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Fuente: oxfordtreatment.com

Hay un elefante en la República y se llama heroína. A pesar de que se ha registrado un alza considerable en el consumo de esa sustancia en los últimos años, no hay inciativa gubernamental para atender este problema galopante, de tintes epidémicos. Tampoco ha atraído la atención mediática que merece.

No obstante, el abuso de esta sustancia sólo refleja el aspecto sintomático o superficial de un trasfondo mucho más complejo, donde predomina el dolor emocional de quienes no encuentran otra manera de saciar un vacío insondable. Con el fin de hablar de este asunto, contacté a la doctora Martha Romero (antropóloga, psicóloga clínica e investigadora en el Instituto Nacional de Psiquiatría, INP), quien lleva cuatro años entrevistando a usuarios de heroína, tanto en cárceles como en clínicas clandestinas (por cuestiones de seguridad). A continuación, lo que platicamos una mañana en las inmediaciones del INP.

¿A qué atribuye el alza en el consumo de heroína en México?

La producción de heroína en el mundo tuvo varias limitantes. La guerra de Estados Unidos en Afganistán mermó la capacidad de este productor de heroína por excelencia y la demanda se enfocó en México —que reúne los factores geográficos y medioambientales para su cultivo—, por lo que se volvió más accesible.

También, Estados Unidos reforzó el control sobre los opiáceos y opioides, ocasionando que la gente enganchada a los derivados de esos medicamentos recurriera al consumo de heroína. Siempre ha habido usuarios en la frontera norte del país. Ahora los hay en casi todos los estados, al menos eso reportan en internet las estadísticas de tratamiento de Centros de Integración Juvenil.

Es decir, hay usuarios que demandan tratamiento. Llama la atención que, según las teorías de las adicciones, los usuarios tienen una carrera delictiva: comienzan con el alcohol, el tabaco, pasan a la mariguana y luego a la cocaína. Pero la realidad es otra: para 80 por ciento de los usuarios que he entrevistado, la droga de primer y único uso es la heroína, lo cual es preocupante porque causa una adicción muy severa, por los costos para conseguirla y los daños que causa a lo largo de los años, con síndromes de abstinencia muy severos, a los que llaman la malilla. No se pueden curar, sólo consumir más heroína o metadona, el medicamento que usan en algunas clínicas. Pero si no pueden conseguir ni una ni otra, lo que hacen es robar.

“Los jóvenes son muy vulnerables. Muchos están solos porque los padres migraron y las madres están en el trabajo. Encuentran pocas redes de apoyo social y son un blanco fácil.

¿Cuál población es más vulnerable?

Toda. De Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Michoacán. Gente pobre que trabaja en el campo, artesanos, comerciantes. Son un blanco fácil para la oferta y la demanda y tienen pocos recursos de tratamiento. Otro segmento vulnerable son las mujeres oaxaqueñas, las que menos llegan a tomar un tratamiento y no se dejan entrevistar fácilmente. Muchas de ellas son sexoservidoras. También están los turistas que comenzaron su consumo en otros países y vienen para continuarlo. Su perfil es distinto: tienen más educación, son dueños de negocios.

También los jóvenes son muy vulnerables. Muchos están solos porque los padres migraron y las madres están en el trabajo. Encuentran pocas redes de apoyo social y son un blanco fácil para vender o consumir.

En realidad todos son vulnerables, debido a una soledad profunda. Si hay tanta disponibilidad, la pregunta es por qué no todo el mundo consume. Que la heroína esté disponible induce el consumo de quien tiene una necesidad emocional y la quiere llenar de esa manera. Eso lo aprendí de un dealer que entrevisté: me dijo que mientras uno tenga a alguien que lo escuche, que llene ese vacío, no necesita consumir ninguna sustancia. Pero cuando la soledad es abrumadora, la sustancia tiene efectos muy placenteros. Todos los entrevistados mencionan que cualquier dolor emocional o físico desaparece.

Creo que la vulnerabilidad no radica en el género, en que seas joven, viejo, profesionista o intelectual, sino en las cuestiones emocionales que están detrás y de abandonos muy significativos; indiferencia de la familia, abandonos —digamos— no intencionales, porque la pobreza hace que las familias se dividan por cuestiones de sobrevivencia.

