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Foto: Cuartoscuro

A la memoria
de Sergio González Rodríguez

(1950-2017)

Cuando Aleska descubre el aire henchido de miradas sobre ella, sus ojos atraviesan la noche capitalina y marcan la hora en que el erotismo del téibol es trastienda del rumor cotidiano y gris de la vida diurna. Frente a mí, la chica se acaricia delicadamente sobre una pista de aparente mármol, fálico y luminiscente. El ritmo de su figura es electrizado por “The Unforgiven”, de Metallica. Y en esa otra pista de riffs se sienta sobre sí misma, simulando montar en un vaivén pausado un cuerpo invisible debajo de ella, domado por su sexualidad.

Tres minutos atrás Aleska fue llamada a la pista. Y con los primeros latigazos de “Come Together”, de The Beatles, su cuerpo se materializó frente a nosotros en una entallada blusa lila, botas, tanga y sostén oscuros. Pronto se había despojado de la blusa, mientras se embarraba suavemente contra la pared de espejos al fondo de la pista. Lasciva pero tierna, era dueña del mítico ritmo de los escarabajos, formaba figuras inasibles sobre el piso, desfloraba sus rincones. Sobre el tubo emergía airosa para abrir las piernas al universo mientras la canción dejaba de pie, en la luz, su personalidad de pantera afilada en negro maquillaje: toda una femme fatale, electrizante y sensual.

De vuelta a su segundo baile camina cachonda y jadeante de un tubo a otro, formando un infinito. Sobre el tubular más cercano a las miradas en llamas de licores o cerveza, se vuelve a los espejos, se inclina y la diminuta tanga se pierde entre sus nalgas redondas y firmes como dos aceitunas, en las que el tubo parte su geometría. “The Unforgiven” avanza con su protagonista despojado de todo pensamiento: nunca él, nunca libre, imperdonable. Aleska se suelta el pelo, lacio y moreno. Camina hacia los espejos, abandona la pista con la luz multicolor sobre ella. El volumen va en fade out mientras el DJ pide aplausos para la reina casquivana y oscura.

Poseído, aplaudo y pido otro trago.

 EL TABLE DANCE hizo su aparición en México en 1987, cuando abrió sus puertas el Tabares, en Acapulco. Se convirtió en lugar predilecto por su ambiente permisivo, gracias al cual en el interior pululaban menores de edad y la prostitución de las bailarinas era parte de la noche. Pronto, la desenfrenada oferta se instaló en la Ciudad de México, donde la economía del deseo la adoptó y se convirtió en industria a partir de la firma, en 1992, del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, de acuerdo con Gilberto López Villagrán, doctor en historia contemporánea en América Latina por el Instituto Ortega y Gasset y profesor del Latin American and Caribbean Center de la Universidad Internacional de Florida.

Con el salinismo, la apertura de México a la modernidad propició el arribo de las primeras franquicias de table dance, provenientes de Texas y Florida. En Estados Unidos, esa cultura estaba plenamente regulada y provenía del simbolismo sexual de los sesenta y su posterior mercado.

Las franquicias texanas Men’s Club y Club Royale, que se instalaron en la Ciudad de México y Guadalajara, copiaron mucho de la narrativa y del contenido simbólico de los clubes Playboy, lo cual no era una coincidencia. La decoración faraónica del recinto fungiría como el aparador de cuerpos exquisitos en su exhibición, pero susceptibles a ser abordados,

escribe López Villagrán en el ensayo “La industria del téibol dance a partir del Tratado de Libre Comercio en México. Performance, cuerpo e institucionalismo escaso”.

El téibol y el estriptís llegaron como novedad para la vida nocturna al inicio de los noventa. Estaban en la vanguardia de la cultura sexual de los mexicanos y suplantaban las noches de cabaret de la larga tradición noctívaga de cien años atrás. Se renovaba el mito del antro, ese “enlace fugitivo entre lo real y lo ficticio”, como lo definiría Sergio González Rodríguez en su libro de 1990, Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café:

En sus múltiples formas —cantina, prostíbulo, centro nocturno o cabaret— ha sido un espacio por el que se atraviesa la otra vida urbana, la de los choques entre los vicios públicos y las dispersiones privadas. El antro registra el reverso de la cultura normal. Es un negativo o molde revelador de la cotidianidad colectiva.

