gordo a todo el barrio. Pero nosotros hicimos una mancuerna tan simbólica como la de John Belushi y Dan Aykroyd.

En 1989 ocurrió un evento que sellaría nuestra amistad todavía más. Fue el estreno de Batman con el sensacional Jack Nicholson. “¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”. Nunca olvidaré esa frase del Guasón. Como tampoco la vergüenza que sentí durante la función debut en la ciudad. La esperábamos desde hacía meses. En aquellos años no podías comprar los boletos en línea. Había que hacer fila. Y cuando llegamos al hoy extinto Cine Torreón la cola le daba la vuelta al inmueble. Estaba cantado que nos quedaríamos fuera.

A codazos me abrí camino hasta la boletera y apañé dos asientos. Me llovieron machichas, patadas y mentadas de madre. Pero lo conseguí. Cuandoingresamos ya todo el barrio estaba dentro. El cine hervía de morros, desde chiquillos piojentos hasta ñoños tan pálidos que se advertía que jamás les pegaba el sol. Aquella noche habían abandonado sus mazmorras después de quién sabe cuánto tiempo.

Nos tocó en la parte de arriba. Desde que nos aplastamos el Moronga empezó su rutina de llamar la atención. No se calló ni siquiera cuando empezó la película. La gente a nuestro alrededor lo quería matar. Entonces ocurrió algo que nadie esperaba. En la escena en que Batman se coloca frente a la luna en la batinave, el Moronga se puso de pie y empezó a aplaudir y a chiflar y soltar vítores. Pero en lugar de callarlo, el cine entero hizo lo mismo. De serel pinche latoso número uno, él se convirtió en la estrella de la noche. Y por haber conseguido las entradas el

Moronga me regaló más de veinte ejemplares de la revista Playboy, de la colección de su papá.

Me gradué temprano en la pornografía gracias al Moronga. Por qué se juntaba un fresita conmigo es algo que nadie en el barrio comprendía .

EN 1988 INTENTÉ COMPRAR una Playboy. Tenía diez años y estaba en sexto de primaria. Me inscribieron en primero a los cinco. Por eso era el más chico de mi salón. La doña del puesto de periódicos se negó a vendérmela. Y amenazó con contarle a mi madre. Yo todavía estaba muy lejos de la literatura como para decirle que quería la revista por los artículos. Así que me tuve que conformar con una VideoRisa. Que por cierto fue en su sección de cartas donde vi por primera vez mi nombre impreso.

A partir de entonces comenzó una danza que terminó en 1996. Pero me adelanto, una tarde le relaté al Moronga mi fallido intento por comprar un ejemplar de Playboy. Fue cuando me confesó que en la cochera de su casa su papá tenía una pila de cajas rebosantes de ejemplares de la revista. Y eran de la edición gringa. No de las mexa que había codiciado yo. El comisionado de lucha libre estaba suscrito a la publicación. Y mes con mes recibía en la puerta el número correspondiente.

El culero del Moronga no quiso enseñarme ningún ejemplar. Y mi obsesión no hizo sino incrementarse. No lo sabía, ni siquiera me pasaba por la mente, pero comenzaba a crecer en mi interior un devoto fan de Hugh Hefner. Mi mente todavía infantil estaba lejos de comprender el impacto cultural de la revista del conejito. Yo lo que quería era ver encueradas. Recurrí a un amigo del barrio que era mayor de edad. Le pedí que comprara un ejemplar. Cosa que no hizo. Pero sí me balconeó frente a todo el barrio. De mono puñetero no me bajaron en tres semanas. Se quedó con mi dinero. Y me gané el apodo del Oso Puñeta.

Al día siguiente de la función de Batman apareció en mi casa el Moronga con veinte números de Playboy en una bolsa negra. Los depositó en mis manos a plena luz del día. Como si me entregara una bolsa de pan. Lo que demostraba mi enorme ingenuidad. Aquel gesto que simbolizaba un acto trascendente en mi desarrollo no se llevaba a cabo en la clandestinidad, al contrario. Mi vida cambió de manera radical. Poseer las revistas me había elevado por encima de los otros pubertos. Y me convirtió en microempresario.

