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Foto: Especial

Para María Pía Soto y Luis Miguel Aguilar

INMERSIÓN EN EL TIEMPO HISTÓRICO DE UN MITO

Es fama que en sus cursos de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, de El Colegio de México y del ITAM, Herr Professor Doktor José María Pérez Gay era inigualable, un verdadero apasionado de la cátedra, de la expresión por vía de la palabra y la extrema y atinada gestualidad: hablo de un conocido histrión, que había hecho sus pininos en pequeñas obras de teatro durante sus años de estudiante de licenciatura en la Ibero e incluso había actuado un papel nada desdeñable en un cortometraje de Antonio Saborit, entonces estudiante de cine, hoy uno de nuestros más prestigiados e imaginativos historiadores de la cultura.

En una entrevista que le concedió a Proceso en ocasión de los veinte años de la publicación de El imperio perdido, el doctor Pérez Gay ofreció, cosa no inusual en él, una versión más bien dramática pero comprobada acerca del mítico curso “Literatura y Sociedad en Austria (1880-1938)”:

Octavio [Rodríguez Araujo] ha sido muy amigo. Quería un curso sobre Viena y en la División de Estudios de Posgrado de Ciencias Políticas sólo había mujeres, cuatro o cinco mujeres. Entonces yo estaba jodido, jodido en el sentido de fregado, pero en vez de cancelar el curso a mis cuatro amigas, dos son psicoanalistas muy conocidas, empecé a darlo y se me llenó, 72 alumnos tuve al final. (Mayo de 2013).

Entre sus asistentes se encontraba la reconocida y respetada socióloga Gina Zabludovsky Kuper, entonces alumna pero quien mantendría y continuaría, con el paso del tiempo, la pasión por los pensadores y las ideas surgidas de la Mitteleuropa del Maestro en artículos y libros como La dominación patrimonial en la obra de Max Weber  (FCE-UNAM, 1989), La Escuela de Frankfurt y la crítica a la modernidad (FCPyS-UNAM, 1996), Norbert Elias y los problemas actuales de la sociología (FCE, 2007), entre otros.

La historia del fin de la Guerra Fría es conocida; sin embargo, en 1991 imperaba la incertidumbre entre intelectuales y en los círculos académicos y diplomáticos.

Traducida del alemán por José María Pérez Gay, la conferencia “Nuestro breve siglo”, del filósofo Jürgen Habermas —“sin duda uno de los intelectuales más destacados de nuestro tiempo”, apuntó Pérez Gay en su nota introductoria para la revista Nexos (agosto 1998)—, pronunciada en 2005 en la Universidad de Magdeburgo, indagó entonces en esa grieta universal por la que se filtraban cambios que impactaban de manera directa en la vida de personas, de individuos concretos:

Entre los historiadores que todavía están dispuestos a pensar en grandes unidades existe hoy un consenso: al largo siglo XIX (1789-1914) le ha sucedido un “breve” siglo XX (1914-1989). […] Esta puntuación deja espacio, sin duda, para tres diferentes interpretaciones, de acuerdo con el mundo donde se sitúe al antagonismo: en el espacio de la economía de los sistemas sociales, en el de la política de las superpotencias o en el espacio cultural de las ideologías. La elección de esos puntos de vista hermenéuticos está determinada por la lucha de ideas que han dominado
el siglo.

Evidentemente, Habermas hace alusión al que fue quizá el primer libro que buscó cifrar, en un apretado pero envolvente fresco histórico, el siglo XX. Me refiero a Eric Hobsbawn y su influyente libro Age Extremes. The Short Twentieth Century. 1941-1991 [La era de los extremos. El corto siglo XX] (1994).