Llegaron así El Closet (aún de pie en la colonia Condesa y el primero de su tipo en la Ciudad de México) y más: Solid Gold, Éxtasis, Royal, Tabares, Foxy’s, Cadillac, Amadeus, Keops, Luxor, Manhattan. En su génesis, el téibol reproducía el modelo estadunidense del ver y no tocar. “Básicamente lo que se ponía en valor era la imagen de las mujeres, pero el impacto simbólico fue tan fuerte que se comenzaron a abrir centros con chicas mexicanas y latinoamericanas, una oferta que tenía costos de oportunidad muy altos”, dice Villagrán.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

El modelo se mexicanizó: pasó del no touch al contacto y el sexo entre cliente y bailarina, mediante los privados in situ o las salidas de las mujeres. Inició así la era dorada del téibol en México, de mediados de los noventa a la primera década del siglo XXI, periodo en el que fueron calificados (y tolerados) por las autoridades como giros negros. En su diversificación a la mexicana, el téibol tuvo como fenómenos intestinos la prostitución, el lenocinio y la violencia, muchas veces relacionada con la droga. A principios de los dos mil había más de cuatrocientos centros en la Ciudad de México, el gremio era controlado por cinco grupos y una chica podía ganar entre 120 y 140 mil pesos mensuales; había unas sesenta bailarinas en cada lugar. Sólo en la Delegación Cuauhtémoc, en 2001 los llamados zares de la noche controlaban un ejército de más de 50 mil trabajadores; las ganancias diarias superaban los 20 millones de pesos, según reportes de prensa de la época. Una economía del subsuelo.

Entre esos zares, señalaba el reportaje “Antros; la guerra por la Cuauhtémoc”, publicado por Óscar Camacho en El Universal el 6 de julio de 2001, figuraban Manuel García, dueño de por lo menos 35 téibols, entre ellos el Keops y el Extravagance; Alfonso Nájera el General, dueño de Garibaldi y personaje que comenzó sus negocios al amparo de Arturo el Negro Durazo; Francisco Soto y su hijo, con 30 establecimientos; la familia Sarquiz, Juan Francisco y Eduardo, principalmente, con más de 30 antros; los hermanos Alejandro y Adrián Iglesias, junto con Susuro Murakami y el cobrador, Antonio Gress, quien tuvo fuertes vínculos con Paco Stanley. Los Iglesias, apuntaba el reporte, eran dueños de por lo menos 35 téibols, como el Manhattan, el Titanium, la Altura y el Latinos.

“De prisa, sigilosa y generacionalmente —sostiene Villagrán—, la sociedad mexicana se estaba volviendo más permisiva y abierta en relación con su vida sexual, no sin tensiones ni reacciones de distintos agentes sociales”.

“TE VOY A CONTAR una historia sin decir nombres” —me dice el abogado Carlos Landa, presidente de la Asociación de Bares y Centros Nocturnos (ABCN), en sus oficinas de la colonia del Valle—:

Cuando el modelo se importó, un joven inquieto, que después se volvió empresario, vio que el mexicano quería algo más, no sólo ver. Convenció a mujeres, algunas de ellas allegadas suyas, como su novia, cuñada y hasta la suegra. Estableció cuotas y comenzaron a ganar un dineral. Los clientes lanzaron entonces la propuesta de no sólo tocar, sino de tener sexo y pagar lo que las chicas pidieran. El joven empresario se dijo: “Si ya están pagando por esto, traigamos a chicas extranjeras”.

El joven diseñó una treta para robarse a mujeres que venían de Europa al Solid Gold: “Compró tecnología para interceptar llamadas, corromper autoridades y saber cuándo llegarían a la ciudad las contratadas por aquel centro nocturno. Un emisario se presentaba antes, haciéndose pasar por personal del Solid y se las llevaba”, señala. “Y cuando los dueños se dieron cuenta de que los clientes pagaban cantidades exorbitantes por acostarse con las chicas, comenzaron los robos a tarjetas, las cuentas dobles”.

