El último alumno
de Juan José Arreola

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“Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande.” Esto tan repetido, que se lee en la apertura del Confabulario, podría decirlo también Vicente Preciado Zacarías, el último alumno de Juan José Arreola, nacido ahí no en 1918, como su maestro, sino en 1936. El encuentro con Preciado ocurre en ese lugar con crisis de identidad que para unos sigue siendo Zapotlán el Grande y para otros es Ciudad Guzmán. Quizá en el futuro alguien decida nombrarlo, en un acto de justicia poética, Ciudad Arreola.

Todo ahí, aquí, es arreolino. Si se habla con los taxistas, recuerdan al hombre vestido de negro y con capa que paseaba en su moto por estas calles; la cafetería en que estamos, en una primera parte de la conversación, se llama El Confabulario (a unos pasos, por cierto, de la casa en que nació Arreola); y sólo falta que nos sirvan unos panes del negocio de dulces y repostería fina Arreola de Zapotlán (su lema: “Fiel tradición al maestro”), fundado en 1880 por las tías del escritor, cuya casa matriz está muy cerca, en el Portal Iturbide. Hasta el repicar de las campanas, al amanecer de un domingo cálido, suena a cita culta.

Vicente Preciado no es un “humilde odontólogo de pueblo”, como le gusta presentarse. Es un reconocido estomatólogo de la Universidad de Guadalajara, maestro emérito de esa institución. Tiene, entre otros, un libro corregido y diseñado por Arreola: Partici-pasiones (1984); y es el autor de una obra de referencia para quien busque entender vida y escritura de su maestro: Apuntes de Arreola en Zapotlán, de circulación local, que cuenta ya con dos ediciones, una de 2004 y otra, ampliada y corregida, de más de seiscientas páginas, de 2014, así descrita por Preciado: “Lector, este es un libro hecho a mano. Su cuerpo de hojas lo conforma un altero de libretas de bolsillo. Son apuntes tomados a Juan José Arreola durante sus ‘lecturas compartidas’ en Zapotlán entre los años 1983 y 1991”.

El desayuno está servido. Como un discípulo bien adiestrado, Vicente Preciado toma la palabra y la ejecuta, cual si fuera un instrumento musical, con gran cuidado y destreza. He aquí, narrado por él mismo, el cuento de cómo se convirtió en el último alumno de Juan José Arreola.

El encuentro

No soy más que un humilde odontólogo de pueblo y de barrio. Un día acudió conmigo Juan José Arreola, en una de sus venidas esporádicas a Zapotlán, siempre recalando aquí como si fuera un puerto de refugio. A veces estaba uno o dos días, a veces una semana. Y en eso el Ayuntamiento le ayudó a construir una cabaña. Hubo quien le regaló la madera y él, con su buen gusto, empezó a hacer desde una pieza pequeña hasta trabajos más elaborados. Bautizó el monte donde se instaló como la Loma del Barro, porque de ahí sacaban el barro los alfareros. Esa tarde o ese día, no recuerdo si era de mañana o de tarde, llegó a mi consultorio muy angustiado… Porque él era un hombre agustiniano, por San Agustín de Hipona; y angustiniano por angosto, era una angostura por la que siempre daba cabida a su ánimo, siempre atormentado; y angustioso. Traía gripa; en un estornudo había arrojado parte de su prótesis (no es un secreto profesional decirlo) y se le había roto en dos pedazos; y esa tarde debía decir unas palabras.
—No te preocupes –le dije–, ahorita la arreglamos.

Era una simple pegadura. Se hicieron unas vaguadas, se agregó un polvito que se usaba entonces y que se llama acrílico, con unas gotitas de monómero… Le gustaban mucho los aparatos y las herramientas y él mismo me ayudó a pegar la prótesis. Era muy hábil para organizar elementos que constituían en sus manos una artesanía. Yo creo que ese era el secreto de la artesanía de su lenguaje, ya que era un artesano de la palabra. El italiano Dante Liano, que participó en la traducción del Confabulario, dice en el postfacio eso mismo, que Arreola es un puntilloso artesano de la palabra. Y es cierto. Tenía una gran habilidad en sus manos para cosas pequeñas, para ensamblar. Él mismo terminó reparando su placa. La pulimos, se la colocó. Y dijo:

—Voy a probarla.

Se subió a un sillón y empezó a declamar algo de Apollinaire, quizá “Brisa marina”, que pasado el tiempo me dijo que era una de las traducciones más hermosas de Alfonso Reyes… Pero esa vez recitó el poema en francés, para cerrar con aquello de: “Mais, ô mon cœur, entends le chant des matelots!”