Muchas veces no hay un maltrato físico, sino un simple no existes para mí, para la familia, para el entorno; las escuelas no los quieren, las redes de apoyo social les son inaccesibles. También hay mucho estigma y prejuicio; de modo que es como una puerta giratoria: el consumidor se siente estigmatizado y por lo tanto consume más. Se aíslan y siempre hay alguien del narco ávido de captarlos como consumidores o vendedores.

¿Cómo viven los consumidores dentro de la prisión?

Es una desgracia completa. Las personas que he entrevistado aceptan que han cometido delitos menores, pero ninguno, hasta donde sé, ha matado… Roban por la desesperación de consumir y porque no hay tratamiento disponible. En la cárcel meten en un cuarto a cuarenta usuarios en abstinencia, lo que implica vómitos, diarreas, dolor, una ansiedad que no se calma con nada; algunos sufren taquicardias y paros respiratorios, pueden morir sin la debida atención. Pero como la sustancia está disponible en la prisión, se vuelven a drogar.

Si bien quienes van a prisión pierden ciertos derechos, la salud no debe ser uno de ellos. Pueden usar algún sustituto de la heroína, como la metadona, para no pasarla tan mal en la cárcel. Entiendo las dificultades de manejar un medicamento regulado como la metadona, que puede ser una droga de abuso; si la prescriben mal, el paciente puede volverse adicto o morir. Hay que capacitar al personal de salud para el uso adecuado y, eventualmente, poner un servicio médico en las prisiones y los centros de readaptación social del país. Se vale soñar: me gustaría que los médicos capacitaran a los convictos, porque hay gente muy generosa en las prisiones que quisiera capacitarse. Por el bien de toda la población.

Fuente: thesun.ie
Fuente: thesun.ie

¿Cómo cambió tu percepción sobre los usuarios de heroína en estos cuatro años de entrevistarlos?

En un principio tenía muchos prejuicios, los imaginaba como en las películas: rudos, agresivos, salvajes. En cambio, me encontré con comerciantes, amas de casa, profesionistas, investigadores, artesanos, médicos, enfermeros, estudiantes de medicina. Todos empezaron a consumir por ese vacío que menciono, aunque algunos por mera curiosidad, pensando que le podían ganar a la sustancia.

La mayoría puede consumir de uno a cinco años y seguir sus actividades cotidianas sin ningún efecto mayor, pero como se trata de heroína la adicción aumenta. Si al principio se inyectan una o dos veces al día, al final son diez o veinte veces al día, con lo que implica en gasto y daño físico, porque las venas se deterioran, sufren abscesos, flebitis, y pueden tardar más de cuatro horas para encontrar un punto donde inyectarse.

Todos los usuarios relatan el cansancio de vivir así, despertar y pensar que tienen que inyectarse, buscar cómo costear el consumo, conseguir la jeringa… Claro que les cuesta, porque si llevan diez años consumiendo no van a rehabilitarse en un día. El tratamiento es exitoso, pero algunos usuarios padecen trastornos psiquiátricos graves que surgen una vez que ya no pueden consumir heroína.

Una diferencia me llama mucho la atención: que los usuarios que vienen de los estados del sur a las clínicas conservan los vínculos familiares. Sus familias son solidarias, entienden de otro modo la adicción y los acompañan durante el tratamiento. En cambio, en la ciudad son jóvenes, brillantes, profesionistas, pero llegan solos y de la familia no vemos  ni sus luces.

¿Cuál es el nivel económico de la gente que llega a las clínicas clandestinas?

Llegan personas de todos los estratos sociales. La ventaja del tratamiento es que el costo del medicamento incluye las consultas médicas y la clínica asume la responsabilidad. Esta cuestión, me parece, implica una solidaridad enorme, y la mayoría de los pacientes responden de manera muy positiva a la confianza que se deposita en ellos.

¿Hay una negación institucional?

No creo que sea una negación, más bien un problema de seguridad. Por ejemplo, había una clínica en Oaxaca y mataron a la médica. Los Centros de Integración Juvenil, que reciben dinero del gobierno y la iniciativa privada, poseen otras clínicas, en Puebla, Guerrero, Ciudad Juárez, Mexicali. Funcionan muy bien. El mayor impedimento es la inseguridad por la que atraviesa el país.

