Textos desconocidos

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MANUEL ACUÑA, EL INSUMISO

Situar a Manuel Acuña en su época, rodearlo de sus contemporáneos y analizar su poesía buscando sus influencias y sus modelos, es la mejor manera de rendirle justicia. Así podemos comprenderlo y estimarlo. Indudablemente, esta celebración de su primer centenario contará con acertados comentaristas de su vida y de su obra.

Sin embargo, nos parece que esta situación del poeta dentro de su tiempo nos escamotea algo capital: el valor que puede tener para nosotros, actualmente, esa poesía tan difícil de abordar en nuestros días. ¿La poesía de Acuña encierra alguna enseñanza para nosotros? Ésta es la pregunta que nos gustaría contestar.

Acostumbrados a rechazar esa poesía, y sin que nos ayuden a estimarla los juicios fáciles de la crítica habitual en los manuales de literatura, la lectura de Acuña encierra una novedad de experimento. El autor de estas líneas se apresura a decir que hasta hace unos días se contaba en el número de los que leyeron el “Nocturno”, en los días cálidos de la adolescencia, aprendiéndolo de memoria y colmando sus estrofas de amoroso sentimiento, pero que desconocían la obra completa del romántico mexicano.

Realmente, el marco de un siglo parece desmesurado para este poeta muerto a los veinticuatro años, cuyo suicidio parece sellar simbólicamente la vigencia de una poesía carente de autocrítica, de contención. Arrebatado violentamente por el raudal de su inspiración, Acuña parece incapaz de la labor ulterior que purifica y perfecciona los poemas. Nos lo imaginamos siempre en traza de iluminado, de poseído, y lo que más nos sorprende es el hecho de que no haya encontrado las fuerzas necesarias para seguir viviendo en ese manantial impetuoso de su propia poesía. En la negrura general que envuelve sus obras, brotan a veces claridades poderosas, cantos de vida y esperanza que se nos aparecen trágicamente ineficaces. Como si su fe en la ciencia, en la cultura y en los hombres fuera igual a su fe ardiente y pasajera en el amor. Y como si sus grandes ademanes románticos fueran solamente ampulosos gestos exteriores, sin una voz profunda que les diera autenticidad.

Su muerte, la suma de sus contradicciones, se nos aparece insoluble. Tal vez quiso llenar de sentido, instantáneamente, la totalidad de sus versos; como si su muerte pudiera de pronto alojarse en ellos y justificar todas sus exageraciones. Por eso tal vez nos complace asociar la escena del suicidio con la redacción del “Nocturno”, y la emoción con que leemos siempre sus estrofas aladas y llorosas tiene siempre un matiz de despedida final, como si el poeta empuñara la pistola inmediatamente después de abandonar la pluma. Y realmente, aunque lo haya escrito mucho antes, la muerte de Acuña señorea la inspiración de esos versos, porque un suicida no se hace de golpe, sino que ensaya y modela repetidas veces su acercarse a la muerte.

En ese momento trágico, Acuña expresa su desaliento, su inconsciente falta de fe en su propia poesía. Porque él, que soñaba con la gloria, que la cantó repetidamente y que la veía indudable y cercana, no habría atentado contra su vida si hubiera hallado en esa poesía el apoyo esencial que le faltaba.

Al comparar la capacidad creadora de este poeta con la medida y la calidad de su obra, surge una gran desigualdad. Perdido por su propia facilidad, ante todos los caminos que se ofrecían a su inspiración, Acuña parece optar siempre por el más inclinado, por aquel a que lo empujaba la corriente de las ideas, de las imágenes más seguras y cotidianas, ceñido siempre por el juego de las rimas y las cadencias. Y la grandeza intrínseca de los temas que manejaba (el amor, la muerte, la fatalidad, las injusticias sociales) daba inmediatamente a los versos del joven estudiante de medicina un perfil tan fuerte y generalizado, que su labor personal era incapaz de modificarlo en forma decisiva.

Dominado por sus temas, por sus admiraciones, por la ciencia y la filosofía, se balancea como una hoja en el aire, y su vuelo caprichoso dibuja el torbellino accidental que pertenecía a su época agitada, sin que él fuera capaz de imprimir un giro individual siquiera a su caída. Muchas veces, muchísimas, roza la poesía verdadera, pero lo hace sin darse cuenta y como al pasar, sin comprender que en ese momento podía torcer la dirección y dar una grandeza inesperada a sus creaciones. Volviendo otra vez al prosaísmo, después del supremo instante involuntario, Acuña corta las alas a su poema y lo encaja en el molde previsto y circunstancial. Sus ideas sociales, reflejo de un noble y justo afán de reivindicaciones, no hallan generalmente para expresarse sino las frases de candente puerilidad con que trata de rescatar del fango, por ejemplo, a la ramera.

