El aroma dulzón de la putrefacción le provocaba picazón en la nariz lo que hacía que se limpiara con la manga de su camisa que, en algunos puntos, aún podía adivinarse el color azul bajo las capas de mugre sobre mugre. Al caminar, sus pies descalzos hacían un ruido de succión que sabía era producto de la licuefacción y que la primera vez le había hecho perder un zapato por el que tardó dos horas más inmerso en la basura. Ahora sabía lo que tenía que hacer, así que tanteo con los dedos antes de pisar para evitar algún objeto puntiagudo que le provocara heridas y siguió con su búsqueda, hasta ahora infructuosa. Si había encontrado comida para él pero, su estómago estaba más curtido que el del infante de dos años que jugaba fuera del contenedor con un carrito de plástico sin llantas. De vez en vez, se asomaba a decirle algo y escuchar que siguiera ahí mientras él le buscaba algo para comer. Por lo que veía, no lo encontraría y eso, lo llenaba de angustia.

-¿Es rápido el carrito?- preguntó más tratando de distraerse, que de distraer al niño.

-Bubum ápido. Papi ¿am?-

-Aún no bebé.-

Si algo le desgarraba, era ver a su pobre hijo con hambre y que le pidiera un alimento que no podía darle, le hacía sentir que era una basura, incluso peor que aquella en la que estaba inmerso.

El hambre, la suya y la de su pequeño hijo quedó relegada momentáneamente cuando sintió un agudo dolor en la planta del pie.

El mesero tiró en la trituradora de alimentos el equivalente a su sueldo de dos meses, en muchas ocasiones había estado tentado de probar alguno de los reconocidos platillos que jamás compraría pero que servía a diario, no obstante, nunca lo hizo sabiendo que eso podía costarle el empleo y la situación no estaba para perderlo, no por el sueldo “base” sino por las jugosas propinas que le deban en el lujoso restaurante que eran lo que medianamente le daba para sobrevivir.

Su turno terminaba a las tres de la mañana, el restaurante cerraba a la una pero entre que limpiaban y lavaban a veces le daban las cuatro y prefería quedarse en la zona “nice” hasta que amaneciera y luego irse a su casa que, sin estar muy lejos, pasaba por unas zonas que le ponían los pelos de punta. Hoy no obstante, estaba tan cansado y la noche había estado tan floja que apenas y llevaba dinero. Los asaltantes sabían cuando merodear, lo hacían en diferentes lugares dependiendo de la hora y el día y hoy, a las tres, a mitad de quincena, los bares aún permanecían abiertos y los que iban, solían usar sus vehículos por los que ninguno estaría por los alrededores.

Caminó cansinamente bajo el sereno de la noche, aún sabiendo que no era ni hora, ni día peligroso, evitaba por costumbre los lugares oscuros, exceptuando, por supuesto, el callejón por el que llegaba al cuartucho de mala muerte que rentaba. Pasó por la enrejada tienda de conveniencia de la esquina, tocó el cristal con las llaves que sobresalían entre los dedos del puño cerrado, solo por si acaso, y saludó con la otra mano al cajero de la noche, a veces le compraba unos cigarros a esa hora pero, en este momento, ni para el vicio tenía.

Sintió la presencia antes que escucharla y cuando se volteó con la mano con las llaves para asestar un golpe que le permitiera huir, un cuerpo hediondo le cayó encima, se retorció como pudo mientras gritaba pidiendo ayuda, seguro de que aunque lo escucharan, nadie iría en su auxilio. Cuando pudo levantarse vio que el otro sujeto no se movía, su apeste le hacía lagrimar y cuando le dio un puntapié para ver si estaba bien, le vomitó a un lado cuando vio el tumefacto y ennegrecido pie derecho cubierto de  rechonchos gusanos blancos. Se alejó sacudiéndose, mirando a todos lados para huir.

-¿Papi?-

La aguda vocecita lo tomó por sorpresa y huyó.

