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Foto: Especial

El pasado 13 de febrero Deirdre McCloskey (1942) visitó la Ciudad de México. Destacada historiadora de la economía, pensadora posmoderna y cristiana progresista, McCloskey encarna el orgullo burgués y la duda ética frente a la banalización de la economía, en un mundo que al despreciar la ganancia y la usura —¿en verdad lo hace?, me pregunto— pone en peligro la libertad.

Las virtudes burguesas (FCE, 2015) es, en breve, una apología teológica del capitalismo. Un libro que “ofrece razones, con un margen para dudar, a los no creyentes”, es decir, a los ateos de la izquierda educada y anticapitalista. En realidad, creo que esta cruzada moralizadora oscila entre dos extremos: los detractores de la izquierda, particularmente en su versión de crítica cultural, y los defensores de la derecha, como el economista Gary Becker, quienes realizan su crítica desde la posición de una cínica economía basada en el racionalismo egoísta. Ambos extremos dan muestra a su parecer de un “desprecio de la clase media hacia sí misma”, o al menos de los académicos hacia la clase media, reducida a un conjunto de títeres manipulables o máquinas de cálculos hedonistas. McCloskey dis-para a izquierda y derecha: contra los mitos marxistas de la enajenación y contra los reduccionismos utilitaristas samuelsonianos; contra los románticos socialistas y contra la frivolidad de Ayn Rand; contra la teoría del valor y contra la teoría de la maximización, etcétera.

Deirdre McCloskey. Fuente: ellibero.cl

El ensayo es un monumento a la erudición. La cantidad de referencias, ejemplos y aristas que explora son de una riqueza documental poco común, pero que amenaza con ahogar el argumento bajo las ramas de un árbol de Porfirio. La obra se mueve entre la sobriedad y la ironía, entre el razonamiento sugerente y la fe apasionada en la vida burguesa. Es ácida y contundente al descalificar a un enemigo como Karl Marx y no lo es menos al corregir a un amigo como Milton Friedman —es por ello que, según ella confiesa con una sonrisa, no tiene amistades en la academia. En ocasiones es redundante en sus peticiones de paciencia y apertura del lector a un grado tal que da la impresión de que la zalamería es una virtud burguesa. El primer volumen —de cuatro— suma 530 páginas. La autora resume así su contenido:

La Prudencia Sola no es suficiente: primer volumen. La prudencia jamás ha caracterizado a la vida burguesa: volumen 2. […] Desde 1848 la clase educada dio una razón cínica para ignorar la ética, la vida burguesa necesita ser re-moralizada: volumen 3. Los ataques a los valores burgueses son en su mayor parte erróneos: volumen 4.

En algún momento su empeño parece desaforado, pues el cuarto volumen no ha visto la luz y al parecer nunca lo hará. En sí misma la extensión de una obra no la descalifica, pero en este caso el vicio académico de citar en demasía estorba en vez de fortalecer el argumento, limitando el círculo de sus lectores a un puñado de especialistas o de personas con gran paciencia y curiosidad intelectual.

La petición de McCloskey no es extraordinaria: valorar la vida burguesa menospreciada por los mitos anticapitalistas (desde la izquierda) y el reduccionismo economicista (en la derecha). Su planteamiento se erige desde una postura posmoderna que rehuye de la “Gran Razón” aplicada a la economía, ese deseo envalentonado y machista por reducir la complejidad de la vida humana a un solo principio vulgarmente conocido como “interés propio”, que la autora llama “Prudencia Sola”, siendo así fiel a su sistema de virtudes. Sobre el interés propio se funda el mito de la Harmonía matemáticamente concebida como equilibrio y también las contradicciones marxistas de la dialéctica de la explotación.

Son siete y no una las virtudes que, según McCloskey, son necesarias no sólo en el capitalismo, sino en todo sistema social, cuatro paganas y tres cristianas: Valentía, Justicia, Prudencia, Templanza, Amor, Fe y Esperanza.

En contra de los críticos vulgares del capitalismo, la autora no sólo defiende que la vida burguesa es compatible con este sistema de virtudes, sino que lo fomenta. Revive “la mano invisible” de Adam Smith para explicar de qué manera la economía de mercado fomenta las virtudes. La autora no esconde su admiración por el economista de Kirkcaldy —con ironía se persigna cuando se le menciona— y emulándole reprocha a Bernard de Mandeville la falta de tacto al escribir su apología de los vicios titulada Fábula de las abejas (1705), donde llama vicios a lo que a la luz de la modernidad deben ser virtudes: egoísmo en
vez prudencia, avaricia en lugar de ahorro, etcétera.

