El populismo cívico

Es cierto que la mayoría de los populismos, de derecha o izquierda, apelan a la polaridad como recurso de la reproducción del poder. Pero el costo de la polarización es siempre mayor que los beneficios de la preservación del mando por unos años.

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La campaña presidencial ha reavivado el debate sobre el populismo en México. Se trata de una discusión bien asentada en el circuito académico de las ciencias sociales, pero que raras veces pasa a los medios de comunicación con un mínimo de rigor. En la partidización de la opinión pública que vivimos, tanto la izquierda como la derecha simplifican el concepto y la experiencia histórica de los populismos latinoamericanos.

Para empezar, una y otra se refieren al populismo en singular, como si fueran lo mismo Juan Domingo Perón y Alberto Fujimori, Getulio Vargas y Hugo Chávez. Hay populismos de derecha o de izquierda, y como hay diversas derechas y diversas izquierdas, la tecnología del poder populista se manifiesta de manera distinta en cada gobierno, en dependencia de su orientación ideológica. Nada más falaz que la supuesta contraposición entre populismo y neoliberalismo que suponen unos y otros.

Hay populismos de derecha o de izquierda, y como hay diversas derechas y diversas izquierdas, la tecnología del poder populista se manifiesta de manera distinta en cada gobierno, en dependencia de su orientación ideológica

Casi todos los gobiernos neoliberales de los 90 en América Latina (Collor de Mello, Fujimori, Menem, Pérez, Salinas…) tuvieron elementos populistas. En algunos, como el de Fujimori en Perú, se llegó a disolver el congreso, controlar los tres poderes de la república y lanzar una nueva Constitución, tal y como harían los regímenes bolivarianos en la primera década del siglo XXI. Y no sólo fueron populistas aquellos gobiernos, también fueron populares, como muestran los índices de aprobación de Menem o Fujimori a principios de los 90.

Tan cuestionable es la antítesis populismo-neoliberalismo como el malestar, especialmente en la izquierda, con el calificativo de “populista”. Toda una tradición de pensamiento de la izquierda latinoamericana, entre Theotonio dos Santos y Ernesto Laclau, que reclamó para sí el concepto de populismo, es negada por quienes insisten en hablar de “gobiernos populares”. En América Latina, el populismo ha sido un recurso plebiscitario y legitimador igualmente aprovechado por gobiernos privatizadores o nacionalizadores, más proclives al Estado o al mercado, partidarios o detractores del gasto público.

Carlos Menem gobernó Argentina de 1989 a 1999.

Muchos populismos latinoamericanos, como el varguismo, el peronismo o el chavismo, tuvieron un origen militar. Y en algunos de ellos, emblemáticamente en el chavismo, ese origen contaminó el lenguaje del líder, sus subalternos y las masas que los siguieron con una retórica polarizadora e insultante. Pero no todos los populismos fueron así: hubo también gobiernos y oposiciones de izquierda, que podemos inscribir en la tradición populista latinoamericana, y que apelaron a un lenguaje cívico y republicano.

En América Latina, el populismo ha sido un recurso plebiscitario y legitimador igualmente aprovechado por gobiernos privatizadores o nacionalizadores, más proclives al Estado o al mercado, partidarios o detractores del gasto público

Pienso, por ejemplo, en el gran movimiento de Jorge Eliécer Gaitán desde el Partido Liberal colombiano a fines de los años 40 o en los “ortodoxos” cubanos, liderados por Eduardo Chibás, en los mismos años. Aquellos populismos no llegaron al poder, pero como movimientos opositores se caracterizaron por la lucha pacífica contra la corrupción, respetando el orden constitucional y apelando a la concordia nacional, como garantía de la solidez democrática en sus respectivos países.

Es cierto que la mayoría de los populismos, de derecha o izquierda, apelan a la polaridad como recurso de la reproducción del poder. Pero el costo de la polarización es siempre mayor que los beneficios de la preservación del mando por unos años. Una sociedad políticamente polarizada, en un país aquejado por una epidemia de violencia como México, corre el riesgo de la guerra civil. Riesgo, valga el recordatorio, históricamente prevenido por el régimen institucional de la Revolución mexicana.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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