El legado de Gómez Morin

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Mauricio I. Ibarra


Por Mauricio I. Ibarra

Nuestra democracia tiene un sistema de partidos competitivo. Desde fines de los 80 del siglo pasado, en el ámbito federal los mexicanos distribuimos nuestros votos mayoritariamente entre tres diferentes partidos: Acción Nacional (PAN), de la Revolución Democrática (PRD) y Revolucionario Institucional (PRI).

Para comprender al primero de ellos, es preciso tener en mente que su historia está estrechamente ligada a la de su fundador, Manuel Gómez Morin, primer presidente del PAN de 1939 a1949. El surgimiento de Acción Nacional se explica por la convicción de su fundador de que a México le hacía falta una ciudadanía que actuara como contrapeso al poder gubernamental.

La valoración del PAN como constructor de ciudadanía durante sus primeros 60 años es indudablemente positiva. Ya sea con su presencia desde la década de 1960 en el Congreso federal con los llamados diputados “de partido”, luego con su victoria en algunas presidencias municipales, así como la obtención de la gubernatura de Baja California en 1989, el partido blanquiazul recorrió un camino que lo llevó de una oposición simbólica a una oposición a secas.
Durante seis decenios, el PAN se convirtió en un referente ético, alternativo al partido hegemónico. Ya no lo es. Reflexionando sobre la deshonestidad con que el régimen revolucionario había transformado a una de sus creaciones, el Banco de Crédito Agrícola, Gómez Morin dijo que era como “una niña buena, de un pueblo bueno, que con el paso del tiempo emputeció”. ¿Qué diría hoy que la opinión pública relaciona al Partido Acción Nacional con parejas presidenciales, “moches”, “michoacanazos” y campañas negras?

El PAN no estaba listo para la alternancia. Carente de cuadros con experiencia en gobiernos federales, improvisó y erró. La ciudadanía disculpó al principio sus yerros atribuyéndolos a falta de experiencia. Pero esa excusa se gastó pronto.
En lo económico, se limitaron a conservar la estabilidad, sin ofrecer una alternativa de mayor crecimiento y menor desigualdad. Defensores de derechos individuales, se acomodaron sin mayor reparo al corporativismo sindical. Partido fundado por abogados, perdió la brújula en la procuración de justicia. Críticos del presidencialismo extraconstitucional, Fox y Calderón buscaron controlar las dirigencias partidistas. Peor aún, después de haber condenado sin dobleces la falta de honradez en el partido hegemónico, los 12 años de sus administraciones proveen de abundantes ejemplos de corrupción en todos los niveles.

A más de un año de perder las elecciones, la opinión pública sigue en espera de una explicación blanquiazul sobre cuáles fueron sus errores y qué harían distinto si volvieran al poder. No ha habido autocrítica y la disputa por la dirigencia impedirá que la haya en el corto plazo. Revisando su actuación reciente se constata que, lejos del poder, el PAN ha sido incapaz de jugar bien el papel de oposición. Su desintegración en dos tribus ha obstaculizado las reformas que no supo concretar mientras estuvo en Los Pinos. A la ofensa de mantener la deuda con la ciudadanía que votó mayoritariamente para que la gobernara en dos ocasiones, agregan el insulto de no actuar como oposición.
Lamentablemente, la división panista debilita nuestra democracia.

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