El “México siempre fiel” que abarrotó Ecatepec

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El papamóvil, por la velocidad a la que iba, levantó una polvareda enrojecida.
Un pequeño remolino que bañó los asoleados corrales en que se dividió el terreno El Caracol, en Ecatepec, donde cientos de católicos vitoreaban “¡Francisco, Francisco!”

El saludo al Papa en su llegada fue tan fugaz que la mayoría de los fieles ansiosos en recibirlo, con la emoción desbordada, siguió el jeep blanco con la mirada como si fuera una pelota de tenis… pero sin regreso.

Ayer, en este sitio que colinda con lo que parece un llano sin fin, 343 mil personas, el aforo de tres estadios Azteca, colmó cada miligramo del tezontle con el que se formó el piso para la celebración eucarística masiva.

Y llegó de todo. Por ejemplo, dos mujeres jóvenes que para soportar el frío del amanecer habrían de taparse con cobijas rojas de lana fina, sacadas de cilindros de plástico con tirantes para colgar al hombro; y, metros atrás, ensarapados que asomaban la cabeza para calar la temperatura y volvían al calor del caparazón terregoso formado por sus frazadas con dibujos de guajolotes.

Pero si el Papa iba muy rápido, o no lo suficientemente lento en el papamóvil, la feligresía mexicana, en su heterogeneidad social y económica, tampoco atinaba aún a lograr una consigna cuya simplicidad la convierta en emblema de su relación con el nuevo vicario de Cristo.

Horas antes del amanecer, cuando Jorge Mario Bergoglio aún no salía de la Nunciatura rumbo al Campo Marte para abordar el helicóptero que lo llevaría a Ecatepec, una monja que animaba desde un templete ubicado a la derecha del altar llegó a provocar desconcierto.

Intentaba calentar los ánimos de la grey que tiritaba a causa de los seis grados centígrados. Soltó el consabido “Juan Pablo segundo, te quiere todo el mundo”, pero cambiando orden y nombre: “Papa, Francisco, te quiere todo el mundo”.

Ni siquiera rimaba, así que, agotado el intento, no lo intentó una vez más.
La gente optaría por el repetido “¡Francisco, hermano, ya eres mexicano!”, carente del poder que convoca a un vitoreo unánime. Y luego también con un improvisado: “¡Papa Francisco, México está listo!”, aunque no se sabe para qué.

En el segundo día de actividades oficiales, el catolicismo mexicano y Francisco se siguen conociendo, tanteando. Gusta, pero no encanta.
“Así lo quiso Dios”, dijo Alejandrina Gómez a La Razón, quien sin embargo celebró haber estado cerca, a unos 20 metros de distancia, de Jorge Mario Bergoglio.

Lo que ha abierto la primera puerta del corazón del “México siempre fiel” ha sido el uso de un símbolo al que el propio Pontífice ha referenciado como motivo de unidad nacional, el fervor guadalupano. Fue ese “México siempre fiel” el que abarrotó El Caracol.

Desde las tres de la mañana los ríos de humanos abrazados a sí mismos para calentarse inundaron las calles Independencia, Bolívar e Insurgentes, en la colonia Las Américas. Recorrieron hasta diez kilómetros a pie por los accesos cerrados al tránsito vehicular. Una ocasión esperada para dejar escapar en el sentido festivo y fiestero de los mexicanos que mezclan con el sacrificio de peregrinar.

Para desahogar aguas, hicieron fila en casas que decidieron alquilar sus servicios sanitarios. Se formaron al menos una hora y media para entrar al local previo paso por tres filtros, incluido el del detector de metales.
Llegaron al lugar bardeado con una malla con barras de metal y reforzado con alambre de púas para evitar ingresos sin boleto.

Una marea roja de funcionarios y voluntarios, distinguible por los chalecos que portaba, no dejó detalle sin cubrir.

La logística, a cargo del gobierno del Estado de México, de Eruviel Ávila, en la que igual participaron soldados, policías federales, policías estatales… no recibió queja.

La interpretación de la Orquesta Sinfónica Mexiquense fue exquisita y se destacó la hermosura del altar con motivos indígenas, resultado de trabajo artesanal.

Por si se ofrecía, un jefe rudo de la PF, Espartaco, se vio muy vigilante y hasta ayudó a que un grupo de feligreses, atrapados en un retén por ir al baño, a volver a sus lugares cuando se había dado la orden de que nadie se moviera porque Francisco estaba a punto de llegar. Lo hizo a su modo, sabedor de su fama:

—¿Nos van a custodiar?— preguntó un hombre, en pleno despiste.

—¿Qué no sabe a dónde va?, trae boleto.

—Sí— respondió el hombre arredrado.

—¿Entonces qué pregunta?

Luego se rió y lo mandó escoltado a su lugar.

Con todo controlado, los temas de la agenda del Papa no tuvieron interferencia para llegar a la feligresía y a los medios: las tentaciones de la riqueza, la vanidad y el orgullo, su cuestionamiento a la corrupción y a la desigualdad, la migración, el crimen.

A las 13:29 el sucesor de Pedro salió de El Caracol, en el Papamóvil, de nuevo rápido.

Los fieles, dijeron, iban “reconfortados”, según Ernestina González, en “lo espiritual”, y tan animosos como un grupo de muchachos que en la esquina de Bolívar e Insurgentes llamaron la atención ya no tanto por vitorear a Francisco.

¡Eeeeeeeh!.., fueron elevando la voz mientras agitaban las manos, como en el futbol, y cuando todo mundo esperaba la palabra que provocó hasta sanciones de la FIFA, completaron: ¡Cristooooooo!