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En el imaginario clásico la barbarie se situaba en los bordes de la civilización, como una amenaza permanente de agresión, saqueo o conquista violenta; como un inquietante muro de palabras incomprensibles, murmullos ásperos que cercaban la metrópolis: bar-bar-bar-bar. La verdadera característica del bárbaro, más allá de su presunta crueldad y salvajismo, era que no hablaba el idioma helénico ni seguía las costumbres y tradiciones griegas, y que de franquear los muros arrasaría la cultura. En su novela Al final de periférico, Guillermo Fadanelli hace un recuento, con toques de crónica, acerca del lugar donde pasó buena parte de su adolescencia: Coapa. En un tono que va de la evocación del género western al Bildungsroman o la novela de formación, el autor de Lodo describe a los nuevos bárbaros que optaron por abandonar los barrios del Centro por la periferia, que cambiaron sus departamentos por casas con jardín y el aire más puro del mundo, en los entonces nuevos fraccionamientos del extremo sur de la ciudad, al lado de los canales, en desarrollos hechos sobre milpas y pastizales aplastados por el pavimento. El autor hace una disección de los dialectos, las manías y las obsesiones que ofrecían nuevas formas de ser capitalino: mucho más que una crónica de la gentrificación y más allá de una impactante serie de recuentos cómicos, grotescos, violentos y melancólicos de adolescencia.

Por un lado hay una notable reflexión del fenómeno de la suburbanización de una ciudad, en imitación de fantasías y modelos estadunidenses de salvación y escape de lo que veían como la chusma y la violencia de las urbes. En esos páramos remotos, el súper había reemplazado a los mercados, se jugaba beisbol y basquetbol en vez de futbol, había armas escondidas en los cajones, tragaluces en los techos y televisiones encendidas permanentemente. En esa tierra robada a los topos, los ganaderos y a pueblos que vieron a los bárbaros venir y no entendieron su predicamento, viven ex militares, marinos, políticos y agentes de la represión, individuos con delirios de poder, a menudo violentos, enajenados y a la vez penosamente distantes de los ejes de la autoridad.

“Aquí el pasado no es visto con un filtro ni un embudo sino con la libertad deliberada, provocadora y furiosa que dan los recuerdos emocionales.”

Con su espléndido y feroz sentido del humor Fadanelli describe un nuevo horizonte, geográfico, por supuesto, pero también simbólico, el cual representa una dimensión olvidada del echeverriato, la del suburbio como hábitat de una nueva pequeña burguesía que permitía que la alta plebe y la clase media se encontraran en una especie de terreno nivelado, una tabula rasa donde niños de distintos orígenes sociales y raíces urbanas podían jugar en los terregales, robarse los calzones de las vecinas, envenenar los tinacos (o mejor aún echarles yumbina con la esperanza de despertar la libido de las mujeres de la casa), arriar vacas para invadir el patio de un colegio de monjas y cambiarle las placas a los coches para causar caos entre los conductores. La “metástasis barriomediera” que define Fadanelli correspondía al anhelo de inventar una comunidad de desiguales unidos o por lo menos tolerados, donde los menesterosos, los asalariados, los apocados y los arrogantes podían empezar de nuevo, podando el pasto, soñando con viajar a Disneylandia, compartiendo cigarros Pall Mall, usandocamisas Lacoste y tenis Adidas Roma.

No es esta novela un eco de la epidemia de series y películas que han bombardeado al mundo con imágenes cosméticas y narraciones sentimentales de los años cincuenta, sesenta, setenta u ochenta estadunidenses. Aquí el pasado no es visto con un filtro ni un embudo sino con la libertad deliberada, provocadora y furiosa que dan los recuerdos emocionales. A fuerza de documentar obsesivamente el pasado, en especial con las facilidades que nos permiten los medios digitales, hemos terminado por perderlo, sepultarlo en la insignificancia de inacabables cascadas de imágenes descontextualizadas, idílicas y sórdidas. Aquí el autor establece un diálogo entre el presente y el pasado con el que justifica el recuerdo y la necesidad de recrear esas memorias, en un esfuerzo quizás infructuoso de reconciliarse con el presente.

Una de las imágenes más poderosas de este libro repleto de detalles deslumbrantes es el cronómetro olímpico del canal de Cuemanco, abandonado e inservible, el cual con su herrumbre y deterioro mide “el tiempo verdadero”. Un símbolo decrépito de las ilusiones olímpicas como señal no tanto de un pasado sin gloria sino de una idea fracasada del futuro. Este reloj de manecillas inmóviles es el cíclope que reniega de las promesas de progreso y se ofrece como testigo de la expansión incontrolable de una monstruosa ciudad teratoma.

La ironía de un periférico que termina súbitamente, de un circuito que no rodea a nada y que no denota un perímetro ni un contorno, apunta a una más de las promesas rotas de modernidad de una ciudad catastrófica. En vez de una ágil vía que dibujara y limitara el crecimiento urbano, el periférico se volvió una cicatriz de pavimento que partía a la ciudad de manera caprichosa. En un mundo ideal, o por lo menos congruente con la geometría, el final del periférico sería igualmente su principio, y estaría en cualquiera o ninguna parte de su circunferencia. Pero en el entonces llamado DF había como final un rincón, como si de pronto diéramos con la orilla de la tierra plana o con un precipicio sin fondo que eventualmente nos devoraría.

En este incoherente final del periférico, que era a la vez puesto de avanzada y escape de la vorágine chilanga, Willy y sus amigos, Gerardo Balderas (el Tetas), Alejandro Garrido (el Garras) y Herman (el Negro), se encuentran al inicio de su vida como adolescentes, ese periodo de ruptura con la familia y de construcción de la identidad a partir de la creación de un personaje. Fadanelli mantiene un fino equilibrio entre el nihilismo cínico de su protagonista y la pasión de descubrir el mundo de las tentaciones adultas (aunque no merecieran su “salvaje, pulcra y decidida honestidad”) y las obsesiones sexuales. Pero así como se describen travesuras y canalladas no tan insignificantes, está también el anhelo de parricidio, ese deseo que no puede justificarse más que como una urgencia de liberación primigenia. El ciclo de la vida al final de este periférico no cíclico pasa por el sacrificio del patriarca. La muerte ronda en el imaginario y la realidad de los jóvenes que ven la barbarie desde la intimidad y quizás intuyen que en cuestión de un par de décadas la urbe será el epicentro del crimen, descomposición y podredumbre. Con su humor desternillante y su crueldad poética, la espléndida novela de Fadanelli adquiere un tono particularmente ominoso y perturbador al ser una sobria meditación sobre la barbarie y el cataclismo nacional del ocaso del siglo XX.

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