El Demonio de Neón
de Nicolas Winding Refn

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Cuando una película es estruendosamente abucheada en
Cannes a veces simplemente se trata de una obra absurda y pretenciosa que logró colarse a los severos criterios de selección, pero de cuando en cuando estamos ante una obra tan adelantada a su tiempo o tan inquietante que ni siquiera un público educado, crítico y agudo es capaz de reconocer. Este año le tocó a El demonio de neón, de Nicholas Winding Refn, el cuestionable honor de ser rechazada de manera vociferante en ese festival. Sólo el tiempo pondrá en evidencia el valor de este filme; mientras tanto se encuentra entre las candidatas a estar entre lo peor o lo mejor del 2016.

La historia que cuenta el director de Drive (2011), Only God Forgives (2013) y Valhalla Rising (2009) en este controvertido filme parece ser un aparatoso lugar común. Jesse (Elle Fanning), una joven de 16 años, llega a Los Ángeles buscando triunfar como modelo. No sabemos nada de su historia aparte de que es o dice ser huérfana. A pesar de su aparente ingenuidad provinciana Jesse sabe que tiene eso que todo mundo desea: una belleza pura al borde de la destrucción, un físico capaz de transmitir al mismo tiempo candor y ambición, vulnerabilidad y amenaza. Pronto entendemos que el éxito en este negocio no depende de la experiencia ni del talento ni del buen gusto ni de los buenos hábitos, sino que es un poder casi mágico, un aura inexplicable pero inconfundible. Como señala un diseñador (interpretado por Alessandro Nivola): “La belleza no lo es todo sino que es lo único”.

Ruby (Jena Molen) una maquillista de modelos y cadáveres con quien coincide en un camerino, le augura el éxito porque puede proyectar esa condición de “ciervo deslumbrado” que la hará famosa. Ruby le ofrece su amistad, algo extremadamente escaso, preciado y a la vez peligroso en este mundo, y la presenta con las modelos Sarah (Abbey Lee) y Gigi (Bella Heathcote). Las tres son ecos de las brujas shakesperianas de Macbeth al anticipar el destino de Jesse. Sarah y Gigi representan dos caras de la belleza: una manufacturada en un quirófano y la otra cargada de un desdén pasivo y arrogante. La presencia de Jesse es para ellas un aviso de que su propia fecha de caducidad se acerca vertiginosamente. En su primer diálogo Sarah le pregunta lo único que para ella tiene importancia: ¿A quién te coges? Y ¿qué tan alto puedes llegar?

El danés trasplantado a Hollywood, Winding Refn, hijo del editor Anders Refn (veterano cineasta y editor de cabecera de Lars von Trier) ha creado un estilo austero, remoto y nihilista que se aleja del realismo y se inserta en un terreno alucinatorio que evoca el trabajo de David Lynch en Blue Velvet (1986). La violencia hipermasculina y brutalmente sangrienta de los anteriores filmes de Winding, como Bronson (2009), es reemplazada por una inquietante y devastadora competitividad femenina. La industria de la moda aparece como un entorno dominado por la manipulación, el narcisismo y una sexualidad tan abundante como fetichista, donde la violación y la necrofilia no son exclusivamente perversiones masculinas. La historia parece funcionar como una parábola, como un relato moral con tono satírico que denuncia la maquinaria cruel de la industria del modelaje y la forma en que la mujer es objetificada, utilizada, explotada y desechada para complacer fantasías misóginas. A la vez tenemos que los hombres (fotógrafos, diseñadores, novios) aparecen como rémoras, como parásitos necesarios en una economía feminizada.

A continuación se incluyen varios spoilers, proceda bajo su propio riesgo.
En la primera toma del filme vemos a Jesse maquillada de manera extravagante y cubierta de sangre en un photo shoot perverso y extraño, en donde posa como si estuviera degollada, de-sangrándose sobre un sillón. La necrofilia y la crueldad son los ingredientes fundamentales en el paladar estético de la sociedad de consumo. El negocio de la moda aparece literalmente como un nido de vampiros. Sin embargo, más que ofrecer una crítica convencional de las condiciones laborales y los prejuicios fisionómicos, el cineasta emplea la estructura del cuento de hadas, como señala Isabel Yehya (cita un tanto nepotista), para reflexionar en torno a la obsesión biológica que presenta la belleza y el acertijo cultural de su función e impacto.

Jesse se transforma en una diva bajo el tacto y mirada de un prestigiado fotógrafo quien literalmente la baña en oro. Su belleza la hace presa, no sólo de depredadores humanos, como el administrador del infecto motel donde vive (Keanu Reeves) y las modelos que la envidian y desean, sino también de animales salvajes, como el puma que la espera en su habitación. Es como si su belleza fuera una fuerza incontrolable de la naturaleza. Ruby intenta seducir a Jesse, pero al fracasar se une a Sarah y Gigi, no sólo para eliminarla como competencia sino para devorarla y de esa manera adquirir sus poderes, su juventud y su belleza en una asimilación-digestión mística.

Y si bien Winding Refn parece recorrer el territorio de algunas cintas con paralelos temáticos y estilísticos como The Hunger, de Tony Scott (1983) y Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch (2014), aquí hay un elemento satírico que propone que el canibalismo, especialmente entre modelos que nunca comen nada, puede resultar indigesto. La fotografía de la talentosa Natasha Braier crea la sensación de una impactante revista de modas, en la que cada página propone una visión estética vertiginosa y distinta, en contrapunto y complemento con la anterior, donde los juegos de colores e iluminación siempre cambiante se resisten a los criterios narrativos convencionales.
Mientras que la pista sonora del ex baterista Cliff Martínez es un tecno pop electrónico, rítmico y atmosférico con reminiscencias de la música de las cintas de horror giallo de los años setenta.

Podemos asumir que el demonio de neón del título es el dios Saturno feminizado de la industria de la moda, que es representada goyescamente por las divas que devoran a sus hijas al nacer para evitar ser reemplazadas. Es una vorágine resplandeciente y glamorosa, cuya seducción radica en la propuesta de tragarnos y hacernos parte de ese mundo superficial y gozosamente frívolo donde las complejidades humanas son irrelevantes. El demonio de neón es una cinta atrevida, delirante y brutal que no tardará en volverse un filme de culto.

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