Domingo 17.01.2021 - 21:07

Patrimonio en cenizas

Patrimonio en cenizas
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I

En 2000, la historiadora brasileña Maria Margaret Lopes publicó en la Argentina un trabajo sobre las relaciones entre los investigadores de los museos sudamericanos de la segunda mitad del siglo XIX.

Sin negar el impacto de los museos de Estados Unidos y de Europa, mostraba cómo las instituciones del sur del Ecuador, embarcadas en una carrera de competencia y emulación, se modelaban recíprocamente según las lecturas y experiencias de sus directores. El Museo Nacional de Río, una referencia mucho más cercana que los proyectos del hemisferio norte, representó por muchos años el ideal del mundo científico porteño.

Nobles rivales, el título del trabajo de Lopes, se refería a la frase final con la que Estanislao Severo Zeballos, el estudiante de Ciencias Exactas y Abogacía de la universidad local, uno de los jóvenes fundadores de la Sociedad Científica Argentina (1872) y futuro viajero al país de los araucanos, cerraba su reseña sobre el museo de Río de Janeiro:

Todos los trabajos, muy serios y variados, que publica, son originales de estudiosos brasileros, empeñados en dar lustre a su patria. Hay allí, pues, un cuerpo nacional de sabios, formados bajo las inspiraciones de eminentes profesores extranjeros y del Imperio. Felicitando a los jóvenes sabios brasileros por sus progresos y al Dr. Netto [el director] por el éxito que recompensa sus desvelos, hacemos votos porque la escuela científica brasilera, encuentre nobles rivales en la República Argentina.

“Conocemos al Brasil en Buenos Aires —decía Zeballos—, pero poco o nada se sabe de su Museo Nacional”. Este surgía como consecuencia del decreto del 9 de febrero de 1876, por el cual el emperador reorganizaba el Museo Imperial (establecido en 1818 como Museo Real), dedicándolo ahora al estudio de la historia natural, particularmente la del Brasil, y a las ciencias físicas y naturales, sobre todo en sus aplicaciones a la agricultura, industria y artes. Tendría tres secciones: antropología, zoología general y aplicada, anatomía comparada y paleontología animal; botánica general y aplicada y paleontología vegetal; ciencias físicas: mineralogía, geología y paleontología general. Mientras no se fundara un departamento especial, la arqueología, la etnografía y la numismática constituirían una sección anexa. Como destaca Margaret Lopes en su libro O Brasil descobre a pesquisa científica: Os museus e as ciências naturais no século XIX (1997, reedición 2008), el Museo Nacional fue el espacio de institucionalización de las ciencias en Brasil, un laboratorio del trabajo científico, un motor del país.

[caption id="attachment_799147" align="alignnone" width="696"] La momia de Sha Amun, una de las piezas perdidas. Foto: EFE[/caption]

En 1877, instalado en un predio en la Plaza de la República (hoy, Museu e Centro Cultural da Casa da Moeda do Brasil), generaba la admiración de los argentinos, desesperados en esos días por el estado del Museo Público. Este templo a la paleontología, la ciencia más importante del siglo, se alojaba en la esquina de Perú y Alsina, en la llamada Manzana de las Luces. Zeballos, con esta reseña, subrayaba la importancia de los fósiles pero también que era indispensable formar un cuerpo de científicos especializados, surgido entre los jóvenes de este suelo. El Museo Público argentino, en cambio, funcionaba como gabinete casi exclusivo de su director, el prusiano Hermann Burmeister, bastante reacio a transformar la paz del museo en una escuela para la ciencia nacional. La generación de Zeballos usaba el ejemplo brasileño para cuestionar la acumulación y la pésima instalación de los objetos en un edificio vetusto y hostil.

El deterioro del Museo Público de Buenos Aires (desde 1884, Museo Nacional), iría en aumento. Mientras en Brasil, con la proclamación de la República en 1892, Ladislau Netto logró trasladar el museo a la residencia imperial de Boa Vista, en la Argentina,

durante la dirección de Carlos Berg (1892-1902), sólo se lograron mejoras edilicias. Éstas, es cierto, facilitarían las visitas de escolares, sin resolver la ubicación del personal ni el almacenaje de las colecciones. Son conocidos los afanes de Florentino Ameghino, su director entre 1902 y 1911, por obtener un edificio monumental para los gliptodontes argentinos. Para entonces, la competencia se había mudado al Museo de La Plata, ese templo erigido durante la década de 1880 en la pampa lisa. Resultado de las negociaciones de Francisco Moreno con los políticos de la nueva capital provincial, fue el primer museo iberoamericano albergado en un edificio construido especialmente para ello.

En realidad, no había museo que no anduviera a los tumbos. Un tesoro en el barro, Peligro de derrumbe, eran los titulares que, hacia 1906, describían la situación del Museo Nacional de Buenos Aires. Al de La Plata no le había ido mucho mejor: una vez que Carlos D’Amico dejó la gobernación de la provincia, su sucesor cuestionó los costos que acarreaba. Las rivalidades pronto perderían nobleza. La lucha por la supervivencia, los insultos, las campañas de desprestigio entre los pocos dedicados a estas cosas ayudaron, es cierto, a vender diarios. Pero, también es verdad, se instaló una dinámica por la cual las instituciones científicas empezaron a funcionar merced a las denuncias en la prensa y a los rumbos erráticos de las carreras de los amigos en el poder que hacían favores sin interesarse demasiado en el destino de los mismos.

"El Museo Nacional fue el espacio de institucionalización de las ciencias en Brasil, un laboratorio del trabajo científico, un motor del país".