Posmodernamente, McCloskey rechaza los reduccionismos de tipo kantiano —monismo racionalista y ético—, decantándose en cambio por un discurso horizontal donde las razones —en plural y sin mayúsculas— articulan un argumento no mecanicista, pero tampoco exento de contradicciones. Por ejemplo, en más de una ocasión declara su ambivalencia respecto a la burguesía, aceptando sus defectos, lo que no la hace mejor que la aristocracia o el proletariado. Inmediatamente revira y declara que la vida de la ciudad es más virtuosa, que sus caídas han sido producto de los ataques contra su pureza, que “el capitalismo no ha corrompido nuestra alma. La ha mejorado”. Termina por caer en el reduccionismo de la burguesía virtuosa: ¿por qué no hablar simplemente de virtudes humanas? En busca de escapar del maniqueísmo de izquierdas y derechas, se ubica en un punto interior, más cercano a la derecha, desde el que no hace sino ratificar la dualidad. Su visión del mundo burgués no supera un horizonte ontológico cerrado: la modernidad occidental. Como la mayoría de los estudiosos que se asumen posmodernos, es en realidad una moderna-post, negada a la alteridad de las posibilidades culturales vigentes. Su horizonte de posibilidad va del laissez faire puro a la intervención estatal. Divide a la sociedad en sus espacios económico y político dejando de lado el enredo real de las relaciones sociales y más aún el impulso recíproco de las instituciones liberales. Luego termina por declarar, junto a autores a quienes recrimina su simplismo, que es el Estado el que corrompe mediante la centralización a la burguesía y no a la inversa. Y aunque reprocha a Ayn Rand por defender al capitalismo desde las almenas del egoísmo, ambas lo defienden de la retórica populista del Bien Común. Dios y el diablo coludidos en el paraíso perdido del liberalismo.

La intervención del Estado no es, como quisieran algunos liberales simplistas, un movimiento teleológico hacia el totalitarismo, sino una reacción espontánea a los efectos nocivos de la economía de mercado. Antes de “dejar hacer y dejar pasar” hizo falta intervenir para crear y proteger la vida burguesa: cercar los comunes (commons), adoptar el patrón oro, abolir las leyes de cereales y el subsidio a los pobres; es decir, crear un mercado de tierra, uno de capital y uno de trabajo. Y una vez instalado el Estado, se le puede dejar hacer al mercado, pero sin quitarle el ojo de encima por su propia seguridad. Al final se tiene que admitir, como Hobbes, que el hombre es el lobo del hombre para no aceptar que el pobre sea el lobo del rico, o su oveja.

Max Weber (1864-1920).
Foto: vision.org

Luego está el problema de la conquista y la dislocación cultural de comunidades indígenas que acompañó a la creación de la economía de mercado y la sociedad burguesa. McCloskey no niega los efectos destructivos de la occidentalización, sólo pide que no sea excusa para el estancamiento: en el largo plazo, todos seremos burgueses —aquí estimo que su narrativa histórica se cruza con su cristianismo episcopal progresista, en un intento por mundanizar la salvación y ampliar la iglesia liberal. En su aritmética, la pérdida de una tradición comunal se compensa con creces por la superación de sistemas feudales tradicionalistas, machistas y violentos. Huye de la barbarie aristócrata o campesina. Su cristianismo es individualista y no comunal como —al menos presuntamente— el catolicismo que busca la salvación del pueblo. Que el cristianismo protestante no sólo es compatible con los negocios, sino que fomenta la laboriosidad y el ahorro, mientras el trabajador católico es propenso al ocio y el despilfarro, son cosas que se sospechan desde los tiempos de Max Weber.

La vida burguesa que defiende es profundamente cristiana aun cuando hombres y mujeres no sean conscientes de ello. El amor trascendental que equilibra las pasiones violentas tiene su modelo en el amor de Dios, de alguna manera oculto en lo mundano —casi un panteísmo mercantil. McCloskey encuentra en el trabajo, el éxito o inclusive el beisbol, una trascendencia secularizada, suficiente para inspirar una vida virtuosa. Si por un momento le preocupa que la ética pragmática pueda banalizar el Mal, no repara en que lo que banaliza es el Bien. Democráticamente mundaniza la Fe y la Esperanza, salvando el sentimiento trágico de la vida de la soledad personal, apelando a la Justicia y el Amor, esta última una virtud proletaria apropiada por el capitalismo, o más bien, simplemente capitalista, pues tanto el proletario como el burgués son fruto de la fábrica. Al igual que algunos pragmáticos de la ética, como Richard Rorty, cree en la solidaridad ampliada de los grupos humanos, no a partir de la razón única sino de la compartición de la experiencia. Pero no repara en que la solidaridad hacia el interior de un grupo social puede ser perfectamente compatible con la hostilidad al exterior. Luego un burgués puede votar por Donald Trump —acosada por el recuerdo de su presidente, McCloskey aprovechó su visita para disculparse ante los mexicanos por este desafortunado accidente de la política de masas burguesas. Como estudiosa de la retórica, McCloskey detecta y explota los menores defectos en las críticas de los detractores del capitalismo.

