Un amor de T.S. Eliot en la posteridad

Un amor de T.S. Eliot en la posteridad
Por:

El lunes 13 de octubre de 2019, Don C. Skemer se hizo cargo de cortar los flejes de metal que durante cincuenta años sellaron doce cajas con las 1,133 cartas ensobretadas que Emily Hale recibió de T. S. Eliot entre 1930 y 1956. De los 72 años de edad de Skemer, casi treinta los ha pasado en el Departamento Libros Raros y Colecciones Especiales de la Universidad de Princeton. Estudió historia en Queens College y en Brown, biblioteconomía en Columbia, y paciencia aplicada rodeado por todas partes de anaqueles y libreros. Llegó a Princeton al inicio de los novecientos noventa, para hacerse cargo de las 750 colecciones que albergaba entonces la universidad.

El domingo 12 de octubre de 2019, Emily Hale cumplió cincuenta años de muerta, el plazo que ella misma estipuló en noviembre de 1956 con el entonces bibliotecario de Princeton, William S. Dix, para que se abrieran a la consulta pública las cartas de Eliot. Si al cabo de años de pastelillos y cervezas el mayor poeta del siglo XX la podía hacer a un lado, al contraer matrimonio con su asistente, ella misma se podía encargar de transferir el caso al jurado de la posteridad al poner la prueba documental sobre la mesa. Desde entonces la colección recibió la clasificación CO686.

Entre mediados de octubre y finales de diciembre de 2019, el profesor Skemer y los suyos ordenaron el millar y pico de cartas del autor de La canción de amor de J. Alfred Prufrock y las tuvieron listas para los investigadores que, en número de seis, solicitaron leerlas el jueves 2 de enero de 2020. Entre ellos, el profesor Skemer reconoció a la profesora Lyndall Gordon, autora de T. S. Eliot. An Imperfect Life, pero al parecer no llegó ninguno de los tres escritores que alguna vez ensayaron novelar la vida de Eliot: Martha Cooley (The Archivist, 1998), Stephen Carroll (A World of Other People, 2013) y Sara Fitzgerald (The Poet’s Girl. A Novel of Emily Hale & T. S. Eliot, 2020).

Emily Hale enteró a Eliot de su decisión de depositar sus cartas en la Universidad de Princeton en la primavera de 1956. La dimensión del desconcierto de Eliot se alcanza a apreciar en los párrafos que cuatro años después redactó para sus albaceas, con la instrucción de publicarlos el día en que se levantara el embargo sobre esta correspondencia, tal y como sucedió a principios de 2020. En todo caso Eliot no le volvió a escribir a Emily Hale después de 1956, y en 1963, según la profesora Gordon, el poeta puso las cartas de ella en manos de Peter de Sautoy, colega en la editorial Faber and Faber, con la clara instrucción de destruirlas.

Al estudiar la colección CO686, el profesor Skemer encontró que Emily Hale se interesó en depositar la correspondencia de Eliot en la Universidad de Princeton gracias a los oficios de Willard y Margaret Thorp, buenos amigos de ella. Él era profesor de literatura en esa universidad, donde en 1942 fundó lo que a la postre se conocería como American Studies Program, y siempre respaldó los empeños de la biblioteca por adquirir archivos literarios. Se habló del asunto desde el inicio de los novecientos cuarenta con el propio director de la biblioteca. Más adelante, Emily Hale nombró como “albacea de mis deseos” al profesor Thorp, cuenta Skemer, a quien primero instruyó reservar el material durante veinticinco años. Thorp se encargó de los trámites con el bibliotecario Dix, recién llegado al puesto, y con el curador de manuscritos, Alexander P. Clark. Por último, el 17 de noviembre de 1956, Emily Hale expresó su deseo de reconsiderar el lapso de la restricción por los cincuenta años posteriores a la muerte de Eliot o de ella, y el 12 de diciembre el donativo ingresó al Departamento Libros Raros y Colecciones Especiales.

