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Foto: Especial

En el Museo de la Revolución de León, Nicaragua, la exposición permanente no existe. Tampoco las temporales. Y no hay colección que resguardar. Salvo por unos murales con periódicos viejos, fotocopias de documentos ilegibles y unas cuantas fotografías
colgadas de las paredes —la mayor parte sin marco ni créditos—, las amplias salas permanecen vacías. Casi no hay vitrinas ni mesas de exposición. No hay un solo cartel informativo, ni explicaciones de ninguna clase. En el patio trasero, como era de esperarse, tampoco hay nada, fuera de unos murales que bien pudieron haberse pintado la semana pasada o hace diez años, y que están muy lejos de tener la calidad de los que alguna vez entusiasmaron los muros de las ciudades del país (sobre todo de Managua, Estelí
y de la propia León). No hay tampoco guardarropa, audioguía ni tienda del museo, ese espacio para clientes que en más de un museo del mundo parece despertar más entusiasmo que las exposiciones. Tampoco hay cafetería y mucho menos un restaurante con chef de estrella Michelin. En el Museo de la Revolución de León, Nicaragua, no hay absolutamente nada que pueda hacer pensar que es un museo, lo que da por resultado que, a falta de un relato asentado en forma de objetos intocables y de explicaciones escritas en tinta indeleble, todo esté abierto a la interpretación.

Tampoco hay guías con sus chistes malos aprendidos en tres idiomas, ni guardias a los que se les prohíba sentarse, ni curadores arriesgados, ni cajeros inflexibles con la fecha de vigencia de la credencial de estudiante, maestro o viejo. O sí, pero no de la manera tradicional. Esto es, en un gesto tan radicalmente lógico que desafía toda lógica, lo único que hay en el Museo de la Revolución son revolucionarios; ellos son los encargados de la taquilla, de la seguridad, de la curaduría y del recorrido.

Al pagar el boleto de entrada, al visitante se le asigna un guía, que en todos los casos resulta ser un combatiente, es decir, un exguerrillero. Él es el encargado de explicarle al visitante quiénes son esos señores pintados en las paredes —Sandino, antes y más que nadie, y luego Carlos Fonseca, el fundador del Frente Sandinista, muerto en combate, y luego los demás—, por qué y contra quién se peleó la revolución, cómo se vivía en Nicaragua en tiempos de Somoza y cómo se vivió ya con el sandinismo en el poder, qué fue la contra, qué papel representaron Reagan y Estados Unidos en la guerra contrarrevolucionaria y, si hay tiempo y suerte, cómo fue la toma de León y qué papel desempeñó el ahora guía en la guerra. En un momento del recorrido, el guía toma una bazuca casera —uno de los poquísimos objetos en exhibición, al alcance de quien quiera jugar al guerrillero, y son pocos los visitantes que resisten la tentación de la foto para Instagram— y actúa que dispara contra la odiada Guardia Nacional de Somoza. Quizás ése sea el punto climático del recorrido o, si se prefiere, la pieza estrella de la colección: el guerrillero que juega a ser guerrillero, el revolucionario que finge ser revolucionario, el combatiente que representa a un combatiente. Y es que una revolución lo es cuando está en marcha, y cuando triunfa, las raras veces que triunfa, está obligada a fingir que lo sigue siendo, que es una obra en marcha, que no ha dejado de ser y que la victoria final, más que punto de llegada, fue de partida.

Si lo desea, al terminar las explicaciones, el visitante puede recorrer a solas el museo, entrar en las salas perfectamente vacías y admirar o lamentar el estado en el que se encuentra el palacete en ruinas, que, más que un punto turístico, parece una casa tomada, porque en rigor lo es: el museo se encuentra en un antiguo palacio somocista donde
la aristocracia local festejaba sus míticas fiestas, y tiempo después fungió como cuartel policiaco, hasta que los guerrilleros tomaron la ciudad y abrieron sus puertas al pueblo.
De hecho, los guerrilleros reconvertidos en guías se jactan de que ahora son ellos quienes habitan el palacio; poco les importa que, quizás como involuntaria y cruel metáfora de la revolución sandinista, se esté cayendo en pedazos. Vacío y desordenado como está, el museo también representa, sin quererlo, el perezoso romance que las revoluciones suelen tener con las ruinas, como dejó claro el cubano Antonio José Ponte en su hermoso, habanero y descatalogado Un arte de hacer ruinas.

