Miércoles 20.01.2021 - 11:30

Tierra Oceana

Tierra Oceana
Por:

¡Ve, ve, Gabriel, con tus alas de pez, métete a la tierra oceana!

Daniel Danis

A fines de marzo me escribió Boris Schoemann, director del Teatro La Capilla, para invitarme a un proyecto que tenía en mente desde hacía varios años: llevar a escena la obra Tierra Oceana del escritor canadiense Daniel Danis. En su correo me decía: “Busco un actor que no sea actor: un poeta o cuentista para invitarlo a una obra que quiero montar este año... Y me encantaría que fuera usted. Ya sé que no es su especialidad y mi propuesta puede resultarle extraña pero estoy cada vez más convencido de que no es un actor lo que necesito sino alguien con su sensibilidad y sentido del humor mezclado con temas graves”. Por supuesto, la invitación a actuar me pareció muy extraña.

Como no sé decir que no y porque soy muy amable, le pedí a Boris que me enviara el texto y fijamos una fecha para platicar. Fui con la intención de negarme con dos argumentos que serían, según creí, irrefutables: mi memoria está mermada y viajo con mucha frecuencia. Nos vimos en La Capilla. Allí estaban él y los otros dos actores del elenco, Antón Araiza y Emmanuel Lapin, para que entre los cuatro le diéramos una lectura a la obra. (La primera que le di en solitario me resultó fascinante). Su estrategia funcionó: pensé que primero conversaríamos al respecto y no que empezaríamos con esa lectura compartida como si ya hubiera aceptado formar parte de la puesta. Al finalizar  pude dar mis razones para rechazar el ofrecimiento, que fueron rotundamente rebatidas: en vez de memorizar podría leer y si en alguna ocasión faltaba, el mismo Boris me supliría. Ya sin argumentos, bien hubiera podido decir  no porque no y salir huyendo del lugar, pero la lectura fue tan placentera que me convenció. Esa noche no pude dormir bien: había aceptado ser clavadista sin saber nadar.

Lo que sí sabía era que para montar una obra hay que ensayar, y mucho, aunque no tuviera que memorizar unos parlamentos, no sólo largos, sino muy complejos. Y también tenía una duda que me daba vueltas en la cabeza: ¿me aceptarían como colega dos profesionales de la actuación, Antón y Emmanuel? Hace ya un tiempo (consignado en esta columna) una poeta me reclamó escribir sobre una discusión que solamente se tendría que ventilar en el gremio y no con intrusos no poetas. Jajajá. En ningún momento me sentí incómodo: tanto el director como los actores me aceptaron de buena manera y fueron muy tolerantes con mis muchos fallos. A través de estos meses, les agradezco todo lo que me han enseñado.

"De manera extraña no me he sentido nervioso en ninguna de las cuatro funciones que he dado".

Tierra Oceana es un oxímoron muy atinado de Danis: ¿dónde está la muerte? La obra es una novela dicha que habla sobre los últimos meses de vida de un niño de diez años que tiene un cáncer terminal y que, luego de casi toda la vida de no verlo, regresa a la casa de su padre adoptivo. Me toca interpretar varios papeles: soy el tío Dave —un chamán que tiene la sensibilidad de aligerar el tránsito final del niño, aunque sus procedimientos sean poco ortodoxos, como darle drogas. Y también interpreto a un narrador, a la enfermera del chico, a una perra y a la madre adoptiva. Basta. No cuento más para que se les antoje verla o leerla.

Pensé que la escena se me impondría, pero de manera extraña no me he sentido nervioso en ninguna de las cuatro funciones que he dado hasta el momento de redactar esta nota, a pesar de algunos accidentes que podrían haberme hecho perder la concentración: en una de las funciones olvidé ponerme los lentes para ver de cerca y con tranquilidad fui por ellos, como si fuera parte del montaje. En el estreno, justo cuando debía empezar la obra, empezó a sonar música de un celular cuyo dueño tardó en darse cuenta y apagarlo. Ese mismo día se fue la luz en toda la zona. Al principio no supimos qué hacer. El público sacó sus teléfonos para alumbrar la escena. Continuamos como si nada hasta que se reanudó la energía eléctrica.

Tierra Oceana se presenta todos los domingos a las 18 horas en la Sala Novo de La Capilla (Madrid 13, Coyoacán).