Todas las cartas de amor son iguales, me dijo una vez Luis Cardoza y Ara-gón. Desde luego, aunque no sé si ya lo recordé en otra parte. Para desentonar ahí están las excepciones, como las de James Joyce a Nora Barnacle. Pero si llegara a faltar información sobre el tipo de relación que construyó Eliot con Emily Hale, este millar de cartas al menos arrojará novedades sobre su luminoso oficio de poeta y crítico, o bien sobre sus trabajos y días grises, sobre la vida y miserias de una revista como The Criterion, o incluso sobre la hora que les tocó a ambos tratar de vivir antes de que el tiempo muriera en sus brazos. Esto no llegará pronto. Pero quienes vivieron para ver el final del embargo han de vivir también para leer a este otro Eliot.

 

Declaración de T. S. Eliot sobre la apertura de las cartas de Emily Hale

1.  INSTRUCCIONES  A  MIS ALBACEAS  TESTAMENTARIOS RELATIVAS  AL  SOBRE CONTENIDO EN  LA  PRESENTE

La señorita Emily Hale, originaria de Massachussetts, obsequió a la biblioteca de la Universidad de Princeton las cartas que le escribí entre 1932 y 1947; es posible que unas cuantas sean de poco antes; cualquiera de las escritas tras la muerte de mi primera esposa son tan distintas en sentimiento que tal vez ella no las incluyera. Me enteré que agregó, o que prepara para agregar, una suerte de comentario suyo. Por tanto me parece necesario dejar por escrito mi propia descripción de los antecedentes de esta correspondencia y mi actitud presente hacia la misma.

Deseo que mi declaración se haga pública tan pronto se hagan públicas las cartas a la señorita Hale. (Un poco más adelante aclaro a lo que me refiero por el término “hacer públicas”.) Esto no deberá ser sino hasta cincuenta años después de mi muerte. Pero se puede hacer una gran publicidad sin publicar (de manera impresa); y no estoy seguro de que la privacidad absoluta se preserve hasta esa fecha; y si las propias cartas, o cualquiera de ellas, o cualquier fragmento o cita de ellas, o el “comentario” de la señorita Hale, se dieran a conocer antes de ese tiempo, o si se filtrara que antes de esa fecha una o varias personas han tenido o tuvieron acceso a cualquiera de las cartas, entonces mi deseo es que la declaración aquí contenida se haga pública al mismo tiempo.

En el caso de que la Universidad de Princeton mantenga sin abrir mis cartas (como debería hacerlo) hasta cincuenta años después de mi muerte, una vez que mis albaceas también estén muertos, sugiero que [a mi muerte] el sobre cerrado que aquí se incluye lo entregue mi esposa al Bibliotecario a cargo de la “Eliot Collection” de mi obra y de otros asuntos relacionados conmigo en la Universidad de Harvard. (Esta colección en la actualidad está albergada en la Houghton Library de la Universidad de Harvard). Éste se le deberá entregar a él, con el mandato estricto de que se deberá abrir y hacer público cincuenta años después de mi muerte, o cuando antes de esa fecha se haga pública la colección de cartas a la señorita Hale en la Universidad de Princeton. Si esta última colección llegara a hacerse pública en cualquiera de las formas señaladas antes, en ese caso la carta aquí incluida deberá hacerse pública de la misma manera. Si la autoridad de Harvard o las autoridades a cargo de la “Eliot Collection” y de este sobre cerrado llegaran a saber que alguna o varias personas tuvieron acceso a las cartas en la Universidad de Princeton, teniendo o no la intención de usarlas en alguna parte de una obra escrita o no, o a cualquiera de esas car-

tas o a cualquier parte de cualquier carta, es mi deseo que se abra este sobre cerrado y que su contenido se dé a conocer públicamente.

