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Foto: portalautomotriz.com
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El alacrán leyó en El Cultural la aventura “metrística” de Ana Clavel, impulsora del ciclo Los escritores viajan en el Metro, y no pudo evitar un flashback hasta sus 14 años, cuando estrenó la estación Chapultepec del tren subterráneo. Esa primera ruta del Metro se inauguró en 1969: Observatorio-Tacubaya-Chapultepec-Merced-Zaragoza, suficiente entonces para transportar a una multitud creciente a punto de convertirse en masa, recuerda el escorpión.

Aquel trayecto concitó asombros y admiración ante los vagones franceses y la eficiencia y velocidad del servicio. Tomó tiempo acostumbrarse a la exhalación silbante de las puertas, al movimiento impulsivo y ágil requerido para el abordaje, al urgente andar robótico y apresurado por túneles con iluminación artificial, incluso a la claustrofobia repentina en medio del tumulto.

La mole arquitectónica de la estación Insurgentes adquirió perfiles de magnificencia urbana y hasta interplanetaria, según la cinta futurista Total Recall, de 1990, donde observamos al gélido austriaco Arnold Schwarzenegger vivir una distópica aventura en pleno Metro mexicano, huir de los mutantes marcianos en la estación Chabacano y penetrar en inhóspitos túneles con ciudades virtuales levantadas escenográficamente en las entrañas del Sistema de Transporte Colectivo.

Pero el permanente sueño mexicano de la modernidad parece trastocarse en inevitable pesadilla, insiste el venenoso. Se construyeron más y más kilómetros de Metro: exterior, en calzada de Tlalpan, o elevado, por los rumbos del aeropuerto. Pero la pesadilla también avanzó rápido.

“Al inicio de los noventa, la sobrepoblada urbe subterránea del Metro hormigueaba de multitudes estacionadas para la venta”.

Al inicio de los noventa, la sobrepoblada urbe subterránea del Metro hormigueaba de multitudes estacionadas para la venta, el consumo, la transa, el atraco, el ligue, el ocio.
Se requirieron normatividades especiales para el desplazamiento y vagones por género —caballeros y damas— para evitar el acoso a las mujeres, el carterismo, los abusos policiacos.

Nuestros arquitectónicos templos laicos del progreso urbano fueron invadidos con urgencia por vendedores, músicos y trabajadores ambulantes, emigrantes del campo y masas desempleadas, visiones de la pauperización que revelaron injustos los signos del desarrollo. Recuérdense las estaciones Chapultepec, Taxqueña o Tacubaya, Pino Suárez, Balderas o Hidalgo, donde esplendían hace poco los puestos de tortas y comida rápida, de piratería y ropa en superofertón, discos, películas, bisutería, juguetes…

A punto de su medio siglo, otros capítulos, como la falta de mantenimiento, los vagones inútiles abandonados en bodegas, la reciente catástrofe constructiva de la línea 12, conformarán también la historia de esplendores y miserias del Metro mexicano.

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