Yo soy el Mandrake

Yo soy el Mandrake
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Los hombres consagrados al mal tenemos virtudes viriles. Doy y recibo, dama o caballero, si se puede. Voy con todo.

Las personas que topo en la calle se creen dueñas de su destino. Nel, ni madres. Se los demuestro con hechos.

Me apodan el Mandrake y con un fierro apuntándote desaparezco tu confianza en el futuro y todo lo que traigas contigo. Cartera, bolso, celular. Un relojito, la pulsera o un anillo de oro. Rézale. Presta. Mejor ni te resistas ni hagas iris porque ya fuiste. Dile adiós a tu ilusión de bienestar.

Soy moreno, tengo ojos de color café, grandes, ocultos por mis párpados a medio abrir, pero mi mirada es fría y calculadora. De ai en fuera soy como cualquier otro mono promedio, sin mayor atributo que rifársela en lo que sea para llevar el chivo a su casa. Eso sí, nadie me detiene en la calle para preguntar una dirección.

El mago Mandrake del cómic era ilusionista, tenía habilidad hipnótica, rápida y efectiva. Luchaba contra criminales y malhechores. Cuando accionaba su bastón lo convertía en serpiente o barra de acero al rojo vivo. Así se ha de ver mi cuete listo para tronar un plomazo si le juegan al héroe. Pero no es ilusión, es la neta.

Todo mundo cree en Dios hasta que se topa con alguien como yo. Soy la prueba viviente de que no existe, al menos no para todos. Entonces maldicen, lloran, patalean, blasfeman. Se vuelven ateos pero cuando se les pasa el susto vuelven a su fe.

Los sayos, o sea, las víctimas, ponen sus esperanzas en un wey que no han visto, al que de existir le valen verga los más débiles. No creo en Él. Voy en caliente por lo mío y si me carga el payaso no le echo la culpa a nadie. Lo que son las cosas, San Juditas y la Santa Niña me protegen, según yo, que digo no creer en nada. Pero soy el Mandrake y ofrendo mi cuete cuando te apunto en la cabeza. Mi causa es difícil, desesperada y necesito aliados que me ayuden a encomendarme a la muerte para desaparecer con lo que caiga. Por eso no le fallo cada año a dar gracias a la iglesia de San Hipólito.

Pertenezco a una época que no tiene código de honor. Por mi raza hablará mi fierro. De todos los gremios de ladrones viejos o jóvenes (zorreros, carteristas, espaderos, pungas, farderos), yo soy parte de los fierreros solitarios, improvisadores del truco más eficaz: el “afloje, puto o se lo carga la verga”. Solo se necesita una escuadra 38. Lo demás es lo de menos.

Elige una calle solitaria y huye por una muy concurrida para confundirte entre los cientos de ojetes que se parecen a ti: misma complexión, misma ropa, misma desesperación, mismo resentimiento. Otra variante es subirte a un micro y abaratar al pasaje lo más rápido posible, no sea que vaya a salir por ahí un justiciero o un retén de tiras y termines al otro día como invitado de honor en la portada del Metro o el ¡Pásala!, embarrado en la alfombra roja de tu propia sangre con un tiro mortal en el cuerpo.

Asaltante, no ladrón ni ratero. Soy diferente y mi maña lo dice todo. Sanguinario cuando no hay de otra y vulgar como cualquier otro ojete en esta ciudad miserable. Por eso no sospechan de mí cuando subo al micro o al camión. Hay que ir con los tiempos y lo que menos tengo es tiempo para respetar la vida de nadie. Estas calles acosadas por el humo y el miedo son el mejor lugar para vivir de lo mío. Soy producto de mis circunstancias y no me veo como víctima del sistema. No mames. Soy el Sistema: su ministro y emisario, tu pesadilla latente, tu boleto de lotería ganador de un viaje al infierno. Ahí nos vemos.

Mi cuete lo puedo rentar por 500 varos el día, por 300 consigo uno hechizo descompuesto, que nomás sirve para apantallar incautos. Si es algo más en forma, rento una 380 de a neta en casi dos mil lucas. Es segura, trae borrado el número de serie y si te tuerce la tira no hay manera en que puedan llegar a rastrearla.

¡Ánimo, delincuencia!, gritamos durante la peregrinación anual a Chalma. Hay que dar gracias y lustre al título de primer lugar en el país en robos. 112 diarios con violencia, mínimo. 96 a transeúnte. ¿A poco no somos vergas? Oportunidades de empleo sí las hay. Es nomás tener iniciativa.

Mi vida podrá quedar en el olvido, ¿a quién le importa un asaltante más? A menos que seas familiar de alguien que por no ponerse flojito y cooperar, le meta un plomazo y llegue antes a su destino.

[caption id="attachment_1112409" align="aligncenter" width="548"] Foto > Juan Carlos Ruiz Vargas[/caption]

jmg