II

EL DOMINGO 2 de septiembre, el archivo y el acervo histórico del Museo Nacional ardieron en un instante. Papel, puro papel. El registro de la vida en el museo, el repositorio de la documentación que hubiese podido contar, con otros matices, una historia similar a la argentina: un sendero de fundaciones, celebraciones y abandonos, de debilidad presupuestaria y de esfuerzo personal, de mudanzas y de apretujamientos en edificios destinados a otra cosa. Esos testimonios ya no existen más. Nos quedan los libros, escritos cuando todavía se podían leer. Menos mal. Gracias, Margaret.

El incendio del Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) explotó en la cara de todos: millones de especímenes, resultantes de dos siglos de investigación, se perdían en un tris de la historia. Las llamas que consumieron las colecciones alojadas en el predio principal de la Quinta de Boa Vista se propagaron como imagen de la impotencia, una metáfora de la desidia, una expresión más del fracaso de los países de la región. Pero también de cómo un centro de investigación de este calibre adquiría protagonismo internacional justo en el momento de su destrucción.

Unas horas antes, con sus doscientos años, el Museo Nacional, el espacio de trabajo de centenares de investigadores y estudiantes, el lugar de paseo de miles de escolares y familias, permanecía como un tesoro del nada turístico pero otrora residencial barrio de São Cristovão.

Las primeras noticias, con los escombros aún calientes, informaban que el fuego no había afectado los edificios de los departamentos de vertebrados y de botánica. Tampoco la biblioteca principal ni el pabellón de aulas, el laboratorio de arqueología en la Casa de Piedra, el anexo de la colección del servicio de enseñanza y el Cipriano de Miranda Ribeiro, donde se conservaban algunas colecciones de invertebrados, incluyendo la de moscas, mosquitos y tábanos.

Las colecciones del Palacio de la Quinta, en cambio, desaparecieron, con la posible excepción de algunos materiales tipo de moluscos que Claudio, el técnico de la colección, ayudó a salvar, guiando a los profesores en la oscuridad que, en esa noche dominguera, se volvió naranja-llama.

[caption id="attachment_799149" align="alignnone" width="696"] El desastre del Museo Nacional de Brasil, 2 de septiembre. Foto: AP[/caption]

De los vertebrados, se perdieron los ejemplares de las exposiciones antiguas, pero la mayor parte del acervo científico logró salvarse. El fuego arrasó con casi todos los materiales y especímenes en exposición del edificio principal, incluyendo el archivo histórico, las colecciones entomológicas, antropológicas, de aracnología y crustáceos. El acervo de paleontología y mineralogía, se tenía la esperanza, podría ser parcialmente rescatado con un nuevo trabajo de excavación, esta vez en las ruinas del museo.

Los funcionarios y los periodistas celebraron el valor y la dedicación de todos los que llegaron corriendo a salvar bichos, microscopios, arañas, vasijas, piedras, costillas y cráneos. Quizá sea difícil entender que, para quienes pasan todos sus días dentro de un museo, la identidad se entremezcle con esas cosas. Las biografías profesionales y privadas, los odios, los amores, transcurren ahí adentro, tanto los propios como los de la posteridad, ya que los hijos aprenden a detestar o adorar esas inanimadas niñas de los ojos de sus pa-

dres. Por eso, más allá del discurso patrimonial, nada borraba la tristeza infinita surgida del “muy poco hemos podido hacer”. Y no había ducha que alcanzara para sacarse de encima el hollín, los restos de carbón y menos aún, ese miserable olor a incendio y destrucción. Esa noche, muchos perdieron la vida.

Porque el incendio también nos tiró en la cara que los materiales de la historia natural, los objetos de las disciplinas antropológicas y eso que se dio en llamar reliquias históricas, lejos de eternos, son particularmente inflamables. Un animal empajado, un pulpo en formol, un pájaro embalsamado, un canasto y todo el arte plumario del Amazonas tienen un valor incalculable para la investigación y para las compañías de seguros, pero, para el fuego, no son más que regueros por donde, encendida la chispa, avanza la demolición de cualquier ficción de futuro.

"El incendio también nos tiró en la cara que los materiales de la historia natural, los objetos de las disciplinas antropológicas y eso que se dio en llamar reliquias históricas, lejos de eternos, son particularmente inflamables".

Un museo, disculparán la herejía, va a contramano de la naturaleza, donde las cosas, es decir todo, desde los cadáveres de los animales y las personas, la madera de los muebles y los materiales de las casas, son devorados por las hormigas, los gusanos y las bacterias, barridos por el agua y arrastrados por el tiempo. Mantener un museo significa luchar contra los elementos, contra las polillas, contra la humedad que todo lo enmohece; implica juntar en un lugar lo que millones de años, las guerras, los saqueos o lo que fuera, se encargaron de sepultar, de dispersar, de fragmentar. Y sobre todas las cosas, invertir dinero en construcciones seguras, en sistemas que nos preserven de la conciencia de la corruptibilidad de los vivos y de los muertos.

No por nada, al visitar los edificios de las nuevas instalaciones americanas de inicios del siglo XX, los estudiosos de los museos celebraban —más que las colecciones— la iluminación, la ventilación, los dispositivos antincendio, las sustancias para evitar la podredumbre, el sistema de inventario y la cantidad de trabajadores dedicados a luchar contra la descomposición irremediable de la materia. Sin ellos, los museos corrían el riesgo de transformarse en magníficos osarios de pruebas asesinadas y de sucumbir, una vez más, al destino de polvo de la maldición bíblica que —lamentablemente— hoy ha adoptado la forma de cenizas.