Sin chelas no hay paraíso

Sin chelas no hay paraíso
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Un fantasma recorre México: es la ausencia de cerveza.

No sé a ustedes, pero a mí la 40teen me está volviendo más alcohólico.

Cuando se desataron las compras de pánico de papel higiénico, conservé la calma. No alarm and no surprises, me dije. Si se me acaba el rollo siempre puedo recurrir al universalmente conocido lavado de cazuela. Es decir: a tallarme la dona en la regadera después de cada evacuación.

Cuando nos asoló la guerra por el gel también me mantuve indoloro. Como esa madre no sirve como lubricante anal, no es mi bisnes. Pero ahora que la cerveza ha comenzado a escasear es la primera vez en la vida que me siento tentado a bajar la palanca de emergencia del metro.

Así como el virus se aproxima más a mi entorno, de China a Europa, de Europa a Ciudad Godínez y de Ciudad Godínez a Monclova, de la misma forma, la falta de chela ha comenzado a convertirse en una amenaza real.

Cuando anunciaron que detendrían la producción de cheve en el país nadie se imaginó que agotáramos las reservas. Si lo pensamos bien, era una tarea difícil de llevar a cabo. Pero el tiempo nos ha demostrado que somos una nación de borrachos. Ya hasta tuvimos uno de presidente.

La alarma comenzó a llegar en forma de memes. Luego se esparcieron rumores de que la cerveza se empezaba a vender más cara. Entonces cundió la noticia de que la chela se había terminado en Nuevo León y Tamaulipas. Y después la tragedia llegó hasta la capital: Ciudad Godínez también comenzó a padecer la sequía. Ni en ninguno de los cinco tomos de cuentos completos de Philip K. Dick se había vaticinado que esto ocurriría.

"He corrido histérico a comprar reservas para una semana. Lo cual es por completo un error".

Tuve la suerte de que lo más crudo de la 40teen me agarrara en La Laguna. Me dedico a la escritura. Lo cual es sinónimo de alcohólico. Casi siempre estoy en cuarentena. El estado de las cosas en realidad no es distinto para mí. Pero como dijo el ñoño de Fernando Savater, basta que a uno le prohíban salir para que lo ataque a uno el deseo de estar en la calle. Pese a que paso muchas horas en solitud, la 40teen ha operado un cambio en mí. He comenzado a beber más.

Vivir en el norte tiene sus ventajas. Pero también sus inconvenientes. Como las altas temperaturas, por ejemplo. Quien haya visitado Hermosillo, Mexicali o Ciudad Victoria sabrá que la única manera de combatir el calor es mitigarlo con cerveza. Sin cuarentena mi consumo, del mes de mayo a finales de junio, es de seis cervezas diarias, sin contar pedas de buró, carnes asadas y visitas a la cantina. Pero estos tiempos de pandemia se ha elevado a diez. Sin esas diez latas de medio litro, es decir, sin cinco litros, no puedo sobrellevar el encierro.

Y por supuesto que empiezo a sentir miedo. A que nos sumemos a las ciudades en que la búsqueda de la cerveza sea más importante que la batalla por el agua en Mad Max. Y he corrido histérico a comprar reservas para una semana. Lo cual es por completo un error. Es sabido que para un borracho, entre más alcohol tenga almacenado más va a consumir. Entonces regreso al Seven Eleven antes de lo previsto. Entro con el culo en la mano. Pero apenas veo los refrigeradores retacados de latas y botellas me regresa el espíritu al cuerpo.

No puedo evitar pensar en otras ciudades del país como Mérida. Este año han alcanzado los 40 grados. Y les impusieron la ley seca. Es un crimen. Mientras esto ocurre, los camiones de la Coca-Cola continúan repartiendo. Con o sin Covid. Según los conspiranoicos es imposible que el stock durara tan poquito. Que la cerveza es el nuevo guachicol. Que la Soriana ejerce presión en el sediento para vender las horribles torres de cerveza Martens. La realidad es que las teorías topan con pared: según el Gobierno Federal nos están restringiendo la chela para protegernos de nosotros mismos. Si no puedes hacer fiestas no hay contagios. Y sin chelas no hay paraíso. Quién quiere hacer una pary sin cheve.

Cada segundo que pasa, la probabilidad de que la cerveza se esfume en este rancho se incrementa a la velocidad de la luz. Así que en cuanto termine de escribir estas líneas voy a comprarme dotación para un mes. Es mejor morir de cirrosis que de aburrimiento. Pero si no encuentro estoy listo para renunciar a la existencia. Yo lo único que sé es que sin chela no quiero vivir. Ya llévame, Covid. Al infierno. Estoy seguro de que allá sí hay cerveza bien helada.