“Si bien quienes van a prisión pierden ciertos derechos, la salud no debe ser uno de ellos. Pueden usar algún sustituto de la heroína, como la metadona, para no pasarla tan mal en la cárcel”.

En ese punto, una persona interviene en la charla:

Disculpen la interrupción, hablo como la madre de un adicto y tengo que decir que muchas personas no pueden acceder a los Centros de Integración Juvenil porque el mínimo a pagar son cien pesos diarios. ¿Cómo es posible que estén cobrando eso?

Martha Romero: Acá les cobran 120 pesos diarios por el medicamento. El problema es que éste debe pasar por un montón de regulaciones de la Cofepris. Revisan los libros y el uso debido del medicamento, el registro de los pacientes; la clínica debe pagarle a una persona responsable del manejo del medicamento, al médico y la seguridad. En esta clínica del INP, por ejemplo, hay pacientes que pagan veinte pesos y otros que pagan tres mil, según los estudios socioeconómicos. En lo personal, pienso que no puede ser gratuito porque la gente no valora las cosas regaladas y las personas que usan sustancias gastan mucho más dinero. Un gramo de heroína cuesta alrededor de 350 pesos y pueden consumir tres o cuatro gramos al día. ¿Su hijo es usuario de heroína?

Madre: Sí, es consumidor de heroína y otras sustancias.

Martha: Muchas gracias por compartirlo, porque eso da más validez a lo que digo. Es un problema que está creciendo muchísimo en México y del cual se habla poco. No es cuestión de que las familias sean las responsables de todo, a veces son las experiencias propias, la vida misma. Por desgracia las adicciones requieren de equipos multidisciplinarios, porque se puede lograr la abstinencia, pero eso no quiere decir que el problema esté resuelto: hay que sanar la emoción que está detrás, que los lleva a consumir.

¿Cuáles han sido los aprendizajes de tus años en la clínica?

Son muchos. Entre ellos el de un usuario de Tierra Caliente, un chico muy brillante, músico. Ha consumido a lo largo de diez años. Me contó que en su pueblo empezaron a decapitar a los usuarios para evitar que creciera el consumo en la región. Que era una vida llena de vergüenza. Cuando alguien reconoce el mal que hizo sé que no se trata de un sociópata. En este caso, el paciente logró rehabilitarse, ahora estudia medicina y lo que quiere es dedicarse a curar a sus hermanos los heroínos.

Él estuvo en prisión. Como era el único que sabía inyectar, se ofrecía para inyectar a los demás reos. La heroína les costaba diez pesos. Se inyectaban en la ingle, lo cual es muy peligroso porque puede ocasionarles un paro cardiaco. Es una mezcla de emociones terribles, pero habría que rescatar que hay una gran solidaridad entre ellos, y yo creo que la solidaridad entre la gente más necesitada es la más valiosa, ya que es un acto de amor. Él, por ejemplo, podría abrir un negocio, pero prefirió ayudar a quienes considera sus hermanos. No digo que los usuarios sean gente fácil, pero encuentro en ellos muchos actos de solidaridad. Por qué no habríamos de hacer nuestro mejor esfuerzo para rehabilitarlos y quitarles el dolor.

¿Cómo se involucró con los usuarios de heroína?

Todo empezó con las prácticas de riesgo que acostumbraban los usuarios, relativas al contagio de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual: todos relataron que en los momentos más álgidos de su adicción compartieron jeringas.

¿Alguna sugerencia a quienes busquen rehabilitarse?

Claro. Hay centros que dependen de CENSIDA, como la Clínica Condesa en la Ciudad de México, donde la gente puede acudir para hacerse exámenes gratuitos de VIH, hepatitis y cualquier infección de transmisión sexual. Es importante recalcar que hoy nadie se muere de VIH porque los antirretrovirales son gratuitos y cuando los toman dejan de contagiar y tienen menos probabilidades de morir.

La adicción en sí es un problema severo, pero si además le agregamos hepatitis y VIH, el cuadro se complica muchísimo. En México hace falta tratamiento, es preferible ofrecerlo y evitar que gente tan valiosa como la que he entrevistado haya muerto por falta de tratamiento, información o seguridad. Espero equivocarme y que no sea una epidemia, pero así empezó en Estados Unidos.

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