"Víctima de su perfección prematura, Acuña parecía condenado a repetirse, a seguir siendo el fácil poeta de todas las circunstancias de su vida".

Y el cadáver que sobre la mesa del anfiteatro, anónimo y miserable, recibe las frías miradas con que el poeta lo disecciona, parece quedar entero, individual, indestructible, a pesar de las grandes y solemnes frases con que Acuña lo envía al laboratorio vivo de la naturaleza para que continúe el ciclo de las transformaciones.

Ese poema, que debiera consolarnos, puesto que iba dirigido a la edificación y trataba de dar un nuevo sentido a la muerte, sacándola del ámbito teológico, fracasa y queda frío como una estampa. Una estampa de hospital en la que el sensible filósofo no logra hallar la piedad o la ternura.

Los cantos y las odas, dirigidos a la ciencia o a los personajes que Acuña admiraba, no alcanzan a revestir su escepticismo. Al luchar contra las ideas tradicionales que ardientemente despreciaba, el poeta no encuentra en su nueva fe la fuerza para defenderse contra su pesimismo. Ni en sus rasgos más optimistas se arrebata verdaderamente. Porque si confiesa reiteradamente que vive para una nueva religión y para un nuevo dios, su muerte nos descubre que esa religión y ese dios no habían logrado penetrar verdaderamente en su corazón.

Insumiso para con el tiempo que le tocó vivir, Acuña debió tropezar frecuentemente con los demás y con sus propios afectos. Tal vez su vago panteísmo, su fe en la vida que sin cesar se renueva, podría dar otro sentido a su suicidio. Pero lo que sabemos acerca de las circunstancias de su muerte parece indicarnos que dio fin a sus días reducido, acorralado por mezquinos accidentes adversos.

La obra de Acuña, más que de una antología, debía ser objeto de un florilegio, de una recolección de fragmentos, muchas veces de versos aislados, donde la poesía resplandece de pronto con brillo auténtico, despojada de los pesados ropajes de una retórica consecuente con todas las debilidades de su época. Al leer ahora todas las poesías de Acuña, surge el deseo de hacerle ese homenaje, de intentar una exposición de sus hallazgos para revelar, debajo de la fronda espesa de su pujante romanticismo, esas ramas puras y fuertes que la sostienen y le aseguran su lozanía.

Pero esa labor debe acometerla cada lector según su gusto y su criterio. Y para ella, cómo se echa de menos la existencia de una buena edición de obras completas que nos permita, en este centenario de Acuña, conocer su obra con integridad y pureza, para espigar entre ella todo lo que guarda de legítima belleza.

Es inútil pensar en el destino ulterior de Manuel Acuña, en caso de que hubiera llegado a la madurez. En vez de parecer un poeta incipiente, malogrado, su figura alcanza en el cuadro del romanticismo mexicano una grandeza casi excepcional. Difícilmente puede aceptarse que la madurez vital implicara en él una perfección diferente a la de sus juveniles poemas; por lo contrario, se piensa más bien que Acuña sólo habría aumentado la extensión de su obra, sin ganar en profundidad y haciendo aún más difícil la tarea de encontrar sus verdaderos aciertos de poeta. Víctima de su perfección prematura, Acuña parecía condenado a repetirse, a seguir siendo el fácil poeta de todas las circunstancias de su vida, el fecundo floricultor que habría llenado con sus guirnaldas frágiles las últimas arcadas de nuestro siglo diecinueve.

Decididos a encontrar, finalmente, la lección que contiene para nosotros la obra y la vida de Acuña, creemos que es ésta: todo impulso que llega al exterior, inmediatamente, sin pasar por la puerta severa del rigor crítico, está condenado a perecer. Después del iluminado, del inspirado Acuña, hacía falta el otro, el Acuña despierto y lúcido, que entrara otra vez a sus poemas, como a una selva virgen, dispuesto a desramar, a desbrozar, a seleccionar flores y frutos. Su obra es, ante todo, la obra de un gran inconsciente, de un dormido que nos trasmitiera todas las incoherencias, las imperfecciones de sus sueños. El origen, su trance, era legítimo: en él se oían las voces eternas y acordadas de la poesía. Pero Acuña las confundía muchas veces con la voz grande y hueca de la retórica que le llegaba desde lejos, acarreada por un empalme secular de poetas mediocres, y que engañaba sus oídos adolescentes, apresurando con sus clichés fáciles, y adaptables a todas las circunstancias, la creación de poemas que merecían un destino mejor.