La luz del amanecer tiene la cualidad de limpiar todo, de hacer bella hasta la carcomida y avejentada tez de la ciudad, la luz incide en un ángulo que hasta el cuerpo de un hombre muerto, con un niño acurrucado junto a él, aprovechando los restos de un calor febril que se desvanece por el cuerpo vencido, son un cuadro que provocaría dulzura sino fuera tan amarga la realidad.

Era imposible dormir, apenas cerraba los ojos escuchaba la voz infantil llamando a su padre. Se repetía constantemente que no era su problema, intentando con la repetición que la contracción de angustia en el estómago dejara de ser alimentada por la culpa. Se puso unos jeans y salió sin importarle que la camiseta ajada con agujeros en las axilas y la espalda que usaba para dormir, dejara entrar el aire frío del amanecer. Caminó lento y con miedo rogando que no hubiera nada en el callejón pero su ruego no fue escuchado, tendido entre cajas desechas por la humedad, restos de un colchón al que le habían sacado los resortes para venderlos como fierro viejo, bolsas de súper llenas de papel sanitario cubiertas de moscas y algunas sombras de ojillos rojos que esperaban pacientes mientras se movían entre lugares oscuros vio el cuerpo y bajo el inerte brazo dormía plácido un pequeño niño que a su vez, abrazaba un descolorido carro de plástico sin llantas. El hombre permanecía con los ojos abiertos en una mirada sin luz y se movía sólo por la respiración del niño acurrucado a su costado.

Con una mueca de desagrado retiró el brazo del hombre  sin dejar de ver la desagradable infección del pie derecho y cargó al niño que hizo unos cuantos ruidos y se acomodó como si estuviera acostumbrado a dormir mientras lo trasladaban de un lado a otro. Acostó al niño en la cama y se durmió agotado en la única silla de que tenía.

-¿Y papi?-

La voz lo despierta, él que puede escuchar camiones, sirenas, vendedores ambulantes gritando rebajas sin inmutarse, se despierta por una tenue voz aguda que pregunta por su padre.

-¿Onta papi?-

No hay respuesta a tal pregunta, no se puede decir la verdad “murió, lo dejé ahí tirado y casi te dejo a ti también”. -Regresa en un rato. ¿Tienes hambre?-

-Ammmm- Sonrié y le tiende el carrito, cuál coreografía ensayada.

Toma el cereal, le echa un poco de leche y cuando ve que el niño no tiene ni idea de para qué sirve una cuchara, empieza a darle en la boca. Se devora todo.

-Máá ammm.-

Levantan el cuerpo, lo embolsan, esperan unos días y nadie lo reclama, no es nada raro, lo entierran en una fosa común.

Perdido el trabajo por ausencias, el antiguo mesero de un restaurante de lujo, toma al niño de la mano que ahora lleva, en la otra un carro, de plástico también pero con ruedas y de un color brillante que sirvió como bálsamo ante el llanto por la ausencia de un “papi” que nunca regresó. Se suben a un autobús destartalado que los llevará de vuelta a un pueblo al que el mesero prometió nunca regresar pero que ahora, con la responsabilidad de otra boca que aún no entiende porque la tomó, regresará a una casa donde su madre lo espera y quizá lo poco ahorrado, le permita ayudarla mientras busca otro trabajo en las cercanías y ella, lo ayuda con un niño que nunca supo cómo se llamaba hasta que lo llamó usando su propio nombre y este sonrió como si aceptará el nuevo bautismo.

Extrañamente, no siente pena alguna por dejar una ciudad que desgracia en la desgracia, que olvida en la presencia, en la que se vive día a día sin pensar en el día siguiente pero que de vez en cuando te regala sorpresas o hijos que le dan un sentido a un sinsentido llamado vida y que le regresan hijos a madres que ya daban por perdidos los suyos. Día a día, sin pensar en el siguiente día, sin futuro pero, con el futuro… llevado en la mano.

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