Pancho Huele-Migra

Pancho Huele-Migra
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Sonó el timbre. ¿No es así como arrancan la mayoría de las pelis porno? Era el repartidor de Mamazon. Ah, los vinyles que pedí. Estaba en Dallas, en casa de mi compa Javi, en el barrio de Oak Cliff, amamantándome con una IPA.

You’re Charly?, me preguntó.

Simón, qué barrio.

Come with me.

En la parte trasera del camión, entre cientos de cajas, los pedidos de estos hijos del capitalismo tardío que no paran de hacer más choncho el emporio del Tío Sam, asomaba una texana negra. El fieltro ajado. Polvoriento de tanto darle rudo al salto de mata.

Quién anda aí, pregunté.

It’s me, Pancho.

Cuál Pancho.

El que te cogió en el rancho.

Ya no mames, quién eres.

Pancho Huele-Migra, dijo y se irguió.

Ora tú, pinche hijo del Chis Chas, qué no te había pepenado la border patrol.

Sí, aproveché el impeachamiento a Trump para fugarme.

Así que por fin estaba ante el tal Huele-Migra. Desde hacía unos meses había comenzado a recibir mensajes suyos por correo electrónico. Pensé que era una broma. Me preguntaba insistente cuándo viajaría yo a Estados Unidos.

Quería contactarme para que le ayudara a difundir un mensaje. ¿Achingá, y yo por qué?, me preguntaba.

Hasta que un día los mails dejaron de llegar. Y unas semanas después recibí la llamada de un pocho. No sé cómo consiguió el número de mi casa. Era de madrugada. Dejé sonar el aparato seis veces. Emputado por no poder dormir levanté el auricular y escuché: lo agarraron, lo atraparon, la migra agarró a Pancho. Estos putos bromistas, pensé fastidiado y arranqué el cable del fono. A la mañana siguiente me arrepentí. Pero luego me convencí de que había sido lo mejor. Así dejarían de chingarme por teléfono.

Dos semanas más tarde llegó a mi buzón un sobre. Dentro había una foto de Pancho en la frontera. Parecía un personaje de película de los Hermanos Almada. Detrás de la imagen estaba escrito: carnal, necesito un paro. Por favor dime cuándo vienes al Chuco. Me atrapó la migra. Abandoné el retrato en mi escritorio y me olvidé de él. Y resultaba que no era mentira. Que Pancho era de carne y hueso. Y había conseguido fugarse antes de que lo deportaran.

Aproveché el desmadre contra Trump para jullirme, explicó.

Cómo me encontraste, le pregunté.

Tengo mi clica aquí en Dallas.

Y qué es lo que quieres.

Nací para cantar las penurias de los indocumentados.

Eso ya lo hicieron Los Tigres del Norte.

Historias de indocumentados hay miles. Con un solo grupo no alcanza.

Bueno, y yo qué pitos toco en esto.

Tú eres escritor. Entiendes de estas ondas. Tengo algo que entregarte.

Oh que la, dije irritado, la cruda comenzaba a pegarme. Voy por una chela.

No sé por qué me inspiró confianza para invitarlo a entrar a la casa.

¿No quieres una? Te ves más deshidratado que un pinche charal en chile piquín. Vamos pa dentro.

No, tás loco. No puedo arriesgar a que me vean.

Entré por las IPA pensando en qué lurias asunto.

Dijimos salud y Pancho me soltó que me había elegido a mí porque éramos paisanos. Ambos norestenses. Y que había venido a perseguir el Sueño Americano.

Y llegué para quedarme. Pero estos gringos no dan quebrada. El racismo está peor que nunca. Y es necesario levantar la voz. Trump la libró esta vez. Pero en mi corazón no deja de arder la esperanza de que vuelvan a impeacharlo. Y lo más importante, que no vuelva a ganar las elecciones.

Un coche de la policía se acercó y Pancho comenzó a ponerse paranoico. Vámonos, mi compa, le dijo al chofer.

Y a mí me entregó un sobre color manila.

El único lugar seguro en el mundo es este transporte de Amazon, dijo, y me dio la mano. La lucha sigue. Y arrancaron en pos de otro código postal en qué entregar pedidos.

Pensé que el contenido del sobre eran miles de dólares con instrucciones para entregarlos. Era un USB con un disco: Cantacuentos del migrante vol. 1, de Pancho Huele-Migra and Los Pachecools y el videoclip de “La Bebeleche”. El disco lo subí a Spotify y el video a Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=9nvBAcaWE7o.

No he vuelto a ser contactado por Pancho. Pero espero que su causa se mantenga viva mucho, mucho tiempo.