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Foto: Especial
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Valiéndose de un simple teléfono para ocultar su color de piel, Ron Stallworth, el primer policía negro del departamento de Colorado Springs, logró ser reclutado por el Ku Klux Klan, en 1978. Para lograrlo, Stallworth, quien era un novato entonces, contó simplemente con su destreza para hablar como “blanco”, es decir suprimir el acento que los racistas aseguraban es característico e inocultable de los negros (lo cual es el tema de la reciente Sorry to Bother You, de Booty Riley). Spike Lee ha hecho en su cinta El infiltrado del KKKlan una oportuna, mordaz y deslumbrante adaptación del libro en que Stallworth cuenta sus memorias, no sólo para celebrar un increíble golpe maestro en contra de esa organización, sino también como una señal de alarma del deterioro social y la renormalización de los ideales del nacionalismo blanco en Estados Unidos.

Muy significativamente, la cinta comienza con la famosa escena de los heridos que yacen alrededor de la estación de tren de Atlanta en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), ese océano de dolor y derrota, a la sombra de la bandera desgarrada de la Confederación, que Scarlett O’Hara recorre desconsolada. Pero si aquella imagen intentaba marcar el final de una era, poco después tenemos a un fanático racista (Alec Baldwin) grabando un mensaje de odio y un llamado a la América blanca. Antes del desenlace del filme, Lee introduce otra referencia cinematográfica: El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915), cinta que originalmente se llamaba The Clansman y que muestra a los integrantes del KKK como gallardos héroes de la patria que sólo buscan defender a los blancos del salvajismo cruel de los negros. No solamente esta cinta controvertida fue proyectada en la Casa Blanca para Woodrow Wilson, sino que impulsó el renacimiento del KKK e inspiró rituales como la quema de cruces. El trabajo fílmico de Griffith fue revolucionario y técnicamente sorprendente (coloración, close ups que contrastan con amplias tomas de batallas). Es un ejemplo paradójico de propaganda espléndidamente bien filmada que, aparte de efectos y una partitura para orquesta (que incluía la Cabalgata de las valquirias, de Wagner, el tema del KKK al rescate), desarrolló el potencial dramático del cine, con lo que alcanzó su definición como arte, espectáculo popular y vehículo político. Mientras los miembros del Klan ven la película y aúllan de emoción, Lee contrasta esas imágenes con fotos del linchamiento de Jesse Washington en Waco, Texas, en 1916, narrado por Harry Belafonte.

Ron representa una idea del orden y la justicia, y se debate por cumplir con su trabajo a pesar de entender la perversidad del sistema. Su primera encomienda es espiar una conferencia de Kwame Ture (Corey Hawkins) frente a la organización de estudiantes negros de la universidad de Colorado. Ahí conoce a la presidenta de la organización, Patrice Dumas (Laura Harrier), de quien se enamora, con lo que su lealtad queda aún más comprometida. Ron cree que puede hacer más desde adentro de la policía que desde afuera y de esa manera personifica uno de los debates más irresolubles de la militancia política. Cuando David Duke (Topher Grace) visita esta ciudad, Ron es asignado para cuidarlo en una decisión paradójica, ya que lo exponen a ser descubierto, pero a la vez es una taimada y humillante provocación contra el líder del grupo racista.

“Lee nos lleva de lo hilarante a lo trágico, sin descender al panfleto. La visión política de este director no es nunca simple ni dogmática”.

A finales de los años setenta, el KKK trataba de crear una imagen más apropiada para ese tiempo. Sus integrantes echaron mano del lenguaje progresista que las minorías usaban para validar sus reclamos de justicia e igualdad, y así suavizar su imagen. Ya no luchaban por la pureza racial sino por preservar la herencia y el legado de la cultura blanca. Duke, el líder supremo o Grand Wizard, redefinió su puesto como director nacional de la organización, dando así una apariencia corporativa al grupo. Duke participaba en talk shows televisivos y cultivaba vínculos con miembros del partido republicano para llevar al KKK al mainstream político y convertirlo en una institución respetable, contendiente para los altos círculos del poder. En una de las escenas claves del filme, el sargento Trapp (Ken Garito) le explica a Ron (John David Washington), quien acaba de ingresar a la fuerza pero quiere ser detective encubierto, que el KKK busca enfocarse en una estrategia electoral que enfatice las diferencias en temas polémicos como la inmigración, la seguridad social y las reformas fiscales. Ron explota en carcajadas, incrédulo de que estos racistas encubiertos con sábanas sean capaces de aspiraciones tan altas: “Estados Unidos nunca elegirá a alguien como Duke para presidente”. Hoy sabemos lo mucho que se equivocaba.

Uno de los mejores filmes de Spike Lee es Malcolm X (1992) y hay muchos vínculos entre esa cinta y esta, incluyendo que el protagonista aquí es el hijo del protagonista de aquella, Denzel Washington, y que ambos mantienen una actitud de gran dignidad ante la desesperanza y frustración. Ambas películas son ejemplos de un cine vital y apasionado pero cargado de ideas, a veces contradictorias, optimistas y cínicas, pero que ofrecen un vertiginoso caleidoscopio de la cultura revolucionaria de los setenta. Aquí Lee nos lleva de lo hilarante a lo trágico, sin descender al panfleto. La visión política de este director no es nunca simple ni dogmática, y si bien no va a reivindicar el simplismo ideológico del KKK, nos muestra a un grupo de incompetentes sumergidos en la cultura de la victimización, la ignorancia y la venganza, que a pesar de su torpeza reflejan bien a los asesinos de la 4 pequeñas niñas (1997) en Birmingham, sobre las que dirigió un poderoso documental.

Las referencias al régimen de Trump, quien ha sido elogiado por Duke y muchos otros fascistas de la extrema derecha y el alt right, van de lo sutil a lo evidente y, tras un final perturbador, se desliza a las imágenes de Charlottesville del año pasado y al enfrentamiento entre la derecha y los antifascistas que terminó en el asesinato de la manifestante Heather Heyer. La cinta es un ensayo sobre la representación del afroamericano en el cine, pero también sobre uno de los elementos que provoca el racismo y la segregación: hacerse pasar por lo que no se es. Mientras Ron mantiene conversaciones telefónicas con el líder local del KKK, su compañero, Flip Zimmerman (Adam Driver), se encarga de reunirse con ellos. Flip es judío, pero asegura nunca haberle dado importancia pues se creía “otro blanco más”, pero al imitar la retórica racista y antisemita se transforma. Ron se convierte en policía, en espía de los activistas negros e integrante del KKK. La policía trata de modernizarse, mientras los miembros del grupo supremacista quieren pasar por tolerantes. Tres tribus chocan, intentan destruirse y convivir, pero sólo el camaleónico Ron tiene la habilidad de transitar entre los grupos; y si bien su estrategia es exitosa, al final sólo queda la ira para defender la decencia y la humanidad.

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