Por un lado, corruptelas, debilitamiento institucional, falta de regulación y vacíos de poder; por otro, el hecho de que “de prisa, sigilosa y generacionalmente —sostiene Villagrán—, la sociedad mexicana se estaba volviendo más permisiva y abierta en relación con su vida sexual, no sin tensiones ni reacciones de distintos agentes sociales”. Así, las autoridades comenzaron una cacería contra los téibols, acentuada tras el incendio de la discoteca Lobohombo, el 20 de octubre de 2000, que tendría un saldo de 22 muertos y 40 heridos.

“RECUERDO CUANDO me inicié”, dice Emmanuelle. Es una morena delgada de exuberantes piernas, cinturita y senos firmes. La admiro mientras me prepara un café. Viste informal, con un suéter y un mallón gris entallado; no luce maquillaje, trae el pelo recogido. Su voz es suave, casi maternal, y sobre el antebrazo tiene un tatuaje: “Esto también pasará”. Cuando cumplió 21 años y su papá, separado de su madre, ya no daba dinero, la chica se dedicó a modelar y ser edecán en su natal Guadalajara. “Luego algo me jaló al téibol. Entré al Golden, que estaba al mismo nivel que el Men’s Club de la capital, pero no soportaba la idea de que alguien me reconociera, así que me fui a Tijuana. Como cliente, el gringo entiende el no touch, es más respetuoso y su propina es generosa”.

Emmanuelle regresó a Guadalajara cuando su madre enfermó. Al morir ésta, viajó por el país trabajando en los téibols más reconocidos:

Era chavita, muy guapa y tenía representante, imagínate. Cuando me aburría de una ciudad le hablaba y él me preguntaba adónde quería ir. “A la playa, quiero estar cerca del mar”, decía, y me ofrecía Cancún, Vallarta, Los Cabos, lo que quisiera, obvio con sueldo, avión, hospedaje, todo. Estaba deslumbrada por el dinero, por el ambiente, así que nunca me establecía en un sitio.

Sonríe y continúa:

En Puerto Vallarta llegaron dos viejitos gringos y nos compraron copas a todas las chavas. También nos pagaron bailes. Diez para ti, diez para ti, diez para ti. ¡Se gastaron 160 mil pesos en unas cuatro horas! La cuenta más grande que he visto en mi carrera. Era su fiesta privada. Los demás clientes entraban, veían eso y se daban media vuelta. Fue una buena noche, porque eran lindos. Una se subía a la pista y las demás le poníamos billetes, había besitos y apapachos; finalmente se fueron, no sin antes invitarnos a su yate.

Poco después Emmanuelle se enamoró de Veracruz, donde trabajó en el téibol más refinado entonces: el Extravagance. En su buena época, dice, tenía un sueldo base de mil 700 pesos diarios, más comisiones por los bailes y, cuando necesitaba más dinero, las salidas. “Los clientes tocaban, claro, pero eran opcionales, nunca me obligaron”. En un mes ganaba unos cien mil pesos. Ella fue testigo de la llegada de los Zetas:

El puerto era hermoso, el jarocho era muy buena onda y en el lugar había mucho dinero, pero cuando llegaron esos señores la ciudad se destruyó. Se metían al téibol y lo cerraban, a todo mundo le quitaban el teléfono y tenías que aguantar hasta que ellos quisieran. Y no te pusieras al pedo porque valías madre.

También recuerda la noche cuando decidió dejar Veracruz:

Una vez nos llevaron a unas catorce chavas a una fiesta particular, en un rancho quién sabe dónde. Nos quitaron el celular y nos dijeron que nadie salía ni entraba hasta que el jefe se fuera. La verdad nos trataron bien, nos ofrecieron lo que quisiéramos tomar y comer. Todo iba bien, pero a una chica se le ocurrió decir ya bebí, ya cogí, ya me voy. Uno de ellos le dijo: cállate porque si te oye el jefe te va a amarrar. Nos quedamos calladitas.