Marx es, necesariamente, el foco de sus ataques. Sobre él cae la acusación de haber creado los mitos de la enajenación del trabajo proletario y la voracidad de la burguesía sin conocer en carne propia ni lo uno ni lo otro.

Imputa luego a la tradición intelectual de la izquierda, a la Escuela Crítica de Frankfurt, seguir acríticamente las mentiras de Marx y compartir su desprecio por el empresario burgués, reduciéndolo a una mezquina máquina egoísta (a la inversa, McCloskey profesa cierto desprecio por el trabajo académico y alaba las virtudes de los negocios). Si bien es verdad que la vida burguesa no se reduce al egoísmo —más aún, que la sociedad no es posible sobre la base sola del egoísmo—, su propia crítica de los críticos es simplista. Asume que cuando Herbert Marcuse habla del aparato de control ideológico, éste se reduce a comerciales de televisión. Luego lanza una cifra contundente sobre la irrelevancia del sector publicitario en la economía como prueba contra la unidimensionalidad de la vida. Pero la Escuela de Frankfurt no erigió su crítica sobre estadísticas, siempre endebles, ni redujo el aparato de control de la subjetividad a treinta segundos o cuatro horas de televisión, sino a un entramado complejo de fomento de modelos de vida, no cuantificable y acaso sí exagerado en el discurso con un lenguaje fastuoso pero no carente de un contenido reflexivo de la realidad. En todo caso la profesora McCloskey debe recordar que el primer economista que se refirió a cierta forma de enajenación fue el mismo Adam Smith, quien escribió que el trabajo repetitivo volvía a los hombres “tan estúpidos e ignorantes como es posible a un ser humano”.

Argumentos similares son presentados contra la importancia de la geopolítica o el supuesto carácter acumulador del capital. Contra autores como Thomas Piketty —a quien ha retado a sostener un debate público que el francés ha eludido— afirma: “La acumulación no es el corazón del capitalismo moderno […] su corazón es la innovación”. ¿Y para qué se innova?, me pregunto. Casi puedo escucharla contestar: “Para el bien del alma humana y su salvación.” Market-tested betterment (mejoras aprobadas por el mercado) es la definición del capitalismo que McCloskey defiende: un sistema de consumidores autónomos cuyo juicio guía la producción, burgueses inmunes a la manipulación. La acumulación le parece un accidente, si acaso un estancamiento temporal del cauce que será corregido por el mercado. Pero, aun si tal fuera el caso (yo lo dudo), la acumulación no sólo permite la innovación, sino que también puede estorbarla; ambos fenómenos aparecen inseparables de la desigualdad contemporánea: aun cuando las conexiones no sean claras, su coexistencia es un hecho. En realidad, muchos otros factores rigen y confluyen en el río de la Historia. La confianza en el juicio de un mercado sin control ni regulación me parece, por otro lado, altamente criticable. La contaminación y la obesidad son dos fenómenos que al menos deberían despertar sospechas.

McCloskey cae en otro reduccionismo: son las ideas, mediante el diálogo, las que mueven al mundo. En todo caso se trata de un diálogo excluyente por ahora, cerrado a los altos círculos de la burguesía; al menos así sucede en nuestras sociedades propensas al cinismo y la manipulación —palabra que, por cierto, considera sobrevalorada por el discurso de izquierdas. Los burgueses no somos individuos aislados, estoy de acuerdo. No vivimos en perpetua enajenación como autómatas sin comunicación mutua. Pero un momento de alienación violenta, cuando las circunstancias materiales son propicias y la retórica hace uso del miedo, basta para acarrear el desastre. Condenar al otro antes de condenarse a sí mismo.

La obra de McCloskey es por momentos apasionada, plagada de insistencia persuasiva y periódicamente aburrida, como la vida burguesa. Deja la impresión de que su argumento ganaría vitalidad si practicara la moderación.

Como ella misma lo remarca, la Prudencia Sola conduce al orgullo. Como todo moralista, McCloskey batalla con su propia prédica. La obra es una sensata invitación a la izquierda intelectual a reconsiderar sus argumentos, cosa que bien le hace falta, pero dista de ser contundente. Quizá dos tomos más de apología sean necesarios para terminar el trabajo, pero el esfuerzo que pide al lector es grande.