Acerca del profundo impacto que tuvo el libro de Hobsbawn, el no menos brillante historiador de las ideas, Enzo Traverso, escribió en La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (2012):

Cualquier nueva interpretación del mundo contemporáneo no podrá escapar a una confrontación con su perspectiva, que se ha vuelto canónica. Esta constatación revela una paradoja: el siglo XX culminó en un clima de restauración intelectual y político, despedido por un estrépito mediático que anunciaba el triunfo definitivo de la sociedad de mercado y del liberalismo […] Su libro funciona como contrapunto al consenso liberal en torno a una visión del capitalismo como orden natural del mundo.

“El imperio perdido del doctor Pérez Gay aportó, alejado por naturaleza de la renuencia de Hobsbawn de poner en examen su marxismo de toda la vida, el necesario y, muy importante, heterodoxo contrapeso liberal.”

El imperio perdido del doctor Pérez Gay, liberal probado desde sus años en Berlín, antes del actual secuestro de cierto liberalismo a modo, aportó, alejado por naturaleza de la renuencia de Hobsbawn de poner en examen su marxismo de toda la vida, el necesario y, muy importante, heterodoxo contrapeso liberal. No desde la chocante y miope óptica del long-weekend insular, sino desde la Europa continental, la del diafragma abierto capaz de captar lo lejano, en específico la Mitteleuropa —región antes denominada Donarum, la cuenca del Danubio.

Me refiero a la excepcional literatura que registra no sólo el derrumbe del Imperio Austrohúngaro, sino a la serie de mutaciones en lo que Claudio Magris denominó El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna —título de su tesis de licenciatura y que se volvió un clásico instantáneo de la editorial Einaudi de Turín— y a partir del cual es posible asomarse a la fisura con que termina un ciclo histórico europeo y comienza otro, de naturaleza planetaria. No se trata solamente del fin de un imperio, sino también el de una ciudad, Viena, capital del cosmopolitismo en donde antes de la Gran Guerra, argumenta el historiador William Johnston en El genio austrohúngaro (2009), se daban cita los intelectuales provenientes de toda Europa. “Un centro de atracción”, sin duda el más plural en términos ideológicos, lingüísticos, étnicos y de nacionalidades, de disciplinas y estudios científicos, de literaturas que, sabemos después de leer El imperio perdido, se convirtieron y reconvirtieron en una rica y compleja tradición, en historias, en fragmentos biográficos que a la postre serán parte de un visión del mundo de la cual, regreso a Johnston, “los sucesores somos todos nosotros”.

Hermann Broch (1886-1951). Foto: Especial

DE CÓMO SE ESCRIBE Y EDITA UN IMPERIO

El paralelismo histórico no es mero capricho, es una tarea intelectual que, tras muchas dudas y cavilaciones, José María Perez Gay decide —tras varios conatos de arranque, de retiradas y regresos al frente de batalla— por fin emprender y concluir su libro, a la sombra de dos cambios de época, la fisura que abría el fin de la Guerra Fría y que amenazaba volverse un boquete en el sistema internacional, en correspondencia con la desaparición de la Unión Soviética que lo convocaba. La suya era una voz cultísima, la de un sobreviviente bragado lo mismo en los estrictos seminarios de la Universidad Libre de Berlín durante los años de plena revuelta estudiantil, que en los salones diplomáticos, en los corrillos de la salvaje política que se practica en nuestra República de las Letras y en los consejos de redacción a los que había pertenecido desde joven. Sin duda, el doctor Pérez Gay entendió pronto la dimensión real del fin de la Unión Soviética; por ello se entregó
obsesivamente a una difícil operación: extraer luz de una profunda y tenebrosa grieta. Escribe en las primeras páginas de
El imperio perdido:

Nada recuerda tanto al desmoronamiento de Austria-Hungría como la desintegración del imperio soviético. Después de setenta y tres años (1917-1990), las tensiones políticas y conflictos nacionales han destruido la precaria unidad del país. La resistencia de Lituania, Estonia y Letonia, la rebelión de Moldavia y Georgia, revelan una lucha inextinguible contra el poder central y hacen pensar en un futuro conjunto de naciones independientes. La suerte de la Unión Soviética está ligada al destino de las minorías nacionales que alimentan en su entraña la historia de aquellos pueblos impetuosos, rebeldes y altivos.