Pero Manuel Acuña, este gran poeta inmediato, nos ha dado también, con su muerte, otra lección. Si no fue capaz de someter su voz desmesurada, pudo, por lo contrario, silenciarla con la muerte. Tal vez su suicidio pueda entenderse como una tremenda voluntad de autocrítica. Insumiso a las leyes ulteriores del poema, no trató de evolucionar, de buscar formas nuevas. Abatido y sin fe, no creyó en su gloria de poeta. Negó el valor de su obra, cegando el manantial que la producía.

 

UN GRAN LIBRO SOBRE GOETHE

Pocas veces resulta un homenaje tan adecuado a su objeto como el que la UNESCO acaba de rendir a Goethe en ocasión del segundo centenario de su nacimiento.

Un grupo de escritores, poetas y filósofos de renombre internacional, convocado por Jaime Torres Bodet, ha escrito un libro hermoso y múltiple que se coloca inmediatamente entre los mejores que se hayan escrito acerca del autor del Fausto [Goethe, textos de homenaje, varios autores, editado en México por Gráfica Panamericana].

[caption id="attachment_802631" align="alignright" width="340"] Eugène Delacroix: Retrato de Goethe (detalle) para la edición de Fausto, Charles Motte, París, 1828. Fuente: ngv.vic.gov.au[/caption]

En la carta-prólogo (carta que fue enviada por el director de la UNESCO a cada uno de los autores), Torres Bodet manifiesta la voluntad del organismo que preside, definiendo el propósito original de la UNESCO: acercar a los pueblos de la Tierra en torno a una de las más grandes figuras de la cultura universal. Desde Goethe, como desde un centro radiante, puede contemplarse otra vez el panorama del mundo, reunido y armonioso, tal como el poeta alemán lo contemplaba, a despecho de las crisis de su tiempo. El hecho mismo de que Goethe haya sido un alemán, da una nueva importancia a este libro, porque sus colaboradores rozan a veces el problema moderno de Alemania, pero desde una altura que impide cualquier resentimiento nacionalista. Ciudadano de Europa, ciudadano del mundo, Goethe, profundamente germano, supo alzarse sobre su propia nacionalidad y juzgar hasta a los enemigos de su país con serenidad grandiosa. Ahora, bellamente, hombres como Jaroslaw Iwaszkiewicz, representante de la sacrificada Polonia, y Leopold Sedar Senghor, africano cautivo en un campo de concentración, rinden su homenaje cordial y aspiran con Goethe a un nueva integración moral de Europa y del mundo. [...]

Cada autor se asoma al “inmenso mundo goethiano”, a ese panorama vital que todo lo contenía, ciencia, arte y filosofía, astros reunidos bajo la disciplina solar de su numen poético. Es asombroso ver cómo va cayendo sobre Goethe un título sobre otro, cómo se le va definiendo en cada ensayo: político, naturalista, filósofo, místico, humanista... Como si a él correspondieran, milagrosamente, todas las denominaciones inventadas para calificar el desempeño de un hombre dentro de la cultura universal.

Tal vez nunca ha tomado la cultura humana una forma tan personal como en Goethe. Y tal vez nunca se halló un hombre tan lejos de la cultura llamada enciclopédica. Si Goethe se nutrió en los libros, a partir de sus lecturas infantiles del Antiguo Testamento, supo hacerlo como si los libros fueran también objetos y creaciones de la naturaleza. Leía los libros como contemplaba paisajes, como observaba a los hombres, a los animales y a las plantas en torno. Su revisión de la cultura humana es una de las más apasionadas y deslumbrantes que se hayan hecho. Pudo ver los siglos en movimiento, le fue dado advertir el ritmo del crecimiento humano y la secreta marea del pensamiento, tal como observaba el desarrollo de las plantas y el ciclo de los fenómenos naturales. ¡Naturaleza, naturaleza! ¿Cuándo ha sonado esta palabra como en labios de Goethe? Trascendido hasta la última fibra de su ser, Goethe es el panteísta activo, el transitado, el cauce de los efluvios universales, el resonador de las más secretas armonías, el arpa eolia capaz de traducir el mensaje de todos los vientos.