Desde los tiempos del Rey Salomón se sabe que hasta en un palacio se puede llevar una vida buena. No hay pues novedad en la petición, aunque sí un pertinente llamado a revalorar la ética, principalmente en su papel para la economía, y para fundar una “teología económica posmoderna”, de lo que ya no estoy tan seguro. Su llamado a romper con el reduccionismo del homoeconomicus es loable, pero a mi parecer limitado. La razón geométrica falla al tratar de explicar la complejidad del mundo, en eso estamos de acuerdo. La separación de la ética y la economía es un error y en eso también coincidimos. La caracterización de McCloskey del capitalismo norteamericano como una sociedad muy religiosa también la comparto, pero lo que a ella le da esperanza a mí me produce escalofríos: “La mejor versión del capitalista es el capitalista humilde […] McDonald’s […] Wal-Mart” (¡sic!). Los discursos intelectuales absolutos han creado una visión falseada de la vida —también de acuerdo—, que pone a la Razón por delante de la contingencia. Pero yo me uno al llamamiento de Peter Sloterdijk de que estos grandes sistemas o discursos o relatos fallaron no por ser demasiado grandes, sino por no serlo suficientemente. “La Verdad —escribió Xavier Villaurrutia— es una diosa y no debemos buscarla en un lugar sino en todos”.

El pragmatismo ético como guía de vida es atractivo, pero sesgado a una vida ya de por sí buena. “El estilo de vida norteamericano no está en negociación”, declaró con arrogancia George Bush padre. McCloskey parece de acuerdo, pero llama sobriamente a una reconsideración de lo que significa ese estilo de vida. Ya es un avance, pero si no hemos de quedarnos en la pura apología, en la victimización de la burguesía, debemos trascender su propio discurso. Apelar por una transmodernidad —más allá de los vicios modernos— y no un modernismo-post que reduzca el horizonte ético al encanto de una vida burguesa tan sospechoso para quienes no vivimos en Chicago ni en Ámsterdam —y aun dentro de estas urbes habrá quien tenga dudas fundamentadas. Hay que reconocer que hay otras vidas, todas humanas y no todas virtuosas, pero valiosas. Habrá que tener en mente esto cuando se haga apología de la vida burguesa si en realidad se quiere expiar el pecado original de la acumulación capitalista antes de que las masas desengañadas de las promesas terrenales del capitalismo entreguen sus santos a la hoguera, y haya que volver a andar el camino hacia el Gólgota y la Cruz.

Karl Marx (1818-1883).
(Foto: Especial)

P.D. La tarde del 13 de febrero, en el Centro Cultural Bella Época, tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con la profesora McCloskey. La premura de la ocasión y la larga fila de fans en busca de un autógrafo no me permitieron exponer todas mis dudas, pero ante la sacudida que le causa mi confesión de que su obra no me ha gustado —un ateo en la iglesia liberal— me invita a tomar asiento. Lejos de ser intolerante, presta atención a mis palabras, está de acuerdo en que es más valioso un libro inteligente que nos moleste que uno estúpido que nos entretenga, y su obra, lo he dicho, es inteligente aunque me cause desazón. Le pregunto si ha pensado en el peligro de que su apología del buen burgués pueda verse apropiada por los empresarios voraces —y señalo que en México estos son la norma, no por proporción sino por peso—, siempre dispuestos a articular discursos cínicos que alaben su filantropía y virtuosismo, mientras explotan a los trabajadores y se coluden con el gobierno para legislar por sus intereses muy personales y burgueses. McCloskey confiesa no haberse detenido en la posibilidad, pero es consciente de que todo discurso es propenso a tal peligro. A mi parecer, le digo, esto es lo que pasó con Marx y no habría que imputarle culpas que son de sus epígonos y sobre todo de Stalin. Le digo que así como ella pide que no satanicemos al neoliberalismo, tampoco lo hagamos con el marxismo. No contesta, pero sonríe en lo que me parece un silencioso acuerdo. Pero no sonríe por mis palabras sino porque ha notado el crucifijo que cuelga de mi cuello: “también eres cristiano”, me dice. No me atrevo a confesar que la cruz sobre mi pecho es para mí menos un recuerdo del Hijo de Dios que del amor materno, y ahora yo sonrío concediendo. Al final, creo que es mejor un breve diálogo lleno de amistosos silencios que las descalificaciones que hacen de la academia un semillero de intolerancia. Nuestras visiones no están en desacuerdo, sólo están limitadas por la contingencia de nuestras circunstancias. El siguiente paso, como creía Richard Rorty, es la solidaridad: construir juntos y sin ortodoxias una mejor vida, no necesariamente burguesa o proletaria, agnóstica o cristiana. “Yo también soy un humanista”, le contesto y me despido prometiendo que le enviaré este ensayo. 

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