—¿Sabes qué? Declamo mejor ahora que antes. ¿Cuánto te debo?

—Nada.

—¿Cómo nada? ¿Por qué no me cobras?

—Porque no le puedo cobrar a una persona como tú.

—¿Sabes quién soy?

—Sé quién eres.

—Pues yo también sé quién eres, y sé que te gusta leer y escribir. No me gusta deberle a nadie y menos a un dentista. Te voy a pagar con lecturas compartidas, te espero hoy a las seis en mi casa. ¿Sabes dónde vivo?

—Sí.

Y se me olvidó ir. A las seis de la tarde, me habla muy irritado.

—¿Quihubo, maestro? Te estoy esperando. A mí ni las mujeres más bonitas me han dejado plantado, y menos tú, un dentista. Ahorita va un taxista por ti.

Tenía un paciente, le puse un algodoncito, una pastita, y le pedí que regresara al día siguiente. Pitó el taxi. Le dije al chofer que lo seguía, pues iría yo en mi coche. Y llegamos. Me sentó Arreola en una mesa de ajedrez y me preguntó qué obras había leído. Cité un par de novelas, de Erich Maria Remarque y Hugo Wast…

—Eso no es literatura. ¿Has leído Gog de Giovanni Papini?

Recordé entonces a un compañero de la secundaria que siempre traía un Gog bajo el brazo; un día en que lo dejó sobre el pupitre me puse a hojearlo. Y no entendí nada. Algo recordaba de una entrevista…

—Sí —dije—, sí lo leí.

—¿Qué te parece la entrevista que le hace a Freud?

Luego luego me agarró en falta. Y me dijo:

—Quiero que tú y yo seamos amigos. Las reglas son estas: primero, nunca me mientas. Soy actor, nos enseñaron a observar los músculos de la cara y sé cuando alguien me está mintiendo. Segundo: vas a ser puntual.

—Sí.

Y con esas reglas se inició una amistad que duró pues hasta su muerte, me imagino, y quizá todavía en el más allá porque lo sigo queriendo, lo sigo extrañando y, voy a decir una barbaridad pero es adrede, sigo siguiendo sus indicaciones. En primer lugar, entre los pendientes hay una serie de libros que aún no he consumado, ni consumido. El único que terminé de leer, completo, fue En busca del tiempo perdido; también leí ya Contrapunto de Aldous Huxley… Pero me faltan todavía muchos que me dejó de tarea y quizá no voy a alcanzar a leer, por ejemplo: Una tragedia americana, de Theodore Dreiser. ¡No lo he podido terminar! Me dejó también Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Son libros que me agobian, que me sobrepasan. Y sigo además sus indicaciones acerca de guardar prudencia, y distancia, de su figura ya desaparecida. Por eso le rindo homenaje pero en lo callado.

Como lo sigo considerando mi amigo, diré que nuestra amistad fue de 1982 u 83 a la fecha; las reuniones vespertinas en su casa ocurrieron por nueve años todos los días. Llegaba a las seis en punto y me desprendía de ahí… Perdón por esa palabra, no es apropiada: me retiraba; o él me decía: “Ya vete, estoy cansado”, entre nueve y diez de la noche. Y a esa hora llegaba un humilde carpintero, que le decían El Diablo, de nombre Rogelio Barragán Espinosa, que le ayudó a construir su casa, y jugaban ajedrez hasta las once. Las partidas entre ellos las he reunido en El jugador de medianoche, publicado en 2009.

Salto de caballo

Me empezó a tener confianza, y a veces me pedía: “Bájame al pueblo”, porque necesitaba cosas de la casa. Regresando, decía: “Vengo muy cansado, muy agobiado. Vámonos tomando una copita de vino tinto y vámonos reconstituyendo con algo que nos fortifique, que nos devuelva el ánimo”. Generalmente empezaba con Ortega y Gasset, porque él decía: “Digan lo que digan, pese a su lenguaje elegantemente retorcido, es el pensador más grande que ha tenido España en los últimos tiempos”. Lo atraía mucho. Enseguida practicaba algo que yo llamaba salto de caballo: en la misma prosa de Ortega surgía algún tema o una palabra, y de ahí se desviaba, con otro autor y otra obra.

