El héroe que México creó… ¡para ocultarlo!

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Gerardo De la Concha

Habían estado de acuerdo en casi todo. Pero ese irlandés del siglo XVII sembró la discordia en los miembros del comité:

—Estimado maestro, reconozca usted, este hombre estaba loco, se proclamó Rey de México y de las Américas, muchos de sus escritos son delirantes, todos reconocemos su valor, su martirio, pero era un aventurero, no podemos colocar su estatua junto a la de nuestros héroes.

—Mire usted, señor licenciado, no voy a negar sus delirios, aunque deben ubicarse en la realidad de la severa prisión sufrida por él, de la tortura, del aislamiento, de la propia exageración de las actas de la Inquisición, juzguemos mejor sus hechos, conspiró para liberar a los indígenas y a los negros, aboliendo la esclavitud y que, de ese modo, México surgiera como país libre sin la tutela de ningún poder extranjero…

—Falsificando documentos para fingirse hijo de Felipe V…
—Actuaba en la circunstancia de la época.

Ya creada la estatua de Guillén de Lampart (1615-1659), un gran debate se dio entre los miembros del Comité para festejar el Centenario de nuestra Independencia mediante proyectos de envergadura: el Palacio de Bellas Artes, el nuevo edificio de Correos, la Castañeda, el Paseo de la Reforma y el más importante monumento conmemorativo, la Columna de la Independencia; mientras un grupo se negó a la colocación de esta estatua a la par de los héroes nacionales, otro consideró estaba justificado ese homenaje.

Luis González Obregón (1865-1938) escribió un libro para dilucidar los méritos del personaje, Guillén de Lampart y la Inquisición del siglo XVII en la Nueva España. En las páginas finales sentenció:

“Don Guillén cautiva por su extraordinario saber y talento, por su vida real, por su muerte injusta y horrorosa, y por haber sido víctima inocente del más absoluto y vengativo poder inquisitorial, pero no debe alzárcele una estatua en el Monumento a la Independencia”.

Como los miembros del Comité no se pusieron de acuerdo sobre el asunto, concluyeron interviniera Don Porfirio en el tema. Él escuchó la exposición de ambos argumentos y luego dijo:

—La estatua de este irlandés está justificada, padeció por querer nuestra Independencia muy tempranamente, pero entiendo estaba muy loco, póngase entonces dentro de la columna.

Así es como Porfirio Díaz (1830-1915), con su sabia ambigüedad homenajeó y encerró de nuevo a Guillén de Lampart, cuya estatua se encuentra en el vestíbulo dentro de la Columna de la Independencia. Es como el símbolo de un precursor de la Independencia de México a quien le reconocemos esta condición, a cambio de que permanezca oculta.

De alguna manera la discusión porfiriana continúa —no entre los organizadores del Bicentenario ocupados en hacer carros alegóricos y unos buenos fuegos artificiales, además de derrochar el dinero público en una simple pachanga— sino entre escritores. José Joaquín Blanco escribió un ensayo donde intenta convertir a Guillén de Lampart en una figura menor, pintoresca, pero nada más. Por el contrario, Guillermo Samperio acaba de pronunciar una conferencia en un salón de Bellas Artes, donde al señalar los méritos del personaje
—pudo provocar nuestra liberación 150 años antes— pide se le ponga ya en un lugar merecido en nuestra historia y sea liberada su estatua, como reconocimiento del pueblo de México.

Dos obras contemporáneas, interesantes, se ocupan también de ciertos sesgos de este irlandés inquieto hasta después de muerto. Javier Meza González se centra en la mitomanía y la retórica del prisionero de la Inquisición: El laberinto de la mentira. Guillén de Lamporte y la Inquisición. Un autor italiano, Fabio Troncarrelli, explora sus rasgos míticos: El mito del Zorro y la Inquisición en México. La aventura de Guillén Lombardo.

Para destacar en un rica galería de personajes, de arzobispos, de virreyes, de poetas, una vida del siglo XVII novohispano debía representar las ideas subversivas en el siglo y tener, además de la especial trama de su existencia, un toque de locura y tragedia. Es el padre Gabriel Méndez Plancarte quien a mi parecer ha descifrado la verdadera clave de Guillén de Lampart al traducir una centena de los salmos escritos en latín, en el forro de su camisa, cuando fue arrojado a una mazmorra inquisitorial.

Hace años le dediqué un ensayo a esta obra singular y relevante, olvidada incluso por sus biógrafos. El regio salterio —inédito en su mayor parte, salvo el fragmento traducido por el erudito Méndez Plancarte—, prueba que México tiene entre los precursores de su Independencia a un poeta de talla universal. Este hombre soñó —pues delatado por el capitán Felipe Méndez cayó bajó el yugo de la Inquisición y su propuesta sólo tuvo el rango de un sueño— con que México fuera una tierra libre para sus habitantes, para los indios y los negros cuya esclavitud lamentaba; en su proclama quería el libre comercio y la prosperidad, pero también la moderación de ricos y de clérigos, la justicia. Era un adelantado en su época y se ha hecho mal en regatearlo.

Al escaparse una vez de las mazmorras, fue a colocar un panfleto contra los poderes opresores. Luego, preso de nuevo, quebrantaron su salud hasta la demencia. Cuando lo llevaban a ser quemado, uno de los cronistas cuenta cómo “Don Guillén miraba hacia las nubes a ver si venía un demonio a salvarle”. Es curioso no reparara este cristiano testigo que del cielo sólo pueden venir los ángeles, los ángeles terribles que la demencia divina del poeta esperaba para su salvación.

Él fue un precursor del cual cualquier país estaría orgulloso.