Pero volviendo a los viejos soldados y flamantes guías, más que como un consuelo, insuficiente por definición, ellos asumen su papel con orgullo y dignidad, como si se tratara de una misión de guerra. Su labor puede verse como un continuo exabrupto literario calcado del conde Tokray, aquel personaje que en Respiración artificial de Ricardo Piglia soñaba con regresar a San Petersburgo, entonces ya Leningrado, para convertirse en un “museo viviente” que ilustrara, para las jóvenes generaciones soviéticas, el olvidado modo de vida de un aristócrata ruso en los tiempos del zar. El museo viviente de un solo hombre sería “la memoria de ese tiempo feliz”, como lo fue el zarismo para el conde, y como lo fue la revolución para los guías, y de ninguna manera representaría una rendición o una forma de colaboracionismo, sino muy al contrario: sería una delicada acción de rebeldía. El conde Trokay de Piglia, aristocrático y derrotado, es idéntico a los triunfantes revolucionarios del museo salvo por un detalle: el primero es imaginario, mientras que los segundos son reales, acaso a estas alturas mucho más reales que la revolución a la que defienden cada día con más dudas y nostalgia.

LA MEMORIA DE UN TIEMPO FELIZ

Nada está más lejos de la intención de los guías que hacer algo, lo que sea, en contra
de la revolución, en la que creen y están obligados a creer porque para eso los turistas pagan la entrada. Sin embargo, cuanto más heroica es la narración de las viejas batallas, mayor es el contraste con la Nicaragua actual, y cuando uno pregunta por el presente de la revolución, oficialmente en el poder, parecen evadir el tema o tratarlo con una pasión fingida, y se las ingenian para volver al relato de la corrupción de los Somoza y los crímenes de su Guardia Nacional, de los que, esos sí, nadie duda.
Y entonces, siempre involuntariamente y sin darse mucha cuenta, los guías obtienen el efecto contrario al deseado: al recordar la incuestionable gesta de los guerrilleros sandinistas y rememorar el idealismo de esos años de pronto tan lejanos, se revela más perversa, más triste, la traición de la mayor parte de los comandantes sandinistas a su pueblo, a su movimiento y a ellos mismos.

La locuacidad de los guías no es excepcional: parece que todo el que participó en la revolución sandinista quiere contar su historia. Más allá de la cuestionable vocación literaria de algunos de los nueve comandantes sandinistas que controlaron el país durante la década de gobierno en los ochenta, resaltan tres libros memorialísticos de sendos escritores que participaron directamente en los hechos: La revolución perdida (2005), de Ernesto Cardenal, Adiós muchachos (1999), de Sergio Ramírez, y El país bajo mi piel (2010), de Gioconda Belli. Ramírez y Belli, además, se han convertido a su pesar no en participantes, pero sí en voceros de la actual rebelión contra Daniel Ortega, mientras que Cardenal, a sus más de noventa años, se ha vuelto un perseguido político del sandinismo al que apoyó por décadas.

Con sus grandes diferencias —el de Cardenal se centra en el espíritu de la revolución y en el papel del cristianismo en ella; el de Ramírez, en la organización política, y el de Belli, en su propia historia sentimental, tomando al sandinismo como una de las grandes pasiones amorosas de su vida—, los tres libros evocan los épicos años de lucha, la confusa década de gobierno y el desastre que significó la pérdida de las elecciones presidenciales de 1990. El eje que comparten es la participación de sus autores en los hechos; nunca pretenden escribir un relato oficial o una verdad incuestionable, sino consignar de forma mucho más sincera y fecunda su visión de los hechos. Que esta visión haya sido privilegiada por distintos motivos, y que coincida en los tres casos con la mirada de un buen escritor, es un hecho infrecuente en la historia y la literatura latinoamericana, a pesar de estar ambas plagadas de revoluciones y de dictadores.

En los años de lucha, Belli fue correo clandestino y traficante de armas, además de embajadora de la revolución; Ramírez, por su parte, como miembro del Grupo de los Doce, y más tarde como vicepresidente del país, fue una pieza clave en la lucha política y en las negociaciones para que el Frente, ya triunfante, se hiciera con el poder a partir de la resignación de Carter; por último, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal fue miembro activo del sandinismo, y viajó como el que más, de la Europa socialdemócrata y solidaria a la Libia de Gadafi y al Irán de los ayatolas, para denunciar las atrocidades de Somoza, primero, y más tarde para conseguir armas y petróleo para un gobierno asediado económica, política y militarmente por Estados Unidos en el periodo de Reagan. Los tres coinciden en la heroicidad del pueblo nicaragüense —verdadero protagonista de la revolución que de ninguna forma puede reducirse al triunfo de un grupo guerrillero— que a la menor oportunidad se alzaba en armas para desafiar el odiado dictador, sin importarle la certeza de que la venganza del régimen sería salvaje.

