¿Quién no recuerda? Farabeuf

¿Quién no recuerda? Farabeuf
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En 2002 se respiraba un oxígeno glorioso en todo el mundo. Habíamos sobrevivido a la horrible profecía del fin del mundo, por el famoso colapso del 2K. Las computadoras no estallaron. Es verdad que nos costó un año afianzar esa certidumbre, pero lo habíamos logrado y seguimos adelante. En Hermosillo, por el contrario, cuando la atmósfera de seguridad más o menos se replicaba, volvimos a caer en la paranoia. Por esos días aparecieron una serie de pintas que alimentaron la ansiedad. Las paredes de la capital sonorense estaban marcadas por un símbolo misterioso. Una y otra vez, los mismos cuatro trazos sin explicación (六 ). Casi nadie sabía el significado de un garabato pero se aducía su conexión con el mal y los Jinetes del Apocalipsis, como si estos hubieran llegado dos años tarde y necesitaran un poco de publicidad para su lento advenimiento. Digo casi nadie, porque yo sí reconocí, de inmediato, el pictograma: Liù (seis, en chino). Es el mismo que dibuja un personaje de Farabeuf de Salvador Elizondo en una ventana con el vaho de su propio aliento sobre un cristal que lo resguarda de la lluvia. Eso, por otra parte, no redujo mi desasosiego sino todo lo contrario, lo potencializó, porque en algún momento de mi vida esa novela me obsesionó de la misma manera —lo intuyo— que a toda una generación de lectores. Esos signos preocupantes en la pequeña ciudad-caldera en la que nací me llevaron de nuevo a la relectura del texto.

Volví a mi ejemplar publicado por el Fondo de Cultura Económica en la colección Lecturas Mexicanas que, por otro lado, tiene una de las portadas más desconcertantes que he visto en mi vida. Fondo negro, con una delgada línea roja, no uniforme, irregular, que representa, quizá no tan sutilmente, una incisión quirúrgica en la piel. Confirmé el ideograma en sus páginas. Alguien, desde el anonimato, estaba rayando un mensaje críptico en las paredes de Hermosillo. ¿Un asesino serial influenciado por Elizondo? Esperé lo peor. Piernas o brazos recortados, como en el libro. Ya imaginaba los encabezados de los diarios locales: “El Asesino de Farabeuf, el Desmembrador del Sol, ataca de nuevo”. Me sumergí de nuevo en la angustia, caí aún más profundamente en el horror y decidí actuar.

Rastreé todas las marcas y abajo de ellas escribí con aerosol la pregunta esencial del libro: “¿Recuerdas?”. No sabía muy bien qué podía significar mi propia pregunta, pero estaba claro que el sujeto-asesino-anónimo se enteraría de que alguien más había leído la crónica del instante y hablaba su mismo lenguaje melancólico.

Hice rondines durante días para ver si me había respondido y al final lo atrapé con las manos en la masa. No era, afortunadamente, ningún asesino, sino un amigo mío casi tan flaco como el hidalgo don Quijote, que estaba pegando con resistol una estrella de mar sobre la pregunta que días antes le había hecho. Nos sentimos ridículos, porque yo pensaba que dialogaba con un asesino serial y él, pobre, con su exnovia; al momento de responderme pensó (creyendo que le respondía a ella) que la recuperaría con el ritual elizondesco.

Esa pequeña anécdota bien puede establecer mi relación con el libro: extraña, alucinante y aparatosa. Pero también puedo decir que Farabeuf cimbró mi perspectiva de la literatura mexicana y universal. Ese tratado-objeto sobre la memoria provocó un cortocircuito en todo lo que había leído hasta entonces sobre historias que contuvieran dos amantes. La relación que dibuja es casi tan rara como la de mi amigo casi tan flaco como el hidalgo don Quijote tratando de recuperar al amor de su vida con un mensaje que bien se conecta con el hexagrama del I Ching, como con un sujeto al que suplician con el castigo del Leng-Tch’e. Lo que no previó mi amigo casi tan flaco como el hidalgo don Quijote es que su relación se había amputado, como hiciera el viejo doctor Farabeuf con los cuerpos sobre su mesa de operaciones, de una vez por todas y para siempre.

La imagen de una pareja corriendo en la playa, esa estampa tan empalagosa, está franqueada por las mutilaciones del doctor antes mencionado y la fotografía (popularizada por Bataille) de un hombre al que le aplican la muerte por los mil cortes. Y todo gira en torno a estos tres escenarios, en tan sólo nueve capítulos, en los que se edificará la narración como si se tratara de una serie de tiradas en el Libro de las Mutaciones, el I Ching. Hacer la reseña de una novela que se resiste al tiempo es una necedad. La genialidad de Elizondo me voló la cabeza. Y lo sigue haciendo. La arquitectura de la novela es atípica y sobresaliente para su tiempo, a pesar de que el autor forma parte de la Generación de Medio Siglo, un grupo de escritores magnetizados por la experimentación, el misterio y la libertad estética: Inés Arredondo, Amparo Dávila, Juan García Ponce, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Julieta Campos, nomás por mencionar algunos nombres publicados en esta misma colección. ¿Quién no recuerda sus libros?

Tentado por la fascinación de la memoria, le escribo un mensaje de Whatsapp a mi amigo casi tan flaco como el hidalgo don Quijote. Le envío sólo el ideograma Liù. Espero su respuesta. ¿Recordará?