El teatro de la memoria universal

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Foto Especial

El Renacimiento, como llamó Giorgio Vasari al movimiento cultural europeo de los siglos XV y XVI, celebró
la recuperación de una cultura clásica, de raíces griegas y romanas, tras el decaimiento de la civilización en las edades oscuras. Florencia fue el epicentro de esta metamorfosis. En este contexto apareció, se hizo célebre y luego fue olvidado uno de los más grandes artistas de la memoria. ¿Se trataba
de un escultor, un arquitecto, un filósofo, un mago? La fama perdida se debe a un teatro con sus propias manos. En El arte de la memoria, la académica británica Frances Yates dice que:

Giulio Camillo fue uno de los hombres más famosos del siglo XVI. Era una de esas personas a las que sus contemporáneos miran con temor, como si poseyese vastas potencialidades. De su teatro se hablaba en toda Italia y Francia; su misteriosa fama parecía crecer con los días. Pero ¿en qué consistía exactamente? Era un teatro de madera, atestado de imágenes. La única persona del mundo a la que habría de revelar cómo funcionaba realmente era el rey de Francia. Camillo no llegó nunca a producir el gran libro, que siempre estaba a punto de producir, en el que se conservarían para la posteridad sus encumbrados designios. No nos ha de sorprender, pues, que la posteridad olvidase a este hombre a quien sus contemporáneos aclamaban como el divino Camillo.

En 1532, Erasmo de Rotterdam recibía correspondencia acerca de un artista que había construido una especie de anfiteatro, adentro del cual el espectador podía recorrer “la excelsa e incomparable fabrica del maravilloso Teatro del excelentísimo Giulio Camillo”. Si reproduzco aquí los adjetivos “excelso”, “incomparable”, “maravilloso”, “excelentísimo”, es para dar una idea de la admiración que produjo este anfiteatro. Tenía siete gradas, divididas por siete pasarelas. En total, había cuarenta y nueve puertas que podían admirarse desde el lugar donde estaría el escenario. El teatro fue diseñado de acuerdo con el arte griego de la memoria: como una arquitectura inteligente dedicada a contener imágenes de la memoria universal, según los antiguos tratados de Cicerón. En cada una de las cuarenta y nueve puertas había imágenes simbólicas, religiosas y mitológicas de la tradición judía, a través de la Cábala y de la Biblia, y de las tradiciones griega y romana. Camillo daba un gran valor esotérico al número siete. En su teatro había siete planetas, siete ángeles, siete pilares de la sabiduría de Salomón, siete sefirotas o emanaciones cabalísticas que representaban estados de conciencia. Bajo las imágenes, en cada una de las cuarenta y nueve puertas, había cajones repletos de papeles, que supuestamente reproducían los escritos de Cicerón acerca de cada uno de los símbolos.

El proyecto puede considerarse una obra de arte que combina la arquitectura, la escultura, la pintura y la literatura. También guarda relación con el concepto contemporáneo de museo, que etimológicamente deriva de las musas, es decir, las deidades griegas que inspiran artes y ciencias, y que según la mitología de Hesíodo son procreadas por Zeus y Mnemóside, la memoria. El proyecto de Camillo era un museo artesanal de ideas, símbolos, imágenes, que buscaba recuperar tradiciones anteriores al oscurantismo medieval, y más aún, sintetizarlas para crear una nueva forma de conocimiento renacentista.

Es necesario aclarar que la idea renacentista de Camillo es muy diferente al humanismo racionalista de algunos autores célebres de la época, como Erasmo de Rotterdam, quien consideraba que el arte de la memoria estaba superado por la imprenta, la cual permitía resguardar la memoria de manera fiel, y sin necesidad de recursos mágicos. De hecho, Erasmo y Camillo sostuvieron discusiones célebres, en las cuales queda clara la diferencia entre ambos: Erasmo prefiere dejar atrás cualquier rastro de magia medieval o antigua, mientras que Camillo está comprometido con ambiciones mágicas derivadas del hermetismo. Todo indica que Giulio Camillo estaba influido por el Asclepius, un libro hermético que ponía las bases de la magia talismánica. Dice Frances Yates que:

Según el autor del Asclepius, los egipcios sabían cómo infundir a las estatuas de sus dioses poderes mágicos y cósmicos; por medio de plegarias, encantamientos y otros procesos daban vida a esas estatuas.

En el siglo XVI, el ímpetu científico apenas empezaba a desarrollarse, tras siglos de decadencia intelectual y pensamiento dogmático. Así, en el Renacimiento coexistieron la búsqueda del racionalismo y las ciencias, por una parte, y por otra parte una expansión de doctrinas mágicas que mezclaban tradiciones judías, cristianas, romanas, egipcias, griegas, reprimidas severamente durante el medioevo. Las imágenes del Teatro
de Camillo eran, a sus ojos, algo más que símbolos para una mnemotecnia que pretendía sintetizar el conocimiento universal: también eran talismanes para capturar el “espíritu” que provenía del sol, y al que Camillo identificaba con el “espíritu de Cristo”. Camillo se concebía a sí mismo como un “mago solar” debido a que, durante uno de sus viajes a París, visitaba con el cardenal de Lorena algunos animales salvajes, cuando un león escapó y se encaminó al grupo de visitantes. Los nobles caballeros salieron corriendo, excepto Camillo, quien debido a su peso no podía hacerlo. Para sorpresa de todos, el león comenzó a acariciar al artista y después se metió a su jaula.
Por supuesto, esta historia es sólo una leyenda de la época, capitalizada y difundida por el propio artista. No hay evidencia alguna de que haya sucedido, pero para Camillo era la confirmación de sus “virtudes solares”. Su teatro era visto por el público y la realeza de Francia como un poderoso instrumento de conocimiento y magia solar.

En nuestra época es fácil reconocer y quedar sorprendidos ante la inocencia de las fantasías de Camillo, pero es importante señalar que prepararon el camino hacia otro caballero medieval, quien también resguardaba el antiguo arte de la memoria, y defendía el heliocentrismo de Copérnico en Oxford:

Giordano Bruno. El juego competitivo de la magia y la ciencia ha generado una paradoja: la revolución científica del Renacimiento es inconcebible sin las teorías heliocéntricas de Copérnico, pero éstas fueron apoyadas y difundidas por personajes como Giordano Bruno, quienes aceptaron con devoción el heliocentrismo, porque era congruente con los preceptos de esa magia hermética cuya imagen nuclear era el sol. Giulio Camillo, impulsor del papel central del sol en el diseño del universo, jamás terminó su libro, ni su teatro, y fue olvidado en el subsuelo exuberante que se oculta bajo la historia de las ideas científicas.

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