¡Qué lejos parece hallarse de las librerías y de las bibliotecas este conocedor nunca saciado, este hombre resplandeciente que pedía más luz en los umbrales de la muerte! Y es que todo se animaba en su corazón, desde la remota alegoría del Génesis hasta la estrofa popular recogida en los labios del campesino alemán. Nada era indiferente para este coleccionista de sensaciones, de rasgos humanos y de humildes hojas de hierba.

"Todo se animaba en su corazón, desde la remota alegoría del Génesis hasta la estrofa popular recogida en los labios del campesino alemán. Nada era indiferente para este coleccionista de sensaciones, de rasgos humanos".

La enorme tarea que lo embriagaba, su entrega profunda a lo humano en general, es lo que explica sus frecuentes, bruscas huidas del dolor ajeno, personal. Hölderlin, el ángel desquiciado, arrebatado en su dulce locura, y Mickievicz, el ardiente polaco, pasaron junto a él casi como sombras, y sólo detuvieron un instante su mirada, su dolor fraterno. Goethe se alejó de ellos para volver a mirar su espectáculo predilecto: la gran alegría y el gran dolor del mundo. Del mismo modo se apartó de la mujer que alumbraba un hijo suyo. El dolor de la parturienta era demasiado concreto, demasiado individual, y lo distraía de su contemplación total. Esta paradoja debe ser aclarada, porque es la única explicación perfecta del egoísmo personal de Goethe, que miraba casi con indiferencia el sufrimiento aislado, pero que se hallaba unido, dolorosamente, al gran sufrimiento de la humanidad, que lo apresaba y llegaba hasta él por el camino de su carne expuesta y doliente. Su actitud respecto a Eckermann parece expresar esta misma condición de su alma. Eckermann, “ese honrado trabajador de las letras alemanas” parece trágicamente empequeñecido en su papel de amanuense, de taquígrafo. Parece no tomado en cuenta como hombre: valientemente se acercó a sabiendas al genio de Goethe, con su pequeña estatura, a registrar para nosotros, minuciosamente, las ocurrencias cotidianas del supremo, y supo arrancarle muchas veces, con hermosa ingenuidad, algunos de sus secretos trascendentales.

No es pues, Goethe, el tema para un solo hombre. No hay biógrafo que sea capaz de abarcarlo, de reducir sus contradicciones, de deshacer su complejidad en una docena de elementos. Por eso, el libro promovido por la UNESCO, que ahora se edita en español, tiene el gran valor que le hemos señalado. No es la tentativa individual, sino un conjunto de aclaraciones diversas, de exámenes particulares, [que] concurren como legiones al asalto seccional de una ciudad fortificada.

Taha Hussein Bey, por ejemplo, sigue el camino de Goethe en su ruta hacia el Oriente, trayecto que va desde la Biblia hasta los poetas árabes y persas, y que culmina en la maravillosa apropiación de las formas de la lírica oriental en las estrofas del Diván [de Oriente y Occidente]. Nunca se apartó ya, desde su primera juventud, del mágico hechizo del Oriente, y cantó sus amores en gacelas, escritas al modo de Hafiz. Y se puso un bello nombre oriental y bautizó a su amada con el nombre de Zuleija. Consagró la reunión del Occidente y el Oriente, por primera vez, con versos que probaban, en su forma y en su espíritu, la realidad de esa unión feliz e irrompible.

[caption id="attachment_802632" align="alignleft" width="366"] En el programa de televisión Sábados con Saldaña, 1973.[/caption]

Entre los más cordiales ensayos de este libro sobre Goethe figura el de Leopold Sedar Senghor, intelectual negro de habla francesa, que narra la odisea ardiente de sus compatriotas, que buscaron, como al través de una selva, desorientados por las halagadoras teorías de León Frobenius, la esencia del alma negra en la negritud, a la cual querían volver otra vez, desdeñando altivamente la cultura europea. Sedar Senghor, en el campo de concentración, prisionero de alemanes, releía los libros del gran alemán que lo devolvían otra vez, a él y a todos los suyos, al seno de la humanidad, después del grandioso fracaso de las teorías raciales alemanas. [...]