Estas páginas cobran un sentido trágico al leer las noticias recientes; por ejemplo, Cardenal y Ramírez sostienen que uno de los puntos más rebeldes del país fue Monimbó, el barrio indígena de la ciudad de Masaya, donde se inventaron muchas de las armas caseras —como la bazuca con la que se fotografían los visitantes en el Museo de la Revolución— que desafiaron a la moderna Guardia Nacional. Monimbó es ahora también una de las poblaciones que con mayor valentía se ha rebelado contra Daniel Ortega, quien no ha dudado en responder con una represión sólo equiparable con la del antiguo dictador. Como es natural, otro sector implicado profundamente en la rebelión contra la dictadura es el de los estudiantes, los mismos que cuarenta años después, es decir, hoy, fueron desalojados por paramilitares sandinistas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. En tan sólo unos meses, la represión de Daniel Ortega en nombre de la revolución ha dejado cientos de muertos por todo el país. Pero a diferencia de Somoza y su Guardia Nacional, el comandante Ortega no se enfrenta a un grupo guerrillero, sino a civiles pacíficos y desarmados; basta recordar que reprimió la manifestación de las madres de los estudiantes muertos, y no con golpes, gases lacrimógenos ni balas de goma, sino con francotiradores.

Los tres escritores coinciden en la jubilosa confusión que reinó después del triunfo de 1979; los guerrilleros de toda la vida de pronto se encontraron en el poder, con un país, más que para reconstruir, para inventar. A falta de oficinas, la cúpula sandinista se instaló en el hotel Camino Real, y así, recién llegados del frente, o de San José de Costa Rica a bordo del Quetzalcóatl II, cortesía de López Portillo, se pusieron a trabajar. La primera medida que tomaron fue la campaña de alfabetización nacional, que convocó a decenas de miles de voluntarios, muchos de los cuales más tarde se alistaron para combatir a la contra, financiada por la CIA y compuesta por mercenarios y exguardias somocistas.

Foto: Especial
Foto: Especial

En esos primeros años de sandinismo reinante, Nicaragua se convirtió en la capital de la revolución mundial, lista para tomar el cielo por asalto e ignorante de que faltaba una década para que el siglo de las revoluciones —inaugurado en el continente por Madero y en Nicaragua por Sandino— concluyera abruptamente, no sólo en Managua, sino en el mundo. “Es el país más vivo del mundo, el más hermoso y el más libre”, escribió Cortázar en uno de sus viajes revolucionarios, a quien siguió una glamurosa lista de celebridades de izquierda, sandalistas, como se les apodó, lista para jugar al Sartre en La Habana visitando al Che. Günter Grass, Graham Greene, Harold Pinter, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Susan Sarandon, Salman Rushdie, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Joan Baez, Eduardo Galeano, Roberto Matta, Alicia Alonso y, cómo no, Carlos Fuentes, fueron a Nicaragua para ser vistos, pero también para participar con generosidad en lo que fue, probablemente, la última gran acción de solidaridad política internacional. Mención aparte merece García
Márquez, quien conspiró a favor de la revolución y estableció contactos con el general Torrijos en Panamá, con Carlos Andrés Pérez en Venezuela y, last but not least, con el priismo mexicano. Arafat envió a Nicaragua armas de la Organización para la Liberación de Palestina (confiscadas por la
CIA en Túnez), Irán aportó petróleo, innumerables países de Europa occidental (sobre todo Alemania y Suecia), a través del gobierno y cientos de comités de solidaridad, aportaron desde lámparas hasta latas de atún. El presidente del PRI, según cuenta Cardenal, ayudó con un cheque de cien mil dólares, después de hacerle firmar al padre revolucionario, en la Hacienda de los Morales, un recibo por doscientos mil. Que las revoluciones ajenas también le hicieran justicia al PRI no mancha por completo la solidaridad presupuestal de López Portillo, a quien uno de sus secretarios, antes de aterrizar en Managua, le preguntó cómo debían tratar al país centroamericano, a lo que el presidente respondió que como a un Estado mexicano.