A estas reuniones Arreola las llamaba lecturas compartidas. Otra costumbre era tomar el libro, ponerlo debajo de la mesa para que no viera yo el título ni el autor y leer, con esa lectura suya tan bien pronunciada, tan bien vocalizada, incluso tan bien guturizada. Eran dos lecciones: una, la acústica, de oírlo, sin ninguna equivocación; y luego de leer ese párrafo él podía repetirlo de memoria, su memoria era ótica, acústica… Y la segunda lección era, claro, lo que aprendía del autor y su obra.

Me convertí también en una especie de confesionario, no su confesor. Me refiero al tiliche, al mueble, donde se confiesan en la Iglesia. Me pidió hacer un trato: que nunca hablaría de sus problemas personales. Y creo que lo he cumplido. Le he guardado ese respeto.

Al principio de las lecciones llevé una grabadora que me prestó un notario, y muy pronto se acababa la cinta. Quizá le molestó el traqueteo. Me permitía luego llevar una libretita y yo tomaba apuntes. No es fácil apuntar a un hombre como Arreola que era tan espléndido en su lenguaje narrativo, comunicativo, mas hice lo que pude.

Cuando me veía tomar apuntes y nombraba a un autor francés o decía él algo en francés, obviamente me equivocaba y él tomaba la libretita y me corregía. En mis libretas pueden verse sus correcciones.

También me invitó a que escribiera en los periódicos locales, y desde el 83 lo empecé a hacer. Insistía: “Escribe una columnita, escribe”. Le hice caso. Y es un tesoro: hay muy pocos escritores, y no me considero escritor, que puedan presumir de tener corregidas sus obras por Arreola con su pluma negra. Escribía yo de temas que surgían a lo largo y lo ancho de nuestra conversación. Seguí practicando el periodismo por treinta años gracias a él. Terminé mal, porque caí en la arrogancia. Me daban al principio un cuartito de plana, que era lo mejor porque tenía que acudir a la miniaturización, a la economía del lenguaje. En sus correcciones Arreola le tenía mucho pleito al anacoluto, que es difícil de definir y encontrar. Era un auscultador para encontrar el solecismo, el barbarismo, la redundancia. Me decía: “Maestro, aquí tienes un solecismo”, y yo no sabía ni siquiera qué era eso.

Nadie tiene una colección de sobrenombres como la tengo yo. Tengo unos ciento cincuenta sobrenombres que me daba a mí, de acuerdo a lo que íbamos leyendo o cursando. Un día leíamos el Quijote, del que era un lector profundo y categórico; decía que el mejor Quijote anotado era el de Vicente Gaos. Al día siguiente habló a mi casa y le contestó mi mujer. “Rosita”, le dijo, “¿está por ahí Chancho Pancha de la Mancha?” Otro día que leíamos El Don apacible, de Mijail Sholojov, le habla a mi esposa y le pregunta: “¿Está por ahí el Don imposible?” Era la broma, el pellizco, pero era tan sano, tan gracioso…

Dejarlo hablar

Pasó el tiempo, Arreola se fue a vivir a Guadalajara y dejé de pensar en él. Un día, acomodando papeles, me di cuenta que se habían juntado 34 o 38 libretitas. Estaba yo de regidor en el Ayuntamiento, donde representaba la corriente universitaria. Y me dieron la última oficinita. Gobernaba el PAN y yo estaba, no se vayan a reír, por el PRD, por lo que no asistía a las actividades oficiales ni me invitaban. Llevé las libretas a la oficina y empecé a descifrarme a mí mismo. Me salvó el hecho de que la letra con la que escribía esos apuntes era la misma de mis recetas, que siempre las escribe uno aprisa.
Comencé por traducirme a mí mismo. Y vi que había frases espléndidas, señalamientos espléndidos. Una vez que lo fui a visitar a Guadalajara, me dijo:

—Maestro, ¿y cuándo publica usted nuestras conversaciones?

Usó esa palabra: conversaciones. Lo curioso es que con él no hay conversación, es un monólogo. Una vez su hermano Antonio me preguntó cómo es que había logrado ese grado de cercanía con Juan José. Respondí:

—Muy sencillo: nunca decirle mentiras, nunca contradecirlo, ser puntualísimo con él y dejarlo hablar.

Así nacieron esos Apuntes de Arreola en Zapotlán.

La eternidad

La última vez que lo visité fue en su casa de la calle Córdoba, en la colonia Providencia, de Guadalajara. Yo no quería subir a saludarlo, su estado ya estaba muy deteriorado. Oyó que llegué, empezó a toser y subí. Estaba recuperando la memoria. Hablamos de jabones, porque él era experto en jabones, su padre tuvo una jabonería en Zapotlán. Y hablamos, con su voz ya muy difícil, de los jabones de Parera, quien durante los años treinta y cuarenta produjo en España los jabones más finos del mundo. Esa fue la última vez que lo vi.