Tras esa noche Emmanuelle se fue del puerto y por fin se instaló en la Ciudad de México. “He bailado en el lugar que me menciones”. Pasó al Queens y de ahí al Penthouse, al Sol y al Pompeya, donde se quedó cuatro años. “Fui la imagen del Pompeya en la publicidad, en los espectaculares”. Más tarde llegó al Calígula Roma, donde la madrugada del 23 de febrero de 2014, agentes de la Policía de Investigación y del Grupo Especial de Reacción e Intervención, ambos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, realizaron uno de los operativos más desastrosos del reciente lustro contra un centro nocturno, en conjunto con la Fiscalía Central de Investigación para la Atención del Delito de Trata de Personas.

“En su buena época, dice, tenía un sueldo base de mil 700 pesos diarios, más comisiones por los bailes y, cuando necesitaba más dinero, las salidas.  Los clientes tocaban, claro, pero eran opcionales, nunca me obligaron”.

“¡AGÁRRAME A ESA PUTA!”, fue lo primero que Emmanuelle escuchó de los agentes encapuchados y con armas largas al ingresar al Calígula:

Como si fueran a detener al narco de narcos, lo primero que hicieron fue romper las cámaras de seguridad y separar a los clientes de las bailarinas. Nos comenzaron a jalar. Les decíamos que se esperaran, que si era un rescate entonces por qué nos golpeaban, por qué nos decían putas.

A culatazos, los agentes sometieron a las chicas y a meseros, garroteros, trabajadores de limpieza, cadeneros, clientes. “Se robaron todo el dinero de la caja”. La Procuraduría informó que se detuvo a alrededor de cien personas, veinte vinculadas a la trata y treinta mujeres consideradas víctimas.

“Se salió de control porque trece chicas se amotinaron”, afirma Carlos Landa. De ellas, al final tres se negaron a firmar documentos “en los que las autoridades establecían que todo fue limpio y en orden, así que fueron enviadas, sin demostrarles delito alguno, a Santa Martha Acatitla”. El problema, apunta el presidente de la ABCN, radicaba en que la cacería de téibols, que se recrudeció a partir de la entrada en vigor de la Ley de Trata en 2013, no distinguió los centros y la decisión de muchas bailarinas de serlo, sin coerción. Para entonces, la política de la Fiscalía de Trata de Personas de la Procuraduría capitalina fue exterminar por completo todo centro nocturno.

“Cuando entró en funciones la Fiscalía, encabezada por la fiscal Juana Camila Rebollar, el primer golpe fue al Cadillac. Le dieron con todo. Sí era un lugar donde había abusos, excesos y actos ilícitos, pero a partir de entonces inició una gran persecución y criminalización”, apunta Landa. “Los operativos realizados por la Fiscalía no están orientados a la captura de los principales eslabones en la cadena de explotación sexual y carecen del principio más elemental: ofrecimiento de alternativas a las víctimas para acceder a una vida digna”, dijo en 2014, a MVS Noticias, Teresa Ulloa, directora regional de la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe.

Ocho años atrás, Carlos Landa coincidió con Carlos Durán, dueño del Queens. “Le dije: ‘Tocayo, tenemos que cambiar esto, vienen cosas mayores, nos van a pegar’”. Entonces definió un modelo que reconvertiría al téibol dance para siempre.

Le llamamos el concepto tres de tres: transparencia, legalidad y seguridad. Tres reglas: no sexo, no drogas y relación formal con las chicas a través de contratos. Todos los empleados y el elenco debían tener tres características: ser asertivos, colaborativos y responsables. Nos acercamos a ocho de los diez téibols que quedaban en la ciudad. Tres dueños dijeron que era una locura. “Cómo crees, no podemos, las salidas me generan entre 300 y 400 mil pesos al mes”. A dos de ellos luego les cayeron.