LA NOCHE MÁS LARGA

Muchos fueron los logros de la revolución, sobre todo en la educación y en la salud. En esa década agridulce, los sandinistas tuvieron la sabiduría de no imitar los excesos de sus admirados cubanos o de sus contemporáneos iraníes, y no cometieron atrocidades contra el bando derrotado. La revolución sandinista ni siquiera pretendió ser comunista, y en uno de sus episodios más cuestionables expulsó a decenas de activistas latinoamericanos que pretendían radicalizarla. El pueblo nicaragüense no se plegó a Washington, ni a Moscú, y ni siquiera al papa Juan Pablo II, a quien una multitud casi abuchea en la Plaza de la Revolución por negarse a algo tan simple como desear la paz al pueblo nicaragüense. No obstante, los sanguinarios ataques de la contra acabaron por tener éxito, y las elecciones de 1990 se convirtieron en un plebiscito por la continuación de la guerra.

Para sorpresa de todos, los sandinistas, con Daniel Ortega como candidato a presidente y Sergio Ramírez como vicepresidente, perdieron las elecciones. Esa noche nadie festejó en Managua. La contra decretó el cese de las hostilidades y los sandinistas dejaron el poder para convertirse en uno de los poquísimos grupos políticos del continente que tomaron el poder por las armas para dejarlo por los votos.

Nunca creí que me tocara vivir ese día. La desolación también se me llenó de muertos, pero esta vez fue terrible. Sentí que todos se me volvían a morir, y que ahora sus muertes eran vanas, inútiles —escribió Belli.

Para Sergio Ramírez,

la gran paradoja fue que, al fin y al cabo, el sandinismo dejó en herencia lo que no se propuso, la democracia, y no pudo heredar lo que se propuso: el fin del atraso, la pobreza y la marginación.

Esa noche Daniel Ortega pronunció un discurso memorable, al reconocer la derrota, en el que dejó claro que los sandinistas habían llegado pobres, y pobres se iban, lo que hasta entonces era más o menos verdad.

Por desgracia, esos logros no durarían mucho. Antes de dejar el poder, el sandinismo inventó la piñata, que Cardenal describe de la siguiente manera:

Hubo el robo de las propiedades del Estado que hicieron los dirigentes para adjudicarlos al Frente Sandinista, y el robo de las propiedades del Estado que los dirigentes hicieron para adjudicárselos a ellos mismos, y posteriormente el robo de las propiedades del Frente Sandinista que los dirigentes también se adjudicaron. Así fue como la mayoría de los miembros de la Dirección Nacional (aunque no todos) y otras autoridades del partido o altos funcionarios del gobierno y líderes sindicales se quedaron con cuentas bancarias, casas, vehículos, empresas comerciales, supermercados, haciendas cafetaleras y ganaderas, ingenios de azúcar, fincas bananeras, restaurantes, televisión, radios, empresas comercializadoras de carne y de banano, y empresas financieras y bancarias. El pueblo fue ajeno a todo esto.

En cuanto a la democracia y la pureza de los ideales, Ortega aprendió bien la lección. Para retomar el poder y ya no dejarlo hasta el día de hoy, según escribe Ramírez en un prólogo para la reedición de sus memorias en 2007, se alió con el cardenal Obando, enemigo histórico del sandinismo y viejo aliado de Somoza, a cambio de imponer una agenda ultraconservadora, sobre todo en lo referente a los derechos de la mujer, y con Arnoldo Alemán, en un pacto de impunidad cuya primera medida fue levantar el arresto al líder derechista, condenado a décadas de cárcel por corrupción. De estas alianzas surge el lema “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria”, impreso en los miles de románticos retratos de Ortega y Rosario Murillo que cuelgan en la entrada y salida de todas las poblaciones de Nicaragua.

