El salón de Florence Gould

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Ilustración Francisco Lagos La Razón


En Francia los salones eran parte de la cultura desde el siglo XVII y en distintas épocas tuvieron su apogeo. Una cultura sin conversación se debilita, pierde el ingenio, el debate, el estímulo, el reconocimiento. En otros lugares, como parte de la historia literaria, fueron las tertulias, las fiestas, los cafés, pero en Francia eran los salones.

Esta auténtica institución francesa se puso de moda nuevamente en una circunstancia curiosa para su existencia, como fue la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Ramón Fernández, el escritor de origen mexicano quien militaba en el fascismo, influyó en que por esos días Marie Louise Bousquet, una dama muy rica —un salón es una vieja costumbre aristocrática, por eso hoy desaparecida— abriera su piso de la plaza Palais–Bourbon, a los escritores y artistas que disfrutaban del ambiente lujoso, en una estancia llena de antigüedades y libros de colección bellamente encuadernados.

En su libro, Recuerdos de un alemán en París 1940-1944, Gerhard Heller, el encargado de la censura literaria de los ocupantes, cuenta cómo se convirtió en uno de los más importantes salones literarios de ese tiempo el presidido por Florence Gould.

Era ella una estadounidense casada con un multimillonario de esa nacionalidad decidido a pasar la guerra en la Costa Azul —sería uno de los promotores del auge posterior de Cannes—, mientras su hermosa e inteligente mujer utilizaba su fortuna en promover un salón que recibía escritores de la talla de Cocteau, Collette o Paulhan, entre otros, a quienes se agregaría como un asiduo visitante, Ernst Jünger, en compañía del ya mencionado Heller, un admirador incondicional de la literatura francesa y responsable de que Camus, Sartre y hasta el comunista Aragón no tuvieran problemas en publicar sus libros durante la ocupación alemana.

Florence Gould había sido manicurista, pero su afición a la lectura la hizo muy culta y era una auténtica amante de la literatura en relación con la cual no tenía prejuicios, ni hacia las obras o sus autores. Al convertirse en gran millonaria le gustaba jugar el papel de mecenas, lo que hacía más bien con discreción. Durante la guerra financió las publicaciones de sus amigos Jouhandeau y Léautaud, como después apoyaría en la posguerra a talentosos escritores jóvenes como Alain Robbe-Grillet y Françoise Sagan.

Ella se mostraba comprensiva con la misantropía de algunos autores como Céline o Léautaud. En el caso de Louis Ferdinand Céline, el autor genial de Viaje al fin de la noche, como se negaba a visitar su salón, ella misma lo frecuentaba en Montmartre para insistir le vendiera a precio de oro sus manuscritos y sólo obtenía de él sus gruñidos. Ella contaba que Céline, a pesar de las enormes regalías recibidas, siempre tenía problemas económicos porque les regalaba su dinero, sin ninguna clase de compromiso, a las muchachas prostitutas del barrio quienes asistían a su consultorio para curarse de sus afecciones.

Por su parte, Paul Léautaud era un anciano hundido en la pobreza, con un salario miserable recibido como único ingreso por sus colaboraciones en el periódico Mercure de France. Pero además, su poco dinero se lo gastaba en mantener a docenas de gatos y perros recogidos de la calle, así como a una mona a la que le emocionaban las pocas visitas que su amo recibía en su casa del barrio de Fontenay-aux-Roses, en los suburbios de París. En plena guerra, él decía que jamás iba a pertenecer a una Sociedad Protectora de Hombres. Pero que los niños o los animales fueran desgraciados lo perturbaba y alimentaba su desprecio por el género humano.

Heller anota al referirse a Léautaud: “A pesar de su lengua viperina y de sus violentas palabras, a pesar de su aparente falta de sensibilidad hacia los seres humanos, Jünger y yo sentíamos simpatía hacia ese anciano, cuya vida parecía expresarse en dos amores: el amor a la literatura y el amor a los animales”.

Este último amor era el secreto de por qué iba al salón de Florence Gould, cuando en su Diario manifestaba el disgusto de ir ahí a perder el tiempo, aunque siempre escribió comentarios agradables hacia la anfitriona. Y es que en el salón se servían exquisitos bocadillos y se daban opíparas cenas.
Léautaud iba con una bolsa y se quedaba hasta el final, para recoger lo que pudiera de sobras y llevarlas así a sus animales, tan hambrientos como él y como muchos parisinos de la época. Cuando Florence Gould se enteró de que eso hacía Léautaud a sus espaldas, ordenó que siempre hubiera en la cocina una bandeja especial “sobrante” para los animales del escritor. Así pues, él nunca faltó a las reuniones del salón de Florence Gould.

Ernest Jünger escribió páginas de gran admiración hacia Florence Gould —de quien se dice fue amante— a la que alabó por su generosidad de espíritu y su belleza, y hacia Paul Léautaud, a quien reconoce como un escritor de fibra, “sin debilitamientos románticos”. Recuerda ese salón “lejos de la mentira, las masacres y la sangre”.

Ella vestida con elegancia y él con un traje pasado de moda y una corbata anudada como si fuera un cordón de zapatos, conversan los jueves en un salón del cielo eterno y hablan de literatura y de animales, temas que no les interesan ni a los ignorantes ni a los malvados, pero estoy seguro que sí a algunos ángeles.