Con la exposición Leonora Carrington. “Cuentos mágicos” el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México abre sus puertas para exponer casi 200 piezas de la artista de origen inglés (Lancashire, Inglaterra, 1917- Ciudad de México, 2011), que es de alguna manera una celebración a los 100 años de su natalicio. La muestra está dividida en ocho núcleos temáticos compuestos por pinturas, tapetes, máscaras, libros y objetos personales de la artista. La exposición fue curada por Stefan van Raay y Tere Arcq, que han buscado en su discurso curatorial mostrar los temas más recurrentes en la vida de la artista, con los que se construye un rico diálogo entre sus escritos y su pintura. Algunas de las piezas que se presentan son The Giantess (1946), Are You Really Syrius? (1953) y The Inn of the Dawn Horse (Self-Portrait) (ca. 1937-1938); así como las obras inéditas El tapete de lana Leo (For Hugh Fremantle) (1975); seis máscaras para la obra de teatro Opus Siniestrus (1976) y el collage sobre cartulina con doble vista Papillon nocturne (1949); obras que señalan diversos momentos en la evolución temática de Carrington.

Carrington se formó en su natal Inglaterra. Fue expulsada de los colegios continuamente y pese a que su padre le prohibió que se dedicara a la pintura, su madre la apoyó para que terminara de estudiar en la Chelsea School of Art, de Londres. Durante su paso por la escuela de arte, tuvo contacto con la obra de artistas surrealistas, como Max Ernst (1891-1976), a quien en 1937 conoció personalmente en una fiesta y con quien luego sostendría una relación amorosa. En ese periodo, Carrington escribió cuentos y novelas. En 1938 publicó su primer libro de relatos fantásticos, La casa del miedo, ilustrado por Ernst. A los pocos años la pareja se trasladó a París, donde no pasó mucho tiempo unida, ya que él fue arrestado durante semanas por las autoridades francesas en un campo de concentración al inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), por ser considerado un “extranjero enemigo”. A través del tiempo – ya más de medio siglo -, Carrington desarrolló el conocimiento y la conciencia “surrealista”, para integrarse en la historia de manera distinta en su devenir. De ahí vienen sus preguntas sobre el mundo, las cuales traduce en imágenes plásticas, que se convierten en hallazgos creativos, para entender su propia existencia. “ Es hora de estallar – dice Octavio Paz sobre Carrington- en una explosición que no dejará más huella que una larga cicatriz en el cielo. Cruzas los corredores de la música y desapareces entre un cortejo de colores”.

Constantemente preocupada – y su pequeño círculo cercana -, por su papel en la historia del arte de México, y su pobre desempeño en el grupo Surrealista, Carrington afirmaba en reiteradas ocasiones que continuaría: “En la vida uno debe hacer lo que le da la gana, porque la frase que comienza con ‘hubiera querido’ vale para una chingada” A la luz de estas afirmaciones, se hace imprescindible subrayar con delicadeza las afirmaciones que tras su muerte, se han hecho sobre su obra y trayectoria artística. Siempre es interesante y saludable contemplar la sombra de una duda sobre el inviolado perfil, no de los grandes artistas, sino de los que en múltiples momentos lo han pretendido, ya que los grandes faraones de la modernidad que han guardado celosamente sus temas repletos de miserias y grandezas en las catacumbas de la Historia, y que el tesón de la arqueología crítica ha contribuido a airear. Ocurrió con verdaderos grandes Artistas – la mayúscula es consciente -, ahí están Matisse, Picasso, Bacon, Braque, Dalí, Rothko, Pollock, Tápies, que ya les han ajustado varias cuentas pendientes, no sólo con el arte, sino con la historia.

Leonora Carrington nunca fue una gran pintora- no hay que olvidar sus pocas muestras retrospectivas- en espacios importantes, para repasar su obra críticamente. Tampoco fue una artista virtuosa. Una “dibujante” buena, una artista gráfica mediana, y como   escultora deja mucho que desear. Quizá una definición justa sería decir que Carrington es: Petit professeur d’art “surréaliste”. Gran artista y virtuosa son palabras con demasiado juego como para no albergar la idea de ser talentoso – aunque si Carrington tuvo talento, fue escaso-. Grandes creadoras lo fueron: Dora Maar, Louise Bourgeois, Tamara de Lempicka, Ivonne Barlow, Helen Frankenthaler, Joan Mitchel, pues cada una de ellas rompió, innovo y recreo su mundo artístico de forma única y deslumbrante. Carrington ha resultado ser una gloria meramente local, sin ninguna repercusión internacional. O mejor, se puede afirmar que en su obra –repetitiva hasta el cansancio- se hace evidente el deseo de ser ultralocal. Ese “surrealismo pobre, muy pobre, y relamido que hizo de Carrington en México una “gloria local”. ¿Lo ha conseguido?. A varios años de su muerte valdría la pena darse un tiempo para meditarlo y reflexionarlo. Quien duerme imita cada noche a los muertos al yacer en silencio, pero su psique deambula inquieta por el reino de las sombras. ¿Será que también el sueño es arte?