25 de noviembre de 1960

T. S. Eliot

[caption id="attachment_1087503" align="alignnone" width="696"] Eliot con Emily Hale en Dorset, Vermont, verano de 1946. Fuente: Princeton University Library[/caption]

2. “UN  HOMBRE  DIVIDIDO”

Me es doloroso tener que escribir las siguientes líneas. No puedo concebir el redactar mi autobiografía. Me parece que los que sí lo pueden hacer son quienes han llevado meramente vidas públicas y externas, o aquellos que con éxito pueden ocultar para sí lo que prefieren no saber de ellos mismos; acaso haya unas cuantas personas que puedan escribir sobre ellas mismas porque son intachables e inocentes en verdad. En mi experiencia, hay mucho para lo que es imposible encontrar palabras, incluso en los términos de una confesión; mucho de lo que proviene de la debilidad, la indecisión y la timidez, del mezquino egoísmo más que de la propensión al mal o a la crueldad, del error más que de la hostilidad. Seré tan conciso como pueda.

En el desarrollo de mi correspondencia con Emily Hale, entre 1932 y 1947, me gustaba pensar que mis cartas se conservarían y publicarían cincuenta años después de que hubiéramos muerto. Pero me llevé una fea sorpresa cuando ella me informó que le entregaba las cartas a la Universidad de Princeton estando vivos, de hecho, en el año de 1956. Dio este paso, es cierto, antes de saber que yo me iba a casar. Sin embargo, me pareció que disponer de las cartas de esa forma, en ese momento, arrojaba cierta luz sobre el tipo de interés que ella tenía, o que llegó a tener, en estas cartas. Los papeles de Aspern en sentido inverso.

Me enamoré de Emily Hale en 1912, cuando yo estaba en la Escuela de Graduados de Harvard. Antes de partir a Alemania e Inglaterra, en 1914, le dije que la amaba. No tengo motivos para creer, por el modo en el que se recibió esta declaración, que mis sentimientos fueran correspondidos, en el grado que fuera. Cruzamos unas cuantas cartas, sobre una base meramente amistosa, mientras estuve en Oxford durante 1914-15.

Explicar mi repentino matrimonio con Vivianne Haigh-Wood requeriría una buena cantidad de palabras y sin embargo es probable que la explicación permaneciera ininteligible. Yo, como lo llegué a creer un año después, seguía enamorado de la señorita Hale. Sin embargo, no lo puedo afirmar con alguna certeza; acaso sólo se tratara de mi reacción ante la miseria con Vivianne y del deseo de regresar a una situación previa. Para mi edad, era muy inmaduro, muy tímido, muy inexperto. Y tenía una duda insistente, la cual no podía ocultarme del todo, sobre la profesión elegida, la de profesor de filosofía en una universidad. Me había pasado tres años en la Escuela de Graduados de Harvard, a costa de mi padre, preparándome para obtener mi doctorado en filosofía, después del cual debería hallar trabajo en algún colegio o universidad. Pero mi corazón no estaba en este estudio, y tampoco tenía ninguna confianza en mi capacidad para destacar en esta profesión. Debía seguir con el anhelo de escribir poesía. Durante tres años sólo había escrito un fragmento, que era malo (conservado, por desgracia, en Harvard). Luego, en 1914 Conrad Aiken le mostró Prufrock a Ezra Pound. Mi encuentro con Pound cambió mi vida. Lo entusiasmaron mis poemas y me hizo tales elogios y me animó tanto que desde entonces ya no tengo esperanzas de más. En Inglaterra, incluso en la época de la guerra, fui más feliz de lo que lo fui en Estados Unidos: Pound me instó a que permaneciera en Inglaterra y a que otra vez escribiera poesía. Yo creo que todo lo que quería con Vivienne era un flirteo o un amorío de media intensidad: yo era demasiado tímido e inexperto para lograr eso con quien fuera. Me parece que me llegué a hacer a la idea de que estaba enamorado de ella tan sólo por querer quemar mis naves y comprometerme a permanecer en Inglaterra. Y ella se hizo a la idea (también bajo la influencia de Pound) de que se encargaría de salvar al poeta al retenerlo en Inglaterra. Para ella, el matrimonio no trajo alegría: los últimos siete años de su vida los pasó en una casa de salud mental. Para mí trajo el estado de ánimo del que surgió La tierra baldía. Y el matrimonio me salvó de casarme con Emily Hale.