Las claves para ubicar cómo se originó la idea de escribir El imperio perdido se hallan en el que me parece —ya regresaré al tema— el capítulo capital en el cual el doctor Pérez Gay se vio al espejo, un espejo roto, y alcanzó a vislumbrar en la imagen de su propio rostro a uno de sus personajes centrales: Hermann Broch. Y del otro lado del espejo, no menos significante, la historia de su secretaria, Anna Herzog, pues tras una temporada de
investigación en Viena para hacerse de materiales, Chema descubrió en las cartas de Broch un dato cardinal para la historia de
El imperio perdido. Escapando de la barbarie nazi, Anna Herzog había llegado desde Viena hasta la modesta casa ubicada en la calle de Concepción Béistegui 16-B, en la colonia Del Valle, Ciudad de México: el mismo inmueble donde el doctor Pérez Gay la encontró aún con vida. Amigo cercano de James Joyce, Hermann Broch “habría venido a México entre 1938 o 1940. Ella se viene para México y él decide quedarse.” (Proceso, mayo, 2103).

Robert Musil (1880-1942). Foto: Especial

En el caso estricto de la escritura, cuenta Rafael Pérez Gay que su hermano le dedicó aproximadamente cuatro años al Imperio. Tal como me lo dijo, no sin razón, Alejandro Rossi durante una tarde cargada de claroscuros y consonancias: “Me parece que escribir es un acto no-natural en el hombre: sentarse a hacerlo puede ser una pesadilla.” (La Jornada Semanal, junio, 1996). En una versión que confirma por igual Luis Miguel Aguilar, aquellos fueron años de fuego. El doctor Pérez Gay se obsesionó con el tema como quien se enamora de los personajes de su libro. Experto en la traducción, con una deslumbrante novela publicada un lustro antes, Herr Professor Doktor re-descubrió, a la manera de Nietzsche, su filósofo de cabecera, su destino: Warum ich ein Schicksal bin [“Por qué soy un destino].

Sobra decir que se trata de historias cruentas, casi todas acaban mal, como mal acabó el Imperio Austrohúngaro, contadas todas ellas en un estilo híbrido, que logra perfecta combinación de narrativa, ensayo, crónica, historia política, cultural y de las ideas. Un estilo, ciertamente, que coincide con uno de los espíritus austro-húngaros de mayor arraigo y contradicción, por ejemplo el que transmite Hugo von Hofmannsthal en una carta datada en 1918 a Richard Strauss:

Metamorfosis es vida de la vida, el verdadero misterio de la vida que crea: la constancia es rigidez y muerte. Quien quiere vivir, debe superarse a sí mismo, debe transformarse: debe olvidar. Sin embargo, toda dignidad humana está ligada a la constancia, al deseo de no olvidar, a la fidelidad.

Ese fue, precisamente, el ritmo, el tono y el estilo con el que se escribió El imperio perdido. En una crónica memorable —otra más—, Rafael Pérez Gay recuerda lo siguiente (Cargos de conciencia, 1997):

El imperio perdido está hecho en buena medida de esto que cuento, de insistencia, vanidad, desencanto e inteligencia. De esto y no de otra cosa se trató la tarde en que estuve convencido de que Pérez Gay, José María, remataba a puerta cerrada su biblioteca. Entré a su estudio y vi montones de libros apilados en el suelo, como si el escritor se hubiera transformado en un librero de viejo. Entonces le dije:

—Así que finalmente lo dejas todo, te vas.

—No, ¡hombre! —reparó—, estoy buscando la cita de un ensayo de Musil que se me escondió hace como cuatro días.

