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Huberto Batis, en su casa estudio de Tlalpan, enero de 2015. Foto: Rosa María Fajardo González
Huberto Batis, en su casa estudio de Tlalpan, enero de 2015. Foto: Rosa María Fajardo González

“Escritores buitres”, llamaba Huberto Batis a aquellos que, en cuanto moría alguna celebridad de las letras, se presentaban a su redacción con un ensayo o artículo sobre el recién fallecido. Apenas corría el rumor de la enfermedad mortal estos buitres se daban a la tarea de preparar la monografía oportunista y a contar los minutos antes del deceso para ponerla en posesión del editor. “Y ni modo, mano —me decía Batis—, había que publicarla sea para honra o deshonra del muerto. Es la premura de los periódicos”. En su oficina pasábamos entre cinco y seis horas conversando mientras corregía los artículos, recibía a sus colaboradores y atendía las llamadas por teléfono que le anunciaba su sempiterna secretaria Aída. Su oficina conservaba la puerta abierta y cualquiera podía colarse sin ser anunciado, pero sólo si tenía los arrestos suficientes para soportar los embates de ira o la mirada furiosa de Batis. Su temperamento fluía hacia varios rumbos y su carácter intimidaba al más valiente u osado. El tiempo nos hizo amigos y durante una década en la que colaboré en el suplemento sábado, del periódico unomásuno, jamás fue impertinente o violento conmigo. Al contrario, su secretaria tenía órdenes de obligarme a entrar a la oficina en vez de dejar mis páginas escritas a máquina en manos de ella. Las consecuencias de nuestra relación tuvieron enorme trascendencia en mi vida, ya que me aproximé al conocimiento de la cultura mexicana en todos sus aspectos (historia, arquitectura, cine, filosofía, etcétera), no sólo desde la lectura, sino a partir del relato biográfico de sus autores. Cuántas conversaciones por teléfono le escuché a Batis sostener con Elena Garro, quien le llamaba cada vez que tenía algún problema con uno de sus gatos. En cierta ocasión y a su pesar Huberto tuvo que comunicarse con el gobernador de Morelos porque Elena, ya senil, había olvidado a uno de sus tantos gatos en un taxi y se hallaba inconsolable. Sobra decir que el gato apareció, más tarde que pronto, a las puertas de la casa de Elena. Ojalá los políticos atendieran así los asuntos públicos urgentes.

“Lo recuerdo bailando entre una multitud de gárrulos con su compañera Patricia y siendo uno más entre la multitud de jóvenes drogadictos, artistas y diletantes”.

A Batis le animaba rodearse de jóvenes, los procuraba siempre y cuando detectara en ellos alguna clase de talento; nos relataba anécdotas íntimas de los grandes escritores y despotricaba contra quienes utilizaban la política y sus relaciones sociales para escalar en la pirámide de las letras y gozar de privilegios que su talento no merecía. Acerca de una escritora contemporánea suya y hoy en día muy considerada —académica notable—, Batis afirmaba que su aportación a las artes sería notable si abandonaba la escritura de ficción y abría una agencia de viajes. Las visitas de Huberto a mi departamento llegaron a ser frecuentes; lo recuerdo bailando entre una multitud de gárrulos con su compañera Patricia y siendo uno más entre la multitud de jóvenes drogadictos, artistas y diletantes. Nuestras comidas resultaban también pantagruélicas e interminables; entre ambos nos bebíamos más de una botella de brandy mientras desatábamos los nudos de la condición humana. Era un hombre de una cultura notable y extendida, pero sobre todo le interesaba el aspecto vitalista y en movimiento de todo conocimiento que los expertos o eruditos acostumbran paralizar para tornarlo un dogma y obtener beneficios. Siempre deseó ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, sin embargo tenía allí una cantidad considerable de enemigos, los cuales aún se mantienen estáticos en sus lúgubres y honorables sillas. Los miércoles por la noche los dedicaba Huberto a cenar con Juan García Ponce, el escritor mexicano que más admiró y cuya amistad representaba para él uno de sus mayores privilegios. Me detengo ahora; se me ha pedido que narre sólo alguna anécdota suya, pero el espíritu charlista de Batis y una imaginaria botella de brandy me hacen soltar la lengua y alargarme demasiado, pese a no considerarme un escritor buitre. En el futuro rendiré las cuentas necesarias.

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