[caption id="attachment_1087502" align="alignnone" width="696"] Addenda en la carta original de Eliot: "Esto se escribió el 25 de noviembre de 1960, pero la última página fue ligeramente modificada, y vuelta a copiar, el 30 de septiembre de 1963. [Escrito a mano:] Las cartas que me mandó Emily Hale las destruyó un colega a mi solicitud. T. S. Eliot". Fuente: blogs.harvard.edu[/caption]

Emily Hale habría matado al poeta en mí; Vivienne por poco me mata a mí, pero mantuvo vivo al poeta. En retrospectiva, la espantosa agonía de mis diecisiete años con Vivienne me parece preferible a la opaca miseria del mediocre profesor de filosofía que habría sido la alternativa.

Durante años fui un hombre dividido (tal y como fui, de otra forma, un hombre dividido en los años 1911-1915). En 1932 fui nombrado profesor de poesía en la cátedra Charles Eliot Norton en Harvard por un año; y hasta la madre de Vivienne estuvo de acuerdo en que no era buena idea que Vivianne fuera conmigo a Estados Unidos. Vi a Emily Hale en California (donde daba clases en un colegio femenino) a principios de 1933, y la vi de vez en vez en el verano, creo que a partir de 1934, pues ella siempre alcanzaba a su tía y a su tío quienes cada verano rentaban una casa en Chipping Campden.

A la muerte de Vivienne, en el invierno de 1947, de pronto me di cuenta de que no amaba a Emily Hale. Poco a poco comprendí que sólo estaba enamorado de un recuerdo, del recuerdo de la experiencia de haber estado enamorado de ella en mi juventud. De haber conocido a cualquier otra mujer de la que me hubiera podido enamorar, durante los años en los que Vivienne y yo estuvimos juntos, eso habría sucedido sin ninguna duda. De 1947 en adelante comprendí lo poco en común que teníamos Emily Hale y yo. Ya me había dado cuenta de que no era una amante de la poesía, ciertamente que no estaba muy interesada en mi poesía; ya me había preocupado lo que para mí era prueba de insensibilidad y mal gusto. Tal vez sea muy temerario pensar que lo que le agradaba era mi reputación, más que mi trabajo. Me pudo haber amado según su capacidad para amar; sin embargo, pienso que la opinión de su tío (su tío político, un buen viejo, aunque perdido) le importaba más que la mía. (Ella estaba orgullosa de su tío John pero no se llevaba muy bien con su tía Edith). Nunca la pude hacer entender que no estaba bien que ella, unitaria, asistiera a una iglesia anglicana: el hecho de que a mí me impresionara el que lo hiciera la tenía sin cuidado. No puedo evitar la idea de que si en verdad me hubiera amado habría respetado, si no mi teología, al menos sí mis sentimientos. Adoptaba la misma actitud con respecto a la visión cristiana y católica del divorcio.

Al llegar a este punto debo mencionar que nunca, en ningún momento, tuve relaciones sexuales con Emily Hale. Mientras Vivienne vivía logré engañarme a mí mismo. El enfrentar toda la verdad sobre mis sentimientos hacia Emily Hale, tras la muerte de Vivienne, fue un impacto del que sólo me recuperé lentamente. Pero llegué a ver que mi amor por Emily era el amor de un espectro por otro espectro, y que las cartas que le había escrito eran las cartas de un alucinado, un hombre que trataba en vano de fingir para sí que era el mismo que había sido en 1914.

Un error aun mayor habría sido casarme con Emily y no con Vivienne Haigh-Wood. Puedo imaginar el tipo de hombre con el que cada una se debió casar: diferentes entre sí, pero también diferentes a mí. Sólo en los últimos años he sabido lo que era amar a una mujer que en verdad me ama, desinteresada y sinceramente. Me resulta difícil creer que haya existido o que vuelva a existir alguien como Valerie; no puedo creer que alguna vez existiera una mujer con la que me pudiera sentir tan completamente al unísono como con Valerie. El mundo, como nunca antes lo conocí, ha sido bueno con mi amada esposa Valerie. A los 68 años, el mundo se transformó para mí y Valerie me transformó.

Descansemos todos en paz.

T. S. Eliot

Fuente: tseliot.com, 2 de enero, 2020.

Fuente: tseliot.com, 2 de enero, 2020.