0tro editor del libro —aquella empresa ameritó un verdadero y esforzado trabajo de equipo—, Luis Miguel Aguilar, recuerda que del estudio del doctor Pérez Gay, una vez metido a la tarea de escribir, salían rollos y rollos de folios, casi a la manera en que, dice el mito, Kerouac escribió En el camino. A ese tren de escritura que no paraba hubo que treparlo sobre sólidos rieles, a manera del ingeniero editorial que diseña estaciones y tiempos de pausa. El propio Luis Miguel me refirió que se dio a la tarea, vaya exactitud verbal la suya, de “parcelar” los ensayos con sugerentes subtítulos que lograron espolear el interés del lector con sólo echar un vistazo al índice, sin importar que jamás en su vida hubiera escuchado leer o hablar siquiera de Robert Musil o de Karl Kraus.

“Sobra decir que se trata de historias cruentas, contadas todas ellas en un estilo híbrido, que logra perfecta combinación de narrativa, ensayo, crónica, historia política, cultural y de las ideas.”

De igual manera, Luis Miguel Aguilar destaca que, por su estilo, por el momento literario y político del país y del mundo —estamos hablando de 1991—, El imperio perdido es el tipo de libro que, hazaña no menor, crea y convoca a sus propios lectores. De ello dan cuenta sus diez reimpresiones, a razón, estimo, de dos a tres por año en la editorial Cal y Arena. Su amigo y colaborador en Canal 22, Héctor Orestes Aguilar, fija la recepción del libro en unas páginas dedicadas a Herr Professor Doktor:

La privilegiada recepción crítica y el justo éxito de mercado de El imperio perdido fueron todo un episodio en la historia literaria y en la historia editorial de este país para un libro que, de entrada, se anunciaba y era percibido como una compilación de ensayos […] El imperio perdido se convirtió en una especie de contraseña del momento, lo que los ultramodernos llamarían trend topic […] La aparición de El imperio perdido fue un acontecimiento fundacional, que mostraba la forma integral de abordar un fenómeno de la cultura, la experiencia moderna en Viena y el Impero Austrohúngaro, y de relatar, con el registro y los recursos ficticios y documentales de una “vida imaginaria”, la intimidad de cinco de sus más representativos creadores literarios: Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elias Canetti.

Ignoro si el interés por estos escritores provocó que la UNAM publicara la ya mencionada obra de Magris en su colección Poemas y Ensayos en 1998. Lo cierto es que El imperio perdido ofrecía al gran público lector una obra abierta y una invitación a la lectura, alejada del impecable pero lejano academicismo de A History of the Hapbsburg Empire. 1526-1918 [Una historia del Imperio de los Habsburgo] (1974), el enciclopédico estudio del especialista de origen vienés, emigrado a Nueva Jersey y profesor de Rutgers University, Robert A. Kann; no se diga del interesante, complejo pero alambicado ensayo —casi un homenaje a las rastas de un Bob Marley— del profesor de Estética y Teoría del Arte, Josep Casals, con un título soberbiamente pomposo y de dimensiones disuasorias: Afinidades vienesas. Sujeto, lenguaje y arte, publicado por Anagrama en 2003.

Joseph Roth (1894-1939). Foto: Especial

BROCH: INFLUENCIA, CARÁCTER Y DESTINO

La importancia de Hermman Broch en el doctor Pérez Gay no se limita a la anécdota del escritor y su secretaria Anna Herzog antes mencionada. Importa porque es a la vez influencia, y para usar un conocido y popular título de la Viena habsbúrgica, carácter
y destino. Es bien conocido el gusto temprano de José María Pérez Gay por la poesía, para no hablar de la proeza de recitar en una sola sentada, sin titubear ni parpadear siquiera, “Piedra de sol”, el poema de Octavio Paz. En un documental producido por
TV UNAM, “Consejos de la memoria” (2010), José María Pérez Gay, autor reconocido, funcionario ejemplar, condecorado por los gobiernos alemán y austriaco, muy amigo de sus amigos, confiesa a los cuatro vientos su mayor frustración: no haber sido profesor. Una frustración francamente inexplicable, debida muy seguramente a un traspiés del subconsciente para quien recita de una sola tirada un poema largo, complejo y perfecto en la medida que la poesía, algunos poemas, pueden ser perfectos. Es fama que sólo Hermann Broch fue el único de los personajes de El imperio perdido que no desacreditaba a las primeras las aproximaciones al ello, al súper yo y al yo, como tampoco su autor, quien desde joven cargaba por todas partes las obras completas de Sigmund Freud.

