Jueves 3.12.2020 - 16:49

¿Tuiteratura?

¿Tuiteratura?
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Desde el fondo de su nido en la hendidura del muro, el escorpión se divierte con la historia tuitera del madrileño Manuel Bartual, quien desarrolló una ficción breve, en supuesto tiempo real, con el relato muy cortazariano de sus vacaciones veraniegas. La trama era intrigante y despertaba la curiosidad, pues involucraba el hallazgo de un doble del narrador (el recurso literario multicitado y multiutilizado del doppelgänger) aparecido inopinadamente en el tranquilo pueblo costeño donde Manuel descansaba tomando el sol en la playa (http://storify.com/ManuelBartual/todo-esta-bien59a2f9051c2d8a7e840286d7).

El arácnido también ha leído varios de estos experimentos narrativos desarrollados en Twitter por autores mexicanos (los de Alberto Chimal, por ejemplo), donde incluso se involucra a los espectadores asistentes al encuentro así como a quienes se pueden conectar en línea. Igualmente ha leído otros con mayores pretensiones poéticas o literarias.

El asunto del relato de Bartual destaca porque se volvió viral y su cuenta de Twitter escaló rápidamente hasta cerca del medio millón de seguidores. El relato se fue complementando con fotografías de los escenarios y hechos narrados, y aun con videos del desarrollo de la acción.

Sumado a todo lo anterior, el alacrán apenas pudo repasar algunos de los ciento de tuits enviados por otros tuiteros, donde se desarrollaban hipótesis sobre la historia, narraciones paralelas, soluciones inesperadas a la trama, trasuntos de otros personajes y, en fin, una narrativa múltiple casi a partir de una ocurrencia y con repercusiones inusitadas a los largo de seis días (del 22 al 27 de agosto).

El tema tampoco es nuevo. Desde la aparición de los blogs y luego del microblogging ha proliferado el ejercicio de esta “literatura hiperbreve”, dice al respecto Marcos Martínez en su blog de curiosidades literarias. Es una

literatura mínima (si cabe el término) para ser leída mediante teléfonos inteligentes en cualquier cafetería o parque, e incluso en el transporte público, y en tan sólo media hora.

Tampoco son nuevos los “odiadores” de este tipo de prácticas, quienes las descalifican ácidamente como ejercicios simplones ajenos a la verdadera literatura (con mayúsculas), de la cual sin duda se sienten los representantes. Más allá de la pedantería de los poseedores del verdadero arte literario (y del galano arte de leer), al venenoso no deja de parecerle gracioso este cultivado odio hacia lo novedoso, tan propio del conservadurismo, como si Joyce o Proust fueran traicionados por estos practicantes de una narrativa directa y de entretenimiento.

Ante ello, el escorpión sólo propone no temerle a las novedades tecnológicas y a sus posibles repercusiones, sino procesarlas, utilizarlas y masticarlas hasta agotar su sabor de novedad. C