Martes 24.11.2020 - 06:42

Cada vez que pienso en ti, un pájaro se estrella contra alguna de mis ventanas

Cada vez que pienso en ti, un pájaro se estrella contra alguna de mis ventanas
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Durante un tiempo siempre que alguien me pedía que le recomendara un libro me amenazaba: pero que se consiga. Esto porque hace más de una década a la hora de dilerear una lectura yo en automático contestaba: El cazador de tatuajes. Esta estupenda novela que leí en su versión de Joaquín Mortiz en 2003 demolió lo poco que restaba demoler en mí. De inmediato me convertí al nuevo culto. La cofradía Juvenal Acosta.

La novela circuló por las manos de todos mis compas. Hasta que un amigo se la prestó a un travesti y jamás la volvimos a ver. Meses después compré Terciopelo violento. Pero había aprendido la lección. El ejemplar no salió de mi casa. Todavía lo conservo. Sigue en mi biblioteca.

La hora ciega, que junto a las dos arriba mencionadas conforman la trilogía Vidas menores, nunca se publicó. Los primeros dos títulos se volvieron inconseguibles. Eran bastante codiciados. Un aura de legendarios se había cernido sobre ellos. Son a la literatura lo que al cine Santo vs. las mujeres vampiro.

He perdido muchos libros en el camino, la mayoría me han valido madre. Pero El cazador de tatuajes me dolió. Y un chingo. Lo busqué incansablemente por librerías de viejo. Nunca me lo topé. Era comprensible. Quién sería tan tonto para desprenderse de semejante novelón. También revisé los libreros de mis amigos y las bibliotecas, para chingármelo. Y nada. El acto de mi amigo había sido un disparate. ¿Qué travesti es lector de Juvenal Acosta? Pues sí que había uno. Al que fui a buscar a una estética pero nunca encontré. Al que perseguí por los antros gays de mi ciudad sin éxito.

Este año Tusquets ha remasterizado la trilogía completa para agasajo de los fans de Acosta. Juvenal es un autor único dentro de nuestra tradición. Es el eslabón perdido entre Se está haciendo tarde y Broadway Express. Uno de los tantos reproches que se merece nuestro mundo editorial es el tiempo que están fuera de circulación algunos de los títulos más portentosos que han confeccionado nuestra literatura. Por fin la injusticia se ha resarcido. Ya no será necesario corretear más travestis para recuperar los títulos de Juvenal.

Con una prosa impregnada de malditismo, la trilogía narra el nacimiento, ascensión y caída de un don Juan: Julián Cáceres. Un conquistador aficionado a las emociones fuertes que le confiere una femme fatale. Un road trip que va de la Ciudad de México a San Francisco a Nueva Orleans. Qué pinches Cincuenta sombras de Grey ni qué nada. La aventura sexual por excelencia de los últimos treinta años es la emprendida por Julián Cáceres, una pesquisa que lo conduce a mirarle el rostro a la muerte. Pero como el deseo se resiste a su sino, lucha para continuar en el oficio más irrenunciable del entresiglo: el hedonismo canalla.

[caption id="attachment_642801" align="alignleft" width="201"] La trilogía de Juvenal es un monumento a la picaresca. Julián Cáceres es ante todo un filosofo de los placeres.[/caption]

Con un estilo fuera de serie, nada del clásico empalagamiento de la literatura erótica, Julián tiende puentes con otras tradiciones. Juan Rulfo meets Leopold von Sacher-Masoch meets Jim Jarmusch. Más que una novela, El cazador de tatuajes es un accidente de auto. Internarse en sus páginas es similar a ver una carambola de coches con cuerpos repartidos en la carretera y miembros colgando de los espejos retrovisores. Terciopelo violento es como un paseo a pelo sobre una yegua malcriada. Una cabalgata sobre el sudor de un equino muerto. Y La hora ciega es el choque frontal con la poesía que tanto inunda las quinientas páginas que conforman esta cantata noir.

La trilogía de Juvenal es un monumento a la picaresca. Julián Cáceres es ante todo un filosofo de los placeres. Y recorre su vida como un Simplicíssimus que sabe todo sobre el vino tinto. Y detrás de todo este trasfondo de vampirismo y aterciopelado acechan los colmillos de la vida prestos a dar el tarascazo. Revelando la fragilidad de las almas y de los cuerpos. Con un ritmo envidiable. Si algo produce la lectura de Juvenal es adicción. El cazador de tatuajes es una novela que apenas terminas deseas volver a leer. La velocidad y la cadencia de algunos de sus pasajes recuerda a Henry Miller.

Erotómano, libre pensador y sibarita, Julián Cáceres es uno de los mejores personajes que ha inventado ese Frankenstein llamado literatura mexicana. Qué bueno que está de regreso. “Cada vez que pienso en ti un pájaro se estrella contra alguna de mis ventanas.” Así es como funciona la mente de un fanático del mal signo.