Así que profesor —propongo un freudiano disparate informado— no, pero poeta sí. O como se refirió a él con todo el afecto del mundo su íntimo amigo y corresponsal desde los años de Berlín, Luis Miguel Aguilar: un “para-poeta” que había escrito un largo, originalísimo y magnífico poema, “Plagios combinatorios”, que por extraños motivos leyeron Gabriel Zaid y Aurelio Asiain y, creyendo que se trataba de su hermano menor, estuvieron a un pelo de incluirlo en la antología Asamblea de poetas jóvenes de México (Siglo XXI, 1980). Providencialmente, una llamada a Chema resolvió el entuerto: “Gracias, pero es que yo no estoy joven”. En la revista Hispamérica (agosto de 1981), Zaid escribió, quizá todavía pensando en Pérez Gay el mayor:

Hay una minoría que sí tiene oficio, aunque éste se refleja más en cierta
mundanidad literaria que en un sentido artesanal del verso o la metáfora. Se diría que, en conjunto, estos jóvenes han viajado y visto más, pero han estado menos horas con el lápiz en la mano.

Sin importar la edad, el doctor Pérez Gay siempre, desde joven, había sido miembro con plenos derechos de esa minoría cuyo sino era el oficio intelectual, la mundanidad literaria y vital exacerbadas, viajes incluidos.

El propio José María Pérez Gay se acerca a Broch, quizá desde el inconsciente/consciente que supone la escritura en cualquiera de sus géneros:

[Sus ensayos], columna interior de su literatura, nunca fueron un trazo dogmático o escéptico: la línea ilusoriamente recta para ir de un puerto a otro. Sus ensayos fueron, por el contrario, una brújula oscilante entre el asombro y el descubrimiento.

Sin problemas, imagino al doctor Pérez Gay escribiendo Hugo von Hofmannsthal y su tiempo, el libro que Broch dedicó al más nostálgico de los habsbúrgicos, pero asimismo un notable estudio de la imaginación europea entre los años de 1860 y 1920. Hannah Arendt, por su parte, escribió que Hermann Broch fue un

… poeta a pesar de sí mismo. El hecho de haber nacido poeta y no querer serlo fue un rasgo fundamental de su naturaleza […] sin otra consecuencia que aquello que el mismo Broch, medio irónico medio disgustado, denominó “clamor del alma” […] En rigor, sólo el conocimiento puede tener un objetivo, y a Broch siempre le preocupó en primer lugar una finalidad altamente práctica, ya fuera ética, religiosa o política. El pensamiento no posee una verdadera finalidad, y a menos que el pensamiento encuentre su significado en sí mismo, no posee ningún significado en absoluto. (Hombres en tiempos de oscuridad, 1991).

Viene esto último a cuento por la cercanía intelectual, emocional, de estilo y forma de concebir la escritura, por un lado, y por el otro, la praxis que convoca al auténtico pensamiento —no así el que repite, ad nauseam, fórmulas ajenas— que aproxima a José María Pérez Gay con Broch.

“Es bien conocido el gusto temprano de José María Pérez Gay por la poesía, para no hablar de la proeza de recitar en una sola sentada, sin titubear ni parpadear siquiera, ‘Piedra de sol’, el poema de  Octavio Paz.”

Ambos cuentan, cada quien a su peculiar manera, entre quienes apostaron por el clamor del alma, es decir, entre los poquísimos que pusieron todas sus cartas en la sobrevivencia de El imperio perdido. C

 

  • BRUNO H. PICHÉ acaba de publicar La mala costumbre de la esperanza (Random House) y prepara una biografía intelectual de José María Pérez Gay.

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