LA IDEA ME VINO del señor que rentaba los View Master 3D afuera de las escuelas. Le llamaban cinito. Eran unos binoculares rojos en los que se injertaba un círculo con diapositivas y podías ver una pequeña película. Blanca Nieves, Los Pitufos, Bambi, etcétera. Yo comencé a rentar las Playboy. A los compas del barrio. Por cinco pesos les soltaba la revista por un día. Con la condición de que no le arrancaran páginas o la salpicaran de fluidos.

Entrar en contacto con una Playboy por primera vez, como dice la canción, es una experiencia religiosa. He visto a las mentes menos lectoras de mi generación leer con fruición la información de la playmate del mes. Edad, aficiones, lugar de procedencia. Y es que sostener una revista por sus páginas centrales y desplegar el poster de tres páginas para un adolescente calenturiento es la gloria. Y de ser el Oso Puñeta pasé a ser el díler de porno del barrio.

Como hijo único fui sobreprotegido por mi madre. Estaba encima de mí todo el tiempo. Y era difícil tener un escondite seguro para mi colección de Playboy. Tuve que ocultar las revistas en la azotea. Las que no estaban rentadas vivían en el techo de la casa metidas en una bolsa y dentro de una caja de cartón. Quien haya pisado alguna vez La Laguna sabrá que el sol que cae como una pedrada sobre la región es cosa seria. Y ocurrió que las revistas comenzaron a sufrir los estragos de los rayos UV. Las páginas comenzaron a perder lozanía. El sol las estaba tostando como tortillas puestas a secar para que se volvieran tostadas.

Pamela Anderson, dos de sus apariciones en Playboy.Fuentes: usmagazine.com y thesun.co.uk

Entonces ideé una solución, que a la postre fraguó mi caída. Decidí expandir mi negocio. Y de paso mantener las revistas alejadas de la luz. Comencé a alquilarlas en la escuela. La Eva Sámano de López Mateos era una de las mejores secundarias de Torreón. Era la razón por la que mi madre me había inscrito ahí y no en la Venustiano Carranza, famosa por sus descarriados. Donde yo habría encajado a la perfección. La voz se corrió y de ser un nobody, me volví famoso de un día para otro. Hasta los güeyes de tercero, que se negaban a congeniar con los de nuevo ingreso, me buscaban por las revistas.

Era una lástima que con mis ingresos no pudiera comprar más ejemplares y crear un pequeño imperio, siguiendo las enseñanzas de Hef. El Moronga había saldado su deuda moral conmigo. Y aunque yo suponía que su papá no extrañaría veinte o cincuenta revistas más, se negó a mocharse con otro bonche. Con todo, yo era el pequeño magnate que reinaba en los tres grados del turno matutino. En aquellos días, además de las conejitas, estaba obsesionado con el basquetbol. Y con mis ingresos me compré un balón negro con gris. No el de cuero. De plástico. Pero Spalding al fin y al cabo. El patrocinador oficial de la NBA.

Una mañana, en un recreo, echamos la pica con unos güeyes del tercero b. El juego cochino era legal y los codazos estaban a la orden del día. Apenas comenzamos a canastear uno del equipo contrario me empezó a tundir cada vez que estábamos debajo del aro. Se estaba vengando. Una semana antes me había querido rentar una revista. Pero como le faltaban cincuenta centavos para los cinco pesos me negué. Y ese día vio su oportunidad para desquitarse. Me encajaba los codos en cada oportunidad, hasta que me cansó. En un rebote lo esperé con el codo levantado y solito se partió el hocico. Sangró pero no se atrevió a írseme encima. El timbre sonó y todos volvimos a las aulas.

El viernes a la salida me acerqué a un bebedero a tomar agua. Mientras lo hacía sentí una mano encima de mi cabeza que me hizo rebotar contra la llave de acero. Me brotó sangre pero por suerte no se me rompió ningún diente. Al levantar la vista vi al pendejo de tercero b correr hacia las escaleras. Salí tras él pero no lo alcancé. Estaba tan emputado que fui directo a la prefectura a acusarlo. Pasé todo el fin de semana con el hocico roto.