Stephen Spender define a Goethe como “el último príncipe de los poetas” y señala la aristocracia de su espíritu, concreción final de ese género de poetas, capaces de resumir en su vida y en su obra toda una época literaria. J. C. Burckhardt, en un profundo estudio sobre Goethe y la idea de justicia, se acerca a las más secretas fuentes del hombre Fausto, que lleva junto a sí a Mefistófeles, no como un demonio creador, sino como un espíritu negativo, que va limitando y empequeñeciendo el enorme afán del hombre que llevó su albedrío más allá de los límites humanos, para caer otra vez, salvándose, a su estricta dependencia de los poderes eternos.

Thomas Mann estudia el Werther, F. S. C. Northrop habla de Goethe y de los factores creadores en la cultura contemporánea; Jules Romains se aplica a descubrir el secreto de Goethe; Gabriela Mistral escribe un hermosísimo poema, “Recado terrestre”, con su trémula voz de americana unida al mundo, con esa voz predilecta con que dirige sus mensajes a los hombres de hoy para recordarles, con enérgica ternura, la olvidada palabra del amor y la humana concordia. Don Alfonso Reyes da otra vez cuenta de su sabiduría en “Notas sobre Goethe”.

Imposible, insatisfactoria como toda referencia a Goethe, una nota sobre el libro de su homenaje tiene que quedar forzosamente incompleta. Cada uno de los autores reunidos por Jaime Torres Bodet justificaría un comentario particular y extenso. Tal vez la mejor descripción del libro se halla en las palabras con que el intelectual mexicano se dirige a los colaboradores de este homenaje a Goethe, ese hombre que define como ninguno los propósitos originales de la UNESCO, tentativa de unión internacional por medio del conocimiento del hombre, en cada una de sus expresiones más altas y universales.

 

LA UTOPÍA CORDIAL DE VÍCTOR HUGO

En la barandilla trasera del último carro, tan hecha para decir discursos, puede verse a Víctor Hugo que despide con él a toda una época. Lejos de las plataformas del Terror, él representa la ternura, que brota furiosamente en la tierra francesa, abonada de sangre y de huesos. Víctor Hugo está allí para resumir la historia humana en infatigables alejandrinos, y para pedir perdón por tantas atrocidades. Se ve que quiere estar bien derecho y guardar la compostura y los recios ademanes que le prescribe su arenga. Pero

a cada momento pierde el equilibrio y se cae de lo majestuoso, tartamudea conmovido y va dando traspiés por los lugares comunes de la filosofía humanitaria. El amor y la piedad lo han embriagado como un vino de alta graduación, que él bebe generosamente a la salud de todos, los malos y los buenos, los puros y los corrompidos.

De su tribunal de anchas puertas todos salieron absueltos. Quiso matar la mosca de la maldad sin estropear la frente del malvado. Y una noche por lo menos, la del estreno de Hernani, pudo mover a todos los hombres con el motor de su corazón. Soñó realmente con eso: con regir al mundo mediante la armonía de sus infalibles y automáticos versos. ¿Y por qué no? Todo un pueblo debía caminar derecho, llevando a Víctor Hugo como generador acoplado.

[caption id="attachment_802633" align="alignright" width="335"] Alphonse Legros: Retrato de Victor Hugo. Acuarela, siglo XIX. Fuente: Harvard Art Museums[/caption]

Pero los hombres no son como Víctor Hugo los piensa. Imposible contar con Marion de Lorme y con Jean Valjean, a cada paso, sur commande. Después de un buen rato de lectura, Víctor Hugo se nos cae de las manos pecadoras, incapaces de sostenerlo hasta el final en la demostración de esa humanidad posible, regida por la ternura. Nos sentimos como un hijo apretado en los brazos de una madre demasiado maternal, y acabamos por gritar: “¡Suéltame, Víctor Hugo, porque me estoy asfixiando!”.

Miserable condición humana, que no ha podido aprenderse de memoria “La oración por todos”. Como un Valjean irredento, el hombre sigue robando los cubiertos de plata del obispo. Ruy Blas no basta para justificar a los lacayos, y se queda solo, aislado y heroico. Las prostitutas siguen por la calle, extraviándose, a pesar de que el papá Hugo las llama al reformatorio de sus grandes libros. De vez en cuando, un eminente escritor francés se levanta al final de un banquete solemne y dice emocionado: “Señoras y señores, ¡Víctor Hugo es el más grande poeta de Francia!”. Las adhesiones, primero escasas y vacilantes, se propagan en el auditorio y la ovación estalla finalmente, y se cierra como una nueva corona en la frente del poeta. Muy bien. Pero no era eso únicamente lo que Víctor Hugo quería.