Tras el operativo en el Calígula y las protestas callejeras de empresarios, bailarinas y trabajadores contra la brutalidad policiaca y la criminalización, el movimiento que había iniciado Durán dio forma a la ABCN y al Movimiento Pro Entretenimiento Erótico, cuya actual presidenta es Emmanuelle:

Recuerdo que cuando ocurrió lo del Calígula algunas de nosotras habíamos sido capacitadas por la Asociación. Yo cooperé, pero una vez nos llevaron al búnker [agencia de la PGJDF en la colonia Doctores] y nos dijeron que firmáramos un documento que los liberaba de toda culpa. Me negué y amenazaron que le dirían a mi familia, a mi novio y mis hijos. Mi familia sabe a lo que me dedico, no tengo novio ni hijos, les dije. Entonces comenzaron los golpes, hasta que cedí. Ni con los Zetas sufrí ese horror.

Cuando Emmanuelle salió del búnker estaba aterrada, se encerró una semana en su casa. Luego participó en las protestas que la ABCN y el Movimiento encabezaron en febrero de 2014, para exigir al entonces jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera que detuviera la criminalización y ofreciera certeza jurídica a los establecimientos que cumplían la norma.

Mi amiga Morelia me jaló. Ella fue la primera presidenta del Movimiento, pero yo estaba en trance, no quería repetir una experiencia como la del Calígula. Cuando Morelia dejó el ambiente para casarse y embarazarse, pasé a ser la vocera, hace tres años, y luego la presidenta.

Actualmente, Emmanuelle reparte su tiempo entre el baile erótico (trabajaba en el Curazao, al sur de la ciudad, hoy cerrado luego de otro operativo), y las actividades con la Asociación y el Movimiento. Mantiene contacto con la prensa, organiza capacitaciones de la Asociación y colabora con el Grupo Latinoamericano de Análisis/Acción sobre los Mercados Sexuales (GLAMsex), colectivo integrado por jóvenes investigadores.

“Estoy en proceso de retiro de las pistas, por el trabajo como presidenta y por mi edad aunque mi cuerpo, como ves, aún tiene con qué”. Quiero saber qué extrañará más. Responde:

Estar arriba, en la pista. Las chavas que estamos en esto somos extrovertidas, egocéntricas. Aunque nadie lo diga, estar ahí hace que tu ego crezca muy cabrón, eres el centro. Es algo que te desborda por dentro. Y un tanto el dinero: me queda claro que en ningún lugar voy a ganar lo que he ganado.

“El objetivo es que los centros de baile erótico sean reconocidos en la ley, que este baile sea una actividad que implique contratos claros con las chicas”.

CUANDO LA NOCHE comienza a escupir su estrépito sobre Insurgentes, me enfilo por la Glorieta que fuera el escenario ad hoc del futurismo decadente plasmado en El vengador del futuro (1990): la Ciudad de México, escenario natural y de bajo presupuesto para la ciencia ficción de Hollywood. La lluvia lava el pavimento y a sus moradores más siniestros, zombis de cemento que pululan por los pasos a desnivel que conectan con el cielo y el infierno de la Roma y la Zona Rosa. Mi destino es el Queens, casi esquina con Durango. Fue de los primeros téibols que adoptaron el modelo de la ABCN, al que hoy están adscritos también los Calígula Roma, Acoxpa y San Ángel, el Envidia, el Sixties y algunos de Puebla y Guadalajara.

La variedad comienza alrededor de las 20 horas. Luego de ser esculcado por los cancerberos, el Queens se muestra como un recinto mediano cuya forma asemeja un trapecio. En el primer nivel, una veintena de mesitas y de sillones atigrados rodean una pista en forma de falo atravesada por dos tubos y, al fondo, una pared de espejos. El piso está alfombrado y en los bordes del segundo nivel, unas ocho pantallas LED proyectan un partido de futbol. Una legión de meseros, capitanes y recepcionistas aún se alista cuando el DJ pone “You’re Beautiful” de James Blunt y la primera bailarina sube a la pista. Una o dos mesas son ocupadas por algún solitario que ha llegado temprano y está absorto en su celular, mientras un grupo de veteranos comen alitas.