Vivía en un departamento mortal, lleno de escaloncitos y cosas con las que él se tropezaba. Siempre que lo pasaba a visitar estaba moreteado de un lado o de otro. Un día, ya estaba mal, me dijo:

—Maestro, ya descubrí qué es la eternidad.

Pensé que hablaría de Martin Heidegger, su filósofo favorito, o de Plotino.
Pero no.

—¿Y qué es?

—La eternidad es cuando me tropiezo y se me va acercando el suelo hasta que oigo el cabezazo. Y la otra eternidad es más pavorosa.

—¿Cuál es, maestro?

—Cuando me tropiezo para atrás y el techo se me va alejando; y termina con el macetazo que me doy, esa es la eternidad.

Yo me quedé muy impresionado. Infiero que a base de esos golpes se causó una inflamación cerebral y le vino la hidrocefalia. Al fin murió de neumonía, como su querido López Velarde. Tienen muchas cosas en común, además de esa persecución constante de la mujer fantasmal: ambos nacieron en un año 8 y murieron en un año 1.Alguien podría indagar en esas afinidades entre López Velarde y Arreola.

Esa constancia visual de mis últimos encuentros con Arreola no cuenta para mí, lo que cuenta es seguirlo viendo con los ojos del alma, con esos ojos que él tuvo para mí, ojos de compasión. Yo tengo dos padres: el biológico, que fue lo que fue conmigo, como lo marcaba la época, muy severo, duro, terrible; y el no biológico, que es Juan José Arreola, que me abrió los caminos de la literatura en el sentido de ser, simple y sencillamente (no me considero escritor), un lector agradecido.

Juan José era un archivero de autores secretos. Por ejemplo: los autores rusos, de los que dice hay un precedente directo en Rulfo. Son innegables. Como Zamiatin; o esos que tuvieron una correspondencia de un ángulo a otro, como Ivanov y Gerschenson. Hay otros que fueron postergados en su memoria y en su aprecio, como Andreiev; y otros que seguían vivos en él y palpitando, como Korolenko. Y una escritora totalmente desconocida para los biógrafos de Arreola: Lidia Seifulina. Era su escritora favorita, traducida por las rusas que estaban cerca de José Ortega y Gasset. O este otro: Yuri Olesha, que es, según Juan José Arreola, autor del cuento más perfecto del mundo: “Los tres gordinflones”, precedente de ese robotismo que había en Arreola…

Juan José es eso: un reto. Vamos suavizando la palabra: es una invitación que te hace para que amplíes tus horizontes accediendo a los autores secretos que él guardaba en secreto.

Un hombre leve

Alguna vez comenté que Juan José Arreola era The Best Man, porque para todo decía: el mejor vino del mundo es tal, el mejor ciclista del mundo que dio la Vuelta a Francia es fulano, el mejor torero es mengano, el mejor cuento del mundo… Y luego cambiaba, no porque se contradijera sino que aumentaba la dotación: el mejor cuento del mundo, el más perfecto, tan perfecto como un anillo de oro al dedo, es “El sueño” de O’Henry, del que se preguntaba:
¿quién está narrando aquí? Él se metía en todas esas estructuras secretas del relato. Lo hermoso, lo notable, es que lo hacía sin arrogancia alguna, siempre con mansedumbre en sus criterios, con un respeto absoluto. Era un hombre suave. Hay un epitafio muy repetido en la Vía Apia: “Que la tierra te sea leve”. Juan José era un hombre leve, no tenía ningún peso pesado, ni en su alma ni en su pensamiento.

Se sentía pecador, sí, pero eso ya es meterse en sus enfermedades. Y hablar de eso es hablar de ese síndrome que padeció Proust con su hermano Robert; ese síndrome que padeció la chelista Jacqueline du Pré con su hermana Hilary. ¿Cuál es ese síndrome? La competición entre hermanos para ganar el cariño de la madre. El verdadero genio de la familia era su hermano Rafael; y Juan José se dedicó, ante la figura de la madre, a desplazarlo. Y lo logró, porque llegó a la genialidad, y Rafael se precipitó a la insania, y ese sentimiento de culpa permaneció en Juan José… Pero ahí ya entramos en cosas muy personales de Arreola, y no me gustaría profundizar en ello.

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