El ruido del yo

TEATRO DE SOMBRAS

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Las cámaras anecoicas son habitaciones completamente aisladas de ruidos externos y acondicionadas para absorber en su interior la reflexión del sonido. Las personas que han entrado a ellas padecen toda suerte de extrañas sensaciones. Son pocos quienes soportan estar ahí dentro más de cuarenta y cinco minutos.

Cuando borramos todos los sonidos externos, lo que escuchamos es el ruido de nuestro cuerpo: el estruendoso pum-pum del corazón, el agónico resuello de la respiración, el ruido repugnante de nuestras tripas, el crujido de las articulaciones, el silbido nasal, el zumbido permanente de los oídos, incluso el chasquido que hacen nuestros párpados cada vez que parpadeamos. 

Nuestros cuerpos son como máquinas viejas que se esfuerzan por no dejar de funcionar. Cobrar consciencia de su estridencia nos provoca angustia. Nos damos cuenta de que somos mecanismos orgánicos y que, por lo mismo, somos vulnerables y efímeros. 

¿Ayudaría en algo recordar que somos más que huesos y pellejos? 

En una habitación totalmente silenciosa, lo peor que le puede pasar a muchas personas es percatarse del escándalo de sus pensamientos. Nuestra mente no deja de funcionar en aislamiento. Ahí dentro, en nuestro foro interno, no tenemos dominio. Nuestra voluntad es débil frente a la avalancha de los miedos y las obsesiones. No somos dueños de nuestras ideas y sensaciones, son ellas quienes nos mandan. Se ha descrito a la vida mental como una “corriente de pensamiento”. La metáfora es justa en más de un sentido. Como si estuviéramos dentro de un río que nos empuja con la fuerza de su corriente, vamos adonde ella nos lleva.

Los ejercicios de meditación de los orientales pretenden poner orden dentro de esa desordenada cacofonía. Lo que buscan es limpiar la mente por medio del control absoluto de su actividad: recitar una mantra hasta que ella sea lo único que aparezca en la conciencia, llegar, incluso, a no pensar nada, proeza suprema de la gimnástica mental. 

Esta solución siempre me ha parecido demasiado extrema. Lo que se busca es alcanzar un estado de vida lo más parecido a la muerte. Es como si le bajaremos todo el volumen a un radio encendido antes de que se le agote la batería. O para considerar una analogía más cruda, es como si dentro de la cámara anecoica nos fuéramos amputando una a una las partes del cuerpo que hacen el ruido que más nos molesta. 

El yo es odioso, decía Pascal. El mundo nos puede distraer de la pavorosa percepción de nosotros mismos, pero no resuelve el problema metafísico de nuestra existencia. La solución no está en el dominio del silencio, en el vacío artificial de los pensamientos, sino en el tráfago de las sensaciones internas y externas. Ahí mismo, en medio del caos de las cosas, hay alguien que nos tiende la mano y nos salva.

Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado

Filósofo, investigador.
Guillermo Hurtado

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