Foto: Especial

A lo largo del país proliferan los carteles con la imagen de la pareja presidencial, menos en un sitio: el Museo de la Revolución de León. Los sandinistas tenían por norma, para evitar el culto a la personalidad, sólo hacer propaganda con imágenes de “mártires de la revolución” o, en otras palabras, con muertos. Ésta fue otra de las muchas reglas y pactos
que Ortega rompió para convertirse en el líder supremo, siempre acompañado de su esposa. Quizás sea una casualidad, pero la ausencia del retrato de la odiada pareja presidencial dice mucho de la revolución, y de las posibilidades del museo. Después de todo, las salas vacías pueden significar que la revolución sigue en marcha, y que las paredes desnudas, con restos de pintura muy probablemente de los tiempos de Somoza y con humedades de los de Darío, esperan los retratos de los nuevos héroes, los que hoy pelean para derrocar al viejo tirano. Después de todo, como concluye Belli sus memorias,

mis muertos, mis muertes, no fueron en vano. Ésta es una carrera de relevos en un camino abierto. En Estados Unidos, como en Nicaragua, soy la misma quijota que aprendió, en las batallas de la vida, que si las victorias pueden ser un espejismo, también pueden serlo las derrotas.

El Museo de la Revolución de León, Nicaragua, siempre está próximo a inaugurarse.

Meditación sobre ruinas

Nuno Júdice

Traducción: Blanca Luz Pulido

 

Confesión

De un lado y otro de lo que soy,

de la luz y de la oscuridad,

del oro y del polvo,

oigo que me piden que escoja

y deje atrás la inquietud,

el dolor,

el peso de no sé qué ansiedad.

Pero llevo conmigo

todo lo que rechazo. Siento

entrar en mi espalda

un resto de noche;

y no sé cómo darme vuelta

hacia enfrente, donde

amanece.

 

Meditación sobre ruinas

Desembarcó en una habitación sin muebles dorados ni sillas:

maderas viejas, jarrones con flores de plástico, ventanas

con vidrios rotos mirando a la carretera. Ni viento,

ni mar: sólo el ruido de los carros entraba por las grietas

y hacía eco en el techo (donde asomaban las vigas entre

[los restos

de estuco). Después, en la calle, se colgó de los fierros podridos

de antiguos balcones. Entre los arbustos que invadían todo,

[se podía ver

un paisaje digno de un cuadro romántico. El valle, cubierto

[de casas, y

los montes invadidos de chatarra, ocultan un pasado

de rebaños y pastores. Pero tal vez aquí no se haya oído

la música de la flauta. En realidad, esta casa se limita

a guardar antiguos silencios, que la costumbre transformó

[en manchas

sepia en la memoria. Ahora, se confunden con el color

[de las paredes;

y sólo albergan cuevas de reptiles, que sólo se adivinan,

en invierno, escondidos del universo. Pero alguien pasó por aquí,

hace poco; y un montón de madera humea, todavía, mientras

el sol avanza desde el oriente, donde los colores fríos

de la madrugada no se disipan, y ningún pájaro saluda

el nacimiento del día.

 

Tiempo libre

En una tarde de domingo, en Central Park, o

en una tarde de domingo, en Hyde Park, o

en una tarde de domingo, en el jardín de Luxemburgo, o

en cualquier parque de una tarde de domingo

que hasta puede ser el parque Eduardo VII,

te recuestas en la hierba con el cuerpo doblado

como si fueras una mujer metida en una servi-

lleta. La tarde se limpia los labios con esa

servilleta de flores que es tu vestido

de domingo, y te deja desnuda bajo el sol frío

del invierno de una ciudad que puede ser

Nueva York, Londres, París, o cualquier parte,

como Lisboa. Los árboles miran hacia otro sitio,

como los pájaros distraídos con el sol

que en esa tarde está como por error. Y tú,

con los dedos prendidos en el pasto húmedo, ves

volar tu vestido, como una servilleta,

entre las nubes blancas de una tarde

de invierno.

 

Botánica

No hay diferencias entre la textura de las palabras

(digo, de las palabras y no del tejido o del cristal)

y la impresión que la superficie de ciertas hojas

deja en los dedos: me refiero a hojas como las de los

plátanos, de los chopos, y también de los

cipreses. La impresión se transmite al alma,

o a aquello que, en nosotros, tiene ese nombre, y nos lleva

a un fondo extraño de ideas y sombras donde,

como en la caverna del filósofo, la luz no se ve

entrar: como en un sueño, todo vibra en el corazón

de la oscuridad. Entonces, con un gesto brusco, arranco

esas hojas. Sin embargo, en el suelo, separadas de la rama,

no me dicen nada más de lo que, en el diccionario,

está escrito: órgano laminar y verde de las plantas

floríferas o fanerógamas…



Estos poemas forman parte de Meditación sobre ruinas, del escritor portugués Nuno Júdice, traducción de Blanca Luz Pulido (Editorial Textofilia, México, 2018), edición bilingüe de próxima aparición en librerías.

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