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Metro. Foto: Especial
Metro. Foto: Especial

Dado que nací y crecí en Torreón, una seca ciudad del norte de México, mi relación con el Metro se inició tardía, difícilmente y llena de malentendidos. Eso no impide que dos de mis primeros recuerdos tengan como escenario un vagón anaranjado. El primero proviene de cuando tenía yo unos tres años y es más una colección de imágenes que una memoria articulada: comienza con una multitud empujando para entrar a un vagón, una marea humana que me arrastra y me suelta de la mano de mi madre. Alcanzo a distinguir apenas un retazo de su abrigo. Vienen después dos puertas cerrándose sobre mi brazo infantil mientras intento zafarme. Cuando comprendo que no lo lograré la busco desesperado, sólo para toparme con sus ojos asustados… No supe más. Me han contado que alguien tiró de la manija de emergencia.

El otro es una anécdota que aún se escucha en las reuniones de familia. Un hecho de sangre que mi madre atestiguó hace años a bordo de un vagón. El caso es que el niño que fui nunca se llevó bien con el Metro, quizá porque, desde la lejanía del desierto, mi familia asumía ese medio de transporte como la objetivación de esta furiosa capital, a la que mi abuela se refería como esa ciudad de locos. Me queda claro que no era la naturaleza subterránea de ese transporte la que ocasionaba los prejuicios, pues mi familia se ha dedicado por casi trescientos años a la minería, oficio que presupone pasar periodos prolongados bajo tierra y desplazándose por túneles.

Los siguientes acercamientos al Metro, ocurridos en mi adolescencia, fueron por completo literarios. El primero fue leyendo “La fiesta brava”, cuento de José Emilio Pacheco que Ana Clavel mencionó durante su participación en este ciclo. Yo lo leí en forma de historieta, en una edición que todavía conservo y que por sus características se asemeja mucho al libro vaquero. Aunque no lo recuerdo con precisión, sé que el cuento del maestro Pacheco me transmitió una suerte de zozobra relacionada con andenes y túneles, confirmando la red subterránea como un oscuro territorio donde cualquier cosa podía ocurrir. Sucedió lo mismo años más tarde, cuando estudiaba en la Universidad Autónoma de Nuevo León y encontré en Los rituales del caos una crónica dedicada al subterráneo capitalino. Bajo el subtítulo “Viaje hacia el fin del apretujón”, don Carlos Monsiváis documentó mi pesimismo con frases como “Si es falso que donde comen diez comen once, es verdad que donde se hallan mil se acomodarán diez mil” y “El metro anula la singularidad, el anonimato, la castidad, la cachondería; todas ésas son reacciones personales en el horizonte donde los muchos son el único antecedente de los demasiados. Aquí entrar o salir da lo mismo”. Aunque no podía entenderlo entonces, la crónica de Monsiváis es una ácida celebración de la pluralidad, si bien en ese momento la leí como una advertencia para los foráneos que, por caprichos del destino, cayéramos en subsuelo chilango.

“Si te pierdes, sólo pregunta dónde está la estación más cercana, me aconsejaron mis primeros guías, en una sabia recomendación que hoy suelo repetir a los recién llegados aun en esta época de teléfonos inteligentes”.

Quiso el destino que a fines de 2004 me mudara yo a la capital para ganarme la vida como reportero. En ese momento el Metro tuvo un papel clave, pues me permitió trazar el primer esquema mental de una megalópolis que no conocía, y que desde entonces se jactaba de hacinar a veinte millones de habitantes. “Si te pierdes, sólo pregunta dónde está la estación más cercana”, me aconsejaron mis primeros guías, en una sabia recomendación que hoy suelo repetir a los recién llegados aun en esta época de teléfonos inteligentes. Durante los últimos catorce años el Metro ha sido mi transporte preferido, entre otras razones porque permite hacer dos cosas al mismo tiempo: leer y desplazarse.

Entre las lecturas que más he disfrutado en un vagón recuerdo sobre todo dos: la primera es El perseguidor, el célebre cuento-nouvelle de Julio Cortázar, pues en sus páginas el subte juega un papel fundamental. Ahí, el Metro parisino es un espacio de privilegio que le permite al saxofonista Johnny Carter vivir de otra manera el tiempo. A bordo los minutos se estiran, permiten pensar y vivir mucho más cosas. Transcribo aquí un párrafo:

El métro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé… Y entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí.

La otra lectura memorable es un extraordinario poema de Mijail Lamas que también tiene que ver con túneles y trenes:

Nos hemos separado,

en el metro tú abordas

vagón para mujeres.

Yo voy entre los hombres,

que no se ven de frente

y van apretujados.

Como yo, más de alguno

de los que viajan solos,

tendrá en otro vagón

su compañera;

sin embargo,

cosa buena sería

hablar entre nosotros

de las que viajan solas,

de lo bellas que son,

de lo tristes que van

sin nuestra compañía,

pensando sin mirarse,

en nuestra soledad

callada de varones.

Pero en otra estación

volvemos a encontrarnos.

Todo se reestablece.

Sobre tu propio pulso,

que acercas a mi tacto,

yo he ido construyendo

estas palabras.

“Un hombre con fuerte aliento a alcohol entra de prisa en un vagón, sujetándose el abdomen con las manos y chorreando sangre. Es evidente que algo ha sucedido, pero ¿qué?.

El Metro ha resultado también el contexto donde ocurren varios de mis cuentos. Recuerdo sobre todo dos, contenidos en el volumen Contar las noches, publicado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. El primero, “Diagnóstico preliminar”, comienza cuando un hombre con fuerte aliento a alcohol entra de prisa en un vagón, sujetándose el abdomen con las manos y chorreando sangre. Es evidente que algo ha sucedido, pero ¿qué? Lo escribí recién llegado a la Ciudad de México, quizá por eso transcurre en una atmósfera de indefensión. El segundo, en cambio, es la reelaboración literaria de un fenómeno que tristemente ha crecido en el país y que, como el Metro y la minería, también tiene que ver con el subsuelo. Me refiero a la desaparición forzada. Lleva por título “Señas particulares” y lo escribí a partir de una visión: un tablero de avisos lleno de carteles con los datos y las fotos de mujeres, niños, ancianos y hombres desaparecidos.

Los vagones y andenes han sido mucho más que un espacio para la lectura y un paisaje para mi escritura.

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