En cada página de sus libros, novela, teatro o poesía, hay un molde abierto para que cada alma caiga en él y se acomode en su lecho blando, estricto y armonioso. Nada falta en su catálogo de caracteres. Hombres, mujeres y niños, mediana o excesivamente pillos, pueden hallar el ejemplo, la norma que les conviene. “¡Pasen, señores, pasen a ver lo que sucede con la mujerzuela, el diantre y el avaro. Pasen a ver al buen bandido de la espada vengadora. Pasen a ver los siglos, uno tras otro, con su Adán, su Eva y su Calígula. Vengan todos a aprender en esta escuela de renglones alineados; vengan todos a este final grandioso, en que la melodía universal suena orquestada en magníficos crescendos sucesivos!”. Pero allí se ha quedado Víctor Hugo con su inmensa guardarropía, y nadie quiere ponerse el saco que le viene a la medida.

“Soy un hombre que piensa en otra cosa”, dijo Víctor Hugo. Y, claro, pensó en todos nosotros. En lo que somos y en lo que debemos ser. En la feria del mundo instaló su espléndida barraca, que vale casi todo. A la puerta de esa barraca está el anciano prodigio, y el que entra allí bien puede privarse de todo lo demás. Pocos quieren entrar en la gran tienda de Víctor Hugo, que se ha echado a la humanidad entera en su bolsa de marsupial. El espectáculo que allí se ve es en realidad impresionante, pero un poco aburrido. Va uno de hombre en hombre, de página en página, como de espejo en espejo. Se encuentra uno con toda la familia, desde el abuelo cavernícola, hasta el nietecito que va saltando a la cuerda mientras repite su lección escolar: “Solamente existe lo que perciben mis sentidos”.

"De Víctor Hugo nos han quedado muchas imágenes, en serio y en broma, Estatuas y caricaturas, todas destinadas a inmortalizarlo".

Y claro, todos prefieren ver a la humanidad fuera de la carpa, donde los alambristas dan pasos realmente falsos y donde las bolas se le caen al malabarista que comete un error. Contra una certeza posible, cada hombre prefiere jugar su carta azarosa. Todos huyen del apólogo, que con su final a la Víctor Hugo parece arrebatarnos la última sorpresa que atribuimos a nuestro propio destino.

A Víctor Hugo le fue dada la gracia de intuir casi todos los humanos destinos. En la amplitud de su espíritu cupieron holgadamente las más violentas antítesis. Puesto a vivir en una realidad sin cesar cambiante, nada le turbaba ni sorprendía. De un repertorio prácticamente infinito sacaba sus deslumbrantes respuestas de prestidigitador que le devolvían siempre su lugar de caudillo. [...]

DE VÍCTOR HUGO nos han quedado muchas imágenes, en serio y en broma, todas destinadas a inmortalizarlo. Estatuas y caricaturas, anécdotas reales y falsas nos lo representan siempre consagrado y genial. Glorificado en vida, él mismo fue su primer monumento ambulante. Traduciendo cada frase suya en un ladrillo, se levanta de su obra una catedral tan grande como Nuestra Señora de París.

De todas las imágenes que lo definen, prefiero la que dije antes. Veo y saludo a Víctor Hugo en la barandilla del último vagón de su tren romántico, curva como el borde de una tribuna. Allí está diciendo, al despedirse, su discurso inacabable. El tren es inmenso como las alcantarillas de París, y va repleto de Revolución Francesa, de leyenda de los siglos, de pensadores, de políticos, de funámbulos, de hombres de blanco y de Bulevar del Crimen, de Lamartine y su meditación lacustre, del pálido Musset con su Lucía y de buen pueblo francés que comprende, aplaude y perdona a su gran poeta, que sigue hablando y hablando, sin darse cuenta que el tren salió hace mucho de la estación y que nadie le oye, nadie, porque la humanidad pone una oreja sorda a su llamado en pro de la concordia universal.

Fuentes

“Acuña, el insumiso”, México en la Cultura, núm. 29, 21 de agosto, 1949, p. 3; “Un gran libro sobre Goethe”, México en la Cultura, núm. 30, 28 de agosto, 1949, p. 7; “La utopía cordial de Víctor Hugo”, México en la Cultura, núm. 159, 24 de febrero, 1952, pp. 1-2.