No se deje alcance de los niños

No se deje alcance de los niños
Por:

Influida por películas como Blade Runner, ¿Quieres ser John Malkovich?, Her, La langosta y Alto impacto (Crash), Kentukis (Random House, 2019), la novela de la escritora argentina Samanta Schweblin, pone bajo la lupa tópicos contemporáneos como la relación que entablamos con los dispositivos electrónicos, la soledad, la incomunicación y la intromisión en nuestra intimidad.

Los kentukis son una especie de drones con forma de animal, cubiertos de peluche, dotados de una cámara y llantas. Uno puede comprar uno para tenerlo como mascota, o bajar la aplicación para ser un kentuki. Si elige la segunda opción, maneja uno de estos desde la app que se instala en la tablet; desde ahí ve todo lo que esté frente a la cámara.

Basada en su cultura cinematográfica y provista de muchos recursos narrativos, Schweblin usa la técnica del zapping para mantener atento al lector. A la manera de Manhattan Transfer, de Dos Passos, o El aplazamiento, de Sartre, la autora salta a la vida de sus personajes para relatar sus historias: Alina, la pareja de un artista plástico en una residencia en Oaxaca; Emilia, una mujer jubilada cuya distante relación con su hijo en Japón la encierra en una soledad inexorable; Enzo, que debe soportar al kentuki por instrucción de su exmujer, quien acata la instrucción de la terapeuta de que el dron haría compañía a su hijo; Marvin, un chico que juega con su aplicación a hurtadillas, mientras su millonario padre lo ignora; Grigor, el inventor de los kentuki, quien termina viviendo una situación alarmante desde los ojos del dron. Todos ellos son personajes marginados, proclives a enajenarse por quienes son más fuertes o de carácter más fuerte que ellos mismos.

La situación de los kentuki es una revolución tecnológica a escalas globales. Samanta Schweblin nos lleva alrededor del mundo: un usuario en Guatemala puede ver la nieve de Noruega o alguien en Kiev puede vislumbrar un secuestro en Brasil:

Ahora había de esos aparatos por todos lados, tantos que hasta su padre parecía empezar a entender de qué se trataba. Estaban las noticias a cada rato, con sus notas de color o sus historias de estafas, robos y extorsiones. Los usuarios compartían sus videos en todas las redes sociales, con sus inventos caseros de kentukis atados a drones, montando patinetas o pasando la aspiradora por la casa. Tutoriales decorativos, consejos personales, milagros de supervivencia frente a accidentes insólitos (pp. 175-176).

Sin embargo, el trasfondo de todo esto, como Schweblin ya lo había hecho en Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015), radica en la soledad y la incomunicación. El kentuki no es una mascota inocente: al adquirir uno, el usuario renuncia a su privacidad, a su intimidad. Los ojos de un voyeur estarán acechando desde cualquier parte del mundo. La aplicación cuenta con un traductor simultáneo y con la movilidad para que el visitante se desenvuelva a su guisa y pueda ser amistoso, protector, pero también peligroso o perverso.

"El kentuki no es una mascota inocente: al adquirir uno, el usuario renuncia a su privacidad. Los ojos de un voyeur estarán acechando".

Los protagonistas de Kentukis viven un ambiente familiar, aunque por la mirada atenta de la voz narrativa el lector se percata de que no existe una verdadera comunicación, no hay puentes ni lazos emotivos. Con un trabajo cuidadoso de creación de los personajes y sus historias, la novela retrata en detalle la manera en que los seres cercanos son en verdad extraños absolutos.

El proyecto, igual que en ¿Quieres ser John Malkovich?, es que el kentuki se interna en la vida y atraviesa la barrera de la incomunicación, porque el que observa está interesado en el otro. Algunos usuarios de la app testifican, se preocupan y buscan salvar al amo; incluso se crea un puente afectivo. Kentukis muestra la forma en que los sentimientos desinteresados y la preocupación por el otro se despiertan si uno lo permite. Así es, me refiero a lo que ahora llaman de una manera frívola empatizar, y que ya existía desde antes de que Emmanuel Lévinas hablara del descubrimiento del otro, la alteridad, concepto que la sociedad de consumo pretende remplazar infructuosamente. El amo busca suplir ese vínculo humano con su kentuki, así como hay gente que cree que sus mascotas son sus hijos. Resulta interesante esta temática en un tiempo en que la gente habla de que los animales son personas no humanas, tiene la convicción de que se cura abrazando árboles o cree que entabla conversaciones con cerros o lagos. En Kentukis también se muestra el precio que se paga al dejarnos llevar por esa empatía barata.

No quiero dejar en el tintero que me hubiera gustado más contundencia en los diferentes finales, espero que no haya sido por la premura editorial. Los desenlaces pudieron trabajarse con esa atención de la que hace gala el principio de Kentukis. Schweblin es minimalista por momentos, lo cual no es un elogio por anticipado. Pueden pasar varias páginas en las que sus personajes viven momentos de tedio; no quiere decir que su escritura lo sea, sin embargo, de pronto aparece un párrafo que amarra todo de una manera radical —sí, de raíz.

Hay en Siete casas vacías y en Kentukis varios momentos así: instantes en que las cosas caen por su propio peso y cobran sentido. Si ella tiene plena conciencia de cómo escanciarlos, estamos ante una escritora peligrosa, casi genial.