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Foto: Seyo Cizmic

Al fondo de su grieta en lo alto del muro, el escorpión lee y escucha con sigilo las numerosas advertencias sobre la inminente transformación del viejo orden político y económico, hoy en franca despedida. Nuevamente en la historia, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, como tituló Marshal Berman su libro de 1982 basado en una frase del Manifiesto comunista. Más aún, añadiría Zygmunt Bauman, vivimos los tiempos líquidos de una época de incertidumbre.

No es para menos, admite el alacrán, los sacudimientos políticos y económicos en el llamado “mundo occidental” van dando tumbos y, sin miramientos, rompen las reglas establecidas por el desarrollo capitalista, la división internacional del trabajo y sus instituciones (OMC, FMI, ONU) desde la segunda posguerra. Incluso las concepciones políticas socialdemócratas y liberales extendidas en los últimos setenta años hoy parecen insuficientes para explicar una situación inédita y para dar respuesta a los problemas contemporáneos.

¿Y la cultura?, se pregunta el venenoso. ¿Cómo estos impulsos transformadores en la vida política y social se traducen en los espacios de las culturas, en sus prácticas y usos? En síntesis: ¿cómo afrontar estas transformaciones culturales? Daniel Bell, en su clásico de 1977 Las contradicciones culturales del capitalismo, destaca cómo, si bien la estructura de poder y los gobiernos cambian con rapidez, la estructura social no cambia a la misma velocidad, la sociedad lo hace lentamente, con formas y procesos muy complejos, y contra “lo que profesan las visiones apocalípticas, religiosas o revolucionarias” del cambio instantáneo, insistía.

¿Y la cultura?, se pregunta el venenoso. ¿Cómo estos impulsos transformadores en la vida política y social se traducen en los espacios de las culturas?.

No obstante, hemos presenciado cambios culturales vertiginosos, si bien como resultado de procesos largos de gestación. Lo vemos con claridad en el avance de la comunidad LGBTTTI, en materia de conciencia ecológica, en términos da la libre decisión de las mujeres en cuanto a su sexualidad, la maternidad o la interrupción del embarazo y, más recientemente, en el rechazo a las prácticas de acoso sexual y laboral, de discriminación y abuso contra las mujeres.

Otras “determinantes” culturales, como el monopolio de la voz de ciertos intelectuales, escritores y artistas (generalmente favorecidos por los apoyos estatales), también se han visto socavadas por los avances tecnológicos y las redes sociales, ámbito abierto a la opinión y la participación a pesar de las peroratas de tan inteligentísimos personajes sobre la estupidez imperante en los espacios digitales (¡Oh! Eco, sálvanos de los idiotas).

Mientras tanto, el arácnido, atrincherado entre sus libros y bien conectado, se declara abierto a un nuevo orden cultural.

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