El lunes a las ocho de la mañana se presentó el prefecto en mi salón y registró mi mochila. Me encontró cinco revistas y como cincuenta pesos en monedas de cinco. El imbécil de tercero b me había delatado. Esa misma semana, en la biblioteca de la escuela, se reunieron el director, el prefecto, un maestro y una maestra. Ella me defendió y mi mamá, quien aseguraba que se le caía la cara de vergüenza. Por consideración a ella no fui expulsado. Una madre luchona con un hijo problemático. Pero me sacaron la sopa de a quién le había rentado el resto de las revistas. Al día siguiente las confiscarían. Después de esa reunión no volví a clases. Me mandaron a casa. Apenas llegamos a la esquina mi mamá me tiró un manazo. Así acabó mi carrera como microempresario. Y fue también la última vez en varios años que tuve una Playboy en mis manos.

Entrar en contacto con una Playboy, como dice la canción, es una experiencia religiosa. He visto a las mentes menos lectoras de mi generación leer con fruición la información de la playmate del mes .

EN 1993, cuando apareció Alejandra Guzmán en la portada de Playboy México, hice el intento de comprar otra vez un ejemplar. La respuesta fue la misma. La doña voceadora amagó con chismearle a mi madre. Así que desistí. Ya estaba yo en preparatoria. No hacía ni dos semanas que mi madre me había atrapado con una peli porno. Otra diversión que también me echó a perder. Lito, el dueño del video del barrio me la había rentado bajo la amenaza de que mi madre no me la descubriera. Pero esta vez había aprendido la lección. No confesé de dónde la había sacado. 

En 1996, cuando Sthepanie Salas salió en la portada de Playboy, volví a intentarlo. Estuve haciéndome güey diez minutos con un Capulinita en las manos hasta que me armé de valor y le dije a la doña que quería un ejemplar. Y contrario a lo que esperaba, me la vendió. Cuántos años tienes, me preguntó. Le respondí que dieciocho. Metió la Playboy en una revista de crucigramas y me la entregó. Me hizo una sola afición. No le cuentes a tu mamá que yo te la vendí. No esperé a llegar a casa. Me detuve en un callejón a hojear la revista. Recuerdo la fascinación y la repulsión que me ocasionaron al mismo tiempo los sobacos peludos de la entonces novia de Luis Miguel.

A partir de entonces me hice fanático de Playboy. Y la he comprado a lo largo de toda mi vida. Me he desecho de la mayoría pero conservo algunas y no pienso separarme de ellas hasta que muera. En especial atesoro con fervor la edición que muestra en portada a las protagonistas de Las chicas de la Mansión Playboy.

Tras la muerte de MTV la televisión por cable perdió sentido para mí. Hasta la irrupción del reality show de Hef. Entonces me colgué de manera ilegal para poder ver el programa. Estaba enamoradísimo de Kendra Wilson, una de las novias de Hugh. Un día me desperté con la mala noticia de que habían ideado unos candados para evitar que te robaras la señal. Y no me quedó más remedio que pagarlo. No podía perderme las aventuras de la mansión. Estaba enganchado a la serie.

En muchas pláticas de admiradores de la revista siempre surge la pregunta de quién fue la mejor playmate de todos los tiempos. Una respuesta obvia es Marilyn Monroe. Por lo que significó que la novia de Estados Unidos apareciera desnuda en esa revista. Pero para mí la playmate estelar fue y será siempre Pamela Anderson.

La última Playboy que adquirí es el especial de colección que Playboy México sacó del Big Boss a propósito de su muerte en noviembre de 2017. Nunca dejaré de estar agradecido con Playboy y con Hef por haber luchado por la libertad de expresión y por nuestra calentura. Sin ellas mi adolescencia no hubiera sido la misma.

Cuando al fin entré a la preparatoria el Moronga dejó de frecuentar el barrio. Nunca lo he vuelto a ver. Le mando un abrazo, hasta donde sea que se encuentre.