Jueves 26.11.2020 - 07:09

El queridato

Este cuento y monólogo forma parte del espectáculo teatral Los habladores, escrito y puesto en escena
por David Olguín. Puede verse de manera presencial —en el Teatro El Milagro— o vía streaming;
hay funciones este fin de semana y durante el mes de noviembre. Con tonos fársicos y punzantes,
da cuenta en breves pero muy intensas líneas de la violencia, el abuso, el horror que, por desgracia,
ocupan el paisaje cotidiano de la realidad nacional. Todo ello potenciado por la fuerza dramática del texto.

Los habladores
Los habladores.Fuente: alternativateatral.com
Por:

...Casamiento del monte, así lo mientan y lo valida la tradición... a mí nada de que me esperas a tal hora y en tal lugar o que júyete conmigo y que comulgue tu voluntad, qué va, si yo hubiera podido escoger ni loca salía de casa porque yo siempre me lo decía siempre desde muy chiquita: donde comen chile, yo no voy, y menos con un señor necio y alebrestado... pero yo crecí sola con mi abuela y sin defensa y sin dinero y al muchacho aquel, que se las da de muy señor, me le atravesé en los ojos y por eso conmigo jue de órale y jálele y trépele y arrímese... queridato a la juerza, ley del monte, porque ya parece que yo me iba a juir con él, no, yo no me juyí, a mí me llevaron y para eso me chicoteó primero y luego a punta de puros gritos: mueve los pies, maltrecha, quién te va querer si sola eres y más que sola, y nomás no mato a tu abuela porque ni sangre tiene la viejilla para bendecir mi machete, chueca jedionda, jálele y me dio de porrazos y entre amenazas y recordatorios de madre y tiznadazos, no había empezado el queridato y yo ya estaba más maltrecha que antes de que me raptara y la muchacha que me habla por dentro me decía: mejor que te quede la cara más chueca de como ya la tienes, feíta, en una de esas ya no te le antojas porque el desgraciado virolo-virolete, antes de darte una caricia, ya te tiene como Cristo en la cruz... y sí, malhecha ya estaba y mi propia malquerencia ya lo había descubierto en el espejo hacía mucho, y la otra muchacha que me habla desde adentro también hacía resonar su voz: mira, feíta, me decía, pues éste que se cree tan señor, ¿para qué te quiere? si yo estoy como estoy, feíta, mejor dile que te deje vivir con tu abuela, y entonces yo se lo pedí, le hice ver que estaba toda ñenga y le dije que mirara mi rabadilla y que así tan escuálida no sería nada buena para la crianza pero qué va, después de oírme suplicar y rogar, el malcortado aquel me siguió insultando con que yo era fea, muy muy fea y que por eso me había estado viendo con insistencia y que nadie sino él había puesto sus ojos en mí y que debía estar agradecida y que en sus ojos estaba escrito el queridato y que en el monte quedaría impreso el destino con la verdad, pero aquellos ojos bizquillos y virolos eran juidizos porque los tenía como apuntando al cielo el uno y a la tierra el otro cuando yo estaba parada justo en el centro y cuando me zarandeaba como que los ojillos se le extraviaban todavía más, y por eso me le puse más en medio y cerca para mirarle la pupila pero no se la jallaba, entonces yo le dije a la otra que llevo dentro: como que éste es moneda falsa de peso muerto, y aun así le busqué los ojos para ver si en él anidaba algo de sinceridad, algo de bondad, y no, mala suerte la mía, pensé, y cuando ya me apercibí que el virolo aquel me tenía con la guardia más que baja para hacer conmigo lo que quisiera, mala cosa, me dije, que la ley del monte haya caido como un rayo sobre mí porque, cómo les digo, el muchacho aquel hablaba y como que la boca se le iba de lado y sus palabras eran dobles de lengua, de alma y de intención... y todo él, que era, no porque lo diga yo, más feo que sus acciones, sacó de su ayate una sábana porque dijo que muy a la juerza pero que habría demostración y testimonio del acto para que no dijeran otros que su pólvora estaba mojada o que se había cebado el cohete porque él era muy señor, pero yo no le veía de señor ni la traza, era un muchacho caguengue pero alebrestado porque cuando daba mandarriazos muy juertes, él me decía: si te diriges a mi persona, dime: señor, y yo le decía: lo que usted diga, mi señor, y siguió parlamentando que yo, al ver su juerza me quedaría muda, y que me daría contento y que para señores él porque de a una y rápido le cargaba a una mujer el futuro de un solo golpe y que aunque lo apodaran el Torcido ya había tenido dos hembras y que una le hacía piojito mientras la otra le sobaba los pies y que yo estaría con él más que contenta porque Torcido Torcido pero su vara era tan recta como el camino al cielo y que la sábana blanca daría testimonio, que la tela sería el apóstol de su hombría, algo así dijo y la muchacha que llevo adentro, desde el fondo de su miedo, se atrevió a preguntar, que qué quería decir con eso del apostolado, que no le entendía y que si era hombre de fe que la dejara ir, que para qué un queridato con alguien todavía tan tiernita y yo le seguí rogando con mil palabras de buche pronto, para lo que el Torcido aquel dijo que la sábana blanca quedaría colgada en el pinar porque aunque no era matrimonio sino acción a la juerza y que para hombre necio no había mujer honrada, el lienzo blanco quedaría como el de la Verónica para atestiguar por los siglos de los siglos si el empeño había valido o no, y siguió perorando sin parar como cura en templete, como agua de manantial y dale con que él ya se había echado a unas trescientas vírgenes y que muy queridato sin ley divina pero que en aquel monte quedaría el testimonio de mi sangre y que yo quedaría complacida, boquiabierta, pero yo empecé a sentir como que tocarme le daba miedo al dizque señor aquel pues no le paraba la boca, y él dale que dale con que era pacto y que me dejara, que me pusiera como mantequilla porque ya había pasado la ocasión en que una muchacha no había hecho todo a lo que él la forzaba y que en lugar de sábana había colgado su cabeza atada a la rama con una riata como chirimoya sangrante y que había arrojado el cuerpo a la barranca para nutrir a los zopilotes y decía más y más barbaridades tantas pero yo como que ya no le tenía miedo pues el Torcido aquel parlamentaba consigo mismo sin cumplir amenaza alguna, y así jue cuando la muchacha que llevo dentro me dio la señal para juirme y yo me eché a correr por la pendiente sin parar, como halcón en caída libre, y sólo voltié hasta que estaba en la punta del otro cerro y ahí, jadeante, echando mi alma entre pedazos de bofe y escupitina, vi al desgraciado aquel voltiar a donde creía que yo estaba y como que abrazó el aire, como que se trompicó, de seguro con sus propios pies tan chuecos y torcidos como su espíritu... porque boquió y se jue de bruces y ahí se quedó como que muy triste, sollozando más solo que alma en pena.

Sacó una sábana porque dijo que habría testimonio del acto para que no dijeran que su pólvora estaba mojada

DAVID OLGUÍN (Ciudad de México, 1963) es dramaturgo y director. Entre sus últimas obras —que él mismo ha puesto en escena— están La belleza (2015), México 68 (2018) y La exageración (2018). En 2010 recibió el Premio Juan Ruiz de Alarcón por el conjunto de su obra dramática.