Huele a perfume, el ambiente apenas rebasa la penumbra. Las luces giran y todo al interior contrasta con la vida afuera, que da sus últimos suspiros diurnos. Aquí todo se mueve alimentado por el magnetismo de las chicas, que se pasean en vestidos de noche azules, negros, rojos, verdes, con pequeños tragos, en espera de subir a la pista o ser llamadas por los noctámbulos que comienzan a llenar el lugar.

Aleska abre la puerta de una de las cabinas VIP del segundo nivel. Inició hace ocho años en el Club Royal, luego de ver bailar a una de sus amigas. Su experiencia ha sido positiva, dice. “Soy fan de convivir con la gente, de aprender, porque en este negocio se aprende mucho. Me gusta conocer y divertirme”. Le gusta hacer yoga. Su rutina es levantarse a la una de la tarde y desayunar. Luego se vuelve a dormir, se levanta de nuevo y come. Se baña, se alacia el cabello y se maquilla para irse al Queens. Lo ha hecho así desde hace cuatro años.

Aunque me ha ido bien —continúa—, existe el estigma, porque estamos en un país tristemente machista: si quien critica conociera en verdad este mundo, sería distinto. Aquí me siento protegida, física y económicamente. Quien asiste a un lugar como estos busca dejar afuera sus preocupaciones de trabajo, de familia, y la monotonía, ¿no? Más que el sexo, como se hacía antes, el erotismo es una conexión, ¿ves? Eso no se debe juzgar. Muchas mujeres tenemos libertad de elegir ser bailarinas, como yo.

Más tarde, Aleska subirá a la pista con el oscuro sostén que alcanzo a ver debajo de su vestido entallado, de Gatúbela sensual.

Foto: Cuartoscuro

“LA REALIDAD es que el Estado no tiene conocimiento ni reflexión sobre la materia”, dice el profesor López Villagrán mientras platica con Carlos Landa en las oficinas de la ABCN. Para el académico, quien trabajó como stripper en su juventud, la criminalización adoptada por las autoridades ante el téibol deja un vacío. “El Estado debería ser capaz de formular políticas en relación con la sexualidad pública”, apunta, “pero quien realiza las políticas públicas supone el tema espinoso, delicado y riesgoso, porque provoca divisiones en la opinión pública y no reditúa capital político”.

Como ocurre en otras sociedades, coinciden ambos, la industria del erotismo podría estar regulada y generar dividendos para el bien público y privado. El modelo que propone la ABCN se vislumbra como la única posibilidad de que el téibol permanezca como una oferta nocturna. “No sólo es regresar a la idea original, porque acá el no touch no corresponde, el mexicano es más cachondo”, dice Carlos Landa. El objetivo, aclara, es que los centros de baile erótico sean reconocidos en la ley, “que este baile sea una actividad que implique contratos claros con las chicas”. La ABCN planea presentar una iniciativa ciudadana de ley, con la entrada en vigor de la Constitución de la ciudad. “Se trata de que sea accesible esta opción para vivir bien, bajo ciertas reglas”.

“¿YA TE VAS?”, me pregunta Aleska cuando voy al baño. “No”, le digo mientras observo las cabinas donde dos chicas realizan bailes privados. La primera se ha montado sobre un mirrey de unos treinta años; la segunda, sobre un hombre que se parece al Señor Cara de Papa de Toy Story. La exposición es evidente, no hay vidrios polarizados. Estoy ebrio y me pregunto si debería decirle a Aleska que pasemos a la cabina para tocar su cuerpo por tres minutos a la vista de todo el mundo. Sólo alcanzo a pedirle su número. Más tarde, casi al amanecer, la busco por WhatsApp, le escribo so pretexto de comprobar que anoté bien su número. Me duermo, la imagino despojándose de su traje y atravesando la noche entera, excitante y lujuriosa, moviéndose en los tubos al compás de la locura.

Noches de muerte y renacimiento del téibol dance.

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