Oscuras y divergentes, ellas

Oscuras y divergentes, ellas
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Las mujeres matan menos, es verdad. Pero no sería aventurado decir que matan mejor. Los registros de criminalística coinciden: cuando una mujer se convierte en asesina serial, lo hace con desapego y limpieza, tiene la paciencia de esperar años para cometer el siguiente asesinato y descubrirla toma el doble de tiempo que con un asesino.

Vale la pena revisar el libro —ya empiezo con mi tiroteo de títulos—, Murder Most Rare. The Female Serial Killer de Kelleher y Kelleher. Analiza varios casos no concluyentes pero sí ilustrativos. Perdonen el mal gusto del último adjetivo en tremendo contexto pero una es así, maleducada.

Será que el hecho de ser mujer constituye una coartada social inmejorable: se piensa que por naturaleza cuidamos y protegemos. No que asesinamos; menos en serie y con método, con frialdad y por objetivos puntuales. O será que cuando no queremos ver un fenómeno, no lo vemos.

Sobre el tema hay pocos estudios porque se considera que la incidencia de mujeres asesinas es mínima y porque una mirada patriarcal también desestima la capacidad destructiva de las mujeres. Vaya ironía. Pero en la ficción y la literatura, bendito remanso, la historia es otra. Hace un par de noches leí Sharp Objects (Heridas abiertas) de la escritora Gillian Flynn, la misma autora de Gone Girl (Perdida); ambas en editorial Random House. Leí Sharp Objects luego de ver la serie en HBO. Es sobrecogedora. La mirada humana con la que Flynn va desentrañando a los personajes provoca un desasosiego que no se va nunca. Intentaré resumir la trama: una reportera alcohólica que se autolesiona porque no superó nunca la muerte de su hermana pequeña, tiene que regresar a su pueblo natal para cubrir la noticia de la desaparición de un par de niñas. Ello la obliga a convivir con su insoportable madre y con su nueva hermana, una adolescente manipuladora. Lo que se teje entre las tres es de una profundidad, oscuridad y sutileza apasionantes.

A Gillian Flynn se le acusa de misógina, era de esperarse con los tiempos que corren. Es todo lo contrario: escribe sobre mujeres imperfectas que no necesitan redimirse, igual que tantos personajes masculinos que han llenado incontables páginas de la literatura, existen y punto. Son mujeres que —cuánto lo celebro— no se ciñen al estereotipo de la buena acompañante, no son la esposa que apoya a su genial marido ni el florero que adorna con su presencia; son auténticos personajes protagónicos, extraños, activamente detonadores de la historia.

"No son la esposa que apoya a su genial marido ni el florero que adorna con su presencia; son auténticos personajes protagónicos, extraños”.

Flynn me recuerda a Patricia Highsmith. La mirada que puso sobre la sombra humana. Su obsesión con las pulsiones violentas, como dijo, quizá nació de su determinación a sublimar para no convertirse ella misma en asesina porque tenía inquietudes de serlo. Su obsesión ha dejado una de las obras literarias más complejas y brillantes del siglo pasado. Amén de Mr. Ripley y toda la saga de ese logrado impostor, los personajes femeninos de los Pequeños cuentos misóginos (recuerdo especialmente “La prostituta autorizada o la esposa”) y Edith de El diario de Edith son de una realidad psicológica contundente.

Volviendo a la nunca aburrida realidad, el caso de Marybeth Tinning (Duanensburg, Nueva York), diagnosticada con Síndrome de Munchausen por poderes, empieza cuando pierde a su hijo recién nacido. El nivel de atención que recibió se volvió adictivo para su psique y entonces fue provocando muertes para revivir la experiencia de ser foco de atención. Así engendró y asfixió uno por uno a sus hijos, hasta llegar a ocho. Por increíble que parezca, la policía se tardó en sospechar, pero finalmente lo hizo. Marybeth confesó que había matado a sus pequeños para vivir ese paraíso de mimos y cuidados.

Hay un prototipo de asesina serial que llamamos La viuda negra. Uno de los primeros casos es descojonante: Belle Gunnes, una chica noruega que llegó a Estados Unidos a finales del siglo XIX para probar fortuna, se casó dos veces pero los dos maridos —mira tú— murieron justo en el plazo que le permitió cobrar el seguro de vida. Luego de aquellos incautos descubrió un método infalible: apelar a la soledad de los forever alone, que no son cosa de ahora. Belle ponía un anuncio en el periódico que decía: “Viuda rica y atractiva busca caballero para una relación seria”. O sea, el Tinder de la época. Y le llovían necesitados. Para aceptarlos como pretendientes pedía que depositaran unos dólares a modo de entrada, no fuera a ser que quisieran aprovecharse de ella y su riqueza. Así amasó una fortuna interesante, compró una granja y vivió sus buenos años de bonanza. Cuando supo que la habían descubierto incendió su terreno y se inmoló en el incendio. La policía encontró los cuerpos de 28 personas (hombres en su mayoría, pero también una mujer decapitada y niños) que Belle había enterrado en la próspera granja llena de flores por su tierra bien abonada con cristianos en su punto.

Cierro con el caso de la Condesa de Báthory, que allá por 1600 descubrió que la sangre humana era el mejor tratamiento de belleza para la piel e ideó la manera de desangrar niñas colgándolas en una jaula para luego colocarse debajo y recibir el baño rojo que la mantendría lozana. Alejandra Pizarnik escribió La condesa sangrienta a propósito de esta mujer que se considera inspiración de Bram Stoker para la creación del mismísimo Drácula. Hay registros de que Erzsébet Báthory asesinó a más de seiscientas niñas y mujeres. Leyeron bien, más de seiscientas.

¿No es peligrosa la ironía? A las asesinas las cubre un prejuicio social que les permite actuar: la certeza de que son incapaces de hacerlo. Si en el prólogo de Frankenstein, Mary Shelley cuenta las dificultades para que aceptaran que no había plagiado la obra pues no creían que una jovencita desarrollara una idea tan horrorosa.

En fin. Esa resistencia a aceptar que las mujeres también podemos ser astronautas, futbolistas... o asesinas. Hay cosas que no cambian.

Con el deseo de que duerman tranquilos, me despido. Y les dejo estos versos de Sylvia Plath:

Me aterroriza esta cosa oscura

que duerme en mí;

siento todo el día sus giros suaves y ligeros,

su maldad.